Miserable Matrimonio Capítulo 10
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Capítulo 10

El carruaje se detuvo frente a Agnes House. Marcus descendió primero y alisó su levita, manteniendo la misma expresión de disgusto con la que había salido de la iglesia. Al ver que su impuesta esposa aún no bajaba, giró ligeramente la cabeza hacia el interior del carruaje.

—¿Crees que tenemos todo el día? —inquirió, dedicándole una mirada fulminante.

Vio cómo ella bajaba la cabeza, pero ni siquiera eso hizo que su mal humor se desvaneciera. No sentiría lástima por su rostro angelical ni por sus ojos húmedos. Ella era la única culpable de que estuvieran en esa situación: unidos en un matrimonio no deseado.

Liviana bajó del carruaje y se colocó un paso por detrás de él. Marcus miró al frente y comenzó a caminar hacia la puerta principal de Agnes House, seguido de Liviana.

Marcus se consideraba un caballero. Había sido criado bajo los códigos más estrictos de la nobleza, pero, en ese momento, creía que su esposa no merecía el más mínimo atisbo de su respeto.

Al llegar al umbral, las puertas de la casa se abrieron y el mayordomo anunció la llegada de los recién casados.

Enseguida se apartó de su esposa; no tenía intención de fingir un entusiasmo que no sentía.

Los invitados comenzaron a dirigirse hacia los jardines, donde se había dispuesto el desayuno de bodas. Varias mesas, cubiertas con manteles blancos, rebosaban de frutas, panes recién horneados, carnes frías, quesos, dulces, té, café, chocolate caliente y copas de champán.

—No tienes precisamente el aspecto de un hombre recién casado, Ashfford.

Marcus volvió la cabeza hacia Winchester, que estaba a su lado con una copa de champán. Del otro lado se encontraba Beaufort, con los brazos cruzados a la espalda.

—¿Esperabas encontrarme sonriendo? Sabes que detesto este matrimonio —respondió Marcus, apretando la mandíbula.

—Al menos finge un poco —indicó Beaufort con calma.

—No me apetece fingir. Lo haría si se tratara de un matrimonio de conveniencia, pero esto... solo fue la trampa de una mujer desesperada.

—¿En serio no intentarás hacer que funcione? ¿Ni siquiera una tregua? —insistió Beaufort.

Marcus soltó una carcajada seca, carente de emoción.

—Beaufort, sabes que no. Liviana arruinó mi vida. Ni siquiera la miraba o hablaba con ella. Esto que me hizo no lo merecía. Yo quería a Emma por esposa, y ella me arrebató esa posibilidad al tenderme una trampa.

Beaufort y Winchester se miraron durante un instante.

—¿Hablaste con ella? ¿Confirmó que realmente fue una trampa? —inquirió Beaufort.

—No hace falta que me lo confirme.

—¿Y si estás equivocado? —preguntó Winchester.

Marcus desvió la mirada con el entrecejo fruncido. No estaba equivocado. Liviana era una loba con piel de cordero, y él se encargaría de que todos, incluida su madre, lo vieran también.

Soltó un leve resoplido y alzó la mirada hacia los invitados.

Imaginaba que sus murmullos eran críticas dirigidas a su persona por prestar más atención a sus amigos que a su recién esposa, de quien ni siquiera sabía dónde estaba y tampoco le importaba.

Solo deseaba que ese día terminara de una vez.

Siguió recorriendo el jardín con la mirada hasta que sus ojos se detuvieron en una persona: Emma.

«¿Qué hace aquí? ¿Acaso mi madre tuvo la audacia de invitarla?»

Alzó un poco más la cabeza para asegurarse de que no la estaba confundiendo, pero era ella. Se encontraba en compañía de su madre, junto a la mesa de los postres.

—Enseguida regreso —informó a sus amigos, dispuesto a dirigirse hacia Emma, pero Winchester lo detuvo.

—No creo que sea prudente acercarte a hablar con ella precisamente hoy —expresó Winchester.

Marcus lo fulminó con la mirada.

—No eres precisamente la persona indicada para hablar de prudencia, Winchester.

Su amigo ladeó la cabeza con el ceño fruncido, sin decir nada más. Marcus se alejó, dejando a sus dos amigos preocupados por su comportamiento.

—No lo dijo en serio. Solo está... molesto —justificó Beaufort, observando cómo Marcus se acercaba a la señorita Ashton.

—Sí... seguro —fue lo único que respondió Winchester.

Cuando Marcus llegó ante Emma y su madre, notó cómo ambas callaban de inmediato, fuera cual fuese el asunto del que estuvieran hablando.

Emma tenía el rostro enrojecido, lo que le hizo pensar que algo la había incomodado o, quizá, que su madre la estaba reprendiendo por alguna razón.

Emma siempre le decía que su madre era demasiado estricta con ella y que por eso deseaba casarse cuanto antes: para escapar de su control y vivir con la libertad que tanto anhelaba.

Él le había prometido todo eso. Le había prometido un matrimonio lleno de amor y felicidad, de lujos y comodidades. Pero ahora esa promesa estaba rota, porque su esposa era otra.

—Milord —saludó la madre de Emma con una reverencia exagerada.

Marcus respondió con un breve asentimiento antes de posar los ojos en Emma.

—Debo ofrecerles una disculpa —comenzó—. Nunca imaginé que las circunstancias cambiarían de un modo tan drástico, sobre todo cuando ya había solicitado la mano de su hija en matrimonio.

La madre de Emma alzó el mentón y giró ligeramente la cabeza con aire de suficiencia.

—Lo entiendo, milord. No ha sido culpa suya haber sido... embaucado de semejante manera.

Marcus asintió. Era su deber disculparse con ambas, pero lo que realmente deseaba era hablar con Emma a solas.

—Iré por un poco de té —dijo la madre de Emma, alejándose unos pasos.

Para cualquier aristócrata, quedarse a solas con una mujer soltera, siendo él un hombre casado, constituía un escándalo. Pero Marcus estaba tan desesperado por hablar con Emma que ni siquiera advirtió que había sido la propia madre de ella quien les había brindado esa oportunidad.

—Emma —comenzó él con la voz algo quebrada—, perdóname. No... quería que esto sucediera. Te juro que estaba dispuesto a hacerte mi esposa.

Emma desvió la mirada.

—No dejo de pensar qué será de mí ahora, Marcus —musitó, volviendo la vista hacia él—. Me entregué a ti por completo con la certeza de que sería tu esposa. Ahora... no tengo nada. ¿Quién querría casarse conmigo?

Marcus apretó la mandíbula, ignorando las miradas de los invitados sobre ellos.

—Emma... no pienses que tienes que casarte con alguien más.

—¿Y en qué se supone que debo pensar, Marcus? Es mi futuro el que está en juego —expresó en voz baja, manteniendo la compostura.

—Me casaré contigo. Mantendré mi promesa. Pero dame tiempo; necesito pensar cómo deshacer este matrimonio —dijo, cuidando el tono de su voz. Para cualquier otra persona, solo estaban conversando.

—¿Vas a solicitar la anulación del matrimonio?

Marcus ladeó la cabeza de un lado a otro.

—La anulación es complicada, pero es lo que intentaré. Te juro que lo haré. Solo dame tiempo, por favor —pidió, mirándola a sus ojos azules.

Emma terminó asintiendo.

—Está bien, Marcus. Pero no tardes demasiado.

Enseguida sintió que un poco de alivio recorría su cuerpo al saber que Emma lo esperaría.

—Creo que deberíamos dejar de hablar. Hay demasiados ojos puestos sobre nosotros —indicó ella en voz baja, acercándose a la mesa para tomar un bocadillo—. ¿Podremos encontrarnos esta noche?

Marcus dudó, pero su honor no le permitiría cometer semejante falta.

—No creo que sea prudente seguir viéndonos en este momento.

Al menos, hasta que encuentre la manera de anular mi matrimonio.

Mi reputación está demasiado dañada, y la tuya también correría peligro si nos vieran juntos —explicó Marcus—.

Hasta que todo esté resuelto, lo mejor será mantener las distancias.

Emma lo miró rápidamente con el ceño fruncido.

—¿Hablas en serio, Marcus? —preguntó con un tono más duro.

—Sí, Emma. Es lo mejor —asintió él. No lo hacía por Liviana, pero ahora era un hombre casado y necesitaba recuperar, al menos en parte, su reputación. Verse con Emma a escondidas sería convertirla en su amante a los ojos de la sociedad, y tampoco quería ese título para ella.

—Como quieras —fue lo único que dijo antes de darle por completo la espalda.

Marcus soltó un resoplido. Todo era demasiado complicado y tenía la sensación de que las cosas no harían sino complicarse aún más.

—¡Marcus!

«Ahí está la mayor complicación».

Se giró hacia su madre, que tenía el rostro endurecido.

—Estás provocando un gran escándalo el mismo día de tu boda —lo recriminó en voz baja, mientras sonreía a un grupo de damas que se dirigía hacia la mesa de los bocadillos—.

Estás hablando con una mujer soltera en lugar de acompañar a tu esposa, que se ha sentido indispuesta durante todo este tiempo.

Marcus arqueó una ceja. Ahora ya sabía dónde había estado su esposa.

—No debiste invitar a la señorita Ashton, en primer lugar, madre —replicó Marcus—. Sabías que ya había pedido su mano en matrimonio.

—Nadie lo sabía —respondió Lillian, encogiéndose de hombros—. Además, si no la invitaba, solo habría dejado en evidencia que existía algo entre ustedes. Y, por lo visto, me equivoqué, porque tú acabas de confirmar delante de todos que sí lo había.

Marcus negó con la cabeza, dejando escapar un suspiro.

—Espero que no la conviertas en tu amante. Al menos, respeta a tu esposa.

—No haré tal cosa, madre —aseguró Marcus con dureza—. Jamás le haría eso a Emma. Al menos yo tengo claro que no me gusta ver sufrir a las personas que amo.

Lillian dio un paso atrás, afectada por las palabras de su hijo.

—Marcus... —musitó.

—¿Dónde está mi esposa? Es hora de marcharnos —espetó Marcus, sin importarle si su madre se sentía ofendida o no por sus palabras.

—Es muy pronto para que se retiren.

—Si quieres, te la dejo. Después de todo, la quieres más a ella que a mí.

—Es tu esposa, Marcus. Debes tratarla con más...

—Madre, por favor, no me pidas que haga más de lo que ya he hecho. Bastante fue haberme casado con ella. Ahora, si no quieres que te la deje aquí, dime dónde está para que podamos marcharnos de esta farsa.

Lillian miró a su hijo con una mezcla de decepción y resignación. Dejó caer los hombros y señaló con un gesto cansado hacia el interior de la residencia.