Miserable Matrimonio Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Está en la sala de música —respondió.

Marcus asintió.

—Marcus, por favor, no la trates mal.

Él miró a su madre por encima del hombro, pero no respondió. Simplemente se alejó, esquivando a los invitados que lo observaban sin el menor pudor. Estaba más que seguro de que todo lo relacionado con su matrimonio ocuparía los comentarios de la sociedad durante los días siguientes... o meses.

Al llegar a la sala de música, encontró a Liviana sentada frente al pianoforte.

La puerta permanecía abierta y, desde el pasillo, podía escucharse la triste melodía que ella interpretaba.

La observó durante un instante. Quería descubrir su verdadero rostro ahora que no tenía a nadie alrededor, quería ver el rostro de la arpía que se ocultaba tras esa apariencia inocente.

Pero, para su sorpresa, seguía siendo el mismo rostro angelical que mostraba ante todos, solo que, en esa ocasión, estaba teñido de tristeza.

Tenía los ojos cerrados y pudo distinguir cómo algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas justo cuando la melodía llegaba a su fin.

Marcus permaneció observándola más tiempo del que había previsto, viendo cómo llevaba ambas manos al rostro y rompía a llorar con más fuerza.

Ya no llevaba el velo sobre la cabeza; únicamente conservaba la diadema de pequeñas flores blancas, que contrastaba con su oscuro cabello.

La escuchó suspirar y volvió a fijarse en ella.

Ahora intentaba secarse las lágrimas, pero estas seguían cayendo por sus mejillas.

«¿Y si estás equivocado?»

Recordó las palabras de Winchester, pero enseguida negó con la cabeza.

«No. Solo está llorando porque sabe que su plan terminará por fracasar y que, tarde o temprano, este matrimonio será anulado».

Con esa certeza, irguió el cuerpo y entró en la sala. Al verlo, Liviana intentó ocultar el rostro poniéndose de pie y girándose rápidamente hacia la ventana.

—Es hora de irnos —informó él con dureza.

Ella solo asintió.

—Solo... deme un segundo, por favor —pidió Liviana, procurando que la voz no le saliera entrecortada.

Marcus apretó los puños y luego los relajó.

La observó durante un instante desde atrás.

Sin el velo, los rizos oscuros recogidos sobre la nuca dejaban al descubierto la delicada curva de su cuello.

El vestido realzaba con bastante elegancia las suaves curvas de su figura.

Por un breve instante comprendió por qué tantos caballeros la habían contemplado al entrar en la iglesia.

Él también la había mirado, pero, al recordar quién era, la mujer que lo había llevado a esa trampa, dejó de pensar que realmente parecía un ángel.

—Te esperaré en el vestíbulo —respondió al fin y, antes de salir de la sala de música, añadió—. No demores.

No se quedó a escuchar su respuesta. Simplemente se alejó y caminó por los pasillos hasta llegar al vestíbulo, donde se encontró con el conde de Hamilton, quien, al parecer, también estaba a punto de retirarse, pero se detuvo para mirarlo con el ceño fruncido.

—¿Dónde está mi hija? —preguntó con dureza, buscando detrás de él.

Marcus arqueó una ceja ante la falsa preocupación del conde. Para él y su familia no era un secreto que odiaba a su hija.

—Por favor, Hamilton. Ambos sabemos que no le importa realmente dónde está Liviana.

El conde lo miró con dureza.

—El hecho de que lo diga no significa que no me preocupe. Es mi hija —replicó.

Marcus soltó una risa sin humor. No tenía ganas de contradecirlo, y tampoco le importaban los sentimientos del conde hacia su hija.

—Está en la sala de música. No debe tardar en alcanzarme; ya nos estamos retirando.

Hamilton asintió con un gesto seco. Luego le dio la espalda y se colocó el sombrero.

—Cuida de mi hija, marqués —fue lo único que dijo antes de abandonar la residencia.

Marcus bufó, negando con la cabeza.

—Como si realmente le importara... —musitó, justo en el momento en que Liviana aparecía por el umbral de la puerta.

La vio acercarse a él con el rostro cabizbajo. Tal como habían entrado, salieron. Él guio el camino hasta el carruaje, aunque esta vez dejó que ella subiera primero y luego lo hizo él, sin ofrecerle ayuda alguna. Si de él dependiera, jamás pondría un dedo sobre ella.

El carruaje abandonó Agnes House y se adentró por las calles de Mayfair. Durante todo el camino, Marcus no dirigió una sola mirada a Liviana. Su atención permanecía fija en el exterior, aunque sus pensamientos solo giraban en torno a la conversación con Emma y a la promesa que le había hecho.

Encontraría la manera de liberarse de ese matrimonio. No estaba dispuesto a resignarse a una vida infeliz, atado a una mujer que no despertaba absolutamente nada en él.

Al cabo de unos minutos, el carruaje redujo la marcha hasta detenerse frente a una casa adosada de dos plantas.

No era una gran mansión como Agnes House, algo con lo que su madre jamás había estado de acuerdo, decía que un marqués merecía una residencia más acorde con su posición.

La fachada de la casa era sobria, con altos ventanales, una escalinata de pocos peldaños y una puerta negra enmarcada por discretas columnas.

Marcus descendió primero y, nuevamente, dejó que Liviana bajara por sus propios medios para luego seguirlo hasta la puerta. Extrajo una llave del bolsillo y, con un movimiento fluido, hizo girar la cerradura. Entró primero y Liviana lo hizo después, con más lentitud, observándolo todo.

Marcus dejó el sombrero sobre una mesa estrecha y observó de reojo a Liviana, esperando descubrir en su rostro alguna mueca de desagrado, pues el vestíbulo era, en comparación con Hamilton House y Agnes House, bastante austero.

Sin embargo, ella no mostró desdén alguno; permanecía inmóvil, recorriendo el vestíbulo con una mirada curiosa.

Marcus apartó la vista, molesto porque ella no hubiera manifestado el desagrado que sí había mostrado Emma la única vez que estuvo allí. En aquella ocasión le había prometido que compraría una mansión cuando la convirtiera en su esposa.

—Esta es mi casa —dijo con frialdad, apartando esos recuerdos—. No esperes una residencia distinta por el hecho de habernos casado.

Liviana desvió la mirada hacia él.

—No esperaba otra cosa, milord.

Su respuesta lo irritó más de lo que habría querido admitir. Observó sus ojos turquesa durante un instante antes de apartar la vista.

—Si en algún momento prefieres instalarte en alguna de las propiedades de Stafford en el campo, eres libre de hacerlo. No me importará.

Ella permaneció en silencio unos segundos antes de responder.

—Mientras usted viva aquí... este también será mi hogar.

Marcus endureció la mandíbula. Se acercó a ella y la sujetó con fuerza del codo.

—¿Acaso no me escuchaste? Dije que no me importaría. Eso significa que, cuanto antes te marches al campo, mejor será para ambos —escupió cerca de su rostro—. ¿O acaso quieres quedarte para comprobar si realmente cumpliré con mis votos, querida esposa?

Liviana se encogió en su lugar. Marcus la soltó de inmediato y se apartó con los puños apretados, molesto ahora consigo mismo. Él no era un hombre que hablara de esa manera a una mujer, mucho menos lastimara. Pero la calma de Liviana y sus palabras comenzaban a irritarlo de verdad.

«¡Contrólate, Marcus!»

Se pasó una mano por el cabello y le dio la espalda. En ese mismo instante apareció el mayordomo

—Collins.

—¿Sí, milord?

—¿Han llegado ya las pertenencias de Lady Stafford? —preguntó, procurando controlar su enojo.

—Sí, milord. Aún no las hemos acomodado porque esperábamos sus órdenes.

—Preparen los aposentos azules.

Collins asintió con cierta duda. Esas habitaciones se encontraban en el extremo opuesto de la residencia, lejos de los aposentos privados del marqués.

—Todo estará dispuesto en unos minutos.

Marcus hizo un leve gesto con la cabeza.

—Lady Stafford, ¿desea que le presente al personal ahora o prefiere retirarse primero a descansar?

Marcus se alejó, dejando atrás al mayordomo y a Liviana. No le importaba lo que ella decidiera hacer; solo quería alejarse de su presencia. Mientras caminaba hacia el despacho, se aflojó el nudo del pañuelo del cuello y, un instante después, se lo quitó, apretándolo entre las manos.

Al llegar a su despacho, se sirvió un vaso de whisky y lo bebió de un solo trago. A partir de aquel momento, su casa había dejado de ser su refugio. Ahora, el único lugar donde encontraría algo de paz sería ese despacho.

Hacía tres años que había abandonado Agnes House para vivir solo y disfrutar de la tranquilidad de su propia independencia.

Ahora, por culpa de un matrimonio que jamás había deseado, tendría que compartir su hogar con una mujer a la que no pensaba considerar su esposa, más allá de lo que dictaran la Iglesia y la ley.