Capítulo 11 #2
Disfrutó de su cena sin escuchar los malos comentarios de su padre.
No hubo restricciones en las porciones ni prohibiciones con el postre; al contrario, le habían ofrecido una variedad de platillos, tanto dulces como salados.
Y, por primera vez en mucho tiempo, salió del comedor satisfecha.
Luego se retiró a su habitación y se sentó en el sillón junto a la ventana, dejando que la suave brisa nocturna acariciara su rostro.
Observó la noche y la tranquila calle iluminada por varios faroles.
Sabía que Marcus había salido. Lo había visto partir por la tarde mientras estaba sentada en ese mismo sillón.
No había esperado que regresara para la cena; según Collins, él rara vez cenaba en la residencia.
Pero... esa noche era su noche de bodas, la noche en la que el matrimonio debía consumarse para hacerlo verdaderamente válido.
A pesar de saber el odio y el desprecio que Marcus sentía por ella, que ya era una realidad porque él mismo se lo había dicho y confirmado con sus votos de odio esa mañana en la iglesia, una parte de ella, una pequeña y terca parte de su corazón, aún esperaba que él cumpliera con su deber esa noche.
Desvió la mirada de la calle hacia la cama, donde descansaba el ajuar que debía usar esa noche para exhibirse y seducir a su esposo.
Sus mejillas se tiñeron de rojo al pensar en tener que usar algo así para que Marcus la viera. Nunca nadie la había visto tan expuesta, y tampoco sabía qué hacer para seducir a su esposo esa noche.
—Esta noche debes hacer que Marcus consuma el matrimonio, Liviana.
Miró a Lady Lillian con preocupación. Luego negó con la cabeza, sintiendo una vez más cómo los ojos se le humedecían.
—No puedo hacer eso —musitó.
Él la odiaba, y recordar sus votos de odio... había sido un error. Había sido un completo error casarse con él.
—Claro que puedes —aseguró la duquesa—. Entre tus baúles coloqué una caja. Es el ajuar que usarás esta noche. Y esto... —sacó un pequeño frasco de cristal con un líquido ámbar— hará el resto. Solo debes verter algunas gotas en su bebida.
Liviana miró a la duquesa sorprendida. ¿Acaso pretendía que drogara a su hijo?
—No le hará daño, querida. Soy su madre. Pero debemos asegurarnos de que no pueda solicitar una anulación.
Liviana suspiró, apartando los ojos del ajuar.
Una anulación. ¿Marcus sería capaz de hacer algo así, sabiendo las consecuencias? Se mordió el labio, insegura. Si su madre, que lo conocía mejor que nadie, temía que eso sucediera si el matrimonio no se consumaba, entonces no había otra salida.
«Eso hará que te odie aún más», le susurró esa vocecita en su cabeza.
Pero, aun así, quería convencerse de que su odio nacía más de la ira que de otra cosa. Marcus era un buen hombre; tarde o temprano se calmaría y comprendería que debía dejar el odio de lado.
—Ay, Liviana... Sí que eres tonta por pensar que algo así pasará —se dijo a sí misma, levantándose del sillón para ponerse el ajuar.
Al menos debía intentarlo. Si no conseguía nada esa noche, ya vería qué haría después.
La tela se deslizó sobre su piel fría, ajustándose a sus curvas como una segunda piel. Era tan transparente que le daba vergüenza usar algo así. Podía distinguirse con claridad cada detalle de su cuerpo: sus pechos, su abdomen redondeado, la curvatura de sus anchas caderas y su... intimidad.
Mientras se miraba en el espejo, se mordió el labio, nerviosa.
No estaba segura de hacer lo que estaba a punto de hacer.
Aun así, retiró las horquillas de su cabello, dejándolo caer sobre la espalda y los hombros.
Su melena oscura hacía un hermoso contraste con la tela blanca y el tono sonrosado de su piel.
Con un último suspiro, se colocó un salto de cama de seda que ocultaba la tela transparente.
Ajustó el cinturón de la prenda y se puso un poco de perfume de rosas en las muñecas y el cuello.
Antes de salir de su habitación, guardó el pequeño frasco en el bolsillo del salto de cama y abrió la puerta.
El pasillo estaba despejado, y tampoco debía preocuparse de que apareciera alguno de los sirvientes, pues les había asegurado que ya no los necesitaría.
Con paso apresurado, cruzó el ala este hasta llegar al ala oeste, imaginando que la habitación de Marcus sería la del fondo, seguramente la más grande, igual que la suya. Con suavidad abrió la puerta. Sabía que Marcus no estaría allí, pero el nerviosismo hacía que aun así le temblaran las manos.
Al entrar en la habitación, todo estaba oscuro.
La chimenea ya estaba encendida, pero todos los candelabros permanecían apagados y las cortinas corridas impedían que la luz de la luna entrara.
Se adentró paso a paso hasta acercarse a la ventana que estaba junto a la cama y descorrió un poco las cortinas.
Enseguida, parte de la luz nocturna iluminó la estancia.
Después buscó una vela para encenderla. Cuando lo hizo, buscó alguna bebida, esperando encontrar una.
Tuvo la suerte de descubrir una botella de licor sobre una mesita cerca de la chimenea.
Sirvió un poco en un vaso de cristal y estuvo a punto de verter unas gotas del frasco, pero antes sintió curiosidad por saber a qué sabía ese licor.
Sonrió un poco, como una niña a punto de hacer una travesura. Primero lo olió, percibiendo el fuerte aroma del alcohol.
—Si los hombres lo beben constantemente, debe de ser bueno —musitó, con la curiosidad a flor de piel.
Sin pensarlo más, tomó un sorbo y lo tragó como si fuera té o limonada.
Dejó el vaso de inmediato y se llevó las manos a la garganta mientras una sensación de fuego le recorría el pecho.
Luego tosió varias veces, sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas.
Respiró profundamente, tratando de recuperar el aliento, hasta que el ardor comenzó a disminuir.
—Dios... es horrible —murmuró, sacando la lengua con evidente desagrado.
Dejó el licor sobre la mesa y se acercó a la cama. Estaba perfectamente tendida, con sábanas blancas e impecables. Se dejó caer sobre el colchón mientras observaba el fuego de la chimenea.
En esa ocasión solo había dos posibilidades, y ninguna era buena. Pero solo una permitiría que el plan de Lady Lillian se cumpliera.
La primera, que Marcus la echara de allí sin siquiera escucharla. La segunda, que estuviera más tranquilo, aceptara beber un poco del licor y, por consecuencia, todo lo demás.
—Lo más probable es que ocurra lo primero, pero... —frunció los labios y apoyó los brazos sobre el colchón, echando el cuerpo un poco hacia atrás—... quiero arriesgarme.
Tal vez... Marcus llegara de mejor humor. Entonces pensó en qué haría si realmente el matrimonio llegaba a consumarse.
—¡Ah! —gruñó, dejándose caer completamente sobre la cama y abriendo los brazos. Comenzaba a sentir un poco de calor, así que desató el cinturón del salto de cama, dejando que el aire aliviara esa sensación.
Su nana le había explicado, más o menos, cómo sería el acto, pero, aun así, no sabía cómo era en realidad ni qué se sentía. Y Lady Lillian tampoco había sabido explicárselo bien. Tocaría averiguarlo por sí misma.
Esperó en silencio, mirando el dosel de la cama y escuchando el crepitar del fuego en la chimenea. No supo cuánto tiempo pasó exactamente; solo que, de un momento a otro, terminó profundamente dormida sobre la cama de su esposo.