Capítulo 19
Frunció el ceño, sorprendida.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó con un tono de voz que oscilaba entre la curiosidad y la molestia. No le gustaba que la mujer a la que amaba Marcus estuviera en su casa.
«No es tu casa».
Le recordó esa vocecita molesta de su cabeza.
Aun así, era una falta de respeto que Emma se encontrara en una zona de la residencia a la que ningún invitado podía acceder sin una invitación expresa.
Emma la miró con una ceja arqueada y una mueca apenas perceptible en los labios.
—No puedo creer que tú lograras casarte con Marcus.
Liviana percibió el desprecio en sus palabras.
—No tiene derecho a estar aquí, y mucho menos a tutearme —espetó con dureza, señalando hacia las escaleras para indicarle que bajara.
Emma dejó escapar una risa baja mientras negaba con la cabeza.
Su cabello rubio apenas se movía; estaba tan tirante y perfectamente peinado que parecía una escultura inerte.
Su rostro lucía un empolvado que aclaraba aún más su tez, mientras que un rubor más marcado de lo habitual resaltaba sus mejillas.
Sus labios exhibían un tono rosado más intenso.
—El único que tiene derecho a decidir quién entra y quién no en esta casa es Marcus. Y, por desgracia para ti, él jamás me negaría el paso.
Liviana tensó la mandíbula con rabia, pero una punzada de dolor le atravesó el pecho al pensar que Emma tenía razón.
Marcus amaba a Emma y dudaba que siquiera la sacara de allí.
Era mucho más probable que la sacara a ella y no a Emma.
Aun así, era la marquesa, y quisiera o no, Emma debía respetar eso.
—Le pediré a Collins que la acompañe hasta la salida —masculló con rabia. Quería contenerse y mantener la compostura que durante años le habían enseñado que una dama debía conservar.
Intentó pasar de largo para llamar al mayordomo, pero Emma dio un paso y le bloqueó el camino.
—No me iré de aquí hasta que escuches lo que tengo que decir —siseó entre dientes, con la ira mucho más marcada en sus facciones—.
¿De verdad crees que porque llevas su apellido has ocupado mi lugar?
No te equivoques, Liviana; puedes tener el título, pero sabes que te odia por lo que hiciste.
Todos lo vimos aquella noche. Tú provocaste el escándalo que los llevó a este matrimonio.
¿No te da vergüenza haber forzado a un hombre que ya amaba a otra?
Liviana desvió la mirada, azorada, con un nudo en la garganta, incapaz de responder.
Emma había ido a reclamarle por haberle arrebatado su futuro junto a Marcus.
¿Acaso podía defenderse?
Todo era cierto. Por mucho que le doliera, había sido ella quien se había interpuesto entre ellos y su amor.
—¿Ahora bajas la cabeza? No eres tan valiente para mirarme a los ojos y enfrentarme, ¿cierto? Solo eres una cobarde, fea y gorda que tuvo que recurrir a trucos sucios para retener a un hombre a tu lado —escupió Emma muy cerca de su rostro.
Tenía unas inmensas ganas de llorar y, aunque estaba concentrada en no hacerlo, las palabras de Emma eran demasiado crueles para soportarlas.
Emma la sujetó del mentón, obligándola a mirarla. Sus ojos turquesa chocaron con los azules de Emma, que la observaba entrecerrando los ojos mientras la recorría con la mirada. Notó cómo apretaba los dientes con una furia contenida.
—Me niego a creer que Marcus te encuentre agraciada —masculló en voz demasiado baja, como si ese comentario fuera solo para ella, pero Liviana logró escucharlo—. Yo soy mejor que tú en todo y no permitiré que alguien como tú arruine mis planes.
Liviana frunció el ceño y se zafó con brusquedad del agarre de Emma.
—¿Planes? —musitó.
Emma sonrió con desdén, ladeando la cabeza.
—Te lo repito. Marcus me ama y hará cualquier cosa por mí, hasta anular este matrimonio. Él no tendrá a su lado a una mujer como tú como su marquesa y futura duquesa. Ese lugar, tarde o temprano, será mío.
Emma suspiró sin perder la sonrisa.
—Sé que eres inteligente. Fijarte en Marcus, un futuro duque cercano a la Corona, con múltiples negocios y una fortuna incalculable, es una ambición común.
Pero es una meta que solo una mujer como yo puede alcanzar.
Marcus merece una mujer con la que pueda ir del brazo sin sentirse avergonzado, querida.
Liviana sintió una punzada de indignación en el pecho. Miró a Emma negando con la cabeza.
—A ti solo te interesa el estatus de Marcus, ¿cierto? —quiso saber, intentando confirmar las sospechas que le habían despertado sus palabras.
Emma arqueó una ceja.
—¿Acaso a ti no? —preguntó. Luego chasqueó la lengua y rio con ironía—. Cierto, estás enamorada de él.
Liviana apretó los puños al verla burlarse de sus sentimientos.
—Es una lástima para ti que Marcus nunca corresponda esos estúpidos sentimientos. Él me ama a mí —aseguró, dando un paso hacia Liviana—. Y no permitiré que deje de hacerlo.
Liviana tomó aire y la miró con una sonrisa serena.
—Si ya terminó de decir lo que quería decir, le agradecería que se retirara de mi casa.
Puede seguir fantaseando con mi esposo, con su gran fortuna y con su estatus.
Y, si quiere gritar a los cuatro vientos que es a usted a quien ama, adelante.
No me molesta. Después de todo, quien disfruta de los privilegios de ser la marquesa de Stafford soy yo.
Emma se quedó paralizada, con el rostro encendido de furia por sus palabras, pero lo que más le irritó fue la calma que Liviana mostraba.
—¿Cómo puedes estar tan calmada después de todo lo que te dije? —chilló Emma, respirando agitadamente.
Liviana se encogió de hombros.
—A diferencia de usted —recalcó, dejando claro que ella sí había mantenido la cordialidad—, yo fui educada para ser la esposa de un marqués o de un duque. Conozco mi papel. Y nada de lo que pueda decir hará que pierda la calma ni mi posición.
Mostraba calma, pero por dentro estaba sangrando por la humillación y por la verdad de algunas de las palabras de Emma. Sin embargo, sucumbir al llanto, gritar o perder el control sería echar por la borda todo el esfuerzo que habían invertido en su educación.
—Váyase —pidió con voz moderada—. Y le prohíbo que vuelva a dirigirse a mí.
Emma sonrió.
—¿O qué?
—Le he dicho que se marche.
—¿Va a echarme de una casa que ni siquiera es tuya?
Liviana sintió cómo el pecho comenzaba a subir y bajar con rapidez mientras Emma dejaba escapar una carcajada. Sin embargo, la sonrisa desapareció de su rostro cuando vio a Marcus acercarse por el extremo del corredor izquierdo.
Liviana estaba de espaldas. Frunció el ceño ante el repentino cambio de actitud de Emma y, cuando intentó darse la vuelta, ella la sujetó por los brazos con una expresión asustada y fingió un sollozo ahogado.
—Lady Stafford... tranquilícese, por favor.
—¿Qué...?
Emma apretó con más fuerza sus antebrazos.
—Ahora comprenderás por qué Marcus jamás te creerá —susurró. Luego alzó la voz—. No quiero discutir con usted.
—Suélteme —pidió Liviana, sin comprender el extraño comportamiento de Emma.
Intentó apartarla de un tirón, pero no contó con que Emma aflojaría deliberadamente el cuerpo.
Liviana abrió los ojos con sorpresa al verla dejarse caer por los peldaños, rodando escaleras abajo hasta quedar tendida al pie de ellas.
—¡Emma! —gritó, horrorizada al verla inmóvil.
Bajó apresuradamente los escalones, pero alguien pasó junto a ella antes.
Se quedó inmóvil en los primeros peldaños al ver cómo Marcus se arrodillaba junto a Emma y la levantaba con cuidado entre sus brazos.
Su corazón latía con fuerza contra el pecho, asustada por lo que acababa de ocurrir.
Pero aún más la aterró la mirada asesina que Marcus le dirigió antes de cargar a Emma y llevarla hasta una de las salas para acomodarla sobre uno de los sillones.
Tragó saliva con dificultad y los siguió. Sus manos temblaban y, en ese momento, ya no sabía qué pensar.
¿Realmente había empujado a Emma... o ella se había dejado caer?
Pero ¿por qué iba a hacerse daño a sí misma?
«Oh, Dios mío...»
—Emma... —musitó Marcus con voz ronca, intentando despertarla mientras comprobaba si tenía sangre o alguna lesión evidente.
—Marcus... yo...
Él levantó la vista hacia ella, y Liviana se calló de inmediato al encontrarse con la dureza de sus ojos azules.
Emma dejó escapar un débil gemido, haciendo que Marcus apartara la mirada de su esposa.
—Marcus... —sollozó Emma cuando abrió los ojos.
Él acarició suavemente su mejilla.
—Ya pasó. Estoy aquí. ¿Te duele algo?
Emma fingió temblar y luego dirigió una mirada aterrorizada hacia Liviana.
—Ella... ella me empujó...
Liviana entreabrió los labios, sintiendo que la sangre abandonaba su rostro. Negó una y otra vez.
—No... Eso no es cierto... Yo... yo no...
Ni siquiera podía hablar. Estaba tan asustada que era incapaz de formular una frase coherente.
Emma escondió el rostro contra el pecho de Marcus.
—Solo quería verte porque me estabas ignorando... Ya no soportaba un día más sin poder hablar contigo, pero ella... —soltó un sollozo desgarrador—. Dios... no debí venir aquí. Fue mi error. Perdóname, Marcus.
Marcus volvió a mirar a su esposa con ira.
—¿Es verdad?
Liviana observó a Emma con incredulidad por la facilidad con la que mentía y lloraba frente a Marcus. Luego lo miró a él y negó con la cabeza.
—Marcus, escúchame. No es como ella dice. Yo solo intenté apartarla porque...
—¿La tocaste?
Liviana se quedó inmóvil.
En ese instante comprendió que nada de lo que dijera cambiaría la percepción que Marcus tenía de ella. Y esa certeza le rompió todavía más el corazón.
¿Dónde estaba el Marcus amable, comprensivo y caballeroso que había conocido?
El hombre que la miraba con semejante acusación era un completo desconocido, nada parecido del hombre del que se había enamorado.
—¡Responde! —gritó él, haciéndola sobresaltarse.
Pero ella se negó a hablar. A defenderse. Ya no serviría de nada.
Marcus cerró los ojos un instante antes de volver a abrirlos, mirándola con la misma frialdad y dureza de siempre.
—Sal de mi casa.
—Marcus... —musitó ella, reaccionando.
¿La estaba echando de su casa?
—He dicho que salgas. No quiero verte.