Miserable Matrimonio Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Desde allí observó cómo las damas eran invitadas a bailar, una tras otra, por caballeros que parecían sacados de los libros que tanto le gustaba leer. Pero ninguno se acercó a ella.

Su única esperanza era encontrar a alguien conocido, aunque pronto recordó que, aparte de los duques de Agnes, aún no había formado verdaderas amistades en la sociedad.

Como si sus pensamientos la hubieran invocado, una voz familiar la sobresaltó:

—Liviana, querida, ¿qué haces aquí tan sola?

Alzó la vista para encontrarse con la amable expresión de Lillian. ¿Cuándo había llegado? Liviana hizo una reverencia de inmediato.

—Buenas noches, lady Lillian.

—Buenas noches, querida —respondió la duquesa con una sonrisa, mientras observaba a su alrededor—. ¿No disfrutas del baile?

Liviana esbozó una sonrisa tensa.

—Lo disfruto desde aquí.

Lady Lillian frunció ligeramente los labios, poco satisfecha con la respuesta.

—Un baile no se disfruta desde los rincones, querida —dijo alzando la vista, como buscando a alguien—. Vamos, Marcus bailará contigo y luego podremos presentarte a algunos amigos. Tal vez alguno logre captar tu interés.

Lillian arqueó las cejas y le dedicó una sonrisa pícara que hizo que Liviana se sonrojara. Sin embargo, su corazón solo latía por lo que acababa de escuchar: un baile con Marcus, frente a todos.

«Dios mío».

Sin darle tiempo a replicar, la tomó del brazo y la condujo consigo a través del salón de baile.

Liviana divisó a Marcus conversando con un hombre de aspecto impecable.

Era mayor; bien podría tener la edad de su padre.

Pero ella apenas reparo en él, toda su atención estaba fija en el pelinegro de ojos azules.

—Marcus, hijo —interrumpió Lillian, y luego se volvió hacia el otro hombre—. Señor Debinham.

—Su gracia —respondió el hombre con educación.

Ambos centraron su atención en ellas. Lillian colocó a Liviana a su lado.

—Le presento a lady Liviana, mi protegida —anunció.

Liviana les dedicó una sonrisa nerviosa y realizó lo correspondiente, una pequeña reverencia.

—Es un placer —expresó ella. Luego, sus ojos se posaron en el pelinegro, que se mantenía serio y esquivando su mirada.

«¿Qué le pasa?», se preguntó, mientras su sonrisa se desvanecía.

—Como buen caballero, deberías invitar a Liviana a bailar su primer vals —intervino Lillian mirando a su hijo—, y luego podrías presentarla a algunos de tus amigos, en mi compañía, claro está —añadió, señalando la tarjeta de baile de Liviana, que aún estaba vacía.

Marcus sintió una impotencia enorme, más aún porque no podía negarse abiertamente como hubiera querido.

—Creo que esta noche no podré, madre —se disculpó sin siquiera mirar a Liviana—. He reservado mis bailes para la señorita Ashton, y no me quedaré hasta el final.

Liviana dejó caer los hombros y apartó la mirada, procurando que la vergüenza no fuera tan evidente.

—Pero, Marcus…

—Lady Lillian —la interrumpió Debinham—, no se preocupe. Seguro habrá más ocasiones.

Marcus no confirmó ese hecho; simplemente guardó silencio, sosteniendo la mirada fija en su madre.

—Pero puedo presentarla a algunos amigos —agregó finalmente, consciente de que sería demasiado cruel no hacer siquiera eso. Después de todo, no la repudiaba; solo quería despojarla de la falsa ilusión que había formado hacia él.

—Yo me retiro. Hablaremos luego, marqués —se despidió Debinham al notar que el asunto no le incumbía.

—Por supuesto —asintió Marcus.

Una vez que quedaron solos, dirigió su atención a su madre y a Liviana.

—El próximo vals comienza ahora y no veo a la señorita Emma por aquí. ¿Por qué no aprovechas y bailas con Liviana? —insistió Lillian.

Liviana iba a negarse; no deseaba obligar a Marcus a hacer algo que claramente no quería.

Pero, para su sorpresa, él le tendió el brazo, aunque no de buena gana.

Ella tragó el nudo que se había formado en su garganta y alzó la vista hacia los ojos azules, luego hacia la mano extendida. Ya no podía rechazarlo.

Colocó su mano enguantada sobre la de él, sintiendo, a través de la fina tela, la tibieza de su piel.

Marcus la guio a través del salón hasta posicionarse junto a las demás parejas. El vals comenzó y ambos permanecieron en silencio.

Liviana ni siquiera lo miraba. No se sentía realmente feliz entre los brazos de Marcus, sabiendo que él lo hacía por obligación y no de buen agrado.

—Yo… siento mucho que lady Lillian haya insistido en este baile —se excusó en voz baja, fijando la vista en el nudo de su pañuelo.

—No se preocupe. Conozco a mi madre —fue lo único que respondió él.

Luego volvió el silencio, hasta que el vals llegó a su fin.

Por primera vez en la noche, se miraron a los ojos. Marcus se detuvo un instante en aquel turquesa hermoso, percibiendo la desilusión que reflejaban, pero no podía hacer nada. No debía ilusionarla más.

—Milady —dijo él.

—Milord —musitó ella en respuesta.

Marcus hizo la reverencia correspondiente y luego la dejó en medio de la pista, donde otras parejas ya se preparaban para el siguiente vals.

Liviana caminó hacia Lillian, quien la esperaba con una sonrisa cargada de disculpa.

—No entiendo por qué Marcus se está comportando de forma tan poco caballerosa. Yo no le di ese tipo de educación —comentó la duquesa.

—No se preocupe, su hijo es muy caballeroso y educado —respondió Liviana, mientras observaba cómo el siguiente vals comenzaba. Desde fuera, las parejas parecían divertirse mientras danzaban al compás de la orquesta, pero ella no se sintió así, a pesar de haber estado con el hombre que quería.

—Ven, te presentaré a algunas amigas. Tal vez así conozcas a más personas y puedas integrarte —añadió Lillian.

Sin opción a negarse, Liviana la siguió hasta un grupo de mujeres elegantemente vestidas. Lillian la presentó con cortesía; algunas la recibieron con amabilidad. Otras, en cambio, la saludaron con una cortesía forzada, dejando claro que solo lo hacían por respeto a la duquesa.

La conversación transcurrió entre temas triviales, hasta que una de las damas mencionó algo que hizo que Liviana contuviera la respiración.

—¿Es cierto que su hijo se comprometerá con la señorita Ashton?

El comentario tensó el ambiente.

La duquesa mantuvo la compostura, pero su mirada se endureció. No deseaba a Emma Ashton como nuera; no veía en ella más que a una joven ambiciosa y superficial.

—Por supuesto que no —respondió con firmeza—. Mi hijo no se comprometerá con la señorita Ashton. Solo son buenos amigos.

Liviana sintió cómo su corazón, que momentos antes latía con angustia, se tranquilizaba un poco.

Si Lillian lo decía, debía ser verdad… ¿no? Aunque no podía olvidar que Marcus había afirmado haber reservado todos sus bailes para Emma. Aquello indicaba algo más que una simple amistad.

Sus ojos recorrieron el salón en busca de Marcus, pero no logró encontrarlo. Su pecho se llenó de inquietud al pensar que quizá había abandonado el baile para evitarla.

Disculpándose con una leve inclinación de cabeza, Liviana se alejó del grupo y salió hacia los jardines. Necesitaba aire fresco.

Las luces de los faroles iluminaban con suavidad los senderos de piedra, y la fuente de mármol en el centro reflejaba la luna. La brisa nocturna meció su cabello y cerró los ojos por un instante, disfrutando de aquella sensación.

Pero entonces escuchó una risa.

Abrió los ojos y giró la cabeza hacia la fuente. Apenas pudo contener un jadeo cuando su mirada se posó en la escena frente a ella.

Marcus. Él estaba allí. Besando a Emma.

Pero no era un beso cualquiera. Era un beso cargado de pasión, de deseo.

Liviana sintió que el aire le faltaba. Su pecho se contrajo dolorosamente y las lágrimas comenzaron a nublar su visión. Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas redondeadas. Quiso evitarlo; sin embargo, no pudo. Ver al hombre que amaba besando a otra mujer dolía de una forma insoportable.

Trató de moverse, de apartar la mirada de aquella escena hiriente, pero sus pies parecían anclados al suelo.

Finalmente, con un esfuerzo que le costó toda su voluntad, dio media vuelta y regresó al salón.

«Ojalá nunca hubiera venido a este baile».

Su único deseo en ese momento era marcharse. Buscar a su padre, rogarle que la llevara a casa.

Pero antes de que pudiera hacerlo, una voz la detuvo.

—¿Lo ha visto con sus propios ojos?

Liviana se giró lentamente y se encontró con Aline. La joven tenía los brazos cruzados y la observaba con una expresión entre burla y satisfacción.

—¿Ahora entiende que mi hermano jamás se fijaría en usted?

Liviana tragó con dificultad, esforzándose por mantener la voz firme.

—No sé de qué me habla, Lady Livingston —respondió con aparente calma, aunque por dentro su corazón estaba hecho pedazos.

—Claro que lo sabe —Aline arqueó una ceja, con una sonrisa burlona—. Está enamorada de mi hermano, y es usted muy torpe para ocultarlo.

Liviana apretó los puños, sintiendo la vergüenza arder en sus mejillas.

—Esos tontos sentimientos no son correspondidos —continuó Aline, mirándola con desdén—. Marcus ama a Emma. Y es con ella con quien se casará.

Liviana sintió que la sangre abandonaba su rostro. El ardor en los ojos le advirtió que estaba a punto de llorar. Pero no. No le daría ese placer a Aline. Respiró hondo y, sin responder, le dio la espalda.

Cada paso que daba era una batalla contra sí misma para no romper en llanto.

Solo quería encontrar a su padre y marcharse de aquel baile de una vez por todas.