Capítulo 13
—Milady, eso podemos terminarlo nosotras —dijo con preocupación Olivia, una de las doncellas de la casa—. Bea y yo podemos seguir plantando las flores. No es necesario que se ensucie de tierra.
Liviana la miró de soslayo con una sonrisa y negó con la cabeza mientras continuaba abriendo un pequeño hoyo en la tierra con la paleta.
—Me gusta sentir la tierra húmeda entre los dedos de vez en cuando —respondió, dejando la paleta a un lado para tomar una de las pequeñas matas de lavanda que Olivia y Bea habían comprado esa mañana por petición suya.
Suspiró mientras acomodaba la planta en el hueco. Había ordenado comprar plantas jóvenes en lugar de semillas porque no quería esperar demasiado para ver el patio cubierto de flores. Con algo de cuidado, esas pequeñas matas crecerían y se extenderían mucho antes.
Esa mañana se había levantado con la idea de transformar el pequeño patio de la residencia.
Deseaba poder asomarse al balconcito que le había mostrado Collins y contemplar las flores, y no solo un camino fangoso cubierto de piedras.
También había pensado colocar un pequeño banco de hierro o, quizá, un juego de sillas con una mesita del mismo material.
Eso completaría la transformación, y estaba segura de que se vería hermoso.
Pero, después de leer en el periódico las noticias sobre su reciente matrimonio, convertido ya en el escándalo del momento y en tema de conversación en todo Mayfair, se le quitaron las ganas de ir ella misma por las flores y prefirió enviar a las doncellas.
No quería enfrentarse todavía a las miradas ni a las críticas de la sociedad. Aún no.
—Ahora puedes plantar allí los lirios —dijo, señalando otro punto del patio.
Olivia enseguida asintió y tomó algunos de los bulbos que habían dejado preparados.
—Esto se verá hermoso —comentó la doncella con una sonrisa—. Tiene usted muy buen gusto para estas cosas, milady.
Liviana sonrió ante el halago.
—Gracias —musitó.
Trabajar en la jardinería no era algo que le apasionara, pero sí le gustaba rodearse de flores y plantas. Era una de las cosas que más adoraba de Hamilton House: el extenso jardín lleno de flores y vegetación. Y quería conseguir algo parecido en su nueva casa.
La señora Rose apareció poco después en el patio. Apenas puso un pie allí, se detuvo al encontrar a Liviana agachada sobre la tierra, con las manos ocupadas alrededor de una pequeña mata de lavanda.
—Milady... —comenzó con preocupación, acercándose a ella—. No debería ocuparse usted misma de estas cosas. El mozo de las caballerizas podría hacerlo por usted.
Liviana levantó la mirada y sonrió con amabilidad. Al parecer, tendría que repetir la misma explicación varias veces más.
—Eso mismo intentaban convencerme de hacer Olivia y Bea, señora Rose —respondió, acomodando con cuidado la tierra alrededor de la planta—. Pero me gusta hacer algunas cosas por mí misma. Eso me ayuda a pasar mejor el tiempo.
El ama de llaves miró sus manos manchadas de tierra y después a las dos doncellas con cierta preocupación. Olivia se limitó a bajar la mirada para ocultar una pequeña sonrisa.
—Como desee, milady. Aunque... en realidad he venido porque tiene una visita.
Liviana dejó de acomodar la tierra y alzó la cabeza. ¿Una visita?
—¿Quién es?
—El duque de Beaufort, milady. Está esperando en el salón.
Liviana frunció ligeramente el ceño mientras intentaba recordar el nombre. Lo había escuchado antes, pero nunca había sido presentada formalmente al duque.
—No creo conocerlo.
—Su su gracia es amigo íntimo de Lord Stafford —explicó la señora Rose.
Liviana bajó la vista hacia sus manos cubiertas de tierra y continuó acomodándola alrededor de la planta que acababa de trasplantar. Sus dedos temblaron ligeramente al recordar a su esposo y lo que había ocurrido la noche anterior.
—Entonces será mejor que se lo comunique a mi esposo. Imagino que ha venido a verlo a él —dijo con la voz un poco más apagada, sin dejar de acomodar la tierra.
La señora Rose vaciló.
—Lord Stafford no se encuentra en casa, milady. Salió muy temprano esta mañana.
Liviana levantó nuevamente la mirada, parpadeando varias veces.
—Oh...
No sabía que Marcus había salido. Aunque tampoco debía sorprenderla.
Él había dejado bastante claro que no tenía intención de compartir con ella sus asuntos ni de modificar sus costumbres por el matrimonio.
Por eso tampoco le había sorprendido volver a sentarse sola a la mesa del comedor durante el desayuno de esa mañana.
—Dígale a su su gracia que lo recibiré en un momento. Y ofrézcale algún refrigerio mientras espera, por favor.
—Por supuesto, milady.
La señora Rose hizo una reverencia y regresó al interior de la casa.
Liviana permaneció unos segundos con la mirada perdida.
Luego bajó los ojos hacia el vestido que había elegido para ese día.
Era sencillo y bastante fresco, ideal para una mañana como esa, en la que había decidido trabajar en el jardín.
El vestido era de muselina verde claro, salpicada de pequeñas flores en tonos rosa, amarillo y azul violáceo, unidas por delicados tallos verdes.
Una fina cinta rosa empolvado rodeaba el talle y se anudaba por detrás.
El escote era bajo y redondeado, mientras que las mangas eran cortas y ligeramente abullonadas, cubiertas por una capa más ligera y translúcida de la misma muselina floral.
Cerca del bajo y sobre una de las rodillas, la tela estaba manchada de tierra.
—¿El duque de Beaufort? —musitó para sí, confundida mientras contemplaba las manchas del vestido.
Con el vestido no podía hacer gran cosa, pero al menos se lavaría las manos y se refrescaría un poco antes de presentarse ante el duque. Dejó a las doncellas terminando de trasplantar las flores y se dirigió al interior de la residencia, subiendo directamente a su habitación.
Al entrar, pasó al cuarto de baño contiguo y vertió agua de la jarra en la jofaina. Se lavó las manos, frotándose los dedos hasta retirar los restos de tierra que se habían acumulado alrededor de las uñas. Después humedeció un paño limpio y se lo pasó por el rostro y el cuello.
Frente al espejo del tocador, ladeó la cabeza para comprobar su aspecto.
Algunos rizos se habían desprendido del peinado y sus mejillas aún estaban sonrosadas por el tiempo que había pasado al aire libre.
Intentó acomodar los mechones y luego bajó la mirada hacia el vestido, observando nuevamente las manchas.
—Tendrá que disculparme —murmuró, encogiéndose de hombros.
Después de todo, había sido el duque quien había llegado sin anunciarse previamente.
Alisó la falda con las manos y abandonó la habitación. Bajó las escaleras para luego dirigirse al salón donde aguardaba el duque. Al entrar, lo encontró con una taza de té entre las manos.
—Buenos días —saludó Liviana con educación y una sonrisa cálida.
El duque enseguida dejó la taza a un lado y se puso de pie. Liviana disimuló una mueca de sorpresa al ver lo alto que era; podría decirse que superaba a Marcus por dos o tres centímetros.
—Buenos días, milady —respondió él, haciendo una educada reverencia.
—Perdone mi aspecto, su gracia. No esperaba visitas esta mañana.
Beaufort la observó rápidamente antes de volver la mirada al rostro de Liviana, sin mostrar el menor desagrado por las pequeñas manchas de tierra que ensuciaban la falda del vestido.
—Soy yo quien debe disculparse por presentarme sin previo aviso —respondió con una sonrisa—. Espero no haber interrumpido nada importante.
Liviana negó suavemente con la cabeza, señalando los asientos.
—Nada importante. Solo estaba intentando hacer algo con el patio para que se viera más bonito.
Beaufort arqueó ligeramente las cejas, con una mezcla de sorpresa y diversión.
—¿Usted misma?
—Con ayuda de mis doncellas —aclaró Liviana.
Beaufort asintió, ladeando ligeramente la cabeza. Luego dejó escapar un leve suspiro antes de volver a mirar a la esposa de su amigo. Parecía nerviosa o quizá simplemente inquieta por su inesperada presencia.
—Por favor, tome asiento, su gracia.
—Después de usted, milady.
Liviana ocupó uno de los sillones y Beaufort esperó hasta verla acomodada antes de volver al suyo.
—Y... ¿cuál es el motivo de su visita, su gracia? —inquirió Liviana, procurando mantener la voz tranquila.
—Cierto. Una vez más, le pido disculpas por no haberme presentado como debía. Anthony Ross, duque de Beaufort —se presentó él—. Y uno de los amigos más cercanos de su esposo. Es un placer conocerla al fin, Lady Stafford.
Liviana le dedicó una sonrisa. El hombre parecía amable y no mostraba el menor asomo de desdén hacia ella.
—El placer es mío, su gracia. Me temo que todavía no conozco a los amigos de mi esposo. Esta es mi primera temporada y apenas he tenido oportunidad de familiarizarme con toda la sociedad —explicó, bajando la mirada con un poco de vergüenza.
—No se preocupe por eso, milady —respondió Beaufort con buen humor—. Probablemente sea una ventaja no conocer a demasiados aristócratas.
Liviana levantó las cejas sin comprender durante unos segundos, hasta que dejó escapar una pequeña risa cuando finalmente entendió el comentario. Ella no sabía si estar de acuerdo con eso; no conocer a nadie podía resultar bastante... solitario.
Ahora que podía observarlo con mayor detenimiento, reparó en sus ojos color miel y en el cabello castaño cuidadosamente peinado.
Poseía facciones definidas y varoniles, aunque menos severas que las de Marcus.
Además de ser alto, tenía los hombros anchos y una constitución que, por un momento, le recordó a la de su esposo.
Sin embargo, ahí terminaba el parecido. Beaufort parecía mucho más accesible.
—La señora Rose me dijo que mi esposo no se encuentra en casa —comentó Liviana, al no saber muy bien qué decir ni qué temas de conversación mantener con un duque—. Si deseaba hablar con él, me temo que no sé cuándo regresará.