Miserable Matrimonio Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

El carruaje estaba listo para partir hacia Green Hills. Apenas eran las seis de la mañana, pero debía partir temprano si querían llegar antes del anochecer. La doncella que la acompañaría ya estaba esperando mientras terminaban de acomodar los baúles.

La señora Parker abrazó a Liviana por quinta vez, con los ojos llenos de lágrimas.

—Nunca puedo acostumbrarme a verte partir lejos —lloriqueó la mujer, subiéndose la nariz.

Liviana sonrió un poco y negó con la cabeza. Siempre era la misma despedida cuando ella tenía que regresar a Surrey, a la Academia, pero esta vez se iría por voluntad propia y por tiempo indefinido.

—Volveré, nana, sabes que siempre lo hago —la consoló.

—Lo sé, pero... —La señora Parker la miró y acarició su mejilla—. Ya estás tan grande. Aún recuerdo a esa niña que tenía miedo de salir de aquí para ir a un lugar desconocido como la Academia.

Liviana sonrió más ampliamente al recordar aquellos momentos. Ella no deseaba ir a ninguna academia, pero su padre la obligó. Aunque su tiempo en Surrey no fue el mejor, al menos le dio la lejanía del rechazo que recibía de su padre.

—Cuídate —pidió la señora Parker.

—Lo haré, estaré bien. Pero sabes que necesito esto.

La señora Parker asintió, apretando los labios.

—Sí. Y si no voy a poner en su lugar al marqués, es porque te lo prometí. Sabes que no me importa ser solo una sirvienta —dijo la mujer con dureza.

—No vale la pena que hagas eso. Él no merece ni un segundo de tu atención, y mucho menos que tú te arriesgues por mi culpa.

Para la señora Parker, Marcus había quedado como un hombre despreciable, y ella no podía perdonar el trato que le había dado a Liviana. Para ella, él era más que un tirano que había despojado a su niña de cualquier rastro de felicidad.

—Milady —Liviana miró al cochero—, ya todo está listo para partir.

Liviana asintió, agradeciéndole.

—Ya es hora —le avisó a su nana, mirando por encima de su hombro hacia la entrada de la casa.

Su padre no se había molestado en despedirla.

Al parecer, eso sería siempre así. Cuando tenía que partir a la Academia, nunca la despidió ni le deseó buen viaje.

En ese momento, ni siquiera le hacía falta verlo ni necesitaba su abrazo de despedida, pero había esperado que al menos hubiera estado presente después de la conversación que habían tenido la tarde pasada.

Si todo lo que le había dicho era solo mentira, tampoco le afectaba. Sabía que, de una forma u otra, terminarían anulando su matrimonio, y ella no regresaría a Londres.

—Nos vemos pronto —susurró a su nana, dándole un último abrazo.

—Te empaqueté en una cesta algunas frutas, galletas y panes para que tengas algo que comer durante el viaje —añadió con los ojos humedecidos, apretándole las manos con ternura—. Cuídate mucho, mi niña.

—Te quiero —fue lo único que dijo antes de subir al carruaje.

Detrás de ella, subió la doncella, acomodándose en el asiento de enfrente. El vehículo se puso en marcha con un sacudón seco. Liviana apartó las cortinas de la ventanilla e hizo un gesto de despedida a su nana, que continuaba de pie en el mismo lugar.

Con un suspiro, se enderezó en su asiento, sintiendo el traqueteo del carruaje. Se acomodó un poco, sabiendo que ese sería un largo viaje de varias horas, pero eso era poco comparado con el deseo que tenía de alejarse de Londres.

∞∞∞

Después de tres semanas en Sussex, Marcus por fin regresó a Londres.

Debía admitir que esas semanas habían sido tanto relajantes como excitantes.

Por una parte, dejó de preocuparse por sus problemas matrimoniales y, aunque no lo admitiera en voz alta, también dejó de pensar en Emma y en su deuda de honor con ella.

Y, por otra parte, la misión había sido un éxito que solo lo llenaba de orgullo.

Había cumplido con todo. Había sido demasiado fácil ganarse la confianza de aquellos hombres, quienes, por ganar más dinero, le dieron toda la información que necesitaba y le abrieron las puertas a sus negocios de contrabando.

Marcus aún pensaba que no eran muy inteligentes al mostrarlo todo a alguien que apenas demostraba interés. Sus negocios eran bastante buenos y se mantenían en discreción, pero ellos no dudaron en abrirle las puertas cuando vieron el dinero que tenía para invertir.

Al final, hizo su parte, informando de todo y hasta más, y cuando recibió la orden de apartarse, sabía que ya todo estaba hecho. Aun así, se quedó una semana más en Sussex para inspeccionar personalmente sus tierras y hablar con sus encargados de los cultivos antes de regresar a Londres.

El aire del campo siempre lo hacía reflexionar, pero al final siempre llegaba a la misma conclusión: la anulación.

A pesar de ya no estar molesto por lo sucedido antes de partir, se negaba a continuar casado con una mujer como Liviana.

Una mujer que, en primer lugar, no le gustaba y, en segundo, era una tramposa calculadora, capaz de cualquier cosa con tal de obtener lo que quería, incluso empujar a Emma por las escaleras.

Ya había decidido hablar con sus padres esa misma tarde, después de hablar con su esposa y comunicarle que, en cualquier momento, iniciaría el proceso legal para la anulación.

Antes, claro, tendría que aceptar por fin ser el espía que la Corona había deseado que fuera y, una vez dentro de las filas de los hombres del rey, conseguiría ganarse el favor que necesitaba para aminorar el escándalo que provocaría.

Cuando el carruaje se detuvo frente a su residencia, bajó enseguida, dando órdenes de que subieran su baúl y dejaran descansar a los caballos. Collins ya lo esperaba en el umbral de la puerta, con su típica expresión neutral.

—Bienvenido a casa, milord —dijo Collins, inclinándose levemente mientras tomaba el abrigo de viaje de Marcus.

—Collins —saludó de vuelta, entrando al vestíbulo.

Mientras lo atravesaba, notó que las flores que antes habían adornado algunas partes de la residencia ya no estaban.

Apretó la mandíbula al sentir un vacío repentino en el ambiente. No lo admitiría, pero sí creía que las flores de Liviana hacían lucir la casa más como un hogar.

—¿Desea que le prepare un baño o algo de comer, milord? —preguntó el mayordomo, siguiéndolo.

—Un baño está bien —respondió, subiendo las escaleras hacia su habitación—. También avísele a mi esposa que regresé y que quiero hablar con ella en una hora en mi despacho.

—Milord, su esposa no ha regresado desde hace tres semanas —avisó Collins con calma, con un tono que casi parecía querer haber dicho esas palabras solo para ver la reacción de Marcus.

Marcus se detuvo en seco a mitad de las escaleras, ladeó ligeramente la cabeza y luego se giró para mirar a Collins con el ceño fruncido.

—¿Cómo?

Collins se aclaró la garganta y continuó con su postura erguida desde el pie de las escaleras.

—Lady Stafford no regresó aquí desde que usted partió hacia Sussex, milord. Pensé que estaba al tanto de que también envió sirvientes de Hamilton House por sus cosas —explicó Collins, mirando a su señor.

Marcus apretó el pasamanos con fuerza, sintiendo cómo la ira se acumulaba en su pecho.

—¡¿Quién le dio permiso para irse?! —gritó Marcus, explotando.

Sin esperar ninguna respuesta de Collins, terminó de subir los escalones de dos en dos zancadas para luego caminar hacia el ala donde había puesto a su esposa.

—¡Liviana! —gritó, como si no pudiera creer que ella se hubiera ido.

Abrió la puerta de la habitación de un golpe, esperando encontrarla allí, pero solo encontró una habitación vacía, tal y como siempre había estado antes de que ella se mudara con él.

Sus cosas habían desaparecido de la cómoda. La cama estaba tendida con sábanas blancas, las ventanas estaban cerradas, la chimenea apagada y limpia; un indicativo de que, desde hacía días, quizá semanas, nadie dormía allí.

Se adentró en la habitación y revisó el guardarropa, encontrándolo totalmente vacío. No había nada, ni un rastro de que Liviana hubiera estado allí.

Con un nudo en la garganta y un extraño vacío en el pecho, se dejó caer en la cama, mirando la habitación y dándose cuenta de todas las macetas con flores marchitas que había por toda la estancia.

Volvió a apretar los puños y se levantó de un salto, saliendo de la habitación a grandes zancadas. Collins estaba en el mismo lugar, esperando alguna orden.

—Que ensillen un caballo. Iré a Hamilton House por mi esposa.