Capítulo 22 #2
El Black Swan era uno de los muchos establecimientos discretos de Londres donde los caballeros podían reunirse con sus amantes o simplemente disfrutar de buena música, bebidas y juegos.
—Emma no es la mujer que crees —continuó Winchester con un tono más duro—. Es una arpía aprovechada que sabe perfectamente cómo conseguir lo que quiere y de quién conseguirlo.
—Winchester... —advirtió Marcus.
Beaufort dio un paso al frente, interviniendo antes de que comenzara una discusión.
—Marcus, escúchanos. No te estamos diciendo esto para hacerte daño. Si quisiéramos eso, simplemente guardaríamos silencio y dejaríamos que descubrieras la verdad por tu cuenta. Pero llevamos mucho tiempo viéndote aferrado a una mujer que, quizá, jamás ha sentido por ti lo que tú crees.
Marcus negó con la cabeza. Quería creer lo contrario, pero no debía engañarse tanto. Ya bastante se había hecho el tonto compadeciéndose y sintiéndose culpable por haber hecho que Emma se entregara a él.
—Ve tú mismo. No es la primera vez que aparece allí. Según lo que pudimos averiguar, suele encontrarse con distintos caballeros —añadió Winchester.
Marcus sintió una punzada en el pecho. La rabia lo estaba consumiendo, pero no dejó que lo dominara. Su orgullo era más fuerte que dejarse ver derrumbado o fuera de control por una mujer.
—Está bien —dijo con calma, aunque por dentro no sentía calma alguna. Solo quería ir y pedirle una explicación a Emma.
Se la debía. Él tenía derecho, por haber sido el tonto que estuvo manteniéndola durante los últimos meses. Cada correspondencia que llegaba siempre traía algún problema. Intentaba no pensar en ello, concentrándose en sus palabras de amor y en cuánto lo extrañaba. Solo había sido ciego porque quiso.
—Les agradezco que me lo hayan dicho, pero la señorita Ashton y yo no tenemos nada —continuó con la misma calma, ahora sirviéndose un poco de whisky—. ¿Quieren un poco?
Ambos negaron con la cabeza.
—¿Estás seguro de que esto no te afecta? Hasta hace poco querías anular tu matrimonio para casarte con Emma —dijo Winchester, metiendo las manos en los bolsillos.
Beaufort se mantuvo callado, observándolo fijamente.
—Aún quiero anular mi matrimonio, pero no por ella. Lo haré porque no deseo estar atado a alguien como Liviana. Luego seré yo quien elija a una mujer digna de estar a mi lado. Pero esa mujer no era la señorita Ashton. Hace mucho que la olvidé.
Ninguno de los dos le creyó, pero no dijeron lo contrario.
—¿Y no es más fácil pedir el divorcio directamente que pasar por todo ese trámite de anulación? —preguntó Winchester, escéptico.
—Winchester —lo reprendió Beaufort, mirándolo con dureza—. No le des ideas.
—Solo digo que sería mucho más sencillo solicitar un divorcio.
—Y aún más escandaloso, al menos para Lady Liviana. ¿O qué motivo crees que podría Stafford alegar ante la Iglesia o los tribunales?
Winchester frunció el ceño y pasó una mano por la nuca.
—No había pensado en eso.
—No importa, conseguiré la anulación en cualquier momento. Por ahora, mi esposa no está rondándome, lo que para mí es una bendición. Que se haya ido al campo fue su mejor decisión hasta ahora —dijo Marcus, dando un sorbo a su vaso de whisky.
—Sigo pensando que ese desprecio que sientes por tu esposa es algo injustificado —expresó Beaufort, y Marcus puso los ojos en blanco.
—No la conoces, Beaufort. Aunque no te culpo por pensar así, mi esposa tiene el don de engañar a todos con ese rostro inocente que tiene.
Beaufort soltó un suspiro largo.
—La verdad, yo pienso que es... —Winchester se calló cuando Beaufort negó con la cabeza.
Marcus rechazaba tanto a su esposa que nada de lo que dijeran lograría hacerlo cambiar de opinión.
—Debo retirarme —terminó de decir Winchester, acercándose a Marcus para colocar una mano sobre su hombro—. Me alegra que te hayas olvidado de esa mujer, amigo. Realmente no valía la pena.
Marcus solo asintió, volviendo a dar otro sorbo a su whisky, tratando de calmar su enojo con el ardor del licor.
Winchester se despidió y salió del despacho, dejando a solas a Beaufort y a Marcus.
—¿Y bien? Sé que mueres por decir algo, Beaufort, te conozco —espetó con los labios apretados.
—Sé que te duele lo que dijimos de la señorita Ashton, y que sí pensabas anular tu matrimonio para hacerla tu esposa después —respondió Beaufort, cruzándose de brazos, haciendo que la tela se tensara.
Marcus caminó hacia el ventanal y levantó un brazo para recostarse contra el marco, mientras apretaba el vaso con la otra mano. Terminó todo el contenido con rabia antes de lanzar el vaso con fuerza contra la chimenea.
Beaufort no se inmutó; lo dejó desahogarse.
—Fui un idiota —musitó él, respirando agitadamente—. El peor de los idiotas por haber creído que ella realmente me esperaría. Que... De verdad sentía algo por mí.
—¿Irás a comprobarlo con tus propios ojos?
Marcus negó, echándose el cabello hacia atrás.
—Había pensado en ir y enfrentarla, para que me explicara...
Pero no vale la pena rebajar mi orgullo —respondió con la mirada fija en la ventana, sin ver realmente lo que había al otro lado; solo pensaba—.
Después de todo, para la sociedad, Emma y yo no somos nada, así que no me importa si todos llegan a saber la clase de mujer que es.
—¿Y no te surge la curiosidad de saber por qué lo hace? —preguntó Beaufort con la voz calmada.
Marcus soltó una media risa irónica.
—Por dinero —respondió con simpleza—. En el fondo sabía lo ambiciosa que era Emma, pero ¿no son así todas las mujeres?
Incluida su esposa.
—No tenía vergüenza para pedirme las cosas, y me convencí de que eso me gustaba de ella; que era decidida a obtener lo que quería, que no escondía su personalidad bajo una máscara de modestia o timidez, algo de lo que están llenos los salones de baile.
Pero me equivoqué —musitó lo último con más calma—.
Al final resultó que sí tenía una máscara, y era mucho peor, porque su amor solo era fingido.
—No te tortures con eso, amigo.
—Al menos... —Se calló, apretando los puños al pensar en su esposa. Quien había hecho lo que hizo porque sí lo... quería—. Gracias. Si se hubieran quedado callados, seguiría actuando como un tonto.
—¿Y qué piensas hacer? Respecto a Emma y tu matrimonio.
—Con Emma, seguiré como hasta ahora, sin verla, pero sin darle un penique más de mi dinero. No lo merece. En cuanto a mi matrimonio... Seguiré con el mismo plan. La anulación.
Pero, por alguna razón, ya no sentía la misma determinación que antes.
∞∞∞
Lady Aline no podía dejar de sonreír. Todavía le parecía increíble pensar que, finalmente, estaba casada con el hombre del que se había enamorado.
Diego era, para ella, el esposo perfecto que cualquier dama podía desear.
Era guapo, pertenecía a una familia respetable, poseía un título de conde, era abogado y, sobre todo, la amaba.
Después de dos años en sociedad, viendo matrimonios arreglados a su alrededor, ella había tenido la fortuna de encontrar a un hombre al que podía amar.
Con una sonrisa, se dirigió hacia la sala de retiro para refrescarse un poco antes de regresar al salón, donde continuaba el desayuno de bodas. Sin embargo, antes de llegar, escuchó unas risas provenientes de una de las habitaciones cercanas.
Se detuvo a escuchar, percibiendo que eran risas femeninas acompañadas por la voz de un hombre. Se acercó unos pasos con curiosidad, pensando que Emma debía saberlo. A ella le encantaban los chismes, y ese sin duda era algo que disfrutaría contarle después.
Con una media sonrisa, pegó la oreja a la puerta, pero su sonrisa decayó al reconocer la voz femenina.
—Emma...
Sin pensarlo, abrió la puerta de par en par y se llevó una mano a la boca al ver a Emma abrazando al hombre, mientras este tenía las manos debajo de su vestido, seguramente haciendo cosas indebidas para una mujer soltera.
Ambos se separaron rápidamente al darse cuenta de que alguien los había descubierto. Emma la miró por unos segundos sin decir nada, hasta que se recompuso rápidamente y se acercó.
—Aline...
—No —espetó, retrocediendo un paso.
—Déjame explicarte, por favor...
—¿Qué quieres explicarme? —preguntó Aline, sintiendo cómo la indignación comenzaba a apoderarse de ella—. ¿Qué te comportas como una cortesana en una habitación de mi casa durante mi propio desayuno de bodas?
Emma apretó los labios.
—No es lo que parece.
—¿No? Pensé que amabas a mi hermano —replicó con rabia. Nunca esperó encontrar a la mujer que consideraba casi de su familia en una situación como esa.
—¡Y lo hago! —respondió Emma con desesperación—. Pero él... él ni siquiera me mira, Aline. ¿Qué querías que hiciera?
—¡Que te comportaras como la dama que dices ser! —bramó, fuera de sí. Se llevó una mano al pecho, tratando de mantener la serenidad, pero era imposible. No podía creer que hubiera deseado a esa mujer para su hermano.
—¡No tienes derecho a juzgarme! —chilló Emma de vuelta, enderezando el rostro.
—Ahora entiendo lo que mi madre se empeñó en hacerme ver desde que te conocimos —continuó Aline, sintiendo que la decepción era incluso mayor que la rabia—. Por eso se negaba a dejarte ser la esposa de mi hermano. Porque tú solo eres una...
—¡Cállate! —Emma dio un paso hacia ella—. Tú solo eres una mimada que nació en cuna de oro —espetó con rabia—. No sabes lo que significa vivir sin un título. No sabes lo que es no tener un hombre que se haga cargo de ti. Solo estamos mi madre y yo. Hemos tenido que sobrevivir solas.
—¿Así sobrevives? —la señaló Aline con desprecio, y Emma apretó los dientes.
—No sabes nada de mi vida.
—Mi hermano estaba haciendo todo lo posible por anular su matrimonio para estar contigo —replicó Aline sin escuchar sus excusas—. No te mereces que haga semejante sacrificio.
Emma soltó una sonrisa amarga y cruzó los brazos, ya sin tratar de convencerla de nada.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Ir corriendo a contarle lo que viste?
Aline sostuvo su mirada.
—Sí.