Capítulo 16
El conde permaneció inmóvil en mitad del corredor, observando la puerta por la que su hija acababa de marcharse.
Aún tenía el ceño fruncido, incapaz de comprender la frialdad y dureza con las que ella le había hablado.
Jamás Liviana se había dirigido a él de esa forma, y mucho menos le había contestado.
—Milord.
La voz de la señora Parker hizo que volviera la vista hacia ella. La mujer lo observaba con pura rabia.
—¿Qué ocurre? —preguntó él con sequedad.
—No me importa si después de esto decide echarme de esta casa.
—¿Disculpa? —inquirió, alzando una ceja.
—He guardado silencio durante todos estos años por Lady Liviana. Mientras ella vivía en esta casa, no podía permitirme perder mi trabajo y dejarla completamente sola. Pero ahora ya no depende de usted ni vive bajo su techo.
Henry la fulminó con la mirada.
—Mida sus palabras, señora Parker —advirtió.
—No, milord. Ya es hora de que alguien le diga la verdad —bramó la mujer, dando un paso al frente—. Ha sido un padre terrible.
—Estás olvidando cuál es tu lugar.
—Le dije que no me importaba si me echaba, milord, y ya no puedo callarme más. Ha tratado a su propia hija como si no valiera nada. Nunca le bastó nada de lo que ella hacía para intentar ganarse un poco de su afecto.
Él apretó la mandíbula.
—No permitiré...
—¿Y luego qué hizo? —lo interrumpió la señora Parker, alzando un poco la voz—.
Quiso entregarla en matrimonio a un hombre que podría ser su abuelo y, cuando ese matrimonio no se llevó a cabo y ocurrió el escándalo con el marqués de Stafford, ni siquiera le importó.
Solo deseaba librarse de ella cuanto antes, sin importarle en absoluto el bienestar ni la reputación de Lady Liviana.
—¡Cállate! No sabes de lo que hablas.
—Sé exactamente de lo que hablo, milord. Porque yo sí vi a esa niña llorar todas las noches, preguntándose por qué su padre nunca parecía quererla.
Henry apretó los puños, desviando la mirada hacia el suelo. La señora Parker respiró profundamente y negó con la cabeza.
—Dígame una cosa, milord... ¿Cree que la condesa seguiría amándolo si pudiera ver cómo ha tratado a la hija que, antes de morir, le pidió que cuidara y amara?
El rostro del conde palideció y levantó rápidamente la mirada hacia la señora Parker, sin decir una sola palabra.
La señora Parker hizo una leve reverencia.
—Con su permiso, milord. Estaré esperando su decisión respecto a mi trabajo en esta casa.
Y, sin esperar autorización, se dio la vuelta y se alejó por el pasillo, dejando al conde completamente solo y con los ojos humedecidos por las lágrimas.
Segundos después, subió casi corriendo a su habitación, donde cerró la puerta y suspiró profundamente.
Pero eso no bastó para deshacer el nudo que le oprimía el pecho.
Caminó despacio hacia la puerta que comunicaba su habitación con la que había pertenecido a la condesa.
Era el único acceso a esa estancia, pues él mismo había cerrado con llave la puerta principal y, desde hacía diecisiete años, ningún sirviente había entrado allí.
Solo él, cuando necesitaba sentir que ella aún permanecía a su lado.
Con las manos temblorosas, giró la llave en la cerradura y abrió la puerta. Todo seguía exactamente igual; no había cambiado nada. Pero su aroma ya no estaba. Habían pasado demasiados años. Ahora solo percibía el olor a polvo de una habitación vacía.
Miró la cama y el dolor que nunca desaparecía se agudizó.
El recuerdo de ver a su esposa sufrir durante el parto y perder la vida mientras traía al mundo a su única hija seguía atormentándolo.
Y por esa razón, por haberse quedado atrapado en ese momento de su vida, había perdido la oportunidad de ver crecer a su hija, de darle el amor que su esposa le había hecho prometer que le daría.
Se acercó al tocador, donde descansaba un pequeño retrato de su esposa.
Siempre lo contemplaba durante horas, impidiendo que las facciones de su rostro se borraran de su memoria, aunque sabía que eso nunca ocurriría.
Su hija había heredado casi todo de su madre: sus ojos, su mirada, la forma de su rostro y el cabello oscuro.
Pero ver el rostro del amor de su vida reflejado en Liviana solo le recordaba lo que había perdido para siempre.
Y estaba seguro de que nada podría reparar el error que había cometido año tras año durante diecisiete años.
Su hija nunca le perdonaría haber sido un padre ausente y terrible, ni él mismo podría perdonarse por haber permitido que el miedo y el dolor lo alejaran de lo único que aún le quedaba de su esposa.
∞∞∞
El despacho estaba tranquilo y silencioso; solo se escuchaba el suave crepitar de las brasas en la chimenea. Ya eran las dos de la tarde, y aún no había salido de allí ni para almorzar. Había pedido que le sirvieran algo ligero y se lo llevaran.
Tampoco había querido ver a su esposa, aunque ya había implementado los horarios que ella misma propuso.
Él había decidido que ella fuera la primera en usar el comedor para el almuerzo o la cena cuando él estuviera en casa; luego lo ocuparía él.
También le había dicho que, mientras permaneciera en su despacho, no se preocupara por andar por donde quisiera, ya que él pasaba la mayor parte del tiempo allí.
En esos dos días había funcionado bien: ya no desayunaban juntos y tampoco se la había encontrado.
Era como si nuevamente estuviera viviendo solo.
Pero sabía que ella estaba ahí; su presencia era demasiado evidente en los cambios que empezaba a notar en su casa.
En ese momento, llamaron a la puerta. Sin levantar la mirada de los documentos que tenía sobre la mesa, se limitó a decir un seco «pase», esperando que fuera Collins.
—Milord.
Marcus se tensó ligeramente al escuchar la voz de su esposa. Con el ceño fruncido, levantó la vista hacia ella.
—Sé que no debo interrumpirlo ni acercarme a su despacho mientras esté en casa, pero... —se calló y alzó un sobre para mostrárselo—. Es para usted.
—Collins es el encargado de traerme cualquier correspondencia que llegue para mí —espetó con frialdad.
Él la miró fijamente, notando cómo ella pasaba la lengua por sus labios. Irritado, apartó los ojos de ese rostro demasiado hermoso para su gusto.
—Lo sé, pero también quería pedirle algo —expresó Liviana con suavidad, acercándose para dejar el sobre sobre la mesa. Enseguida retrocedió unos pasos, haciendo que él endureciera la mandíbula.
«Tampoco es necesario que se aleje como si tuviera la peste».
—¿Qué quieres? —preguntó, mirando el sobre.
Liviana se mordió el labio con cierto nerviosismo. Antes de presentarse ante él, había pensado mucho en lo que iba a decir.
—Quería saber si podría aceptar comprar un juego de mesa para el jardín —pidió, apretando la tela de su vestido entre los dedos.
—No tenemos jardín, Liviana —aclaró Marcus con neutralidad.
Por supuesto que ya sabía del cambio que su esposa había hecho en su patio, plantando flores. Esa era una de las cosas que le recordaban constantemente que ella estaba ahí.
—Yo... he plantado algunas flores y pensé que un pequeño espacio para sentarse a disfrutar de la tarde sería un cambio agradable, si no es mucha molestia.
—No me gusta que estés cambiando mi espacio. Me gustaba como estaba —espetó con el ceño fruncido.
Liviana lo miró de la misma forma, ladeando ligeramente la cabeza.
—¿En serio no le gusta más la claridad y la vida que tiene ahora este lugar? —inquirió con un tono relajado y apenas desafiante.
Marcus dejó de fruncir el ceño y levantó ligeramente las cejas con sorpresa.
—Quiero decir... me gusta la casa, pero algunas flores le dan un toque más acogedor. Igual, si no quiere poner la mesa en el jardín, est...
—No —la interrumpió de golpe, haciéndola callar—. No quiero que cambies nada de mi casa.
Liviana entreabrió los labios para decir algo, pero terminó cerrándolos y solo asintió lentamente, sintiendo una punzada dolorosa en el pecho al escuchar cómo él recalcaba «mi casa», dando a entender claramente que ella no tenía derecho a nada dentro de esa casa.
—Está bien —musitó, sin querer insistir más. Si lo hacía, probablemente recibiría palabras aún más crueles, y no quería eso.
—¿Piensas que puedes acorralarme en este matrimonio y luego querer cambiar mi casa a tu gusto, Liviana? —continuó él con frialdad, mirándola con dureza—. Te lo advertí. Te dije que este matrimonio no sería más que un infierno para ti.
—Entendí. No tienes que ser tan cruel —pidió Liviana, conteniendo las lágrimas.
Marcus sonrió con ironía.
—¿Cruel? No estoy siendo ni la mitad de cruel de lo que te prometí que sería, Liviana. Hasta te di tu espacio. Eres tú quien vino a mí sabiendo que no quiero verte.
Marcus vio el dolor reflejado en la mirada turquesa de su esposa; cómo su rostro angelical se teñía de rojo y sus ojos se humedecían.
Y, sin decir una sola palabra, la vio salir del despacho casi corriendo.
Se quedó mirando la puerta entreabierta, percibiendo el delicado aroma a rosas que ella había dejado en el ambiente. No sabía por qué haber sido tan cruel lo hacía sentirse tan poco hombre.
¿Qué le importaban a él los cambios que estaba haciendo ella? ¿No era más fácil decir que sí y dejar que se fuera?
Soltó un suspiro pesado mientras volvía su atención a los informes sobre el escritorio. Pero, antes de hacerlo, vio el sobre que le había llevado Liviana.
Lo tomó y lo abrió, comprobando que era de Emma.
Mi querido Marcus:
No sé si debería escribirte. He comenzado esta carta muchas veces y siempre termino rompiéndola por temor a importunarte. Sin embargo, hoy el deseo de saber de ti ha superado ese temor.
Te extraño.
No pasa un solo día sin que piense en ti. A veces cierro los ojos e imagino que nada de lo ocurrido ha sucedido, que aún podemos casarnos y ser felices como habíamos planeado tantas veces.
Me pregunto constantemente cómo te encuentras. Si duermes lo suficiente o si todo esto también te roba el sueño, como a mí.
Sé que no debería escribirte estas palabras, pero mi corazón sigue siendo incapaz de olvidarte. Hay momentos en los que siento que apenas puedo respirar al pensar que otra mujer ocupa el lugar que siempre soñé compartir contigo.
No deseo causarte más preocupaciones de las que ya debes tener, ni presionarte para saber si anularás o no tu matrimonio, aunque no saberlo me está matando lentamente por dentro.
Me aterra que, con el paso del tiempo, llegues a pensar que no valgo lo suficiente como para afrontar un escándalo aún mayor, como sería una anulación.
Aquí, en casa, las cosas tampoco marchan bien. Mi madre continúa muy enfadada por todo lo sucedido y apenas hablamos sin terminar discutiendo. Me dice que debo olvidar el pasado y aceptar que tú ya estás casado, pero no puedo hacerlo. No sé cómo arrancarte de mi corazón.
Además... ha surgido otro contratiempo que ha terminado por empeorar aún más su humor.
Nuestra modista se niega a continuar confeccionándome vestidos hasta que se salde una deuda que mi madre aún no ha podido pagar. Dice que, en esas condiciones, será imposible encargar nuevos trajes para la temporada y se niega rotundamente a que asista a los bailes con vestidos repetidos.
No debería preocuparte con algo como esto cuando existen asuntos mucho más importantes y, quizá, dentro de unos días hasta me avergüence de habértelo contado.
Pero no puedo evitar entristecerme al pensar que, si finalmente no asisto a los próximos eventos, ni siquiera tendré la oportunidad de verte, aunque sea de lejos y del brazo de otra mujer.
Supongo que debo resignarme.
Solo quería que supieras cuánto te extraño y cuánto deseo verte, aunque solo sea unos minutos.
Con todo mi cariño,
Emma Ashton
Marcus exhaló lentamente y dejó la carta sobre el escritorio. Endureció el semblante al sentir la impotencia que le provocaba imaginar a Emma sufriendo por su culpa. Y ahora, además, ella debía resignarse a permanecer encerrada en su casa mientras el resto de la sociedad disfrutaba de la temporada.
No. Eso no podía permitirlo.
Si algo había aprendido de su padre era que un caballero debía hacerse responsable de las consecuencias de sus actos. Emma se había entregado completamente confiando en él, y él le había prometido un matrimonio, un futuro, una buena vida que ya no podía ofrecerle.
Esa sí era una responsabilidad que él debía asumir, no la que sus padres se empeñaban en atribuirle respecto a Liviana.
Su mandíbula se tensó apenas pensó, una vez más, en el origen de todo.
Por culpa de ese matrimonio impuesto, Emma era quien sufría las consecuencias. Liviana había conseguido exactamente lo que deseaba: convertirse en la marquesa de Stafford. Y él... había perdido la libertad de elegir a la mujer con la que quería compartir su vida.
Negó con la cabeza, apartando esos pensamientos antes de que la rabia volviera a dominarlo. La ira no resolvería nada. Solo necesitaba encontrar la forma de anular su matrimonio sin perjudicar aún más su reputación, aunque esa era, precisamente, la parte más difícil.
Tomó una hoja de papel, mojó la pluma en el tintero y comenzó a escribir una orden dirigida a su banco para que se librara la cantidad necesaria.
Cuando terminó, dobló el papel y lo selló con cera.
Luego tiró de la campanilla que estaba junto a la puerta, esperando que Collins respondiera.
El mayordomo apareció pocos minutos después.
—¿Milord?
Marcus le tendió los documentos.
—Quiero que saldes de inmediato la deuda que la señorita Ashton mantiene con su modista. Después, asegúrate de que pueda encargar cuantos vestidos necesite para el resto de la temporada. Que todo se cargue a mi cuenta y, por favor, procura que el asunto se maneje con la mayor discreción posible.
Collins recibió el sobre sin mostrar emoción alguna.
—Como ordene, milord.
Cuando Collins abandonó el despacho, Marcus se recostó lentamente en el respaldo de su silla y cerró los ojos.
Deseaba verla. Hablar con ella y pedirle un poco más de tiempo. Pero no podía. Ahora era un hombre casado. Por mucho que detestara su matrimonio, no podía permitirse visitar a Emma a escondidas ni alimentar rumores que arruinaran aún más la reputación de ambos.
Además, sería una falta de respeto hacia la mujer con la que estaba casado... incluso si esa mujer era la misma responsable de haberlo condenado a ese matrimonio.
—Tarde o temprano encontraré la forma de deshacerme de ti, Liviana.
Hasta entonces, lo único que podía hacer por Emma era protegerla desde la distancia.