Capítulo 21
Marcus llegó a Hamilton House, bajándose de su caballo y caminando a grandes zancadas hacia los escalones de la entrada principal. Golpeó la puerta con fuerza. El mayordomo abrió poco después y, al reconocerlo, hizo una leve reverencia.
—Milord.
—Quiero ver a mi esposa —ordenó Marcus sin perder tiempo—. Dile que he venido a buscarla.
El mayordomo lo miró con cierta incomodidad.
—Me temo que eso no será posible, milord.
Marcus frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—Lady Liviana no se encuentra aquí.
—Entonces la esperaré.
—Milord...
—La esperaré —lo interrumpió Marcus, entrando al vestíbulo sin pedir permiso—. No me importa cuánto tarde.
El mayordomo cerró la puerta detrás de él y permaneció unos segundos en silencio, sin saber cómo explicarle que esa espera sería totalmente inútil.
—Milord, creo que no me he explicado bien. Lady Liviana no está en Londres.
Marcus lo miró.
—¿Cómo que no está en Londres?
Antes de que el mayordomo pudiera responder, Hamilton apareció en el vestíbulo.
—Mi hija no está en Londres, Stafford —informó con calma—. Se ha marchado una temporada al campo.
Marcus permaneció inmóvil, intentando asimilar esas palabras. No había esperado eso.
En su mente, regresar a Londres sería sencillo. Llegaría, encontraría a Liviana y hablaría con ella sobre la anulación. Incluso había imaginado que quizá ella estaría esperándolo, como si nada hubiera ocurrido.
Pero se había marchado sin decirle nada. Apretó la mandíbula, mirando a Hamilton con dureza.
—Ella no tenía permiso para irse.
El conde lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Acaso esperaba que siguiera esperándolo después de haberla echado de su propia casa?
Marcus dio un paso atrás, como si le hubieran propinado una fuerte bofetada.
—Yo... —murmuró, pero se calló, recordando perfectamente cómo, dominado por la ira, le había dicho que saliera de su casa.
Apretó los puños y luego los soltó. No permitiría que el conde lo hiciera sentir culpable. Su hija era la culpable.
Levantó la cabeza y recuperó la expresión severa.
—¿Acaso no le dijo lo que hizo? Lanzó a la señorita Ashton por las escaleras sin razón alguna.
Hamilton arqueó una ceja.
—No creo que mi hija haya sido capaz de hacer lo que dice, Stafford. A pesar de todo lo que ha vivido, mi hija es el ser más puro que llegará a conocer.
Marcus soltó un bufido.
—Con todo respeto, milord, usted no estaba allí.
—En primer lugar, ¿qué hacía la señorita Ashton en su casa? Y, más importante aún, ¿qué hacía en una zona de la residencia a la que no debía tener acceso? —replicó con firmeza.
Marcus apretó la mandíbula. No tenía una respuesta para eso. Emma no tenía ninguna razón para haber estado allí. Le había dicho en más de una ocasión que, mientras estuviera casado, debía mantener las distancias.
—Eso es algo de lo que me encargaré —respondió finalmente—. Aun así, Liviana no debió...
—Le he dicho que mi hija no haría algo así —interrumpió el conde con la voz endurecida.
Marcus lo miró fijamente.
—Y como usted no está dispuesto a darle su lugar ni a respetarla como su esposa, seré yo quien intente anular este matrimonio. Usted no merece tener a mi hija a su lado.
Esas palabras terminaron de encender la ira de Marcus. ¿Ahora él era el culpable? Toda esa situación había comenzado por culpa de Liviana. Ella había provocado ese matrimonio. Ella había destruido sus planes y lo había obligado a renunciar a la vida que quería.
—No me importa lo que haga —respondió con frialdad—. Yo mismo terminaré con este matrimonio.
—Entonces no habrá nada más que discutir.
Marcus giró hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—Más vale que su hija no regrese de dondequiera que esté hasta que este matrimonio haya quedado disuelto por completo.
Sin esperar respuesta, salió de Hamilton House sin cerrar la puerta.
Henry permaneció inmóvil en medio del vestíbulo, observando cómo Marcus se alejaba, sintiendo una punzada en el pecho al reconocer en sí mismo la actitud del marqués.
La misma soberbia.
La misma incapacidad para reconocer sus propios sentimientos.
Henry había cometido demasiados errores guiado por su orgullo, y eso solo había hecho sufrir a la mujer que amaba. Y, hasta ese día, seguía llorando por su muerte, lamentando que todo pudo haber sido diferente si no hubiera sido por su orgullo necio.
Cerró los ojos un instante y soltó un suspiro.
—Espero que mi hija sí pueda salvarse... —musitó, mirando la puerta aún abierta.
∞∞∞
Marcus entró en el vestíbulo de Agnes House, aún con la ira brotándole por los poros. La conversación con el conde de Hamilton no había sido nada amable. No entendía qué le pasaba ahora, queriendo hacerse el buen padre, cuando siempre se había limitado a rechazar a su hija.
Con un resoplido, se dirigió a la sala de té, donde seguramente estaría su madre. Estaba seguro de que ella sabía dónde se encontraba su querida Liviana. Sin tocar, abrió la puerta con fuerza, provocando un gran estruendo en la sala.
Los presentes dieron un pequeño brinco ante la interrupción. Marcus frunció el ceño al ver a su madre sentada en un sillón apartado, bordando, mientras Aline estaba frente a un hombre.
La duquesa, al verlo, enseguida se puso de pie, dejando el bastidor sobre el sofá y exhibiendo una mirada de reproche hacia él. Su hermana y el hombre que la acompañaba también se pusieron de pie.
—Marcus, hijo —dijo la duquesa, acercándose a él—. Por fin regresaste... de donde sea que estabas —musitó lo último con los dientes apretados—. De seguro debes conocer al conde de Granard.
Marcus miró al hombre, que se acercó para saludarlo.
—Stafford, es un honor que nos presenten al fin. Reconozco que su trabajo en la Cámara de los Lores es uno de los mejores —dijo el conde con una sonrisa.
Marcus, a pesar de querer ser educado, no lograba disimular su incomodidad. Mantuvo una postura rígida mientras asentía con un gesto.
—En otro momento podremos hablar mejor. Ahora solo necesito hablar con mi madre —expresó, mirándola y arqueando una ceja.
—Por supuesto —aceptó el conde. Luego miró a Aline—. Regresaré mañana.
Aline asintió con una sonrisa boba de enamorada.
Se despidieron y, cuando el conde salió, Marcus miró a su madre con los ojos entrecerrados. Lillian lo miró de la misma forma.
—¿Hasta ahora decides dar la cara? —reprochó.
Marcus soltó una breve risa irónica.
—Ya veo que mi querida esposa les contó toda su versión de los hechos, haciéndome quedar como el villano de esta historia, ¿verdad? No esperaba menos de ella, conociendo sus trucos.
—¡Marcus! —lo reprendió la duquesa—. Eres un inconsciente. No tienes derecho a juzgarla después de todo lo que le has hecho pasar.
—¿Yo? Madre, ¿acaso este matrimonio lo provoqué yo?
La duquesa se quedó callada.
—No. Yo jamás quise casarme con ella. Les advertí que jamás la trataría como esposa. Y, aun así, nunca le falté al respeto. Pero lo que hizo, lanzar a Emma por las escaleras...
—¿Lanzó a Emma por las escaleras? —jadeó Aline al lado de su madre.
—Aline, ve a tu habitación. Esta es una conversación entre tu hermano y yo.
Aline iba a replicar, pero una sola mirada de la duquesa bastó para que saliera de la sala.
Marcus negó con la cabeza.
—No quiero discutir, madre. Sé cuánto quieres a Liviana y que jamás verás lo que veo yo.
—En eso tienes razón —musitó Lillian, bajando la cabeza. Luego volvió a mirar a su hijo con una expresión de tristeza—. Y espero, de todo corazón, que nunca te arrepientas de eso.
Marcus soltó un suspiro largo.
—No sé qué decisión tomarás en cuanto a tu matrimonio, pero, por favor, no hagas sufrir más a Liviana.
Marcus negó con la cabeza, sintiendo un dolor en el pecho al ver cómo su madre protegía más a una extraña que a él, que era su propio hijo. Sin decirle más, salió de la sala y se dirigió al despacho de su padre.
Al llegar, tocó suavemente y luego abrió la puerta. Lo encontró detrás de su escritorio, revisando unos documentos con el ceño fruncido.
—Padre —dijo con la voz más calmada.
El duque enseguida levantó la mirada. Lo miró con una expresión que lo devastó: pura decepción.
Su padre nunca lo había mirado así. Siempre había sido el hijo perfecto, y no por obligación, sino porque le gustaba hacer sentir orgullosos a sus padres. Pero ahora, por culpa de Liviana, ambos le estaban dando la espalda.
—No sé si servirá de algo decir que no toda la versión de mi esposa es correcta —comenzó, acercándose hasta sentarse frente a su padre.
—¿Y cuál es tu versión, Marcus? —preguntó Alexander con calma, cruzando los dedos sobre la mesa.
Marcus apretó los labios y negó.
—Solo quería que supieran que pienso hacer lo posible por anular este matrimonio. Liviana y yo no...
—Está bien —lo interrumpió su padre, haciéndolo fruncir el ceño—. Todos creemos que es lo mejor para ambos.
Marcus asintió despacio, aún sin creer que ni su madre ni su padre estuvieran intentando convencerlo de lo contrario.
—¿No se molestarán por mi decisión? —quiso saber con cautela.
Alexander negó.
—Ya eres un hombre, Marcus. Tus decisiones son tuyas, pero también debes saber que cualquier decisión tiene consecuencias.
—Lo sé. Sé que esto causará un gran escándalo, pero tengo un plan —Alexander lo miró sin juzgarlo—. Pienso aceptar la petición de la Corona. Seré un espía.
Eso hizo que Alexander abriera los ojos con miedo.
—Marcus... Sé que te importa tu nación y que te crié para que fueras un hombre de honor, pero el espionaje no es un juego. Y no quiero que tu vida corra peligro por el capricho de la Corona.
—Pero es la única forma de tener el respaldo que necesito para poder librarme de este matrimonio.
—Si ese es tu objetivo, no lo conseguirás.
A la Corona no le gustan los escándalos; solo busca apariencia y perfección.
Así que no es necesario que arriesgues el cuello para conseguir algo que no obtendrás.
Puedes buscar otras formas, aunque de igual manera no escaparás del escándalo.
No serás el primero ni el último que anule un matrimonio.