Capítulo 17
Tres días después, llegó por fin la noche del baile ofrecido por los vizcondes de Bolingbrooke. Era el primer evento social al que asistirían desde su matrimonio, y Liviana sabía que serían el centro de todas las miradas.
Negar que estaba nerviosa sería mentir. Desde que los periódicos habían convertido su matrimonio en el escándalo del momento, era consciente de que muchos estarían esa noche más interesados en verla a ella que en disfrutar del baile.
—Milady —habló Bea desde la puerta de la habitación—. El carruaje está listo.
Liviana respiró hondo una última vez frente al espejo.
Estaba lista para enfrentarse a la sociedad esa noche.
Había practicado frente al espejo su mejor expresión neutra, imaginando las miradas que recibiría, los murmullos y los comentarios que, sin duda, la aguardaban al entrar en el salón junto a su esposo.
Se ajustó los guantes de satén color marfil y se obligó a relajar los hombros mientras sonreía sin mostrar los dientes.
Miró su vestido, satisfecha con el resultado de su elección.
Era de seda azul noche; el talle era ajustado justo bajo el busto, mientras que el escote era amplio y redondeado, adornado con un fino bordado de flores en hilos dorados y azul plateado que se extendía sobre el delantero del vestido, descendiendo entrelazado entre tallos y pequeñas hojas hasta perderse en la falda.
Las mangas eran muy cortas y estaban cubiertas por una ligera gasa gris perla, casi transparente, que descansaba sobre los hombros.
Tomó aire y le dio la espalda a su reflejo. Era momento de enfrentarse a la sociedad. Bajó las escaleras y caminó hasta el vestíbulo. La puerta principal estaba abierta, con Collins y la señora Rose aguardando cerca.
—Lord Stafford la espera en el carruaje, milady —avisó Collins con una leve inclinación de cabeza.
—Bien —murmuró, sin mostrar mucha sorpresa por el hecho de que Marcus hubiera decidido esperarla ya en el carruaje y no en el vestíbulo—. Gracias.
Salió de la residencia hacia el carruaje. El cochero enseguida abrió la portezuela y Liviana subió con cuidado, acomodándose en el asiento mientras sentía la mirada de Marcus fija en ella.
—Buenas noches, milord —expresó casi en un susurro.
—Buenas noches.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. Desde que había irrumpido en su despacho la tarde pasada, no lo había vuelto a ver. Y sabía que pasarían más días en los que tampoco lo vería, incluso semanas, debido al horario que él había establecido para evitar encontrarse.
Cuando él le recitó esos horarios, ella solo asintió sin decir nada.
Tenía un nudo en la garganta que se lo impedía, y el ardor en el pecho también había sido insoportable.
Era más que claro que él quería evitarla a toda costa, mientras que ella...
solo anhelaba poder estar cerca de él, aunque fuera solo por unos instantes.
Después de dos días sin verlo, aun sabiendo que estaba bajo el mismo techo, pensó en ir a su despacho. Aunque sabía que no era una buena idea y que podía salir de allí mal parada, su corazón le pedía a gritos buscar una excusa para verlo.
Y había tenido razón, solo que no contó con que él sería tan cruel como para recordarle cuánto la odiaba y, por supuesto, que no tenía derecho alguno a opinar o cambiar nada dentro de la casa.
Era como volver a estar en una jaula.
Discretamente volvió a mirarlo, notando que ahora él observaba por la ventanilla. Tenía el rostro serio, algo normal en él cuando estaban juntos; su cabello estaba perfectamente peinado y vestía un impecable frac negro, con chaleco color marfil y el pañuelo anudado alrededor del cuello.
Mientras el carruaje recorría las calles de Mayfair, Liviana procuró mantener la vista fija en la ventanilla, sin decir una sola palabra. No quería provocarlo y que terminara siendo aún más cruel que la tarde pasada.
«¿Así será el resto de nuestras vidas?».
Aunque debía recordar que, seguramente, su matrimonio con Marcus no duraría mucho. Estaba segura de que él no se resignaría a una vida a su lado, viviendo con horarios para no encontrarse o enfadándose cada vez que ella estuviera cerca.
Hundió ligeramente los hombros con un suspiro, sin saber exactamente qué le depararía el futuro.
Finalmente, el carruaje se detuvo frente a Bolingbrooke House.
Las luces de la entrada iluminaban la imponente fachada de la residencia.
Liviana se inclinó para mirar mejor por la ventanilla.
Los nervios aumentaron al percibir la cantidad de carruajes que esperaban su turno para dejar a los invitados.
Era sabido que la mayor parte de la nobleza estaría presente en el baile, pero hasta ese momento no había pensado en cuántos pares de ojos estarían sobre ellos.
Ya no estaba tan segura de que su práctica frente al espejo le fuera a ser de mucha ayuda.
Se mordió el labio inferior, recordando cómo la señorita Whitcombe la había castigado una vez por haber mostrado inseguridad ante una audiencia, obligándola a recitar poesía durante horas frente a una ventana abierta.
Ese recuerdo no consiguió calmar sus nervios; al contrario, le recordó que nunca había logrado tocar bien el pianoforte delante de otras personas, ni siquiera leer o recitar poesía.
Movió la cabeza, apartando esos malos recuerdos. No le servían de nada en ese momento.
Para intentar serenarse, desvió la mirada de la fila de carruajes y contempló la fachada de la residencia. Bolingbrooke House era imponente, amplia y majestuosa, digna de un noble inglés como el vizconde.
Ladeó la cabeza observando los detalles mientras recordaba a su primo Nicholas.
Él solía pasar mucho tiempo en Londres y siempre lo veía junto al vizconde de Bolingbrooke.
En aquel entonces, ella todavía era una niña de doce años.
Sonrió al pensar en su primo. Siempre le traía regalos de Francia y pasaba algo de tiempo con ella, pero hacía años que no lo veía.
Él no había regresado más a Londres. Suponía que su vida en Francia había comenzado a ser más importante que sus visitas a Inglaterra.
Cuando por fin el carruaje se detuvo, la puerta fue abierta por un lacayo que aguardaba junto a la entrada. Marcus descendió primero. Luego se volvió hacia ella y, sin decir una palabra, le tendió la mano.
Liviana lo miró sorprendida y algo dubitativa.
«Me está ofreciendo ayuda para bajar».
Su corazón dio un vuelco al contemplar la mano extendida de su esposo, esperando la suya. Tragándose el nudo que tenía en la garganta, posó su mano sobre la de Marcus con suavidad, evitando que él notara su temblor. Pudo sentir que la mano de él era grande y cálida, envolviendo la suya con firmeza.
En ese momento habría dado cualquier cosa por prolongar ese simple contacto que, aunque no lograba sentir su piel por los guantes que ambos llevaban, sí le permitía experimentar lo que la cercanía de su mano junto a la de él provocaba en su cuerpo, una sensación que ni ella misma sabía describir.
Su burbuja se rompió enseguida cuando sintió cómo él soltaba su mano con cierta dureza, sin llegar a ser brusco. Entrelazó los dedos y bajó la mirada.
«No te hagas ilusiones, Liviana. Solo sufrirás más».
Se dijo a sí misma, recomponiendo su postura y borrando cualquier rastro de tristeza de su rostro. Lo siguió hasta la entrada, pero antes de poner un pie dentro, él se detuvo y la esperó.
—Toma mi brazo —musitó, ofreciéndoselo para que ella lo sujetara—. Recuerda que esto es solo apariencia, como cualquier otro matrimonio miserable dentro de ese salón. Ahora pon tu mejor rostro feliz, lobita.
Liviana lo miró con el ceño fruncido, pero no demoró en entrelazar su brazo con el de él. Atravesaron juntos el gran vestíbulo y, apenas el ujier anunció su llegada, decenas de miradas se volvieron hacia ellos.
—Los marqueses de Stafford.
Liviana sintió cómo varias damas disimulaban sus comentarios tras los abanicos, mientras algunos caballeros observaban a Marcus con expresión curiosa.
Ella respiró hondo y mantuvo la compostura, aunque por dentro temblaba de los nervios. Ni siquiera su presentación en la corte la había hecho sentirse tan nerviosa e insuficiente como esa noche.
«Tranquila, recuerda tu papel. Eres una marquesa, no una niña asustada. Sonríe un poco, pero no demasiado».
Se lo repitió una y otra vez mientras avanzaban entre la multitud. La orquesta sonaba mientras algunas parejas ya danzaban en el centro del salón.
Observó a Marcus de reojo. Él parecía bastante tranquilo, como si las miradas o los comentarios susurrados no le afectaran.
—¿Por qué me dices lobita? —preguntó de pronto, tratando de desviar sus nervios.
Era la segunda vez que él decía lobita. La primera no le había generado curiosidad, pero ahora, además de desviar su atención, quería saber el motivo detrás de ese apodo tan peculiar. Por lo poco que sabía de los lobos, no encontraba en sí misma nada que justificara esa comparación.
—¿Has leído la Biblia? —inquirió él sin mirarla. En ese momento dedicó un leve asentimiento a un grupo de caballeros que pasaba cerca, mientras seguían caminando por el salón.
Liviana frunció ligeramente el ceño.
—Sí.
—Entonces recordarás que la Escritura advierte sobre los lobos con piel de cordero. Personas que aparentan inocencia y bondad, pero ocultan otras intenciones.
Liviana parpadeó varias veces antes de girar el rostro hacia él con una expresión de dolor. Apretó los puños, pero enseguida los relajó.
—Por eso prefiero llamarte lobita. Con ese rostro inocente tienes a todos engañados, haciéndoles creer que eres una dama buena e inocente, cuando en realidad eres una mujer calculadora y tramposa. Solo míranos. Aquí estamos, tú y yo, encadenados en este matrimonio por tu capricho.
—Marcus... —musitó ella con la respiración entrecortada, sintiendo cómo sus palabras le desgarraban el pecho más que cualquier daño físico.