Miserable Matrimonio Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Abrió la puerta de su habitación y notó el ambiente cálido que aún conservaba la chimenea, donde permanecían algunas brasas encendidas.

También observó que las cortinas estaban ligeramente apartadas, permitiendo que la luz de la luna iluminara parte de la estancia, algo que los sirvientes nunca hacían.

Y lo que más lo hizo fruncir el ceño fue percibir un delicado aroma a rosas impregnando el ambiente.

Esa fragancia, sin duda, no era suya. Cerró la puerta con cuidado y recorrió lentamente la habitación con la mirada, buscando algún indicio de que alguien hubiera violado su preciada privacidad.

Ni siquiera cuando Emma había ido a visitarlo la había llevado a su habitación; era otro de sus lugares sagrados.

Observó que, sobre la mesita de noche, una vela se consumía casi por completo y, cerca de la chimenea, descansaba un vaso de whisky a medio terminar.

Por supuesto que alguien había estado allí.

Marcus avanzó con cautela hacia el centro de la habitación, manteniendo alerta todos sus sentidos. Se detuvo en seco, sorprendido al ver sobre su cama a la lobita de su esposa.

«De aquí proviene el olor a rosas».

Soltó un resoplido molesto y se acercó con la intención de despertarla y exigirle que regresara de inmediato a su habitación.

Sin embargo, volvió a detenerse cuando sus rodillas tocaron el borde de la cama. Parpadeó varias veces, recorriendo involuntariamente con la mirada el cuerpo de su esposa, casi... desnudo.

Su nuez subió y bajó con fuerza, incapaz de apartar la vista de ella.

El salto de cama de seda blanca se había abierto, dejando al descubierto parte de la delicada tela que llevaba debajo.

Al ver la transparencia de la prenda, imaginó que había acudido a su habitación con la intención de... consumar el matrimonio.

«Imposible, jamás haré... tal cosa.» Incluso en sus propios pensamientos titubeó.

Negó con la cabeza con brusquedad, pero, aun así, sus ojos seguían posados sobre las suaves curvas del cuerpo de Liviana.

La transparencia de la tela permitía distinguir con claridad el contorno de sus piernas, el suave volumen de sus caderas, la silueta de su cintura y el delicado movimiento de su pecho al compás de su respiración pausada.

Marcus sintió cómo una corriente recorría todo su cuerpo y enseguida frunció el ceño con disgusto.

Era un hombre. Su cuerpo reaccionaba de forma instintiva ante la visión de una mujer y su esposa...

, por muy indispuesta que le resultara y aunque quisiera negarlo, era una mujer extraordinariamente hermosa.

Sus ojos continuaron recorriéndola, desde las piernas hasta el rostro.

Sus ojos azules se detuvieron en su semblante antes de volver a bajar hacia su pecho.

Ladeó ligeramente la cabeza, observando el joven y angelical rostro de Liviana.

No llevaba maquillaje alguno; su cabello oscuro estaba esparcido sobre la almohada y algunos mechones descansaban sobre sus hombros y su pecho.

Sintió cómo su corazón daba un leve vuelco al percibir tan de cerca la belleza natural de su esposa.

En ese momento parecía tan delicada y femenina que lo estaba dejando completamente...

sin palabras. No estaba acostumbrado a mujeres como ella; ni siquiera Emma le había despertado nunca esa clase de sentimientos.

Enseguida se alejó. Se pasó una mano por el rostro antes de endurecer el semblante, se giró y, sin observarla más de lo debido, la zarandeó con impaciencia para despertarla.

Liviana soltó un gemido a la vez que abría ampliamente los ojos y luego los posaba sobre él. Marcus la miró con dureza.

—Levántate —ordenó con voz gélida.

Marcus vio cómo ella obedecía sin rechistar, poniéndose de pie sin percibir que aún tenía el salto de cama abierto, mostrando su cuerpo ante él.

Una vez más volvió a mirarla, fijándose ahora en cada detalle: sus caderas anchas y redondeadas, su cintura estrecha y sus pechos abundantes.

Tenía el estómago ligeramente redondeado, pero eso solo aportaba aún más naturalidad a su persona.

Algo que lo estaba desconcertando por completo.

—Yo... Marcus... —tartamudeó ella, aún con la voz adormilada mientras se frotaba los ojos.

Sus labios estaban ligeramente abultados y sus mejillas sonrojadas, una visión que empezaba a sofocarlo. Sin poder evitarlo, recordó el inocente beso que ella le había dado la noche en que todo comenzó.

Enseguida le dio la espalda y soltó un resoplido de fastidio.

—¡Tápate! ¿Crees que quiero verte en esas condiciones? —gruñó él, apretando los dientes, molesto consigo mismo.

Una cosa era admitir que Liviana, la hija del amigo de su padre y a la que prácticamente había visto crecer, era hermosa; y otra muy diferente era... desearla.

«Imposible. Me niego. Ella es una arpía que nos condenó a este miserable matrimonio», se repitió, tratando de disipar el calor que recorría su cuerpo.

Liviana, por su parte, no demoró en apretarse las cintas que sujetaban su salto de cama. Estaba nerviosa. ¿Cómo se le había ocurrido dormirse?

—Milord —dijo con suavidad, mordiéndose el labio mientras esperaba que él quisiera escucharla—. Yo... solo quería...

—Cállate —ordenó él, girándose para mirarla a los ojos—. Si pretendías que consumáramos el matrimonio, te sacaré de esa ensoñación —dijo, dando un paso peligrosamente hacia ella, que retrocedió—. Nunca. Voy. A. Tocarte. Este matrimonio nunca será válido.

Liviana parpadeó varias veces, intentando procesar lo que eso significaba. Él le dedicó una sonrisa desprovista de todo humor.

—¿Qué ocurre, lobita? ¿No salió el plan como esperabas? ¿No pensaste en esto, cierto?

Ella lo miró y negó con la cabeza.

—No... no es...

—¿Justo? ¿Acaso lo que hiciste tú fue justo? —inquirió con dureza—. Sal de mi habitación —añadió con aún más frialdad, señalando la puerta con un gesto imperioso.

Liviana se le quedó mirando un instante, con el corazón encogido por el dolor y la humillación. Pero, antes de que pudiera salir por su propio pie, Marcus, impaciente, la tomó del antebrazo y la arrastró fuera de la estancia.

—No vuelvas a acercarte a mi puerta, ni siquiera pises esta parte de la residencia. Tómalo como una advertencia.

Y, sin más, le cerró la puerta en la cara sin dejarla decir una sola palabra.