Capítulo 6
Horas más tarde, Liviana estaba sentada con la espalda recta en uno de los sillones de terciopelo azul que adornaban la sala de té de Hamilton House.
Aún no había llegado el hombre con el que su padre pretendía comprometerla, Lord Aldermere.
Era lo único que sabía de él; no había querido preguntar más.
Al menos, eso le daba tiempo para no pensar demasiado en su inevitable futuro.
—Así estás mucho más presentable. Pareces una dama —comentó su padre, desviando la mirada hacia la mesita de centro donde descansaba una bandeja de plata con una tetera de té y tres tazas de porcelana fina.
Henry se encontraba con un pie cruzado sobre el otro y los codos apoyados en los reposabrazos del sillón, mientras entrelazaba los dedos a la altura del pecho.
Liviana permaneció en silencio, sin alterar la postura.
Ahora su vestido era mucho más elegante.
La delicada muselina de un suave tono rosa empolvado caía en amplios pliegues desde el talle alto, ceñido justo bajo el busto por una fina banda de seda.
Sobre la falda descansaba una ligera sobrefalda de tul transparente, bordada con pequeñas flores en hilos plateados y rosados que ascendían desde el bajo hasta perderse a los costados de la cintura.
Las mangas eran cortas y ligeramente abullonadas, mientras un pequeño lazo de pedrería y perlas adornaba el escote redondeado.
Su cabellera azabache estaba recogida en un elegante moño, del que escapaban algunos rizos cuidadosamente acomodados alrededor del rostro.
Unas discretas perlas completaban el peinado.
Era, sin duda, uno de los vestidos más hermosos que tenía para lucir durante el día, y lo estaba desperdiciando para agradarle a un hombre que no conocía y que sería... su esposo.
Aquel pensamiento la hizo soltar un suspiro de resignación. Debía hacerse a la idea de que pronto sería una mujer casada y que el hombre al que realmente amaba sería el esposo de otra.
—Cuando llegue Lord Aldermere, seguirás todo el protocolo que te enseñaron. Hablarás únicamente cuando él o yo nos dirijamos a ti. No interrumpirás la conversación, no alzarás la voz y mantendrás una sonrisa agradable en todo momento.
Liviana permaneció inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el regazo, escuchando las instrucciones de su padre.
—Si desea saber sobre tu educación, le hablarás de la Academia de la señorita Whitcombe. Menciona tu francés, tu italiano, el pianoforte, la acuarela y el bordado. Hazle entender que recibiste la instrucción propia de la hija de un conde.
—Haré lo posible —musitó Liviana sin levantar la vista.
Henry la observó con los ojos entrecerrados.
—No es suficiente con hacer lo posible, Liviana. Necesito que seas perfecta. He gastado una auténtica fortuna para que fueras educada en una de las academias para señoritas más prestigiosas de Inglaterra.
Liviana bajó la mirada hacia sus manos enguantadas sin molestarse en replicar. No valía la pena, y tampoco tenía ánimo para seguir escuchando las críticas y sermones de su padre. Solo deseaba que todo terminara lo más pronto posible.
En ese momento, el mayordomo entró en el salón para anunciar la llegada del vizconde de Aldermere.
«Es un vizconde».
Pensó Liviana mientras se ponía de pie junto a su padre. Pero el hecho de que fuera un vizconde no la tranquilizaba en absoluto. No lo conocía y, sabiendo la desesperación de su padre por deshacerse de ella a cualquier precio, temía que aquel hombre fuera... demasiado mayor para ella.
—No me decepciones, Liviana —le susurró su padre justo antes de que las puertas del salón volvieran a abrirse.
Henry caminó enseguida hacia el frente para recibir al hombre. Liviana, en cambio, permaneció inmóvil, demasiado petrificada para avanzar siquiera un paso.
Justo lo que temía.
El hombre no solo era mayor; era muchísimo mayor. Incluso más que su padre, que apenas rondaba los cuarenta y cinco años. Aquel otro, el vizconde, debía de superar los cincuenta, y ella apenas tenía diecisiete.
Los ojos se le humedecieron con solo pensar que tendría que...
tocar... o besar a aquel hombre. Unas inmensas ganas de vomitar la obligaron a llevarse una mano a la boca.
De inmediato les dio la espalda a él y a su padre para que no advirtieran el gesto.
Si alguno de los dos lo notaba, su castigo no se limitaría a permanecer encerrada en su habitación.
—Espero que su hija hoy se encuentre mucho mejor para conversar conmigo, Hamilton —escuchó decir al hombre. Su voz era ronca, áspera y grave.
—Lo está. Además, se encuentra muy ansiosa por conocerlo —respondió su padre con una voz tranquila, como si no estuviera a punto de entregarla a un hombre que bien podría ser su abuelo—. Liviana.
Ella cerró los ojos unos segundos y apretó los puños, tensando la fina tela de sus guantes.
«Puedes hacerlo, Liviana. Luego pensarás en una solución viable».
Respiró hondo antes de girarse hacia los dos hombres y fingir una sonrisa.
—Buenas... buenas tardes —dijo con la voz un poco temblorosa. Por más que lo intentara, cada vez le resultaba más difícil conservar la compostura.
El vizconde la recorrió de arriba abajo sin el menor reparo antes de concluir con un leve asentimiento. Henry lo observó con el entrecejo fruncido, incómodo por la forma en que examinaba a su hija.
—Su hija posee un aspecto muy agradable —comentó finalmente, volviéndose hacia Henry, que ya había borrado toda sonrisa de su rostro—. Es una joven de facciones delicadas y se encuentra en la flor de la juventud.
Henry no respondió de inmediato. La mandíbula se le tensó apenas un instante antes de asentir.
Liviana alzó la vista hacia su padre con una muda súplica antes de volver a bajarla.
No quería seguir observando al hombre. La piel de su rostro estaba profundamente arrugada; una espesa barba ocultaba buena parte de sus labios, y la calvicie había dejado apenas un aro de cabellos blancos alrededor de la cabeza.
A pesar de vestir prendas costosas y de excelente confección, estas no conseguían disimular su espalda ligeramente encorvada ni su figura delgada.
—Así es —se limitó a responder el conde.
El vizconde volvió a posar los ojos sobre Liviana.
—Mi difunta esposa me dio dos hijas, pero nunca el heredero varón que mi título necesita. A mi edad, no puedo permitirme seguir demorando ese deber.
Liviana sintió que el estómago se le revolvía. ¿Hijos? ¿Con ese hombre? No supo si quería reír o llorar ante la idea de engendrar descendencia con alguien cuya sola presencia le provocaba una repulsión instintiva.
Claramente, para la señorita Whitcombe, el vizconde representaba el esposo ideal en términos de título, posición y fortuna, todo aquello que, según ella, una dama debía desear en un marido.
—Lady Liviana aún es muy joven —prosiguió el vizconde con naturalidad—. La juventud suele venir acompañada de buena salud. Confío en que Dios bendiga nuestro matrimonio con los hijos necesarios para asegurar la sucesión de Aldermere.
Henry desvió la vista durante un instante. El ceño se le frunció apenas, como si aquellas palabras le resultaran incómodas. Sin embargo, volvió a endurecer el semblante antes de hablar.
—Mi hija recibió la educación apropiada para desempeñar el papel que le corresponde como futura esposa.
El vizconde asintió con satisfacción.
—Debo admitir que la encuentro mucho más agraciada de lo que comentó anoche, Hamilton. Si su carácter resulta tan dócil como aparenta, no tendré inconveniente alguno en convertirla en la próxima vizcondesa de Aldermere.
∞∞∞
Dos días después, Liviana descendió del carruaje frente a Gunter's, la elegante confitería de Berkeley Square donde Lady Lillian le había pedido que se encontraran para tomar el té.
Después de la visita del vizconde de Aldermere, su futuro...
esposo, Liviana le había escrito a la duquesa.
Para ella era la única persona que podía ayudarla, o al menos intentarlo, ya que su nana, por mucho que quisiera, no podía hacerlo.
Lillian le respondió con una breve nota citándola en la confitería, donde podrían hablar con mayor tranquilidad.
—Yo me quedaré aquí afuera. Puedes entrar y hablar con la duquesa con libertad —dijo la señora Parker, alisándole la falda que se había levantado ligeramente al bajar del carruaje—. Ruego a Dios que la duquesa encuentre una solución para librarte de ese matrimonio con Lord Aldermere.
Liviana se mordió el labio y asintió, aferrándose a la misma esperanza que compartía su nana.
Se giró para contemplar el establecimiento.
Nunca había visitado Gunter's. Era una famosa confitería, conocida por servir los mejores helados y dulces de todo Londres.
La conocía gracias a las revistas de sociedad que llegaban cada semana a Hamilton House junto con los periódicos de su padre.
No sabía si él era consciente de que aquellas publicaciones también llegaban a la casa o si simplemente le interesaban los cotilleos de la aristocracia, pero ella las aprovechaba para conocer un poco más de Londres.
El establecimiento era elegante. Su fachada de ladrillo rojizo estaba rematada por molduras de piedra color crema que enmarcaban las altas ventanas de cristal divididas en pequeños paneles.
Sobre la entrada principal sobresalía un discreto toldo de rayas color marfil y verde oscuro, bajo el cual colgaba un letrero de hierro forjado con letras doradas que anunciaba, simplemente: GUNTER'S.
A ambos lados de la puerta se abrían amplios escaparates donde se exhibían bandejas repletas de dulces, pequeños pasteles, frutas confitadas y recipientes de cristal llenos de coloridos caramelos.
Varias jardineras de piedra rebosaban de flores primaverales, mientras dos faroles de hierro negro flanqueaban la entrada.
Aún no había cruzado el umbral y ya le gustaba el lugar. La sola vista de aquellos dulces había despertado un poco el apetito que había perdido durante los dos últimos días.
Empujó la puerta y entró en el establecimiento. Buscó con la mirada a la duquesa, pero no logró distinguirla, así que escogió una pequeña mesa redonda junto a una de las ventanas laterales, desde donde podía vigilar tanto la entrada como el resto del salón.
No tuvo que esperar demasiado. Apenas unos minutos después, Lillian apareció y se acercó a ella con una sonrisa maternal dibujada en los labios.
Como siempre, a Liviana le alegró verla, tanto que sintió un intenso deseo de abrazarla.
Sin embargo, se contuvo; una demostración tan efusiva de afecto no era bien vista en un lugar público.
Lillian tomó asiento frente a ella y pidió para ambas un té de jazmín acompañado de dos porciones de torta de chocolate amargo con fresas.
—Ahora dime qué ocurre, querida. Tu nota sonaba bastante preocupante... casi desesperada.
Liviana dejó la taza sobre el platillo y suspiró antes de levantar la mirada hacia la duquesa, preparada para contarle, sin romper a llorar una vez más, lo que su padre había hecho.
—Mi padre me ha comprometido.
Las palabras dejaron a Lillian completamente sorprendida. El pequeño bocado de torta que llevaba hacia los labios quedó suspendido en el aire.
—¿Qué? —preguntó, dejando nuevamente la cucharilla sobre el plato. Sus ojos se abrieron con incredulidad—. ¿Comprometida? Pero... —Parpadeó varias veces antes de salir de su estupor—. ¿Con quién?
—Con Lord Reginald Sinclair, vizconde de Aldermere —respondió Liviana, bajando la mirada.
—¡¿Con ese hombre?!
El sobresalto de la duquesa hizo que varias damas volvieran la cabeza hacia ellas con curiosidad. Consciente de su arrebato, bajó enseguida la voz e inclinó el cuerpo hacia delante para que solo Liviana pudiera escucharla.
—Liviana... Aldermere es mayor... demasiado mayor.
—Lo sé —susurró Liviana con la voz temblorosa—. Por eso acudí a usted. Porque es la única persona que puede... ayudarme.
Lillian apretó los labios.
—Liviana...
—Por favor, dígame que sí me ayudará —suplicó tomando una de sus manos con desesperación—. No puedo... no puedo casarme con ese hombre.
Los ojos de Liviana se llenaron de lágrimas. Ya no le quedaban fuerzas para seguir conteniéndolas.
Lillian estrechó su mano con cariño. Comprendía la desesperación de Liviana. Ella apenas comenzaba a vivir y no podía permitir que Henry, por mucho que fuera su padre, cometiera semejante error.
—Claro que te ayudaré, mi querida Liviana —aseguró, regalándole una sonrisa reconfortante.
—¿Hablará con mi padre? —preguntó Liviana con la esperanza reflejada en los ojos.
Pero Lillian negó suavemente con la cabeza, desconcertándola.
—¿Y cómo hará para que desista de casarme con el vizconde?
—Dentro de tres días ofreceré un baile —respondió Lillian con calma—. Esa noche te aseguro que saldrás con un compromiso mucho más conveniente, y el caballero que tengo en mente será el esposo perfecto para ti.
Liviana sintió un vuelco en el corazón. Ella no quería casarse. Ni con el vizconde ni con ningún otro hombre.
Solo con...
Negó mentalmente. Sabía que aquello nunca sería posible. Marcus no era para ella.
—¿No sería mejor hablar con mi padre? Tal vez, si usted logra convencerlo, acepte esperar al menos hasta que cumpla dieciocho años. Yo... he recibido una buena educación y sé cómo comportarme para ser una buena esposa, pero...
Bajó la cabeza. En realidad, lo único que deseaba era olvidar a Marcus y tener la oportunidad de encontrar a un hombre al que pudiera amar... y que la amara también.
—Lo comprendo, mi niña. Pero tu padre no cambiará de opinión, ni aunque Alexander se lo suplicara.
La muerte de tu madre lo marcó profundamente.
Después de tantos años sigue siendo un hombre devastado, y dudo que algún día logre reconocer el daño que te ha hecho.
Por eso creo que lo mejor es que te alejes de su lado, y solo podrás hacerlo aceptando un matrimonio.
Eres joven y fuerte; ya verás que la vida de casada puede ofrecerte una libertad que hoy ni siquiera imaginas.
«Sí... pero solo si es junto al hombre que amas.»
Estuvo a punto de decirlo, pero prefirió guardar silencio. No quería menospreciar la experiencia de Lady Lillian.
Quizá... la duquesa tenía razón.
—¿Y... quién es el caballero que cree que será un buen esposo para mí? —preguntó con la voz apenas audible.
Confiaba plenamente en Lillian. Sabía que jamás le haría daño y que, si aseguraba conocer al hombre perfecto para ella, era porque realmente lo había.
—Lo descubrirás la noche del baile. Pero debes hacer exactamente lo que te pida.
Liviana asintió despacio, con el ceño ligeramente fruncido.
—Te prometo que esa noche saldrás comprometida con el hombre perfecto para ti.
La sonrisa de satisfacción que apareció en el rostro de Lillian hizo que, por primera vez, Liviana comenzara a dudar.