Miserable Matrimonio Capítulo 15
23%

Capítulo 15

Dos días después, Liviana agradeció a Bea, quien se había encargado de asistirla esa mañana.

La había ayudado con el vestido y el peinado.

Se había levantado más temprano de lo habitual porque quería hacerle una visita a su nana; le había enviado una nota para avisarle que iría a verla después de que su padre saliera.

Sabía que el conde era de los que salían temprano a resolver sus asuntos, por lo que quería aprovechar al máximo el poco tiempo que tendría con su nana. La extrañaba y necesitaba su abrazo.

Como sabía que el día sería igual de caluroso que los anteriores, eligió un vestido de seda azul claro, salpicado de pequeñas flores en tonos rosa y verde.

El talle alto quedaba ceñido bajo el pecho y adornado con un pequeño lazo de color crema, mientras que el escote, bajo y redondeado, estaba rematado con un delicado borde de encaje.

Le encantaban los colores claros y los motivos florales; casi todos sus vestidos de día eran muy parecidos por esa razón.

Aunque comenzaba a pensar que ya debía renovar su guardarropa, especialmente los vestidos de paseo y los destinados a los eventos nocturnos.

Aún no estaba segura de si participaría en la vida social durante el resto de la temporada, pero debía estar preparada, más aún sabiendo que las modistas debían de estar cargadas de trabajo.

Una vez lista, salió de su habitación y bajó a la planta baja para dirigirse al comedor.

Pero, apenas puso un pie en la estancia, se detuvo bruscamente y el corazón le dio un vuelco al encontrar a Marcus sentado en una de las sillas, con el periódico abierto frente a él.

La mesa estaba servida y solo permanecían allí el mayordomo y el ama de llaves, esperando cualquier orden.

No lo veía desde la noche en que la había sacado a rastras de su habitación. Había intentado esperarlo por las noches, pero siempre terminaba quedándose dormida, y tampoco conseguía verlo por las mañanas.

Y justo cuando ni siquiera había planeado encontrárselo, allí estaba. Sus manos comenzaron a sudar mientras su corazón se aceleraba aún más. Latía demasiado deprisa con el simple hecho de saber que él estaba cerca.

Respirando hondo, se acercó con pasos suaves hacia la mesa y ocupó el lugar que había tomado como suyo, desde donde podía contemplar el patio que estaba transformando.

Las flores aún eran pequeñas, pero la diferencia ya era enorme.

Lo malo era que ese asiento quedaba justo al lado del que ocupaba Marcus.

La mesa era pequeña y redonda en comparación con las grandes mesas de Hamilton House y Agnes House, pero a ella le había encantado precisamente porque ni siquiera cuando desayunaba sola la hacía sentirse tan solitaria. Sin embargo, ahora estaba nerviosa por la cercanía de Marcus.

—Buenos días —saludó con la voz más baja de lo habitual, aunque dedicó una leve sonrisa a Collins y a la señora Rose, quienes respondieron con una inclinación de cabeza.

Marcus bajó el periódico justo cuando ella iba a servirse un poco de leche tibia. Liviana se puso aún más nerviosa al notar que la observaba.

—¿Acaso no había más sillas? —preguntó él con dureza, empleando ese tono habitual con el que siempre se dirigía a ella.

Liviana abrió los labios para responder, pero volvió a cerrarlos mientras bajaba la mirada. Se mordió el labio y apretó los puños sobre su regazo, ocultos debajo de la mesa.

«No tienes que bajar siempre la cabeza, Liviana».

Se reprendió a sí misma, apretando todavía más los puños. Después los relajó, enderezó la espalda, levantó el mentón y tomó la mermelada de frutos rojos.

—Me gusta este lugar por la vista. Además, como usted nunca está aquí para el desayuno, no sabía cuál era su sitio —respondió con suavidad mientras tomaba dos cucharadas de mermelada y las añadía a la leche aún tibia. Revolvió con cuidado hasta que la leche adquirió un tono rosado pálido.

Marcus observó el gesto en silencio, frunciendo el ceño ante esa peculiar mezcla.

—¿Quiere probar? —preguntó ella sin mirarlo, consciente de que él no había dejado de observarla.

Estaba cada vez más nerviosa, pero comenzaba a descubrir que se le daba bastante bien fingir tranquilidad.

—Como sea. También veo que has decidido sacrificar tu sueño solo para molestarme —continuó Marcus, volviendo a levantar el periódico.

Liviana negó suavemente con la cabeza. Sí, ya sabía que él supondría algo así.

—Puede pensar lo que quiera, milord. De nada servirá que le explique lo contrario —expresó, tomando ahora una rebanada de pan recién horneado y untándola con mantequilla.

Marcus volvió a mirarla, entrecerrando los ojos. Ella simplemente continuó con su desayuno, aunque ahora algo más decaída. Él nunca cambiaría la opinión que tenía de ella.

Masticó el pedazo de pan lentamente y después dio un sorbo a la leche endulzada con la mermelada de frutos rojos.

Cerró los ojos para contener un pequeño sonido de satisfacción.

La mezcla estaba deliciosa. Durante los días que llevaba ahí le habían servido mermeladas de diferentes frutas, pero ninguna superaba a la de esa mañana.

La de frutos rojos era, sin duda, su favorita.

Miró a la señora Rose con una sonrisa.

—Me gusta más esta mermelada que la de los otros días, señora Rose. Tiene un sabor realmente delicioso.

—Se lo diré a la señora Bennett, milady —respondió el ama de llaves, satisfecha.

—Gracias.

Liviana continuó con su desayuno como los días anteriores, sabiendo que Marcus estaba allí, pero intentando convencerse de que no era así, de que estaba sola como todas las mañanas.

Solo cuando terminó se permitió mirarlo. Le dolió el pecho al hacerlo y recordar que él nunca se fijaría en ella, que nunca la querría y que solo sentía odio y rencor hacia su persona. Tragó saliva y tomó aire, procurando que su voz no revelara cuánto la afectaban sus propios pensamientos.

—Milord —habló Liviana, retorciéndose las manos bajo la mesa.

Él no la miró, pero hizo un leve gesto con la cabeza para indicarle que continuara.

—Solo quería decirle que no tiene por qué evitar su propia casa por mi causa.

Si no desea compartir el desayuno o la cena conmigo, podemos establecer un horario para que usted lo haga primero y yo después.

Igual cuando desee utilizar la biblioteca o simplemente permanecer en cualquier otra estancia, puede avisarme con antelación.

De ese modo —añadió, tratando de mantener la compostura—, evitaremos cualquier encuentro innecesario y ambos podremos sentirnos más cómodos.

Marcus continuó sin mirarla; únicamente frunció el ceño. Liviana esperó que dijera algo o que, al menos, estableciera los horarios. Ella se sentiría infeliz, pero así podría devolverle algo de la privacidad y tranquilidad que él tanto apreciaba.

—¿Y por qué mejor no te mudas al campo? —inquirió de repente.

Liviana sintió que el corazón se le rompía un poco más. La quería lo más lejos posible.

El mayordomo y el ama de llaves intercambiaron una mirada, ambos con expresiones preocupadas por la situación. Aun así, no tenían derecho a intervenir.

—Yo...

—Olvídalo. Dentro de tres días será el baile de los vizcondes de Bolingbrooke —la interrumpió Marcus con una voz más suave de la que había empleado con ella desde que se casaron—. Quiero que estés preparada para asistir a mi lado.

Liviana lo miró rápidamente, parpadeando varias veces mientras intentaba comprender el repentino cambio de actitud. Aun así, se limitó a asentir.

Ya debía levantarse y marcharse. Se estaba retrasando para ver a su nana.

—Sobre los horarios de...

—Hablaremos después de eso —volvió a interrumpirla.

—Está... bien —respondió mientras apartaba la silla para ponerse de pie—. Me retiro.

Marcus no respondió ni hizo ademán alguno de detenerla.

—Señor Collins, ¿ya han preparado el carruaje? —preguntó Liviana antes de abandonar el comedor.

—Sí, milady. La espera en la entrada —respondió el mayordomo con una inclinación de cabeza.

Liviana le dio las gracias y salió del comedor para dirigirse directamente al vestíbulo. Antes de abandonar la residencia, se puso los guantes y el sombrero, tomó su ridículo y, finalmente, salió para subir al carruaje.

∞∞∞

Marcus aún tenía la mirada fija en la puerta por la que Liviana acababa de salir, totalmente sorprendido por la actitud tan madura que había mostrado esa mañana. Aunque, si lo pensaba bien, ella nunca se había comportado de forma diferente ante él.

Ni siquiera cuando la había ayudado el día de su presentación en sociedad. Aquel día solo estaba asustada por algo que no conocía y, aun así, se había comportado como una mujer capaz de mantener la compostura a pesar de los nervios que la embargaban.

Pero aún no podía creer que le hubiera propuesto establecer horarios para evitar encontrarse. Claro que deseaba poder caminar y estar en su propia casa como quisiera, pero eso no significaba que fuera a mantenerla encerrada por puro capricho y orgullo.

Y tampoco había estado bien decirle que se fuera al campo tan abruptamente, aunque sí era lo que deseaba.

Él no era esa clase de hombre. Era la clase de hombre que prefería alterar sus horarios y permanecer fuera de su propia casa antes que ordenarle que no se encontrara con él, dándole así a ella el espacio que quisiera, aun sabiendo que ni siquiera merecía esa consideración.

Se levantó de la mesa, dejando el periódico a un lado y conteniendo las ganas de preguntarle a Collins adónde se dirigía su esposa. Simplemente salió del comedor y se encaminó hacia su despacho, donde cerró la puerta de un portazo.

Se sentó en su silla y se recostó, mirando la lámpara que colgaba del techo mientras recordaba involuntariamente el rostro tranquilo y bonito de su esposa esa mañana.

Tenía un ligero rubor en las mejillas y algo de bálsamo en los labios.

También se había fijado en sus ojos turquesa, aunque esa mañana parecían más azules de lo habitual.