Capítulo 5 #2
—Pensé... pensé que... le importaba —susurró, haciendo una pausa para evitar que su voz se entrecortara aún más—. Creí que tenía un lugar en sus pensamientos o, al menos, una pequeña chispa de afecto que pudiera encenderse con el tiempo.
—¿Por qué creíste eso, mi niña? —preguntó la señora Parker con voz suave, buscando entender mejor el origen de su ilusión.
Liviana bajó la mirada y sorbió la nariz.
—Él me ayudó a creer en mí, el día de mi presentación ante la corte —comenzó.
Aquel momento vivido con Marcus no se lo había contado a nadie, ni siquiera a la señora Parker—.
Ese día sentí que no podía hacerlo, que no podía caminar por ese pasillo con todos mirándome y juzgándome.
Aún más cuando todas las debutantes eran tan perfectas y yo era tan diferente.
Huí y me escondí en una de las salas del palacio.
Marcus me encontró y, en lugar de reprocharme mi cobardía, me calmó y me ofreció las palabras exactas que necesitaba escuchar. Me dijo que le parecía... hermosa.
La señora Parker bajó la mirada un instante antes de volver a fijarla en ella.
—Mi niña...
—Sé que es... estúpido. Que no debí ilusionarme más porque dijera que soy hermosa, pero...
su mirada me hizo sentir que, tal vez, tenía una oportunidad.
No era una posibilidad, pero sí una esperanza.
—Liviana suspiró, apretando la tela de su vestido y desviando la vista hacia algún rincón de la habitación—.
Ahora comprendo que aferrarme a esa falsa esperanza solo me hizo más daño que la propia verdad.
La señora Parker extendió una mano, dispuesta a consolarla sin agravar su dolor, aunque sabía que cualquier palabra, por dulce que fuera, resultaría insuficiente para sanar una herida que ella misma había alimentado con esperanzas.
Pero la puerta de la habitación se abrió de golpe, sobresaltándolas a ambas.
Liviana giró la cabeza para encontrarse con la imponente figura de su padre. Bastó mirarlo a los ojos para comprender que estaba furioso. Su corazón latió con fuerza y el nudo que tenía en la garganta se apretó aún más, impidiéndole articular palabra.
—Déjeme a solas con Liviana, señora Parker —ordenó él con voz gélida, sin apartar la mirada de su hija.
La mujer asintió en silencio. Con el rostro pálido y los labios apretados en una fina línea, miró a Liviana con evidente preocupación. Aunque quisiera, no podía desobedecer al conde, así que, con un suspiro contenido que delataba su impotencia, abandonó lentamente la estancia.
Cuando la puerta se cerró, Henry fulminó a Liviana con la mirada y entrelazó las manos a la espalda.
—Explícame por qué desapareciste del baile sin avisarme, poniendo en riesgo el honor de mi apellido —exigió sin suavizar el tono de voz.
Liviana tragó con dificultad. Le dolía que su padre ni siquiera hubiera notado que había estado llorando. Solo veía el error de haber huido de un lugar donde ella ya no quería estar.
—Le dije que quería irme —respondió en voz baja.
Después de presenciar la escena entre Marcus y Emma, y de que Aline le dijera la cruda verdad, buscó a su padre para decirle que deseaba marcharse.
Sin embargo, él se negó, sin siquiera prestarle verdadera atención.
Así que ella simplemente se fue, convencida de que su padre no se molestaría por ello. Pero se equivocó.
—¿Y acaso te di permiso? —bramó Henry, elevando aún más la voz.
Liviana bajó la cabeza y negó en silencio mientras otra lágrima resbalaba por su mejilla.
—¡Entonces, ¿por qué tomaste una decisión que no te correspondía?!
Liviana no respondió. Solo lloró en silencio. Henry, lejos de compadecerse, dio un paso al frente.
—Lord Aldermere, vendrá a visitarte mañana. Si le agradas, será tu esposo antes de que termine el mes.
Aquellas palabras cayeron sobre ella como una sentencia de muerte, helándole la sangre. Liviana apenas podía escuchar el resto de lo que su padre seguía diciendo por el agudo pitido que le ensordecía los oídos.
¿Casarse? ¿Casarse con un desconocido?
El pánico se apoderó de su pecho. Por la educación que había recibido en la academia, sabía que los matrimonios por conveniencia eran habituales entre la aristocracia. Pero ella no quería ese destino.
Levantó la cabeza y miró a su padre con los ojos inundados de lágrimas.
—Por favor... —suplicó, negando con la cabeza una y otra vez—. No puede hacerme esto, padre.
Henry le dio la espalda sin inmutarse ante su desesperación.
—Ya está decidido, Liviana. Espero que te comportes como una dama a la altura de tu apellido cuando él llegue.
Y, sin añadir una palabra más, abandonó la estancia, dejándola sumida en una desesperación asfixiante.
∞∞∞
Esa mañana, Liviana estaba más callada de lo habitual, con la mirada perdida mientras esperaba a su padre para comenzar el desayuno.
Siempre procuraba llegar antes que él, pero ese día había bajado mucho más temprano.
Ni siquiera había podido dormir después de la noticia que su padre le había dado sobre su futuro compromiso.
Había pasado buena parte de la noche dando vueltas por su habitación, pensando, por un lado, en el hombre que su padre había elegido para ella y, por otro, en Marcus y la escena del beso que había presenciado.
Era imposible conciliar el sueño con la mente tan convulsa.
Henry entró en el comedor y ocupó su lugar habitual. Luego dirigió la mirada hacia su hija, que permanecía sumida en sus pensamientos. Entrecerró los ojos, pero antes de hablar hizo un gesto a los sirvientes para que comenzaran a servir el desayuno.
—¿No tienes algo mejor en tu guardarropa?
—inquirió Henry, recostado en el respaldo de su silla e ignorando cómo los sirvientes disponían la vajilla de porcelana sobre la mesa.
Uno a uno fueron sirviendo los distintos platos del desayuno: pan recién horneado, mantequilla, mermelada de naranja, huevos, jamón ahumado, una fuente de frutas y una humeante tetera de té—.
Cámbiate ese vestido antes de que lord Aldermere llegue.
No quiero que piense que eres más descuidada de lo que ya pareces.
Liviana miró a su padre sin expresión alguna. Después bajó la vista hacia sí misma. El vestido que había elegido esa mañana era sencillo, de un tono azul pálido y sin ningún adorno que lo hiciera especialmente lujoso o elegante.
—Es solo un vestido, padre —respondió con voz suave, casi sin fuerzas.
—Un vestido que da la impresión de que no cuido lo suficiente de ti como para permitirte presentarte ante un hombre de su posición con semejante aspecto —replicó Henry, tomando una rebanada de pan y untándola con mermelada—.
Te cambiarás ese vestido por uno más digno y también arreglarás ese peinado.
Liviana se mordió el interior de la mejilla con fuerza, conteniendo las ganas de gritarle. En lugar de hacerlo, respiró hondo y asintió.
—Como usted desee —murmuró.
Cuando fue a tomar una rebanada de pan, su padre la detuvo.
—Mejor toma solo té. Tu figura debe lucir impecable, y cualquier exceso podría arruinar la impresión que pretendo causar.
Liviana sintió un nudo en el estómago.
—¿Ahora también me restringirá la comida? —preguntó con la voz temblorosa y los dientes apretados.
—Solo hasta que logre entregarte a tu futuro esposo —respondió Henry, dándole un mordisco a su pan—. Debí haber estado más pendiente de tu alimentación, pero no esperaba que la señora Parker te descuidara tanto.
A Liviana le tembló el labio inferior. Se lo mordió para contener el temblor mientras apretaba los puños bajo la mesa.
—¿Acaso también le decía eso a la mujer que amaba? —preguntó con una mezcla de desafío y dolor que hizo que Henry dejara la taza sobre la mesa con un golpe seco—. Porque le recuerdo que, según todos los retratos que hay en esta casa, soy muy parecida a mi madre.
Sabía cuánto había amado su padre a Mary.
Precisamente por eso la despreciaba tanto: porque la culpaba de su muerte.
Mientras crecía, la señora Parker le mostraba los retratos de su madre y le hablaba de ella con cariño.
Aquellos retratos seguían ocupando el mismo lugar, pero Liviana ya no podía contemplarlos de la misma manera.
Era como verse reflejada en ellos y, al mismo tiempo, recordar la razón por la que su propio padre la odiaba.
Henry palideció al instante. Sin embargo, apenas un segundo después, entrecerró los ojos y descargó un fuerte golpe sobre la mesa que hizo vibrar la vajilla. Liviana dio un leve respingo en su asiento.
—Tú... —la señaló con un dedo tembloroso—. No te pareces en nada a mi esposa. Nunca vuelvas a compararte con ella. Ahora retírate. No quiero verte hasta que llegue tu futuro esposo.
Liviana se puso en pie conteniendo las inmensas ganas de llorar. Sin mirar al hombre que decía ser su padre, salió casi corriendo del comedor hasta llegar a su habitación, donde volvió a romper en llanto.