Capítulo 5
Marcus Livingston, marqués de Stafford, sentía que su pecho se expandía con una felicidad indescriptible.
La mujer que amaba, la más encantadora y hermosa de todas, acababa de aceptar convertirse en su esposa.
Bajo la tenue luz de los faroles del jardín de Williston House, Marcus tomó entre las suyas las delicadas manos enguantadas de Emma Ashton. Sus labios esbozaron una sonrisa de triunfo cuando la escuchó susurrar:
—Sí, Marcus. No hay nada en el mundo que desee más que ser tu esposa.
Emma era todo lo que él buscaba en una mujer: hermosa, distinguida y dueña de un porte impecable.
—En cuanto le pida tu mano a tu madre, haremos oficial nuestro compromiso —le prometió él, acariciando con la yema de los dedos el dorso de su mano—. En el baile que mi madre ofrecerá la próxima semana.
Los labios de Emma se curvaron en una sonrisa de satisfacción.
—¿Y mi anillo? —susurró con un deje travieso, inclinando apenas el rostro para que su aliento cálido rozara la piel de Marcus.
Marcus dejó escapar una breve carcajada.
—Lo recibirás en el momento en que tu madre acepte que seas mi esposa.
—Lo hará. Mi madre aceptará tu propuesta —aseguró Emma sin perder la sonrisa de satisfacción—. ¿Será un lindo anillo?
—Por supuesto —asintió Marcus—. Será uno digno de ti, una joya que haga justicia a tu belleza.
Emma bajó las pestañas con aire complacido.
—No veo la hora de convertirme en tu esposa, Marcus.
Él deslizó las manos hasta enmarcar su rostro, permitiéndose un atrevimiento que habría escandalizado a cualquier dama con un sentido del decoro más arraigado.
Con el corazón inflamado por la pasión y la certeza de que ella le pertenecía, selló sus labios con un beso que, de haber sido descubierto, habría arruinado la reputación de Emma en un instante.
Pero, en ese momento, a Marcus no le importaban las reglas.
No pensaba en el escándalo que un comportamiento tan íntimo podría provocar si eran vistos.
No pensaba en los cuchicheos, en las habladurías ni en la desaprobación de la alta sociedad.
Solo pensaba en ella y en el futuro que construirían juntos.
Y habría disfrutado aún más de aquel momento de no ser porque sabía que su madre tenía otros planes.
La duquesa de Agnes nunca había visto con buenos ojos a Emma. Durante meses había insistido en que no poseía la nobleza de carácter que debía distinguir a una futura marquesa; que era demasiado frívola y que solo lo quería por su título. Pero Marcus no estaba dispuesto a escuchar aquellas razones.
—¿Crees que a tu madre le agrade la noticia?
Marcus dejó escapar un leve suspiro y la atrajo un poco más hacia él.
—Sabes que no —respondió con una media sonrisa, apartando un sedoso mechón de cabello del rostro de Emma—, pero la convenceré.
No me importa cuánto se oponga. Haré lo que sea necesario para casarme contigo.
Mi madre no puede pretender que me case con alguien a quien no amo.
He escuchado todas sus objeciones, pero ninguna tiene peso para mí. Tarde o temprano, se resignará.
Los ojos de Emma brillaron con emoción, y Marcus volvió a besarla.
∞∞∞
Lady Lillian se contemplaba en el espejo de su tocador, pero su mirada estaba perdida en la distancia, atrapada en sus pensamientos.
Los rumores que había escuchado de labios de varias damas durante el baile de los Williston no le habían agradado en absoluto.
No podía permitir que su hijo cometiera semejante desatino.
Un suspiro de frustración escapó de sus labios justo cuando la puerta de la habitación se abrió y su esposo entró, desabrochándose con parsimonia los puños de la camisa.
—¿En qué piensas, mi amor? —preguntó el duque, acercándose a ella con un gesto de curiosidad.
Lillian se volvió hacia él y dejó escapar una exhalación cansada.
—Durante el baile de los Williston escuché un rumor que no me gusta nada, querido. Dicen que Marcus está cortejando a la señorita Ashton.
Alexander se quitó el chaleco y lo dejó sobre una de las sillas.
—¿Y qué tiene de malo? Deberías estar complacida de que nuestro hijo desee formar una familia.
Hay tantos jóvenes que huyen del matrimonio…
Mira al marqués de Winchester, por ejemplo.
Hace dos años arruinó la reputación de la hija de los duques de Devonshire y jamás asumió su responsabilidad.
Hasta el día de hoy sigue soltero y sin intención de casarse. En cambio, Marcus va por buen camino.
Lillian giró sobre el diván y lo fulminó con la mirada.
—Alexander, no puedes hablar en serio —espetó, indignada—. ¿Acaso no ves el error que nuestro hijo está a punto de cometer?
El duque arqueó una ceja, divertido por la vehemencia de su esposa.
—¿Y qué error sería ese?
Lillian guardó silencio. No podía responder con franqueza. Sus verdaderos motivos iban más allá de la educación y el carácter de la señorita Ashton, pero no podía admitirlos en voz alta.
—No importa —respondió finalmente con un gesto desdeñoso—. Es solo un rumor. Esperemos que se quede en eso.
Alexander suspiró, acostumbrado a la testarudez de su esposa. Se acomodó en el borde de la cama y la observó en silencio mientras ella se cepillaba el cabello con delicadeza.
Lillian era una mujer de extraordinaria belleza.
Su porte distinguido y su elegancia natural la convertían en el epítome de una duquesa.
Marcus había heredado los mismos rasgos refinados de su madre: el cabello castaño oscuro, con reflejos dorados bajo la luz del sol; los ojos de un azul penetrante y una piel nívea que resaltaba el leve rubor de sus mejillas.
—Por cierto —cambió de tema con una sonrisa más relajada—, ¿has visto a Lady Johnson esta noche? Estaba realmente hermosa.
La expresión de Alexander se ensombreció un poco.
—La pobre muchacha no tendrá tanta suerte —comentó con tono más serio—. Henry mencionó que está desesperado por encontrarle un esposo y que piensa concertar su matrimonio antes de que termine la temporada.
Lillian dejó el cepillo sobre el tocador y se volvió con una expresión de absoluto desconcierto.
—¡¿Qué?! ¿Hamilton ha perdido la razón? ¿Cómo puede condenar a su propia hija de esa manera? Bastante tiene la pobre con cargar con su desprecio. Es algo completamente injusto. Liviana no es responsable de la muerte de Mary. Hay cosas que escapan de nuestras manos.
Alexander se masajeó la sien y negó con la cabeza.
—Se lo he dicho muchas veces, pero Henry se niega a escuchar razones. Sigue aferrado al recuerdo de su esposa. Según él, ver a Liviana es como revivir su pérdida una y otra vez.
—Lo comprendo —admitió Lillian en voz baja—. Pero no es excusa para tratar a su hija de esa forma.
—Para serte sincero, Liviana es el vivo retrato de su madre cuando tenía esa edad.
Lillian esbozó una sonrisa nostálgica.
—Oh, lo sé bien. Recuerdo la primera vez que conocí a Mary… Su tía la envió a Londres para vivir con mi padre mientras encontraba un esposo. Era tan dulce, pero también muy tímida… Hablaba poco y siempre se preocupaba por su aspecto. No se consideraba hermosa. Pero lo era.
Su esposo la observó con devoción mientras ella se sumergía en sus recuerdos.
—Estaba enamorada de Henry desde el principio —continuó Lillian—, pero nunca se atrevió a confesárselo. Temía su rechazo.
Alexander soltó una breve carcajada.
—Sí, y Henry, en su orgullo, tampoco admitía lo que sentía por ella. Pero era evidente que había caído rendido a sus pies desde el primer instante.
Lillian también rio al recordar aquellos años de juventud.
—Y tú no te quedabas atrás —dijo con una sonrisa pícara mientras se levantaba del diván y se acercaba a él—. Hiciste de todo para que me fijara en ti.
Alexander se encogió de hombros.
—Sabía que, si no actuaba con rapidez, alguien más se adelantaría y perdería la oportunidad de mi vida.
—Te hice sufrir un poco, lo admito. Pero, en el fondo, siempre me gustaste. Solo quería descubrir hasta dónde llegarías para ganarte mi amor.
—Y valió la pena.
Alexander la tomó de la cintura y la atrajo hacia él para robarle un beso apasionado. Lillian suspiró contra sus labios y le correspondió con el mismo fervor.
Horas después, mientras la mansión dormía en completo silencio, Lillian permanecía despierta en su lecho, con la mirada fija en el dosel de la cama. A su lado, su esposo descansaba plácidamente, ajeno a los pensamientos que la atormentaban.
Marcus no debía casarse con la señorita Ashton.
Ya había pensado en Liviana para ese lugar.
La joven no solo poseía la dulzura y la bondad que su hijo necesitaba, sino que además había sido criada y educada con los valores adecuados para convertirse en la esposa de un marqués y, algún día, de un duque.
Su porte, su educación y la nobleza de su corazón la convertían en la elección perfecta.
Sí.
Liviana sería la esposa ideal para Marcus.
∞∞∞
Liviana no paraba de llorar en los brazos de su nana. El recuerdo de Marcus besando a Emma la atormentaba todavía. Y aún más, las crueles palabras de Lady Aline: «Ellos se casarán».
Ya estaba resignada; sabía que Marcus nunca sería para ella. Ni siquiera la miraba. Él solo tenía ojos para Emma. Lo mejor sería olvidarlo, pero ¿cómo podía arrancarlo de su corazón?
Su amor por Marcus había nacido en silencio y sin previo aviso. Algo insensato, si lo pensaba con frialdad, pues él jamás le había dado motivos para albergar esperanzas. Aun así, allí estaba, sufriendo por un hombre que nunca la había visto más allá de la hija del conde de Hamilton.
—Ay, mi niña, qué daría yo por verte feliz y no llorando —murmuró la señora Parker, acariciándole el cabello con ternura.
—Pero duele, nana —sollozó Liviana, aferrándose a ella—. Y yo lo amo con todo mi corazón.
La anciana suspiró con tristeza. Sabía que ningún consuelo sería suficiente para una joven enamorada.
—Creo que, a estas alturas..., deberías aceptar que el marqués no corresponde a tus sentimientos.
Liviana se incorporó y se enjugó los ojos con un gesto brusco, hipando por el esfuerzo de contener el llanto.