Miserable Matrimonio Capítulo 18
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Capítulo 18

Liviana subió al carruaje casi siendo empujada por Marcus. No entendía su enojo. Él mismo le había dicho que se alejara de él. ¿Por qué ahora actuaba como si ella hubiera cometido una falta imperdonable?

Él subió detrás y se acomodó en el asiento frente a ella. Ni siquiera habían bailado como él había dicho.

Después de la conversación con Lady Charlotte, había ido a la sala de retiro para refrescarse un poco.

El poco ponche que había bebido la había acalorado, y estar rodeada de tantas personas solo aumentaba esa sensación.

Allí había permanecido buena parte del tiempo, hasta que salió y se encontró con Marcus furioso.

Ni siquiera le había dicho nada; simplemente la tomó del brazo y la llevó casi a rastras fuera del salón.

—¿Pasó algo para que saliéramos de esta forma del baile? —preguntó Liviana con voz suave, esperando no recibir una mala respuesta.

Marcus la fulminó con la mirada.

—Solo deseaba salir de ahí —respondió—, después de buscar a mi esposa por todas partes como un maldito loco.

Liviana frunció el ceño.

—¿Me estaba buscando? Pero dijo que me alejara de usted.

—Y que te buscaría para dar un baile, no que te escondieras —replicó.

—No me escondí —mintió. Sí se había estado escondiendo, primero en el rincón donde había hablado con Lady Charlotte y luego en la sala de retiro, pero no pensaba admitirlo—. Solo fui a la sala de retiro.

Marcus endureció la mandíbula.

—¿Durante más de una hora?

Liviana tragó saliva y desvió la mirada.

—¿En serio estuviste en la sala de retiro, querida esposa?

El tono con el que formuló la pregunta insinuaba claramente que ella había estado con alguien más.

Liviana apretó los puños, sintiendo cómo la rabia comenzaba a apoderarse de ella. Sabía que él siempre pensaba lo peor de su persona, pero llegar al punto de insinuar que era una adúltera era un insulto que no estaba dispuesta a tolerar.

—¿Se atreve a insinuar que soy infiel? —exclamó con ira.

Marcus la miró sin expresión alguna.

—Puedo creer lo que quiera. Después de todo, fuiste capaz de montar un plan para atraparme en este matrimonio.

Liviana apretó los puños con tanta fuerza que sintió la tela de sus guantes tensarse. Cerró los ojos durante unos segundos, intentando serenarse.

No hablaría más.

No serviría de nada y tampoco quería provocar una discusión entre ellos que, claramente, terminaría perdiendo.

A esas alturas, ya no sabía quién era peor: si su padre... o el hombre del que tontamente se había enamorado.

∞∞∞

Marcus dio otra vuelta sobre la cama y soltó un resoplido de fastidio antes de incorporarse.

No podía dormir.

Llevaba más de una hora intentando conciliar el sueño sin éxito. Cada vez que cerraba los ojos, terminaba pensando en lo mismo.

En Liviana, en el baile y en su matrimonio.

Con un suspiro cansado, se pasó una mano por el rostro.

No podía evitar preguntarse si realmente estaba cometiendo un error al tratar a su esposa tan mal.

Había sido educado para respetar a las mujeres, protegerlas y tratarlas con la consideración que merecían. Desde niño le habían enseñado que un caballero jamás debía humillar a una dama, mucho menos a una que dependiera de él.

Y, sin embargo...

Con Liviana hacía exactamente lo contrario. La hería con sus palabras, la rechazaba y la hacía sentir como una intrusa dentro de su propia casa.

Apretó la mandíbula, negándose a sentir remordimiento. Ella había provocado todo eso llevándolo a un matrimonio que nunca quiso.

¿Acaso debía tratarla con el mismo respeto que antes?

Antes de la trampa, la consideraba una joven digna de toda su caballerosidad. La había ayudado en su presentación en sociedad sin esperar nada a cambio. Incluso había sentido cierta simpatía por ella.

Pero ahora...

El respeto también debía ganarse. Y Liviana lo había perdido el día en que destruyó la vida que él había elegido para sí mismo.

Aun así...

Cerró los ojos un instante.

Si intentaba dejar a un lado el resentimiento, le resultaba imposible negar algunas cosas.

Era hermosa. Mucho más de lo que convenía admitir.

Y, a pesar de tener apenas diecisiete años, llevaba el título de marquesa mucho mejor de lo que había esperado.

Esa noche, en el baile, se lo había demostrado al no parecer asustada ni afectada por los comentarios y las miradas.

También había comenzado a transformar la residencia, dándole ese toque femenino que, sin duda, sabía que le hacía falta.

Trataba con amabilidad al servicio y jamás la había escuchado alzar la voz ni comportarse con capricho.

También era inteligente. Y estaba seguro de que algún día sería una excelente madre.

Cualquier hombre podría enamorarse de una mujer como ella si decidiera conocerla. Él mismo lo haría... Si no existiera todo lo demás. Pero resignarse a ese matrimonio no era la vida que había imaginado para sí mismo. No quería simplemente conformarse.

Con otro suspiro, abandonó la habitación. Quizá un libro conseguiría despejarle la mente.

Bajó en silencio hasta la biblioteca. Pero, al abrir la puerta, frunció ligeramente el ceño al ver que un candelabro seguía encendido junto a uno de los sillones.

Se acercó en silencio hasta descubrir a Liviana profundamente dormida sobre el sillón, con un libro abierto sobre el regazo.

Negó despacio con la cabeza.

—Y eso que pensaba que eras responsable... —murmuró en voz baja.

Ladeó la cabeza y la observó durante un rato, sin la frialdad con la que siempre la miraba.

Dormida parecía incluso más joven. Algunos mechones oscuros descansaban sobre sus mejillas.

Su respiración era lenta y tranquila, mientras el tenue resplandor de las velas suavizaba aún más las facciones de su rostro.

Era realmente hermosa.

Y, cuanto más la observaba, más comprendía que cualquier hombre podría terminar enamorándose de una mujer así. Porque, además de hermosa, comenzaba a sospechar que era mucho más interesante de lo que él se negaba a creer.

Tragó saliva y apartó la mirada con esfuerzo.

Estuvo tentado de despertarla para que regresara a su habitación, pero se negó. Ella parecía dormir profundamente.

Desvió entonces la atención hacia el libro que descansaba sobre su regazo. Lo tomó con cuidado para no despertarla y frunció el ceño al descubrir que era un atlas. Un libro con mapas de los distintos reinos, continentes y territorios conocidos.

«¿Qué haces leyendo algo así, lobita?»

Volvió a pasar algunas páginas, notando pequeños marcadores de tela entre distintos mapas. Parecía llevar varios días leyéndolo.

Desvió la mirada del libro para volver a observar su rostro dormido.

—¿Acaso piensas marcharte? —murmuró para sí mismo, sintiendo una presión desagradable en el estómago.

Apretó los labios en una fina línea, cerró el libro y caminó hasta la estantería para colocarlo detrás de otros volúmenes mucho más pesados, ocultándolo.

Si realmente su esposa estaba pensando alguna locura, prefería que no encontrara ese libro con tanta facilidad.

Se detuvo unos segundos y luego negó para sí mismo.

—Qué tontería...

Regresó junto al sillón, la contempló unos segundos más antes de pasar un brazo por detrás de sus hombros y otro bajo sus piernas. La levantó con cuidado, empleando toda su fuerza para no dejarla caer.

Cuando la tuvo acomodada entre sus brazos, esperó unos segundos para comprobar si despertaba, pero ella apenas se removió. Solo acomodó la cabeza contra su pecho y dejó escapar un suave murmullo adormilado.

Marcus no pudo evitar sonreír.

Y, sin pensarlo, acercó el rostro a su cabello, aspirando el aroma a rosas que ya se había impregnado en casi todas las salas de la residencia.

Mientras caminaba hacia la habitación de Liviana, volvió a recordar el baile de esa noche y lo hermosa que se había visto con ese vestido azul, que solo había resaltado el color de sus ojos.

Para su desgracia, más de uno también había reparado en ello, incluido Windsor. Apenas había llegado a Londres y ya había estado mirando a su esposa.

«Idiota».

Todavía se arrepentía de haberle ordenado que se alejara. Si hubiera dejado el orgullo a un lado, tal vez habría bailado un vals con ella y, con eso, habrían acallado parte del escándalo que los rodeaba.

Cuando llegó por fin frente a la habitación, abrió la puerta con cierta dificultad sin dejar de sostenerla entre sus brazos. Se acercó a la cama y la depositó con sumo cuidado sobre las sábanas. Después acomodó una manta sobre su cuerpo.

Apretó los puños y los soltó enseguida, sintiendo cómo su cuerpo parecía echar de menos el tibio peso que acababa de abandonar.

Avivó el fuego de la chimenea para que la habitación no se enfriara durante la madrugada y, antes de marcharse, volvió a mirar a Liviana, que continuaba profundamente dormida.

Y, sin pensarlo más, salió de la habitación en completo silencio, cerrando la puerta con cuidado para no despertarla.

∞∞∞

Esa mañana, el sol que entraba por la ventana la despertó, haciéndola fruncir el ceño. Había olvidado cerrar las cortinas después de haber pasado más de media hora sentada frente a la ventana, contemplando la oscuridad de la noche.

Permaneció unos instantes con los ojos cerrados, disfrutando del calor que desprendían las sábanas. Poco a poco comenzó a desperezarse, pero, cuando abrió los ojos por completo, frunció ligeramente el ceño.

Miró a su alrededor, todavía algo adormilada.

Estaba en su habitación. Parpadeó varias veces.

«¿Cómo...?»

La noche anterior recordaba perfectamente haberse quedado leyendo en la biblioteca. Incluso recordaba el pesado libro de mapas sobre su regazo. Después...

Se incorporó lentamente en la cama, intentando hacer memoria de cómo había llegado a su habitación, pero el recuerdo no aparecía. Lo único que conseguía recordar era el sueño venciéndola poco a poco.

Bajó la mirada hacia el camisón que llevaba puesto y luego volvió a recorrer la habitación. No encontraba ninguna explicación lógica. Si algún sirviente la hubiera encontrado dormida en la biblioteca, lo más razonable habría sido despertarla para que regresara por su propio pie.

No imaginaba a Collins ni a ninguna de las doncellas cargándola hasta su habitación.

Frunció un poco más el ceño.

—Quizá me desperté a medias y subí sin recordarlo.

Debía de haber estado tan dormida que, al despertar unos instantes, simplemente había regresado a su habitación antes de volver a quedarse profundamente dormida.

Terminó por encogerse ligeramente de hombros. No valía la pena seguir dándole vueltas.

Permaneció un buen rato en la cama, contemplando cómo la luz del día llenaba de vida la habitación. Después miró las flores que había colocado sobre la repisa de la chimenea. Ya comenzaban a marchitarse y tendría que cambiarlas.

Serían las únicas que cambiaría. Las que había colocado por el resto de la casa tendría que quitarlas. Marcus había dejado muy claro que no deseaba que modificara nada más dentro de la casa. Pero, al menos en su habitación, podía hacer lo que quisiera.

Sonriendo, supo lo que haría esa mañana: una vez más, trasplantaría las flores del jardín a macetas y las colocaría en el pequeño balcón de su habitación.

Era pequeño y no lo usaba porque daba justo a las caballerizas; ni siquiera abría esas ventanas por el olor a estiércol que subía desde abajo. Solo abría las que daban a la calle.

Con un suspiro, se levantó y estiró el cuerpo bostezando. Luego tiró del cordón de la campanilla que anunciaría a los sirvientes que ya había despertado.

Esperó sentada frente al tocador a que apareciera Bea u Olivia. No pasaron muchos minutos cuando llamaron a la puerta y entró Bea.

—Buenos días, milady —saludó con una leve sonrisa.

Liviana le respondió de la misma manera.

Luego se dedicó a observar cómo Bea llenaba el aguamanil donde se lavaría el rostro. El agua estaba tibia, justo lo que necesitaba para terminar de abrir los ojos.

Después escogió el mismo vestido ligero que había usado días atrás para trabajar en la plantación de las flores. Ya estaba lavado y planchado, listo para recibir más tierra ese día.

Cuando ya llevaba media mañana, el mayordomo y uno de los mozos de las caballerizas transportaron las macetas con las flores hasta su habitación.

Ninguno de los sirvientes preguntó la razón por la que estaba retirando las flores del pequeño jardín.

Solo se limitaron a ayudarla. Tampoco había visto a Marcus ni había recibido, por medio de Collins, ninguna orden suya para que permaneciera en su habitación, por lo que supuso que debía de estar encerrado en su despacho o había salido.

No le preguntó a Collins, como había hecho dos días atrás cuando fue a su despacho. No quería saberlo y comenzaba a convencerse, poco a poco, de que tampoco le importaba.

—Eso es todo —dijo con un suspiro, contemplando su habitación, ahora mucho más viva gracias a todas las flores. El balconcito se había llenado rápidamente y, al menos, el aroma floral ayudaría a disimular el olor a estiércol.

—¿Necesita algo más, milady? —preguntó Collins.

Liviana negó con una sonrisa.

—Eso es todo. Gracias por la ayuda. Pueden retirarse —respondió con suavidad, observando cómo se marchaban.

Una vez sola, soltó un suspiro y se dejó caer en uno de los sillones junto a la chimenea. Permaneció contemplando la habitación, sin nada más que hacer.

Cuando vivía en Hamilton House, siempre pasaba el tiempo tocando el pianoforte o pintando. También leía o bordaba, aunque esto último lo detestaba; aun así, la ayudaba a pasar el rato.

Tristemente, allí Marcus no tenía un pianoforte, así que no podría practicar sus melodías favoritas. Tampoco había llevado consigo las acuarelas; las había dejado en Hamilton House pensando que no tendría tiempo para esas cosas si se convertía en la marquesa de Stafford.

—Debí haberlas traído —musitó, torciendo el labio.

Echó la cabeza hacia atrás un instante y luego se levantó como un resorte, sonriendo.

—Pero aún estoy a tiempo —dijo un poco más alto, caminando hacia la salida de su habitación para buscar a Collins. Necesitaba que enviara a alguien a Hamilton House para que trajera sus materiales de pintura cuanto antes.

Caminó por el pasillo que conducía a las escaleras, pero se detuvo en seco al ver a la señorita Emma allí.