Capítulo 14 #2
—Una postura admirablemente equilibrada, Stafford.
Aunque quizá resulte más sencillo encontrar ese equilibrio desde las propiedades de un marqués que desde una pequeña granja de Sussex —añadió Ravensworth, poniéndose de pie una vez más—.
Debemos ser sinceros, milores. Ninguno de los que estamos aquí y poseemos propiedades agrícolas sufrimos las consecuencias de esta crisis como los que trabajan y viven directamente de la tierra.
Marcus apretó la mandíbula.
—Precisamente por eso procuro escuchar a quienes trabajan mis tierras y comprobar por mí mismo su situación antes de hablar en nombre de ellos, Ravensworth —replicó con tranquilidad, aunque lo fulminaba con la mirada—. Recomiendo la costumbre.
Algunas risas poco disimuladas se escucharon entre los presentes, haciendo que Ravensworth entrecerrara los ojos.
—Entonces, propongo mantener las restricciones sobre el cereal extranjero y considerar nuevos aranceles que protejan nuestra producción nacional —repuso Ravensworth, ignorando tanto las palabras de Marcus como las risas.
Marcus negó ligeramente con la cabeza ante la propuesta de Ravensworth.
Sabía que al hombre solo le importaban sus propios intereses, como a la mayoría de los presentes, pero incluso ellos debían ser conscientes de las consecuencias que traería agravar aún más la crisis.
Decidió no intervenir de nuevo. Confiaría en que el resto de los lores fueran más sensatos que Ravensworth.
Poco después, las propuestas fueron sometidas a la consideración de la Cámara. Marcus permaneció tranquilo en su lugar mientras los lores manifestaban sus votos. Finalmente, la postura que él había defendido obtuvo la mayoría de votos.
Marcus dejó que cierta satisfacción suavizara su semblante y permitió que, por supuesto, Ravensworth lo notara.
Si era sincero consigo mismo, no había esperado obtener tanto apoyo debido al escándalo que lo rodeaba, pero parecía que su influencia y sus palabras habían conseguido que los lores dejaran el asunto a un lado.
Después de todo, estaban discutiendo una crisis que afectaba al país, y no había lugar para las habladurías de los círculos sociales.
Al menos, podría dejar de preocuparse un poco por las quejas y presiones que últimamente recibía de sus arrendatarios y administradores.
La sesión continuó durante algunos minutos más, hasta que finalmente se dio por concluida.
Marcus recogió sus papeles y se puso de pie, dispuesto a abandonar la Cámara, pero algunos lores lo retuvieron más tiempo del esperado.
Cuando por fin consiguió salir, subió a su carruaje y puso los ojos en blanco al descubrir que, frente a él, lo esperaba Beaufort.
—¿En serio? ¿Acaso no tienes tu propio carruaje? —cuestionó Marcus, dando un golpe en el techo para indicar al cochero que podía emprender la marcha.
Beaufort se acomodó en el asiento frente a él con una sonrisa imperturbable, al tiempo que se encogía de hombros.
—Eso mismo me pregunté yo esta mañana, si acaso no tenías cocineros que te prepararan el desayuno —respondió Beaufort en tono burlón.
Marcus lo fulminó con la mirada.
—No tenía adónde más ir. Winchester seguramente estaría con resaca, y no quería lidiar con sus quejas matutinas —se cruzó de brazos y soltó un suspiro—. Y sabes bien que quiero estar lo más lejos posible de mi casa en estos días.
La noche anterior casi no había podido dormir pensando en la insolencia que había cometido Liviana.
Presentarse en su habitación con la intención de consumar el matrimonio.
Había estado dándole vueltas al asunto hasta casi el amanecer, cuando no pudo soportarlo más.
Se levantó, se vistió y salió de la casa, apenas a las seis y media de la mañana.
—Eso es precisamente lo que no entiendo, Stafford.
—No empieces, Beaufort —resopló, irritado porque volviera a sacar el tema de su matrimonio.
—No terminé de contarte lo bien que me fue en la visita que le hice a tu esposa —continuó el duque, como si no hubiera escuchado la queja de su amigo.
Marcus apretó los puños, molesto porque volviera a mencionarlo. No sabía qué le irritaba más: si el hecho de que su amigo se hubiera atrevido a visitar a su esposa sin su consentimiento o el descaro con el que se jactaba de ello.
—No entiendo por qué no le das una oportunidad a tu matrimonio. Lady Stafford parece ser una buena mujer, educada, inteligente, sensata y, sobre todo...
—No te atrevas a decirlo —lo cortó Marcus, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.
—Hermosa —finalizó Beaufort con una sonrisa de triunfo, sosteniéndole la mirada a su amigo—.
La verdad, no creo que realmente te haya tendido la trampa que tú crees.
No parece esa clase de mujer. Sigo pensando que todo fue una desafortunada casualidad.
Ella solo quería confesarte sus sentimientos y todo terminó arruinado con la aparición de los invitados.
Marcus bufó, negando con la cabeza y conteniéndose para no darle un golpe a Beaufort por llamar hermosa a su esposa. Era una falta de respeto que no habría tolerado de ningún otro hombre, pero entre ellos existía una confianza que les permitía ciertas libertades.
—Es una loba con piel de cordero, Beaufort. Engaña a todos con esa inocencia y ese rostro angelical y...
«Sí, hermoso. No lo negaré, pero tampoco pienso decirlo en voz alta».
—¿Y? —lo retó Beaufort—. Creo que sí te gusta tu esposa, solo que eres tan orgulloso y necio que no te das cuenta. O... —Marcus entrecerró los ojos—... prefieres culparla de todo para seguir encaprichado con la señorita Ashton.
Marcus apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
—Lo que siento por Emma no es un capricho —replicó entre dientes.
—¿No?
—No. Precisamente el día en que Liviana tramó toda esta farsa, tenía pensado anunciar nuestro compromiso.
Un compromiso que tuve que romper por su culpa.
¿Cómo crees que podría gustarme una mujer a la que no le importan los sentimientos de los demás?
Así que no, amigo mío, mi esposa no me gusta ni me gustará jamás.
Beaufort miró a Marcus ahora con mayor seriedad.
—¿Realmente amas a la señorita Ashton, Marcus?
—inquirió el duque, llamándolo por su nombre de pila—.
Si estás convencido de que ella es la mujer de tu vida, por la que estás dispuesto a anular tu matrimonio y poner en juego tu reputación, entonces te apoyaré.
Eres mi amigo y siempre estaré a tu lado, pase lo que pase.
Pero debes estar seguro de tus sentimientos...
y también de los de ella hacia ti. No vayas a arruinarte por algo que, al final, quizá no valga la pena.
Marcus no respondió de inmediato. Sopesó las palabras de su amigo. Beaufort hablaba como si hubiera pasado por algo semejante, pero no recordaba ningún acontecimiento en su vida. Al final, asintió.
—Quiero tener una vida feliz con la mujer que yo desee y escoja. He trabajado duro para ganarme una buena reputación, soy rico y poseo los medios suficientes para elegir esposa sin necesidad de ambicionar una dote. Por eso nunca me importó si Emma pertenecía a la nobleza o era una simple burguesa.
Beaufort terminó asintiendo. Había intentado que su amigo entrara en razón, pero era difícil.
Realmente lo sentía por Lady Stafford, quien sí parecía una buena mujer, pero, si permanecía al lado de Marcus en esas circunstancias, solo terminaría viviendo un matrimonio infeliz, como tantas mujeres que se casaban por conveniencia.
—Si estás decidido a luchar por una anulación, debes estar preparado para afrontar las consecuencias sociales y el escándalo que provocará entre la alta sociedad —advirtió Beaufort con expresión grave.
—Lo sé —fue lo único que respondió Marcus, a la vez que desviaba la mirada hacia la ventanilla y observaba las calles de Londres mientras el carruaje avanzaba lentamente.