Capítulo 9
Así no se había imaginado las cosas. Cuando la duquesa le dijo que debía besar a su hijo, jamás pasó por su cabeza lo que vendría después.
Ahora se sentía culpable y tonta por haber caído en la trampa de Lady Lillian; no quería que Marcus la odiara por haberlo arrastrado a un compromiso que él no deseaba.
Ya habían pasado dos días desde lo ocurrido, dos días en los que no había salido de Hamilton House.
Había esperado que Marcus apareciera, ya fuera para exigir una explicación o para cancelar el compromiso, pero no había sucedido.
Los duques de Agnes eran quienes estaban al tanto de todo.
Esa misma tarde irían a visitarlos para discutir los detalles de la boda.
Liviana, por su parte, se sentía atada de pies y manos, sin poder hacer gran cosa y con la angustia oprimiéndole el pecho por no saber nada de Marcus.
Deseaba hablar con él, pedirle disculpas o, al menos, intentar explicarle que nunca imaginó que las cosas terminarían de esa manera.
Aunque tampoco podía delatar a Lillian, la verdadera responsable de todo el desastre.
Giró la cabeza y miró por el ventanal de su habitación. Estaba sentada en el diván que daba hacia la entrada de la residencia. Desde allí observó cómo el vizconde de Aldermere subía a su carruaje y, momentos después, cómo este abandonaba Hamilton House.
Apretó un poco los puños, relajándolos poco a poco.
Imaginaba que su padre debía de haberle informado que el compromiso había sido cancelado.
No quiso sentirse feliz por ello, ya que había logrado alejar al vizconde a costa de acorralar a otro hombre.
Pero le era inevitable sentir cierto alivio al saber que su vida no estaría ligada a un hombre como Lord Aldermere.
Una hora después, aún seguía en el mismo lugar.
No tenía deseos de hacer nada; ni siquiera la lectura podía distraerla, y tampoco quería salir de su habitación.
Había evitado a su padre durante los últimos dos días y, al parecer, él también la había evitado o, simplemente, no le importaba con quién se casara si con eso conseguía sacarla de su vida.
Y, muy probablemente, era lo segundo. Ella no le importaba lo suficiente a su padre como para que la evitara.
Sintió que llamaban suavemente a la puerta y, un instante después, esta se abrió apenas, dejando ver a la señora Parker.
—Mi niña —dijo, acercándose a Liviana—. Llevas mucho tiempo encerrada aquí.
—Es lo mejor, nana —respondió ella sin levantar la vista—. No quiero escuchar cualquier cosa que tenga que decir mi padre.
La señora Parker desvió la mirada por un instante.
—Creo que vas a tener que ser valiente —Liviana la miró enseguida—. Te está esperando en la sala de té.
Liviana asintió despacio. Sabía que no podía huir para siempre; tarde o temprano tendría que enfrentarse a él.
—Ven, te ayudaré a arreglarte un poco.
Liviana se puso de pie para dirigirse a su tocador.
Se sentó y dejó que la señora Parker le hiciera un peinado sencillo, le aplicara un poco de polvo en las mejillas y un toque de bálsamo en los labios.
El vestido que llevaba estaba bien; era de un delicado color verde agua, con detalles florales bordados en la falda con hilos de seda verde oscuro.
Al terminar, Liviana se dirigió al salón de té acompañada de la señora Parker.
—Lo más seguro es que te haya mandado llamar para esperar la llegada de los duques —comentó su nana con voz tranquilizadora.
—Seguro —musitó Liviana, esperando que su nana tuviera razón, aunque sabía que su padre no tardaría en hacer algún comentario; el conde no era de guardar silencio.
—Pronto saldrás de esta casa y serás la señora de la tuya. Allí nadie podrá darte órdenes, ni siquiera tu padre.
—Pero sí mi esposo —le recordó Liviana.
La señora Parker selló los labios en una fina línea, incapaz de contradecirla.
Liviana era consciente de que saldría de una prisión para entrar en otra. Quería creer que Marcus no la trataría mal; nunca lo había hecho. Pero, después de lo ocurrido, dudaba que siguiera siendo amable, especialmente tras haber visto la frialdad con la que la había mirado la otra noche.
—No te preocupes, nana. Estaré bien —le aseguró Liviana con una media sonrisa, justo cuando llegaron frente a la puerta cerrada de la sala de té.
La señora Parker solo asintió, sin poder infundirle ánimo. Ella misma estaba demasiado preocupada.
Liviana entró en la sala con la cabeza en alto. Vio que su padre estaba de espaldas, mirando por el ventanal hacia el jardín. Se acercó con paso pausado hacia los sillones, en completo silencio.
—Los duques no deben tardar en llegar —escuchó decir a su padre. Al menos, por el tono de su voz, parecía tranquilo.
—Está bien —musitó ella, tomando asiento en el sofá más alejado de los ventanales.
Henry se giró ligeramente, quedando de perfil.
—Debo reconocer que me sorprendiste.
Liviana levantó la mirada hacia su padre y ladeó la cabeza, sin comprender a qué se refería.
—Nunca esperé que hicieras tal cosa para conseguir casarte con Stafford, quien es marqués y futuro duque.
Ella abrió la boca para negarlo, pero volvió a cerrarla. No valía la pena explicarse; dejaría que su padre pensara lo que quisiera.
—Al parecer, un vizconde como Lord Aldermere no era suficiente para tus ambiciones, y escogiste precisamente al hijo de Alexander...
Henry ladeó la cabeza y luego asintió, dejando escapar una breve carcajada.
—Sí, me ha sorprendido tu audacia. Tal vez no seas tan tonta como pensaba.
Liviana apretó los puños sobre la falda y desvió la mirada de su padre para fijarla en el dibujo floral del tapiz.
—No puedo casarme con el marqués —soltó de repente, haciendo que la risa de su padre cesara. No lo miró; continuó con la vista fija en el tapizado.
—¿Qué dijiste? —El tono de voz del conde cambió radicalmente.
Ella se mordió el labio inferior antes de responder.
—Que no puedo...
—Sí, te vas a casar —la interrumpió su padre—, y más ahora que estoy tan cerca de sacarte, de una vez por todas, de mi vida.
Esas palabras hicieron que sus ojos se llenaran de lágrimas. No soportaba el odio de su propio padre; ella solo deseaba que la quisiera un poco.
—Si me odia tanto, ¿por qué no me abandonó en las calles? Habría sido una vida mejor que soportar su odio.
El conde la miró con el ceño fruncido.
—No lo hice porque le prometí a mi esposa que cuidaría de ti —respondió Henry al cabo de unos instantes de silencio, recordando la promesa incumplida a la mujer que había amado—, y eso hice —mintió—. Te di todo cuanto necesitabas.
—Menos tu amor, papá —susurró.
Henry alcanzó a oírla y no pudo evitar sentir un profundo dolor al verla llorar por su culpa.
—No podría amar a quien me arrebató al amor de mi vida.
Lo intenté, pero no pude —se justificó, dándole la espalda—.
Ahora basta. No quiero volver a oírte decir que no deseas casarte.
Dentro de tres días te convertirás en la esposa del marqués de Stafford.
Y procura que Alexander y Lillian no adviertan tu desacuerdo; después de todo, tú misma provocaste esta situación.
Liviana miró a su padre sin expresión alguna. Negó despacio con la cabeza y apartó la vista de él, manteniéndose en silencio, rogando que todo aquello llegara a su fin.
Media hora después, los duques habían llegado y conversaban con Henry sobre los últimos preparativos de la boda. No había entusiasmo ni alegría por la unión; al menos no como ella había imaginado, cientos de veces, que sería el día de su boda.
Cuando Henry y Alexander se apartaron para hablar de la dote, Lillian se acercó a ella con una sonrisa.
—¿No estás feliz? —preguntó la duquesa. Liviana la miró con incredulidad.
«¿De verdad cree que todo esto puede hacerme feliz?»
—Lady Lillian, yo... no creo que debamos seguir adelante.
La sonrisa de la duquesa se desvaneció al instante.
—Pero... ¿por qué lo dices? ¿Es porque todo ha sucedido demasiado deprisa? ¿O por el escándalo? No te preocupes por eso, querida. Los rumores pronto darán paso a otros; la temporada apenas comienza y, sin duda, surgirán nuevos escándalos de los que la sociedad preferirá hablar.
Liviana negó con la cabeza.
—No me importa el escándalo —respondió, aunque sí debería importarle su reputación; era algo que le habían inculcado con rigor durante sus años en la academia—. Es por... su hijo. Él no merece casarse si no lo desea.
—Marcus ha aceptado el matrimonio, Liviana. No tienes que preocuparte por eso —aseguró Lillian.
—Pero él no me quiere.
—Llegará a hacerlo —afirmó con absoluta convicción—. Mi hijo terminará por darse cuenta de la mujer que eres. Solo debes darle tiempo al matrimonio. Los comienzos rara vez son fáciles, pero, con el tiempo, llegarán a conocerse mejor y el afecto acabará por nacer entre ustedes.
Liviana desvió la mirada. Ella no quería únicamente el afecto de Marcus; anhelaba algo más: su amor, su deseo, todo cuanto él pudiera entregarle. Y sabía que eso, probablemente, nunca lo conseguiría.
—He reservado una visita con la modista para mañana, a fin de que prepare tu vestido. La boda será el sábado, a las nueve de la mañana.
Ella solo asintió en silencio, aceptando que aquel era su destino. Al final sí se casaría con el hombre que amaba, pero, para conseguirlo, había logrado que ese mismo hombre la odiara.
∞∞∞
La mañana de la boda había llegado. Los invitados ocupaban ya los bancos de la iglesia, murmurando en voz baja mientras aguardaban la llegada de la novia.
Todos estaban ansiosos por ver a la futura marquesa, sobre todo porque sabían que esa unión se celebraría para acallar un gran escándalo. Nadie deseaba perderse una ceremonia de la que, sin duda, se hablaría durante semanas en todos los salones de Mayfair.
Lady Lillian había estado al frente de cada detalle: la decoración de la iglesia, las invitaciones y el desayuno de bodas. El altar y los pilares del templo estaban adornados con guirnaldas de rosas blancas y lirios.