Miserable Matrimonio Capítulo 7
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Capítulo 7

Los tres días posteriores transcurrieron con lentitud.

Aunque Liviana intentaba distraerse con la lectura, los paseos por el jardín o el bordado, no lograba apartar de su mente el hecho de que podría terminar casada con Lord Aldermere.

La duquesa le había asegurado algo diferente, un mejor...

hombre que el vizconde. Aun así, seguía inquieta; sentía que no estaba preparada para el matrimonio.

Y, a pesar de que eso la preocupaba, lo que la tenía sin verdadero ánimo era recordar, de vez en cuando, la escena que había presenciado en el baile de los marqueses de Williston.

El dolor seguía ahí, punzante, como una espina clavada en su pecho.

Pensó que los días serían una cura para la herida aún abierta, pero, lejos de mitigarse, el recuerdo de aquel momento solo se intensificaba un poco más.

Esa tarde, mientras la señora Parker seleccionaba su vestido para el próximo evento de la temporada, Liviana intentaba reprimir su nerviosismo por todo lo que pasaría esa noche.

—Este vestido te quedará hermoso, mi niña —aseguró la señora Parker, sosteniendo un elegante vestido de muselina en tonos marfil y azul celeste.

Liviana lo miró con cierto recelo. Aunque era hermoso, no podía evitar sentirse decaída.

—Te quedará hermoso —insistió la señora Parker al notar la falta de entusiasmo de Liviana.

Liviana forzó una sonrisa, pero la verdad era que le importaba muy poco cómo le quedara el vestido, algo que, sin duda, iría en contra de la educación que le dieron en la academia, ya que el vestido de una dama era su carta de presentación ante la sociedad.

—Sé que no estás muy emocionada por el baile de hoy, pero la duquesa te prometió una solución esta misma noche —continuó su nana, dejando el vestido sobre la cama.

—Una solución que tampoco es de mi agrado —respondió Liviana con voz apagada.

La señora Parker suspiró, se acercó a ella y le tomó las manos con ternura.

—Pero es mucho mejor que casarte con ese vizconde, mi niña. La duquesa es como una segunda madre para ti; ella nunca haría algo para perjudicarte.

Esa noche, los duques de Agnes ofrecerían el baile más esperado de la temporada.

Pero también esa noche conocería al que sería su futuro esposo, según Lillian.

No sabía cuál era el plan, ni cómo haría para que su padre rompiera el compromiso con el vizconde y aceptara a alguien más.

Solo lo sabría cuando llegara el momento.

Liviana suspiró y asintió.

—Lo sé —murmuró, mirando el vestido sobre la cama.

La señora Parker le dedicó una sonrisa que no le llegó a los ojos. Luego volvió a tomar el vestido y la ayudó a ponérselo.

Mientras apretaba los cordones del vestido, Liviana pensó inevitablemente en Marcus. Sabía que él estaría allí y que, como siempre, no estaría solo. Seguramente, Emma sería su compañía, su futura esposa, la mujer con quien compartiría su vida.

¿Podría soportarlo? ¿Sería capaz de verlo con ella y fingir que su corazón no se rompía en mil pedazos? ¿Sería capaz de estar con un hombre amando a otro?

«El amor consiste en desear la felicidad del otro, ¿o no?», pensó con amargura.

Si Marcus amaba a Emma y ella lo hacía feliz, entonces debía aceptarlo. Pero era muy difícil resignarse cuando el corazón anhelaba lo imposible.

Una vez estuvo completamente lista, se miró en el espejo. Para su sorpresa, sonrió un poco al ver su reflejo. Su nana tenía razón, el vestido le sentaba de maravilla. La suave tela realzaba sus curvas generosas sin ser demasiado atrevido. En otro momento, le habría hecho muy feliz el resultado.

—¡Liviana! —El grito de su padre retumbó por casi toda la casa, que permanecía en silencio.

Liviana dio un respingo y el corazón le dio un vuelco en el pecho. Respiró hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos antes de bajar y enfrentarse a su padre.

—Será mejor que vayas antes de que se impaciente —murmuró su nana, dándole un leve apretón en la mano.

Liviana asintió, salió de su habitación y descendió las escaleras a toda prisa.

—Siento haberlo hecho esperar —se disculpó al llegar al vestíbulo.

—Que no vuelva a suceder —respondió su padre con frialdad, mirándola severamente antes de darle la espalda y salir de la residencia.

Liviana dejó escapar un suspiro de alivio al notar que, al menos esa vez, había evitado un regaño mayor. Enderezó los hombros y lo siguió.

El trayecto hacia Agnes House transcurrió en el más absoluto silencio, como de costumbre. Liviana mantenía la vista fija en sus manos enguantadas sobre el regazo, sintiendo la tensión habitual que siempre la invadía cuando compartía un espacio reducido con su padre.

Finalmente, fue él quien rompió el silencio.

—Espero que hoy no te atrevas a escapar otra vez —advirtió Henry—. Además de ser el baile de los duques de Agnes, tu prometido seguramente querrá saludarte y hablar contigo.

Liviana sintió cómo la piel se le erizaba con solo pensar en tener que estar cerca del vizconde. En ese momento, el plan de Lillian le pareció perfecto frente al destino que le esperaba al lado de Lord Aldermere.

—¿Y si hubiese... algún otro caballero... interesado? —preguntó ella, tratando de averiguar qué pasaría si el plan de Lillian funcionaba.

Henry la miró con una mezcla de desdén y curiosidad gélida, arqueando una ceja ante la pregunta.

—No creo que llames la atención de alguien más, Liviana. Confórmate con lo que pude conseguir para ti —respondió él con calma, apartando la mirada de su hija.

—Pero podría...

—Dije que te conformes, no que discutas —la interrumpió, cortando cualquier posibilidad de réplica.

Liviana bajó la cabeza, mordiéndose el labio con fuerza para no llorar.

¿Por qué la odiaba tanto?

Siempre se hacía la misma pregunta, aunque la respuesta era clara. Para él, su existencia era un recordatorio de la pérdida de su esposa, un reflejo de la mujer que había amado y que ya no estaba.

Inspiró hondo, tratando de recuperar la compostura.No debía llorar. No frente a él.

Pocos minutos después, el carruaje se detuvo frente a Agnes House. Liviana descendió con la espalda recta, con las mejillas aún encendidas por la vergüenza y la impotencia.

Como era costumbre, el conde la dejó atrás en cuanto pusieron un pie en el salón de baile. La sensación de abandono ya no era una sorpresa para ella. Otra vez estaba sola, rodeada de rostros desconocidos, conversaciones ajenas y ojos que realmente no reparaban en ella.

Su primer impulso fue buscar a Marcus entre los invitados y, aunque se contuvo durante algunos minutos, terminó recorriendo el salón con la mirada, pero no lo encontró.

Su corazón latió con fuerza... aunque no era de emoción, sino de tristeza.

«Seguro está con Emma».

Y aunque ya había decidido olvidarlo, que pronto se casaría con alguien más, el pensamiento de él con Emma seguía oprimiéndole el pecho.

—¡Liviana, querida! —La cálida voz de Lady Lillian la hizo girarse de inmediato. Al verla, sonrió con alivio. La duquesa era la única persona en la sociedad, aparte de su nana, que la trataba con genuino afecto—. Estás hermosa esta noche.

—Gracias, su gracia —respondió con una leve inclinación, regalándole una sonrisa tímida—. Está todo muy hermoso.

La duquesa sonrió con satisfacción, complacida con el cumplido.

—No podía permitirme decepcionar en uno de los bailes más esperados de la temporada —afirmó con orgullo, echando un vistazo al esplendor que las rodeaba—. El otro, por supuesto, es el de los duques de Devonshire.

El salón de baile de Agnes House era un verdadero espectáculo de lujo y refinamiento.

La temática de la velada giraba en torno a la primavera, reflejada en la combinación de colores marfil y dorado, con sutiles acentos en verde esmeralda.

Guirnaldas de flores frescas, rosas, lirios y madreselvas adornaban las columnas y los balcones.

En un extremo del salón, largas mesas cubiertas con manteles blancos exhibían una selección de bocadillos y cócteles.

Fuentes de plata rebosaban de frutas glaseadas y tartaletas de crema.

—¿Has visto a mi hijo? —preguntó la duquesa.

Liviana se tensó ligeramente. Luego apartó la mirada de Lady Lillian para que no notara su tristeza ante la mención de Marcus.

—No —respondió casi con un hilo de voz.

Lady Lillian no pasó por alto la sombra de tristeza que cruzó el rostro de Liviana. Sonrió disimuladamente con astucia. Era el momento perfecto para poner en marcha su plan.

Antes de que Liviana pudiera reaccionar, la duquesa la tomó del brazo y la condujo hacia el balcón, lejos de oídos indiscretos.

—¿Qué ocurre, su gracia? —preguntó Liviana, temiendo que la duquesa ya hubiera querido iniciar el plan en el cual ella terminaría comprometida con otro hombre.

—Nada de qué preocuparse, querida —respondió Lady Lillian con una sonrisa tranquilizadora—. ¿Recuerdas que te dije que debías hacer lo que te pidiera esta noche?

Liviana asintió despacio, no muy segura.

—Bien —dijo Lady Lillian en voz baja—. Sé que amas a mi hijo.

El corazón de Liviana dio un vuelco al escuchar aquellas palabras. Sus ojos se abrieron con sorpresa y un rubor intenso cubrió sus mejillas.

—Yo… no sé de qué me habla…

—No tienes por qué negarlo. Y créeme cuando te digo que nada me haría más feliz que verte casada con Marcus y formando parte de esta familia. Estoy convencida de que serías una esposa maravillosa… y, con el tiempo, una excelente marquesa.

Liviana bajó la vista. Casarse con Marcus… La sola idea le parecía un sueño imposible. Sin embargo... frunció el ceño y miró a la duquesa.

—¿Acaso... el hombre que usted ha elegido para mí es Lord Marcus? —preguntó Liviana, con el aliento contenido, sin darse falsas esperanzas todavía.

Lady Lillian sonrió ampliamente y asintió, juntando las manos sobre el pecho.

—Siempre he sabido que eres muy inteligente, otra cualidad que te hace perfecta para ser la esposa de mi hijo.