Miserable Matrimonio Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Ya lo tengo decidido. Estoy seguro de que Lord Harrington me ayudará a aminorar el escándalo, al menos en la Cámara de los Lores. Además, ya consiguió una audiencia para mí y dentro de poco no tardarán en llegarme las misiones.

Marcus vio cómo su padre apartaba la mirada.

—Sabes que, si te pasa algo...

—No me pasará nada. Sé cuidarme, padre.

—Espero que tengas razón.

∞∞∞

Después de un mes en Agneswood House, la residencia campestre de los duques de Agnes en Green Hills, Liviana podía sentir que era libre. Nunca había pasado días tan llenos de paz y tranquilidad.

Allí no había miradas juzgándola, ni un padre rechazándola y restringiéndola en todo, y mucho menos un esposo cruel echándola de su propia casa.

Desde que llegó, había sido bien recibida por el personal de la casa, quienes enseguida le mostraron todo el lugar. Al ser plena primavera, los campos y bosques estaban llenos de flores y frutos.

Liviana pasaba las tardes caminando por el bosque, siempre encontrando alguna flor extraña o algún fruto.

Lo mejor de todo era el pueblo. Quedaba a quince minutos en carruaje y tenía un mercado encantador donde podía comprar casi de todo; no necesitaba Londres para nada.

Incluso había conseguido acuarelas de muy buena calidad y a un precio sumamente accesible, algo que la sorprendió, puesto que en Londres esos materiales eran excesivamente costosos.

Lo mismo ocurría con los productos de higiene personal.

En fin, le encantaba estar en Green Hills. Incluso había encontrado una casa de té china donde preparaban un delicioso y hermoso té floral. Era su favorito, sobre todo por el espectáculo de ver cómo los pétalos de la flor se abrían poco a poco al sumergirse en el agua caliente.

Suspiró mientras atravesaba el campo que separaba Agneswood House de Devonshire Estate, donde vivía su nueva amiga Jayne William, a quien había conocido por casualidad en el pueblo mientras ambas visitaban la librería.

Y quien resultó ser la hermana de los mellizos William, los amigos de su esposo: Lord Logan y Lord Leonardo William.

Primero se habían recomendado algunos libros y, al descubrir que tenían gustos similares, se presentaron. Desde entonces, se visitaban casi todos los días; a veces Liviana iba a Devonshire Estate y otras veces era Jayne quien visitaba Agneswood House.

Hasta el momento, a Liviana le gustaba la compañía de Jayne.

Aún sabía muy poco de ella, como por qué llevaba tres años en Green Hills y no en Londres, disfrutando de la temporada y buscando esposo, siendo hija de unos duques tan respetados y poderosos.

Sin embargo, Liviana prefería guardar sus dudas para sí misma.

Apenas se estaban conociendo, y Jayne sería su primera amiga de verdad; no quería arriesgarse a incomodarla con preguntas indiscretas que pudieran estropear la amistad que estaban comenzando a construir.

Mientras se acercaba a los terrenos de Devonshire Estate, un sonido débil llamó su atención. Se detuvo con el ceño fruncido y miró a su alrededor, sin saber de dónde provenía el sonido. Dio otro paso y volvió a escucharlo. Era un maullido que provenía de unos arbustos a un lado del sendero.

Apartó algunas ramas y avanzó unos pasos hasta que el sonido volvió a escucharse; esta vez, un poco más claro.

Liviana siguió buscándolo hasta que descubrió una pequeña caja de madera medio cubierta por la hierba.

Se agachó y apartó las ramas con cuidado, viendo que dentro había dos gatitos.

Abrió los ojos con sorpresa al ver lo diminutos que eran.

Seguro que debían tener pocas semanas de nacidos y estaban tan delgados que podían verse los huesos bajo el pelaje.

Uno era completamente negro, mientras que el otro tenía un precioso pelaje blanco con rayas grises y café en las patas y la cara.

Ambos maullaban débilmente, acurrucados uno contra el otro.

—Oh, pobrecitos...

Liviana sintió que el corazón se le encogía al verlos tan delgados y solos. Miró a su alrededor, esperando encontrar a la mamá gata, pero no vio a ningún gato cerca.

—¿Dónde está su madre?

Los pequeños respondieron con otro maullido y eso la hizo sonreír un poco, como si los gatitos la hubieran entendido.

Con un suspiro, Liviana tomó primero al gatito negro.

—Estás helado... —susurró.

Luego tomó al blanco. Ya cuando estuvieran más tranquilos y calentitos, verificaría si eran hembra o macho.

Los acercó contra su pecho sin siquiera pensar en su vestido color crema, adornado con pequeñas flores, ni en la tierra que seguramente terminaría manchándolo. Solo acomodó a los dos gatitos entre sus brazos y los cubrió cuanto pudo con la tela de su vestido para darles calor.

—Vamos. Primero tenemos que conseguir que entren en calor.

Se puso de pie y comenzó a recorrer el tramo que faltaba casi corriendo hacia Devonshire Estate. Cuando llegó a la entrada de la residencia, Jayne salió a recibirla con una sonrisa.

—Liviana, al fin llegas... —La sonrisa desapareció poco a poco al observar lo que llevaba entre los brazos—. ¿Dónde encontraste esas cosas?

Liviana soltó una pequeña risa.

—Los encontré en el campo. Estaban solos, escondidos entre unos arbustos. Son demasiado pequeños y estaban muertos de frío.

Jayne miró a los dos gatitos y luego volvió a mirar el vestido de Liviana, ahora con algunas manchas de tierra. Negó con la cabeza, divertida.

—Te los vas a quedar, ¿verdad?

Liviana sonrió ampliamente.

—Por supuesto.

Jayne dejó escapar una risita, acercándose y acariciando con un dedo la pequeña cabeza del gatito negro.

—¿Crees que tu esposo estará de acuerdo con esto?

La sonrisa de Liviana desapareció. Miró a los gatitos sin responder.

No había pensado demasiado en Marcus durante los últimos días.

Al menos no durante el día. Por las noches era diferente.

Cuando se encontraba sola y todo quedaba en silencio, sus pensamientos terminaban regresando a él, aunque intentara evitarlo.

Marcus ya debía saber que ella no estaba en Londres y no había enviado ninguna carta para informarle nada sobre su matrimonio o alguna...

otra cosa. Hasta ese momento, solo había recibido correspondencia de la duquesa y de la señora Parker.

Lillian le contaba algunas cosas sobre lo que ocurría en Londres, aunque nunca mencionaba a Marcus.

Y Liviana tampoco preguntaba por él cuando respondía sus cartas.

Volvió a mirar a Jayne, que le sonreía a los gatitos; puso los ojos en blanco, sabiendo que ya se había encariñado también.

—A él no le importará —respondió finalmente, alejando los gatitos de ella—. No te daré ninguno.

Jayne la observó durante unos segundos y soltó una risa, negando con la cabeza.

—No te preocupes, no soy de tener mascotas —dijo, volviendo a mirar a los gatitos—. Será mejor que los alimentemos antes de que mueran de hambre.

Liviana asintió enseguida. Jayne la tomó suavemente del brazo y la condujo hacia el interior de la casa.

—En la cocina seguramente encontraremos algo. ¿Qué comen los gatos bebés?

—Leche, Jayne, leche —respondió, poniendo los ojos en blanco una vez más, divertida por la situación.

Al llegar a la cocina, Jayne llamó a una de las sirvientas.

—Necesitamos leche para estos pequeños. Y algo que podamos utilizar para alimentarlos.

La mujer se acercó inmediatamente y, al ver a los gatitos, llevó una mano al pecho.

—¡Pobrecitos!

Otra de las mujeres se aproximó detrás de ella.

—Son apenas unos bebés.

—Mire ese pequeñito —comentó otra, señalando al gato negro—. Está temblando.

En pocos minutos, toda la cocina estaba alrededor de ellas. Liviana sonrió sin poder evitarlo.

Mientras una de las mujeres preparaba un poco de leche de cabra, Jayne iba de un lado a otro buscando algo que pudiera servir para alimentar a los pequeños.

—Tiene que ser algo pequeño —murmuró, revisando algunos cajones—. Son demasiado jóvenes para beber de un cuenco.

—¿Y esto? —preguntó una de las sirvientas, mostrando un pequeño trozo de tela limpia.

Jayne lo miró y frunció el ceño, sin saber cómo podría ayudarles un trozo de tela.

—Podríamos humedecerlo con la leche y dejar que succionen —explicó la mujer.

Jayne asintió, comprendiendo.

Liviana observó a su nueva amiga con una sonrisa. A veces dejaba de pensar con lógica.