Capítulo 14
Liviana esperó unos instantes antes de ingresar al salón.
No quería que ninguno de los dos sospechara que había escuchado parte de la conversación, así que respiró hondo y procuró borrar de su rostro cualquier rastro de tristeza y culpabilidad antes de cruzar el umbral. Apenas entró, Beaufort se puso de pie.
—Lady Stafford, me temo que debo retirarme.
Liviana se detuvo a pocos pasos de él y asintió. No intentaría retenerlo; después de lo que acababa de escuchar, tampoco se sentía con ánimos para continuar la conversación.
—Por supuesto, su gracia. Le agradezco mucho su visita. Ha sido un placer conocerlo.
—El placer ha sido mío, milady —respondió Beaufort con una ligera reverencia—. Espero que volvamos a encontrarnos pronto.
—Eso espero.
El duque hizo una reverencia hacia Lillian antes de dirigirse a la puerta. Liviana avanzó detrás de él con la intención de acompañarlo hasta la salida, pero Beaufort levantó una mano para detenerla.
—No es necesario que se moleste, milady. Conozco el camino.
Liviana le dedicó una leve sonrisa. Tampoco insistiría.
—Que tenga un buen día, su gracia.
—Igualmente, Lady Stafford.
Beaufort abandonó el salón y cerró la puerta tras de sí.
Liviana permaneció de pie por un instante, con la mirada fija en la puerta cerrada, aún pensando en lo que había escuchado minutos antes. La opresión en su pecho era desagradable y constante.
Nunca había querido arrebatarle a Marcus su tranquilidad ni convertir su propio hogar en un lugar del que sintiera la necesidad de escapar.
—Liviana, querida.
La voz de Lillian la hizo salir de sus pensamientos. Alzó la mirada y encontró a la duquesa observándola desde el sillón.
—¿Sí, su gracia?
—Ven a sentarte. Estás demasiado seria. ¿Hay algo que quieras contarme? —inquirió la duquesa, mirándola con cariño.
Liviana obedeció y ocupó el sillón que Beaufort había dejado libre, acomodando las manos sobre su falda.
—No pasa nada —respondió, fingiendo una sonrisa. Lillian la observó durante unos segundos antes de sonreír.
—Espero que no hayas olvidado el baile de los vizcondes de Bolingbrooke. Será dentro de una semana.
Liviana se mordió el interior de la mejilla, apretando disimuladamente la falda de muselina verde claro.
—No creo que vaya a asistir —dijo, no muy convencida de que esa decisión agradara a su suegra.
—¿Por qué no? —preguntó Lillian con el ceño fruncido.
Liviana la miró con incredulidad. A veces creía que la duquesa solo quería burlarse de ella, pero luego recordaba que era Lillian, una mujer de corazón noble que solo quería lo mejor para ella.
—¿Ha leído el periódico de esta mañana? —quiso saber en tono suave.
Lillian dejó escapar un leve suspiro.
—Ah. Eso.
—Hablan de mi matrimonio como si fuera el mayor escándalo ocurrido en Londres —dijo Liviana con menos entusiasmo, desviando la mirada.
—No deberías dar importancia a las habladurías, querida.
Ahora mismo es lo más reciente que tienen para comentar —respondió Lillian con tranquilidad—.
Dentro de una semana será otra boda, una disputa, un compromiso roto o cualquier indiscreción cometida durante un baile.
La sociedad siempre necesita algo de qué hablar. Ya te irás acostumbrando.
—Pero ahora hablan de mí.
—Y hablarán aún más si te escondes.
Liviana se removió inquieta en el asiento. Solo deseaba volver a ser invisible, entrar en un salón de baile sin que nadie reparara en su presencia. Antes no había sabido valorar esa tranquilidad, cuando solo deseaba recibir atención. Ahora la tenía, pero no le gustaba.
Lillian se inclinó un poco hacia ella.
—No debes permitir que unas cuantas miradas o críticas decidan cómo vas a vivir. Eres la marquesa de Stafford. Si asistes al baile con la cabeza alta y actúas como si esos rumores carecieran de importancia, terminarán perdiendo interés.
Liviana bajó la mirada hacia sus manos.
Sonaba sencillo cuando Lillian lo decía. Pero no sería fácil llegar, mantener la cabeza en alto y sonreír mientras decenas de personas murmuraban a sus espaldas, fingiendo que nada de eso la afectaba.
Y lo peor de todo era que tendría demasiado cerca a la persona que más la odiaba y rechazaba: Marcus. ¿Cómo iba a mantener la cabeza alta frente a los demás cuando ni siquiera sabía si su propio esposo estaría dispuesto a permanecer a su lado durante un baile?
Ni siquiera le había mencionado la invitación.
Liviana no sabía si Marcus pensaba asistir, si esperaba que ella lo acompañara o si, por el contrario, preferiría que permaneciera en casa.
Y no podía decidirlo por sí misma como si la invitación solo le concerniera a ella.
Tendría que esperar a que Marcus regresara y conocer sus intenciones.
Si es que regresaba a una hora en la que pudiera hablar con él.
La culpa volvió a oprimirle el pecho.
—No es tan sencillo —musitó finalmente.
Lillian suavizó la expresión.
—Sé que no lo es, querida. Pero esconderte solo hará creer a todos que tienes algo de qué avergonzarte.
Liviana apretó ligeramente los labios. ¿Acaso no lo tenía?
Ella era, en parte, culpable de su propia desdicha.
Había besado a Marcus porque había creído que esa era su oportunidad de librarse de Lord Aldermere y casarse con el hombre que amaba.
Había aceptado seguir adelante con el matrimonio aun sabiendo que Marcus no lo deseaba.
Y la noche anterior había ido hasta sus aposentos intentando impedir que pudiera anularlo.
Sí tenía motivos para sentirse avergonzada. Y también culpable.
—Quizá tenga razón —respondió solo para que Lillian dejara de presionarla. Esa era una discusión que no podía ganar, y dudaba que algún día pudiera hacerlo con Lillian.
—La tengo —aseguró Lillian con una sonrisa—. Ya verás. Asistirás al baile, estarás preciosa y demostrarás que los rumores no tienen poder alguno sobre ti.
Liviana apenas consiguió devolverle la sonrisa.
No quiso preguntarle qué ocurriría si Marcus no deseaba asistir o acompañarla.
Sabía exactamente lo que sucedería si lo hacía.
Lillian encontraría alguna explicación y le aseguraría que Marcus, tarde o temprano, comenzaría a verla de otra manera.
Y ya no quería escuchar esas cosas, no cuando cada acto de Marcus demostraba precisamente lo contrario.
Prefería guardar silencio y esperar a hablar con él, aunque tuviera que esperarlo toda la noche. Si debían asistir al baile de los vizcondes de Bolingbrooke, quería que fuera porque Marcus había decidido hacerlo y no porque su madre volviera a intervenir para obligarlo.
Lady Lillian ya había intervenido demasiado por ella.
∞∞∞
Marcus apretó los dientes apenas vio a Lord Ravensworth ponerse en pie. De todos los hombres presentes en la Cámara esa tarde, tenía que ser precisamente él quien decidiera cuestionar su discurso.
Aun así, mantuvo el semblante impasible mientras ocupaba nuevamente su lugar, ignorando la irritación que ese hombre despertaba en él.
—El marqués de Stafford propone reducir algunos de los gastos, impuestos y obligaciones económicas que pesan sobre los propietarios y revisar las restricciones sobre el cereal extranjero —comenzó Ravensworth con serenidad, dirigiéndose a los presentes—.
Sin embargo, si se reducen las restricciones a la entrada de cereal extranjero, nuestros agricultores tendrán que competir con precios que difícilmente podrán igualar.
¿No terminaríamos agravando precisamente la situación que su señoría pretende remediar?
Marcus endureció ligeramente la mandíbula. Era una objeción razonable, no lo negaría, pero habría preferido que no fuera precisamente él quien la planteara. Esperó a que terminara su intervención antes de ponerse nuevamente en pie.
—Soy terrateniente, milores. Conozco las cuentas de mis propiedades, hablo con mis administradores y sé las dificultades que atraviesan mis arrendatarios.
Una cosecha abundante de poco sirve al agricultor si el precio que obtiene por ella apenas le permite cubrir sus rentas y demás obligaciones.
Pero tampoco podemos protegerlo a costa de mantener el pan fuera del alcance de quienes deben comprarlo —respondió, paseando la mirada por los hombres presentes, que permanecían en silencio, escuchándolo con atención—.
Debemos aliviar, en cuanto sea posible, los gastos e impuestos, favorecer las mejoras agrícolas y revisar con prudencia las restricciones que han dejado de cumplir su propósito.
Proteger al agricultor británico no debería significar obligar al resto del país a pagar un pan más caro.
Marcus observó cómo los lores murmuraban entre sí.
Desde que había ocupado su lugar en la Cámara de los Lores, procuraba estudiar cuidadosamente cada asunto que habría de discutirse, ganándose con ello el respeto y, en muchas ocasiones, el voto de quienes lo consideraban inteligente y prudente en sus propuestas.
Solo esperaba que el escándalo que ahora arrastraba a causa de su matrimonio no impidiera que sus pares continuaran tomándolo en serio.
Como terrateniente, tenía especial interés en que la situación del campo no se agravara.
Una nueva caída en el precio del cereal no solo afectaría a sus arrendatarios, sino que, tarde o temprano, también repercutiría en las rentas de sus propiedades.
Sin embargo, también era necesario mantener cierto equilibrio.
Un precio excesivamente elevado perjudicaría a quienes dependían de comprar esos alimentos, mientras que uno demasiado bajo podía llevar a sus arrendatarios a tener dificultades para pagar las rentas y obligarlo a reducirlas, disminuyendo así la rentabilidad de sus propiedades agrícolas.