Miserable Matrimonio Capítulo 8
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Capítulo 8

Marcus bajó del carruaje con los puños apretados. A pesar de haber pasado toda la noche desde la tragedia —como él llamaba a lo ocurrido en el baile que sus padres habían ofrecido la noche anterior—, seguía tan furioso como si todo hubiera sucedido apenas unos minutos atrás.

No había podido dormir nada. Había pasado la mayor parte de la noche dándole vueltas a lo ocurrido, tratando de encontrarle sentido a cómo esa...

niña pudo haberlo engañado y atrapado tan fácilmente.

Quiso resolver todo el asunto en ese mismo momento, pero su padre lo obligó a irse alegando que estaba demasiado enojado como para mantener una conversación; eso lo había enfurecido aún más.

Aun así, se había callado y había salido de Agnes House, sobre todo porque no soportaba ver a la hija de Hamilton.

En ese momento se arrepentía enormemente de haberla ayudado durante su presentación. No pensó que ayudarla y dedicarle unas palabras de ánimo le harían albergar aún más esperanzas respecto a sus sentimientos por él.

«¡Maldita sea!»

Apretó los puños con más fuerza. La ira aún podía dominarlo y hacerlo cometer alguna locura.

Subió los escalones de Agnes House con rapidez y, apenas cruzó el umbral, el mayordomo lo interceptó, como si lo hubiera estado esperando.

—Buenos días, milord —hizo una ligera reverencia y luego se ofreció a sujetar su sombrero, pero Marcus pasó de largo, dejando el sombrero sobre una de las mesitas del vestíbulo.

—¿Dónde están mis padres? —preguntó justo en el umbral de la puerta de salida del vestíbulo.

—Sus su gracias están desayunando en el salón de la familia, milord.

Marcus apenas respondió con un seco asentimiento. Se quitó los guantes mientras recorría el corredor principal, sin esperar a que el mayordomo anunciara su llegada.

Cuando abrió la puerta del salón, encontró a sus padres desayunando con calma.

La estancia estaba inundada por la luz de la mañana.

Sobre la mesa descansaban una tetera, una cesta con pan recién horneado, mermeladas, quesos, frutas, carne ahumada y varios periódicos doblados en una esquina.

Todo parecía tan tranquilo y normal que la escena solo consiguió aumentar la indignación de Marcus.

—No pienso casarme con la hija de Hamilton —anunció Marcus, acercándose a la mesa del desayuno.

—Buenos días para ti también —comentó el duque con serenidad, levantando la vista del periódico que sostenía entre las manos.

—No estoy de humor para formalidades, padre.

—Eso ya lo imagino, como también imagino que hayas amanecido con mejor humor para entablar una conversación más formal y civilizada.

Marcus respiró hondo ante la calma que su padre irradiaba.

—Que no me hubieran permitido explicar lo que ocurrió anoche fue demasiado injusto para mí —bramó Marcus, tratando de mantener la calma.

Alexander entrelazó las manos sobre la mesa.

—Había demasiadas personas presentes, Marcus. Y no era el momento ni el lugar para airear las desavenencias de nuestra familia ante la alta sociedad —respondió el duque, mirando a su hijo con tranquilidad, apoyando los brazos sobre la mesa e inclinándose un poco hacia delante—. Te escuchamos ahora.

Marcus respiró profundamente, apretó los puños y volvió a relajarlos antes de mirar a sus padres.

—Recibí un mensaje en el que se me informaba que Lady Ashton deseaba verme en el jardín. Cuando llegué, encontré allí a Lady Hamilton. Quise irme antes de que alguien nos viera ahí solos, pero ella me detuvo y luego me besó. Yo no hice absolutamente nada.

Sus padres se miraron y luego volvieron su atención hacia él, con los rostros relajados. Marcus apretó los labios en una fina línea; estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba con ellos.

—Fue una trampa —continuó con la voz tensa—. Ella organizó todo para obligarme a casarme con ella.

Lillian negó con la cabeza y soltó un leve suspiro.

—Marcus, ¿de verdad crees que Liviana sería capaz de planear algo semejante?

—Está enamorada de mí.

Alexander arqueó una ceja.

—Eso no significa que haya preparado todo ese escándalo —replicó su madre.

—Pues lo hizo. No me creo que sea tan inocente como quiere hacernos creer. De lo contrario, ni siquiera se habría acercado a besarme.

—Marcus, por favor, ella ni siquiera pudo haber sabido que, en ese mismo momento, yo invitaría a algunos invitados a pasar al jardín —prosiguió Lillian con el ceño fruncido.

Marcus soltó un gruñido de frustración.

—¿Por qué insistes tanto en defenderla? Ni siquiera es tu hija, ni tampoco alguien a quien debas proteger a costa de la propia felicidad de tu hijo.

—¡Marcus! —exclamó Lillian, poniéndose de pie.

Alexander hizo lo mismo enseguida y tomó la palabra antes de que la conversación derivara en una discusión entre madre e hijo.

—Sea como fuere, eso ya carece de importancia.

Marcus giró la cabeza hacia él con incredulidad.

—¿Cómo que carece de importancia?

—Porque toda la sociedad los vio besándose.

—¡Ella me besó a mí! —rugió fuera de sí. Les dio la espalda y se pasó una mano por el cabello, tratando de controlar el torrente de rabia que sentía recorrer su cuerpo.

—¿Y crees que eso cambiará lo que la sociedad está comentando?

—preguntó el duque con más dureza—. La sociedad no juzga los hechos, Marcus.

Juzga las apariencias. Para algunos eras un hombre aprovechándose de una debutante y, para otros, ella era una dama de falda ligera.

Ambos arruinaron su reputación; por eso ahora no importa quién haya tenido la culpa.

Marcus apretó tanto los dientes que estuvo a punto de quebrarlos. Con rabia, se giró hacia sus padres.

—Entonces pretenden que pague por algo que no hice.

—Quiero que cumplas con tu deber, hijo.

Marcus dejó escapar una risa amarga.

—¿Y qué hay de Emma?

La mención de la joven hizo que el ambiente se volviera aún más pesado. Lillian hizo una mueca de fastidio antes de cruzarse de brazos.

—Pedí su mano a su madre y pensaba anunciar el compromiso anoche.

Lillian soltó un pequeño grito de desconcierto antes de llevarse una mano al estómago.

—Marcus, ¿hiciste algo así sin decirnos?

—La amo, madre.

La duquesa bajó la mirada mientras negaba con la cabeza.

—Lamento sinceramente lo ocurrido con la señorita Ashton. Pero tus sentimientos no están por encima de tus obligaciones. Eres un marqués y, más adelante, serás un duque; le sirves a la Corona inglesa. Debes tener muy claras cuáles son tus prioridades.

Marcus apartó la mirada de su padre. Sí, tenía razón, pero... él podía ser un excelente marqués y futuro duque aun siendo feliz junto a la mujer que amaba. Volvió la vista hacia su madre como último recurso.

—Madre, por favor, soy tu hijo. Tú, más que nadie, deberías desear mi felicidad por encima de todo.

Lillian sostuvo su mirada y luego la desvió.

—Precisamente por eso apoyo esta unión. En algún momento comprenderás que este matrimonio puede hacerte muy feliz.

Marcus la observó incrédulo.

—Está claro que mis propios padres son mis mayores adversarios en esta vida —reprochó con amargura.

—Hijo, no digas eso —musitó su madre, extendiendo una mano hacia él, pero Marcus retrocedió un paso, negando con la cabeza.

—Cumpliré con mi deber, como siempre lo he hecho, pero no esperen que acepte a esa...

—suspiró antes de soltar alguna grosería—...

Lady Johnson como mi esposa o como la madre de mis futuros hijos.

Ustedes mismos están condenando su legado.

Ante la sociedad, solo seremos un matrimonio destinado al fracaso.

Alexander miró a su hijo con severidad. Quería creer que todas esas palabras eran fruto de la ira del momento.

—Bien, la boda será en una semana —concluyó el duque sin amedrentarse ante la advertencia de su hijo.

Marcus apretó los puños, sabiendo que su vida estaba a punto de convertirse en una condena.

Sin despedirse de sus padres, salió de Agnes House y le ordenó a su cochero que lo llevara al club The Gentlemen's Rest. Era el único que abría desde muy temprano por la mañana, pero también el que cerraba más temprano.

Al llegar, Marcus agradeció que estuviera vacío.

Era demasiado temprano para que algún caballero comenzara a beber.

El club era más conocido por ser frecuentado por caballeros que celebraban reuniones privadas con sus amantes o encuentros discretos de negocios.

Enseguida pidió una botella de coñac y se sentó en uno de los sillones, recostando la cabeza contra el respaldo de cuero.

—Aquí está su bebida, milord.

Marcus miró al joven que dejaba la bandeja con una botella de coñac y un vaso vacío sobre la mesa. El sirviente abrió la botella y sirvió una copa. Marcus hizo un gesto para que se retirara.

Se bebió el coñac de un solo trago, sintiendo cómo el licor recorría su garganta, quemándola hasta asentarse en su estómago. Ni siquiera había desayunado esa mañana; solo había querido resolver un asunto que terminó convirtiéndose en una sentencia para el resto de su vida.

Con solo pensar en Lady Johnson, la rabia volvía a encenderse en su interior. Se sirvió otra copa y volvió a beberla de un solo trago, dejando el vaso sobre la bandeja con un golpe seco que resonó en el silencio del salón. Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano.

—Te juro que te haré la vida miserable, Liviana Johnson —murmuró para sí mismo, apretando los puños.

—Sabía que estarías aquí.

La voz de Beaufort resonó a su espalda media hora después. La botella ya estaba por la mitad.

Marcus solo giró la cabeza por encima del hombro para observar al recién llegado. Luego volvió a posar la mirada en la botella antes de tomarla y servirse otra copa, pero, antes de llevarla a los labios, Beaufort le arrebató el vaso y se bebió su contenido.

—Esta no es la forma de afrontar el problema, Stafford —comentó Beaufort con una media sonrisa—. Tú no eres ese tipo de hombre.

Marcus se encogió de hombros.

—Merezco ahogarme en alcohol; al menos eso nadie puede impedírmelo —masculló Marcus mientras volvía a servirse otra copa de coñac—. Imagino que ya debes saber lo que pasó.

Beaufort asintió con una expresión más seria.

—¿Cómo sucedió realmente? Sabes que los rumores corren rápido, pero siempre terminan distorsionando la verdad.

Marcus soltó una carcajada amarga al recordar lo idiota que había sido al pensar que Liviana era una joven inocente que solo estaba enamorada de él.

—Es una actriz consumada, Beaufort. Liviana... —pronunció su nombre con desprecio; ya no pensaba darle más trato de cortesía—. Me hizo creer que era Emma quien me esperaba; me tendió una trampa. Me besó de improviso, justo cuando la mayoría de los invitados decidieron salir al jardín.

—¿Estás seguro de que fue una trampa? Tal vez fue casualidad que ella...

—¿Tú también, Beaufort? —gruñó Marcus, fulminando a su amigo con la mirada—. Bastante tengo con mis padres defendiéndola, creyéndola inocente cuando solo quería atraparme.

Beaufort levantó las manos en señal de paz. Luego pidió un vaso para él también.

—¿Y qué pasará con Emma? —preguntó Beaufort al cabo de unos minutos de silencio.

—Anoche, después de salir de la casa de mis padres, fui hasta la suya para tratar de hablar con ella y explicarle lo que pasó, pero no quiso recibirme, cosa que me está consumiendo por dentro.

Necesito explicarle lo sucedido, que todo fue una trampa de esa...

—gruñó y se pasó una mano por el cabello, alborotándoselo aún más.

Beaufort soltó un bufido divertido, negando con la cabeza.

—No es gracioso, Beaufort. Entiende que mi vida quedará arruinada, pero juro hacerle la vida miserable.

El rencor en las palabras de Marcus hizo que Beaufort frunciera el ceño.

—No me estaba riendo. Solo que... es una situación que nunca pensé que alguno de nosotros pudiera vivir —explicó Beaufort, mirando fijamente a su amigo—.

Pero creo que deberías darle la oportunidad de explicarse.

Como te dije, puede que todo haya sido un malentendido o una desafortunada coincidencia, y que los invitados decidieran salir al jardín justamente en ese momento.

—Pues no lo creo. Liviana está enamorada de mí desde hace mucho. Siempre evitaba conversar con ella para no ilusionarla y porque, además de eso, no me gustaba; o, mejor dicho, no me gusta.

—Ni siquiera te has dado la oportunidad de conocerla de verdad. Puede que esa niña, como tú la llamas, posea más cualidades de las que imaginas.

Marcus hizo una mueca de desagrado ante las palabras de su amigo.

—Se nota que no la has tratado. Cuando la conozcas, cambiarás de parecer.

—Solo digo que, si al final vas a terminar casado con ella, pueden llegar a un acuerdo y llevar un matrimonio estable.

—Ni lo sueñes. ¿Ella quería casarse? Bien. Lo conseguirá. Pero no permitiré que sus días a mi lado sean felices; al contrario, procuraré que cada uno de ellos sea una tormenta difícil de soportar.