Miserable Matrimonio Capítulo 12
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Capítulo 12

Después de pasar toda la tarde encerrado en su despacho, revisando las cuentas de sus propiedades y la correspondencia enviada por los administradores de sus distintas fincas, Marcus recibió una nota de lord Harrington, el subsecretario del Tesoro.

Lord Stafford.

Me encontraré toda la tarde en el club The Gentlemen's Rest. Debo tratar con usted un asunto de suma importancia relacionado con Sussex. Comprenderé si no puede acudir, considerando que hoy ha contraído matrimonio, pero agradecería su presencia si le fuera posible.

Harrington.

Marcus arrugó la nota y luego la lanzó al fuego de la chimenea, pues toda nota proveniente de un trabajo de espionaje debía ser eliminada. Dejó a un lado los libros de cuentas y salió del despacho.

—Collins.

El mayordomo apareció casi de inmediato.

—Milord.

—Ordene que preparen el carruaje. Saldré en unos minutos.

—Enseguida, milord.

Marcus subió a la planta superior y entró en su habitación.

Se quitó la chaqueta que había llevado durante todo el día y se colocó una levita oscura más apropiada para salir.

Después se acercó al espejo y pasó varias veces los dedos por su cabello, intentando dominar los mechones rebeldes que caían sobre su frente.

Terminó de ajustarse los puños y abandonó la habitación.

Al llegar al inicio de las escaleras, su mirada se dirigió hacia el pasillo que daba al ala este de la residencia. El pasillo estaba completamente vacío.

«¿Qué estará haciendo?», se preguntó inconscientemente. Luego frunció ligeramente el ceño.

—Lo que haga o no esa lobita no te importa —musitó para sí mismo, desviando la mirada antes de descender por las escaleras.

Pocos minutos después, el carruaje abandonó la residencia rumbo al club The Gentlemen's Rest. Aún seguía con el ceño fruncido, sin poder creer que se hubiera interesado, aunque solo fuera por un momento, en lo que su esposa estuviera haciendo.

Negó con la cabeza con brusquedad. Solo era su sentido de la caballerosidad el que lo impulsaba a preocuparse por ella, nada más. Después de todo, estaba bajo su techo.

Cuando llegó, entró al club y, como era costumbre a esa hora, no estaba tan concurrido. Siguió caminando hasta encontrarse con Lord Harrington, y a su lado permanecía el detective Lucian Vance.

Ambos se pusieron de pie al verlo entrar.

—Lord Stafford —saludó Harrington, estrechándole la mano—. Antes que nada, permítame felicitarlo por su matrimonio.

Marcus hizo una leve inclinación de cabeza.

—Gracias.

—Debo admitir que no esperaba verlo hoy mismo —continuó el subsecretario—. Supuse que tendría otros... asuntos que atender.

Marcus no respondió al comentario. Simplemente tomó asiento, mientras Vance intercambiaba una rápida mirada con Harrington antes de desplegar varios documentos sobre la mesa.

—Hemos confirmado que el contrabando en Sussex es mucho mayor de lo que creíamos.

Marcus apoyó los antebrazos sobre la mesa con el ceño fruncido, observando los documentos esparcidos frente a él.

—¿Qué han descubierto?

—Las mercancías llegan por la costa durante la noche —explicó Vance—. Después son distribuidas hacia el interior utilizando almacenes y granjas aparentemente legítimos. El problema es que nadie consigue acercarse lo suficiente sin despertar sospechas.

—Por eso necesitamos a alguien cuya presencia resulte completamente natural —añadió Harrington.

—Un terrateniente —comentó Marcus con voz neutra.

—Exactamente.

—Usted posee propiedades en Sussex. Nadie encontrará extraño que viaje allí para inspeccionar sus tierras, reunirse con sus administradores o visitar a otros propietarios de la zona.

—Mientras tanto, yo continuaré investigando desde afuera —añadió el detective—.

Pero necesito que me facilite información que solo usted podría obtener.

Necesito nombres, rutas y cualquier irregularidad que logre detectar en los registros de envío de los puertos cercanos.

Si logramos interceptar un solo cargamento, tendremos pruebas suficientes para desmantelar toda la red de contrabando en Sussex.

Marcus permaneció unos segundos en silencio.

No estaba ni a favor ni en contra del contrabando mientras este no le afectara, pero había prometido que podían contar con él para algunas misiones, siempre y cuando no fuera involucrado directamente como espía.

Suspiró suavemente mientras asentía despacio.

—¿Cuándo debo partir?

—Dentro de dos semanas —respondió Harrington—. Necesitamos ese tiempo para preparar la operación y enviar discretamente a algunos de nuestros hombres para su protección.

Vance deslizó un mapa sobre la mesa con algunos círculos marcados en rojo, señalando los puntos de vigilancia estratégica donde los informantes habían detectado mayor actividad sospechosa.

—Durante su estancia deberá asistir a reuniones de los terratenientes locales, recorrer los caminos costeros y familiarizarse con los comerciantes y capitanes de la zona.

No confronte a nadie ni intente seguir los cargamentos usted solo.

Su única misión será ganarse la confianza de la gente, observar y hacernos llegar toda la información posible.

Cuando sepamos quién dirige la red, nosotros nos encargaremos del resto.

Marcus recorrió el mapa con la mirada.

—Entendido.

Tampoco pensaba arriesgar su vida. Sabía que los contrabandistas no eran hombres honorables ni especialmente piadosos cuando se trataba de proteger sus sucios negocios.

—Hay algo más —dijo Harrington—. Creemos que entre los implicados hay aristócratas. No se sorprenda si reconoce a alguno. Solo siga el juego como si estuviera interesado en formar parte de su red.

Marcus asintió, doblando el mapa que Vance le había entregado.

—No se preocupe, Harrington. Sabré cómo manejarme en esos círculos sin levantar sospechas. Obtendré lo que buscan —aseguró Marcus, seguro de sí mismo y de sus habilidades.

Después de intercambiar algunas copas mientras ultimaban los detalles de la misión, Lord Harrington y el detective Vance se despidieron.

Marcus, en lugar de retirarse también, decidió permanecer en el club y pasar un rato solo.

No deseaba compañía, ni siquiera la de sus amigos, que seguramente intentarían disuadirlo para que le diera una oportunidad a su matrimonio.

Pidió otra copa de brandy y enseguida se la sirvieron. Se quedó sentado en su lugar, observando el ambiente y a los pocos clientes que permanecían en el club.

Las horas transcurrieron lentamente y, sin darse cuenta, terminó bebiendo cerca de media botella. En todo ese tiempo solo podía pensar que estaba casado con una mujer a la que no amaba.

Y, peor aún, con una mujer a la que creía incapaz de perdonar y de mirar con buenos ojos. Por más que buscara una solución que no fuera tan escandalosa, siempre llegaba al mismo punto: la anulación.

Sabía que esa salida provocaría un escándalo aún mayor del que ya había sido su boda. Su reputación quedaría todavía más dañada. Y la de Liviana también.

Apretó la mandíbula, molesto por pensar también en ella. No tenía por qué importarle más reputación que la suya propia.

Después estaba Emma. Ella lo amaba y se había entregado a él. Él también la amaba y le debía una salvacón; una mujer sin honor en la sociedad era una mujer condenada.

«No debí ceder aquella noche», pensó, tomando el último sorbo de licor que quedaba en su vaso.

Si se hubiera resistido, tal vez... no estaría tan atormentado pensando que le debía algo a Emma. Y, para rematar, ella esperaba que al final sí se casara con ella. Pero... ¿cuánto tiempo podía pedirle que siguiera esperando?

¿Meses?

¿Años?

Ni siquiera él conocía la respuesta.

Exhaló lentamente, analizando una y otra vez cada posibilidad, sin encontrar una salida aceptable.

Finalmente comprendió que seguir perdiendo el tiempo bebiendo en el club no cambiaría nada.

Dejó algunas libras sobre la mesa y abandonó el salón.

Al salir del club ya era de noche. Frunció el ceño, sin saber cuánto tiempo realmente había pasado. Enseguida sacó su reloj de bolsillo.

Las diez en punto.

Su carruaje ya lo esperaba frente a la entrada. Subió sin decir una palabra al cochero y, pocos segundos después, emprendieron el camino de regreso a Mayfair.

Mientras el carruaje avanzaba, volvió a pensar en la misión que le habían encomendado. A simple vista no parecía demasiado complicada. Sin embargo, sabía perfectamente que era peligrosa y que no debía ir desarmado ni bajar la guardia.

Al menos, esas dos semanas le permitirían alejarse también de Londres y de todo lo que la ciudad representaba: su matrimonio, Emma y el escándalo. Tal vez ese tiempo le fuera útil para encontrar una mejor solución, aunque lo creía poco probable.

El carruaje finalmente se detuvo frente a la residencia.

Marcus descendió y entró, dejando su sombrero y sus guantes sobre la estrecha mesa del vestíbulo.

A esas horas sus sirvientes ya debían de estar durmiendo.

Siempre había dejado dicho que, si pasaban de las nueve de la noche y él seguía fuera, podían retirarse a descansar sin esperarlo.

Subió las escaleras con paso tranquilo, ladeando el cuello de un lado a otro. Solo quería dejarse caer en la cama y dormir un poco antes de que la preocupación y la tensión volvieran a desvelarlo.

Al llegar al piso superior, su mirada volvió a dirigirse hacia el pasillo que conducía al ala este. Todo estaba en silencio. Los candelabros de los pasillos permanecían encendidos, con las velas consumiéndose poco a poco.

Con un leve suspiro, apartó la vista y continuó hacia su habitación.

Aunque no le importaba su esposa, le era inevitable preguntarse si ya estaría durmiendo o si habría cenado.

Tenía un servicio excepcional; eran pocos, pero bastante eficientes y competentes.

Por eso no solía preocuparse demasiado por el funcionamiento de su casa, siempre y cuando obedecieran su única exigencia: respetar su privacidad.