Capítulo 23
Liviana llevaba casi dos horas intentando pintar a sus gatos, pero ninguno de los dos tenía intención de colaborar.
—Quédate quieto... solo un momento, Bombón —pidió mientras acomodaba al gato negro sobre la pequeña manta que había colocado frente a ella.
Bombón, como había nombrado al gatito negro, la miró durante unos segundos con sus grandes ojos amarillos y, justo cuando Liviana volvió a tomar el pincel, se levantó y caminó hacia un lado.
—No...
Dejó escapar un suspiro y se inclinó para atraparlo antes de que desapareciera debajo de una mesa o un sillón.
—Ven aquí.
Lo tomó entre sus brazos y regresó con él hasta el lugar donde había preparado el boceto.
Los dos gatos ya no eran los pequeños y débiles animalitos que había encontrado entre los arbustos cerca de Devonshire Estate. En un año y medio habían crecido bastante y, gracias a los buenos cuidados que recibían, se habían convertido en una pareja de gatos grandes y bastante gorditos.
El negro había resultado ser un macho, mientras que la blanca con rayas grises y cafés era una hembra.
Y ambos eran unos pequeños demonios. Rompían cosas, se metían donde no debían, tiraban objetos de las mesas y, en más de una ocasión, habían conseguido hacerla correr por todo el campo detrás de ellos.
Pero, aun así, ella los adoraba.
Habían estado con ella desde que los salvó y, de alguna manera, se habían acostumbrado a seguirla a todas partes. Era como si se hubiera convertido en una madre para ellos.
—Ahora sí —murmuró, volviendo a colocar al macho junto a su hermana—. Los dos quietos.
Se sentó nuevamente frente al caballete y tomó el pincel. Pero no alcanzó a hacer ni dos trazos cuando la gata, a la que había nombrado Nube, se levantó.
Liviana cerró los ojos y suspiró. La atrapó antes de que saltara de la mesa y volvió a colocarla junto a su hermano. Sin embargo, Bombón decidió que ya había permanecido demasiado tiempo en el mismo lugar y saltó al suelo. Liviana lo siguió con la mirada y negó con la cabeza.
—No pienso perseguirte otra vez.
El gato la observó y maulló en respuesta.
—No. Haz lo que quieras, Bombón. Y tú —señaló a Nube. La gata la miró con sus grandes ojos azules mientras movía la cola con parsimonia—. También puedes irte. Me rindo. Pero que conste que no tendrán un lindo retrato que ver cuando sean viejitos.
Bombón dio media vuelta y desapareció detrás de un sillón, mientras Nube seguía mirándola. Ella volvió al caballete y contempló la pintura a medio terminar. Lo que debía ser un lindo retrato de dos gatos parecía una mancha de pintura ininteligible.
—Igual me estaba quedando horrible —musitó, ladeando la cabeza con una mueca en los labios.
Le gustaba pasar el tiempo con las acuarelas, aunque sabía perfectamente que no tenía talento para la pintura.
La mayoría de sus dibujos terminaban siendo bastante malos.
Pero no necesitaba ser una artista para disfrutar sentándose frente a un lienzo en blanco, escoger los colores y dejar que las horas pasaran sin preocuparse por nada más.
Después de guardar los pinceles, se dirigió hacia la pequeña mesa situada junto a la ventana, donde había dejado algunos bocadillos y una tetera todavía caliente. Se sirvió una taza de té y tomó uno de los pequeños pasteles antes de acercarse a la ventana.
Desde allí podía contemplar gran parte de los terrenos de Agneswood House. El invierno había hecho que los árboles perdieran sus hojas y que las flores se marchitaran.
Tomó un sorbo de té mientras observaba cómo el cielo comenzaba a teñirse de un gris más oscuro, anunciando la llegada de la noche y, quizás, de una tormenta suave.
Conocía el clima del lugar y sabía que, cuando las nubes grises hacían que la noche llegara más temprano, era probable que lloviera.
El año y medio que había pasado en Green Hills le había enseñado muchas cosas.
Entre ellas, había aprendido más sobre sí misma de lo que jamás habría imaginado.
Vivir sola, rodeada únicamente por los sirvientes de la casa, había sido una de las mejores cosas que había podido sacar de su matrimonio.
Esa verdad había sido dolorosa al principio, pero ahora comprendía cuánto la había necesitado.
Ya podía pensar en Marcus sin sentir que el corazón se le rompía en mil pedazos.
Incluso se había preparado para el día en que recibiera por fin la carta de Marcus anunciándole que iniciaría el proceso para anular su matrimonio.
Para entonces, ella había pensado que ya estaría legalmente separada de Marcus, pero la carta aún no había llegado y no comprendía por qué se estaba demorando tanto.
Tampoco sabía nada de Marcus desde que se marchó de Londres.
En las cartas que intercambiaba con la duquesa y su nana, ninguna de las dos mencionaba su nombre.
Ella tampoco preguntaba y prefería que siguiera siendo así.
Verlo o saber algo de él, aunque fuera a través de terceros, arruinaría todo el progreso que había logrado para olvidarlo.
Aunque, en ocasiones, sentía la necesidad de saber qué estaba haciendo.
Cómo era su vida sin ella. Si todavía pasaba largas horas encerrado en su despacho.
Y, sobre todo, si continuaba viendo a Emma, porque estaba segura de que ellos se veían.
Lo que había ocurrido la última vez que se habían visto, cuando él la echó de su casa por Emma, le había dejado muy claro que ellos mantenían algún tipo de relación.
Pero cada vez que esos pensamientos aparecían, se obligaba a apartarlos. No debía atormentarse con algo que ya no le importaba.
Terminó su té y dejó la taza sobre la pequeña mesa para tomar otro bocadillo mientras volvía la mirada hacia el ventanal.
Frunció el ceño y entrecerró los ojos al percibir dos carruajes acercándose por el camino que conducía hacia Agneswood House. Liviana se quedó observándolos durante unos segundos, pensando que no esperaba visitas. Jayne solía acudir en un solo carruaje y, además, ya la había visitado ese día.
—¿Quién será? —preguntó para sí misma.
Se inclinó ligeramente hacia delante cuando los carruajes atravesaron los portones de la propiedad.
—Los duques —musitó al reconocer el escudo grabado en la puerta del carruaje.
Salió apresuradamente de la sala y bajó las escaleras hasta el primer piso.
—¡Thomas! —llamó al mayordomo mientras seguía corriendo por el corredor.
El mayordomo apareció, haciéndola detenerse en seco.
—¿Sí, milady?
Liviana inspiró hondo y llevó una mano al pecho.
—¡Los duques de Agnes están llegando! —avisó con la respiración agitada.
El rostro normalmente sereno del mayordomo mostró sorpresa.
—¿Los duques?
—Sí. ¡Acabo de ver sus carruajes atravesar la propiedad! Preparen todo para ellos —ordenó, y Thomas asintió, algo nervioso.
Liviana se dirigió hacia el vestíbulo, siendo alcanzada por el ama de llaves.
—Seguro los duques vienen a pasar las fiestas de Navidad —explicó la mujer mayor con más seguridad de la que había mostrado el mayordomo.
—Eso parece —respondió Liviana, asintiendo.
Durante el año anterior, Liviana había pasado la Navidad junto a Jayne y los sirvientes de ambas casas. Había supuesto que ese año sería igual y que los duques permanecerían en Londres. Al parecer, se había equivocado y ese año los tendría junto a ella.
Inevitablemente, pensó en los dos hombres que no la querían en sus vidas, preguntándose si ellos también habrían venido con los duques.
—¡Ordenaré preparar las habitaciones! —dijo la señora Martha.
—Y algo caliente para comer —añadió Liviana—. El viaje debió de ser largo y frío.
Martha asintió y Liviana abrió las puertas principales, haciendo que el aire frío entrara de golpe en el vestíbulo.
Los dos carruajes ya estaban frente a la residencia y el duque había descendido y extendía una mano para ayudar a Lillian a bajar.
Liviana bajó los escalones, pasando las manos por la tela de su vestido de manga larga, y se acercó con una amplia sonrisa, aunque todavía sorprendida por la visita inesperada.
—No los esperaba —admitió al llegar junto a ellos—. Aunque supongo que no tenían por qué anunciarse. Esta también es su casa.
Lillian le sonrió con cariño y, sin decir nada, abrió los brazos y la abrazó con fuerza.
Liviana correspondió al abrazo, cerrando los ojos durante unos segundos.
Aunque se habían visto pocos meses atrás, después de la temporada, cuando Lillian había viajado a Green Hills para quedarse con ella durante una semana, siempre era agradable volver a verla.
—Me alegra mucho verlos —dijo Liviana al separarse.
Alexander se acercó y le dedicó una sonrisa.
—También nos alegra verte, Liviana.
—Su gracia. —Liviana hizo una pequeña reverencia, pero el duque negó con la cabeza.
—Nada de formalidades entre nosotros. Eres parte de la familia.
Lillian tomó las manos de Liviana entre las suyas y, sin esperar a que su esposo terminara de ocuparse de los carruajes y los baúles, comenzó a caminar con ella hacia la entrada.
—Estás hermosa —comentó Lillian, observándola de arriba abajo.
Liviana sonrió, algo avergonzada.
—Gracias. Usted también está preciosa.
—Nos vimos hace apenas unos meses y ya pareces diferente.
—¿Diferente? —inquirió, divertida, soltando una pequeña risa.
—No sabría explicarlo. Te ves... más tranquila y, quizás, más segura de ti misma.
Liviana bajó la mirada durante un instante. Era cierto que había cambiado un poco; ya no se sentía como la mujer que había salido de Londres con el corazón roto.
—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó, queriendo saber la opinión de la duquesa.
Lillian negó con la cabeza.
—Absolutamente bueno, querida. Me alegra que pudieras recuperarte después de lo que mi hijo te hizo pasar.
Liviana desvió la mirada y apretó ligeramente los dientes.
«No lo mencione, por favor». Rogó mentalmente.
—Supongo que me he acostumbrado a esto —respondió, desviando el tema de Marcus—. Me gusta Green Hills. Creo que es mucho mejor que Londres.
Lillian soltó una suave risa, negando con la cabeza.