Miserable Matrimonio Capítulo 22
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Capítulo 22

No mucho había cambiado en seis meses. Marcus acababa de llegar de otra misión exitosa a Londres, aunque con algunos rasguños que debía esconder de sus padres cuando los viera en la celebración de la boda de su hermana, en tres días. Al final, Aline se casaría con Lord Diego.

Desde que había aceptado ser espía de la Corona, las misiones no paraban de llegar, y cada vez una era más peligrosa que la otra.

Esta última tuvo que cumplirla en Liverpool, y casi no salió vivo para contarlo, pero tuvo suerte...

y audacia para lograrlo. Además, había tenido al detective Vance como compañero.

No sabía por qué creían que hacían un buen equipo, pero siempre los ponían juntos en las misiones.

Muchas veces creía que su trabajo como detective era su fachada y que, en realidad, era un espía más de la Corona.

A pesar de llevar seis meses arriesgando su cuello por la Corona, casi descuidando sus propios negocios, no había podido abrir legalmente la petición para anular su matrimonio.

El dinero que recibía por su trabajo como espía era estrafalario; podía decir que ahora era el doble de rico de lo que era antes con sus negocios.

Aun así, si seguía aceptando ese tipo de misiones, ni siquiera tendría a quién dejarle todo ese dinero.

Hizo una mueca cuando pasó un poco de alcohol sobre la herida que le habían hecho en el antebrazo con una daga demasiado afilada.

Los puntos estaban haciendo su labor, uniendo la carne.

Volvió a vendarla con cuidado para luego ponerse la camisa.

Desde que había comenzado a ser herido con frecuencia, había ordenado a Collins que no necesitaba de él para ayudarlo con sus ropas.

Ser espía debía mantenerse en secreto, incluso para el personal de su casa.

Los únicos que lo sabían eran su padre y Beaufort, y este último porque, sin querer, durante una sesión de boxeo lo lastimó en una herida del abdomen que comenzó a sangrar.

Beaufort le sacó la verdad a punta de amenazas. Pero sabía que su amigo no diría nada.

Terminó de vestirse y salió de su habitación, concentrado en no mirar hacia el pasillo que daba a la que había sido la habitación de su esposa. Ya habían pasado seis meses desde que ella había decidido irse voluntariamente a Green Hills.

«Tú la echaste».

Le reprochó esa vocecita molesta en su cabeza.

Resopló al llegar al comedor para desayunar, como cada mañana.

Se sirvió un poco de leche y tomó la mermelada de frutos rojos, echando dos cucharadas en su leche.

La revolvió hasta que esta tomó un color rosado.

Tomó un sorbo y luego se preparó una rebanada de pan con mantequilla.

Aún creía que mezclar leche con mermelada era extraño, pero no podía negar que sabía muy bien. Y no lo hacía porque extrañara a su esposa, como una vez insinuó la señora Rose; solo lo hizo porque, al probar la mezcla, que le había generado curiosidad, le gustó y decidió seguir tomándola.

Él no extrañaba a Liviana. No podía extrañar algo que no soportaba tener en su casa.

Tomó otro sorbo, observando el patio a través del ventanal.

Estaba igual de feo que siempre, algo que nunca le había molestado, pero desde hacía seis meses, las pocas veces que estaba en su casa y desayunaba, verlo así de feo después de haberlo visto tan bonito con todas aquellas flores que Liviana había plantado, lo hacía arrepentirse de haberle ordenado quitarlas.

Y todo por su orgullo. Y por el mismo motivo, no había ordenado plantar más flores.

Si la señora Rose había insinuado que tomaba la leche con mermelada porque extrañaba a su esposa, ¿qué diría si decidiera hacer un jardín?

Y en cuanto a su esposa... Bebió otro sorbo de leche, más largo, para terminar de bajar el pan. Lo último que supo de ella había sido la carta que envió hacía seis meses, con la respuesta a su carta avisándole de que abriría el proceso para la anulación. Su única respuesta en papel había sido:

Estaré esperando.

Recibir solo esa respuesta lo hizo fruncir el ceño. Había esperado algo más, alguna súplica para que no lo hiciera, o un perdón por lo que había hecho, pero solo eso, esas dos palabras.

Ahora solo sabía de ella porque secretamente había ordenado al mayordomo de Agneswood House que cada semana le reportara todo lo que hiciera su esposa.

De lo contrario, no sabría nada de ella.

Su madre no se la mencionaba y él tampoco preguntaba por ella.

Y ahora era enemigo a muerte de Hamilton, quien lo presionaba constantemente para que iniciara la anulación.

Ya quisiera él tener el poder para hacer el proceso más rápido.

Pero para eso, primero tenía que hacer la solicitud y, sin el respaldo político de la Corona, solo provocaría que su reputación decayera.

Y Lord Harrington solo se negaba a ayudarlo y aceptar que arruinara su nombre y todo lo que estaba construyendo solo porque no aguantaba a su esposa. Esas habían sido sus palabras.

—Por favor, Stafford, ¿cree que la mayoría de nosotros estamos casados con la mujer que deseamos?

—había preguntado él, mirándolo con seriedad la última vez que se reunieron—.

Si desea a otra mujer, conviértala en su amante.

Pero no arruine su nombre por algo tan simple como que no aguanta a su esposa.

Marcus sacudió la cabeza, no queriendo volver a molestarse por eso. No importaba lo que le dijera Harrington, él seguiría intentándolo hasta que se cansara de él y terminara aceptando su decisión.

Tomó el periódico del día y lo abrió. Comenzó a leer sin darse cuenta de que una de las doncellas había entrado y le había dicho algo a Collins.

—Milord —Marcus bajó el periódico, observando a su mayordomo, que ahora estaba frente a él—. El duque de Beaufort y el marqués de Winchester lo esperan en el salón de té.

Marcus arqueó una ceja, divertido. Esos dos no podían saber que estaba en Londres, porque enseguida corrían a importunarle la vida.

—Puede decirles que los recibiré aquí —ordenó—. Supongo que tampoco habrán desayunado. Ponga dos cubiertos más, señora Rose.

El ama de llaves asintió mientras Collins abandonaba el comedor para cumplir la orden.

No pasó mucho tiempo antes de que ambos entraran en el comedor y tomaran asiento frente a Marcus.

—¿Acaso no tienen algo más que hacer? —inquirió Marcus con una sonrisa antes de beber otro sorbo de leche con mermelada.

Beaufort no se inmutó ante el comentario; solo dirigió la mirada hacia el vaso que Marcus tenía en las manos y arqueó una ceja.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Leche con mermelada —respondió con normalidad.

Winchester se inclinó ligeramente hacia delante, mirando la bebida con curiosidad.

—Debo admitir que parecía muy apetecible, pero ahora que has dicho lo que es... —torció los labios y negó con la cabeza, tomando una tostada—. No quiero probarla.

—Entonces no la bebas —respondió Marcus, encogiéndose de hombros.

—Yo sí quiero probarla —dijo Beaufort, sirviéndose un poco de leche—. ¿Dónde está la mermelada?

Marcus puso los ojos en blanco y le pasó el frasco.

—Primero perturban mi desayuno y ahora me robas mi mermelada —se quejó Marcus, haciendo bufar a su amigo. Winchester continuó preparándose tostadas con mantequilla y té.

—Eres rico, Stafford. Un poco de mermelada menos no hará que pases hambre —replicó Beaufort mientras mezclaba la leche con una cuchara.

Dio un sorbo y permaneció unos segundos en silencio, con el ceño fruncido. Luego volvió a mirar el vaso.

—No está nada mal.

Winchester negó con la cabeza, haciendo una mueca.

—Pruébala —dijo el duque, tendiéndole el vaso. Winchester tomó un pequeño sorbo y arqueó las cejas.

—Debo admitir que es bastante buena.

Marcus los observó con una mezcla de diversión e irritación. Los tres continuaron el desayuno hablando con normalidad. Una vez terminaron, Beaufort miró a Marcus con seriedad.

—Tenemos que hablar contigo, Stafford —informó, haciendo que Marcus frunciera ligeramente el ceño.

—¿Sobre qué?

—No es algo que debamos discutir aquí —replicó Winchester, igual de serio.

Marcus los observó durante unos segundos antes de asentir lentamente. Se limpió la comisura de los labios con una servilleta y se levantó de su lugar, seguido de ambos hombres.

—Entonces vamos a mi despacho.

Una vez dentro del despacho, Marcus cerró la puerta y se dirigió hacia su escritorio. Permaneció de pie, esperando que dijeran lo que tenían que decir con tanta seriedad y urgencia.

—Bien. ¿Qué ocurre? —preguntó cuando notó que ninguno de los dos se decidía a hablar.

—Hace aproximadamente una semana estuvimos en el club... —comenzó Beaufort, vacilando un instante antes de continuar—. Vimos a la señorita Ashton.

Marcus ladeó la cabeza, sin comprender qué tenía que ver Emma con lo que sus amigos querían decirle.

En todo ese tiempo, no la había visto, aunque ella seguía enviándole correspondencia para verse.

Además de estar ocupados con las misiones y sus propios negocios, no quería correr el riesgo de encontrarse con ella y luego solicitar una anulación.

Aunque su plan era casarse con ella después, no quería que surgieran rumores de que continuaban encontrándose mientras él seguía casado con Liviana.

—¿Y? —insistió para que continuaran, con la voz dura. Sabía que a sus amigos no les agradaba Emma, pero también sabía que no inventarían historias sin fundamento.

—No estaba sola. Estaba acompañada de un hombre, y el club era el Black Swan —continuó Christian, aclarándose la garganta—.

Marcus —lo llamó por su nombre de pila mientras daba un paso hacia él—.

Sabemos lo que sientes por ella, pero no vale la pena que hagas un escándalo con tu matrimonio por ella.

Marcus apretó los puños, sintiendo la ira crecer en su pecho. No estaba molesto con sus amigos, sino consigo mismo por... ¿haber sido ciego? No hacía falta pensar demasiado para deducir qué hacía Emma en un club nocturno como el Black Swan acompañada de otro hombre.