Miserable Matrimonio Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—No hice tal cosa, milord —respondió con firmeza—, y no tengo por qué hacerme pasar por otra persona. Solo vine a tomar aire fresco.

—¿Y por qué no le creo, Lady Johnson? —acusó él, cruzándose de brazos.

Liviana sintió un nudo en la garganta. Todo estaba saliendo mal. Esto no era lo que Lady Lillian había planeado o, mejor dicho, no previó que sucedería.

—Ya le dije que no soy la responsable de que esté aquí —insistió, esforzándose por mantener la compostura. Y, en cierto punto, ella realmente no lo había llamado haciéndose pasar por Emma.

Marcus suspiró, claramente molesto.

—En ese caso, me iré.

Dio media vuelta para marcharse, pero, sin pensarlo, Liviana lo tomó del brazo.

—¡Espere!

Él se detuvo y la miró con el ceño fruncido, alternando la vista entre la mano enguantada que lo sujetaba y el rostro de ella.

—¿Por qué me odia? —preguntó Liviana en un susurro.

Ella sabía que esa no era la pregunta correcta.

Él había demostrado que no la odiaba; si así fuera, nunca la habría ayudado a salir de aquella sala del palacio el día de su presentación.

Más bien debía preguntar: ¿por qué no la quería como quería a Emma?

La expresión de Marcus se suavizó, aunque su mirada seguía siendo seria. Con delicadeza, retiró su brazo, adoptando una distancia prudente entre ambos.

—No la odio —respondió él.

—Entonces, ¿por qué le resulta tan desagradable un baile conmigo o extender una conversación, aun estando su madre presente?

—Para no darle falsas esperanzas.

—¿Qué quiere decir con eso? —inquirió con la voz temblorosa.

—Que usted es una joven buena que merece a alguien que la quiera de verdad.

Su respiración se volvió errática. ¿Acaso Marcus sabía lo que sentía por él? ¡No! No podía ser. Él no tenía manera de saberlo.

Pero lo sabía.

Liviana sintió una oleada de desesperación.

No podía perder esa oportunidad. No podía marcharse con el corazón roto otra vez.

No podía casarse con el vizconde de Aldermere.

Y entonces, antes de que pudiera detenerse a pensar en las consecuencias, se puso de puntillas y presionó sus labios contra los de Marcus.

No supo qué hacer después. Sus manos temblorosas se aferraron a sus hombros, ejerciendo una leve presión, mientras mantenía los ojos cerrados con fuerza. Su corazón latía con violencia y un calor abrasador le subió al rostro.

Marcus, por su parte, permaneció inmóvil. Demasiado sorprendido como para reaccionar.

—¡Marcus!

La voz del duque de Agnes retumbó en el jardín. Liviana se separó de golpe, aterrada, y miró a su alrededor. Para su horror, la mayoría de los invitados estaban allí afuera, observando la escena con expresiones de asombro y murmuraciones ahogadas.

Marcus cerró los ojos con frustración.

—¡¿Me puedes explicar qué estás haciendo con Lady Johnson?!

—Eso está más que claro —intervino Lady Lillian con calma—. Se estaban besando. Señal de que ya se han estado viendo clandestinamente.

Marcus giró la cabeza y se encontró con la mirada satisfecha de su madre, lo que hizo que frunciera el ceño.

Luego miró a Liviana de reojo. Su rostro estaba completamente rojo, aunque no supo si de vergüenza o si, por el contrario, ocultaba una sonrisa de triunfo por su logro, porque era evidente que ella lo había planeado todo.

En ese momento sintió una rabia sorda subir por su pecho. Había sido una trampa. Y había caído en ella.

A su mente llegó de inmediato la imagen de Emma. Su instinto fue buscarla entre la multitud y, cuando la encontró, sintió su mundo desmoronarse. Tenía el ceño fruncido y una expresión de tristeza reflejada en sus hermosos ojos.

Marcus dio un paso en su dirección, pero su padre lo detuvo.

—Ya que no tiene respuesta, Stafford —intervino el conde de Hamilton con voz firme—, espero que asuma su responsabilidad y se case con mi hija.

Como bien sabe, esto no puede quedarse así.

Mi hija tiene honor y estaba comprometida, y usted acaba de arruinar su compromiso y su reputación ante los ojos de toda la sociedad.

El silencio que se hizo en el jardín fue sepulcral. Marcus sintió una opresión en el pecho, una mezcla de ira y desesperación que amenazaba con desbordarse.

—Yo no acep...

—No se preocupe, Hamilton —interrumpió el duque de Agnes—. Mi hijo responderá por lo ocurrido. La próxima semana, su hija y él estarán casados.

Marcus sintió que la sangre se le helaba en las venas. Miró a su padre con las cejas alzadas en señal de incredulidad y protesta. Pero su padre solo le devolvió una mirada fulminante.

Quiso protestar, quiso gritar que todo aquello era un malentendido, que lo habían engañado, que su corazón le pertenecía a otra… pero no pudo. Emma ya se había marchado y su padre, con esa mirada, le dejaba claro que no había alternativa.

Su destino acababa de sellarse.

Con el puño apretado, giró lentamente la cabeza hasta encontrar la figura de Liviana a su lado. Aún mantenía el rostro bajo, sin mirar a nadie. Parecía asustada, pero, en ese instante, nada de eso importó.

Si ella quería un matrimonio, lo tendría.

Su venganza sería hacer de ese matrimonio el más miserable de todos.