Capítulo 4
Dos días después de su presentación ante la corte, Liviana se encontraba sentada a la mesa de los Duques de Agnes.
La cena transcurría en uno de los salones privados de la residencia, un espacio más reducido y acogedor que los grandes comedores destinados a recepciones más formales.
El duque y la duquesa ocupaban los lugares principales; a su derecha y a su izquierda se encontraban Marcus y Aline.
Frente a ellos, Liviana y su padre. La cena había comenzado con una sopa clara de verduras; luego se sirvió el plato principal: ave asada acompañada de vegetales y una salsa ligera, seguida de pan recién horneado y mantequilla fresca.
Liviana mantenía la espalda recta, demostrando unos modales intachables, tal como le habían enseñado en la academia. Sin embargo, su corazón latía con fuerza cada vez que, sin querer, su mirada se desviaba hacia Marcus.
Él parecía relajado mientras comía con tranquilidad, participando de manera activa en la conversación que mantenían el duque y su padre.
De vez en cuando sus miradas se encontraban, y aquello la ponía tremendamente nerviosa, aunque se obligaba a mantener la cabeza en alto para no avergonzarse aún más.
Cuando la cena terminó, Lillian invitó a todos a pasar al salón de música, donde Aline tocaría una pieza en el pianoforte.
—Podrías tocar también una pieza, Liviana —comentó Lillian a su lado, mientras Aline se acomodaba en el diván del instrumento.
Liviana contuvo la respiración ante aquella propuesta. Deseaba negarse, pero no quería desairar a Lillian, quien había estado tan pendiente de todo lo relacionado con su debut.
—Me encantaría —respondió Liviana con una sonrisa fingida que no llegó a sus ojos.
—Perfecto. Además, ahora que estás en sociedad, podrían pasear juntas por Hyde Park —continuó Lillian.
Liviana se sintió algo incómoda. No podía negarle nada a Lillian, así que se limitó a asentir, sabiendo que, probablemente, quien se opondría sería su hija.
Las primeras notas llenaron el ambiente con una melodía suave, lo bastante envolvente como para captar la atención de todos.
Liviana se quedó de pie detrás del sillón donde la duquesa había tomado asiento junto a su esposo.
Desde allí podía ver a Marcus, recostado contra una columna, sosteniendo una copa de licor en la mano.
Él tenía toda su atención puesta en su hermana; Liviana, en cambio, la tenía puesta en él, en sus movimientos y en su postura relajada.
Pero, al cabo de unos minutos, Marcus se alejó en silencio.
Liviana lo siguió con la mirada mientras él se dirigía hacia las puertas acristaladas que daban al balcón.
Dudó. Sus dedos se entrelazaron con nerviosismo y sintió ese conocido nudo en el estómago.
Podía quedarse allí, escuchando la música y fingiendo calma… o podía seguirlo.
Miró a su padre, quien también tenía toda su atención puesta en Aline y en la melodía que interpretaba. Antes de que el valor la abandonara, retrocedió algunos pasos con sigilo para no llamar la atención; luego se giró y se encaminó hacia el balcón.
La brisa era refrescante y agradable, perfecta para aliviar el calor que ardía en sus mejillas ante lo que estaba a punto de hacer: entablar una conversación con Marcus.
El balcón estaba apenas iluminado por la luz de la luna y por algunos faroles bajos.
Marcus se encontraba apoyado en la baranda, con la mirada perdida hacia el jardín.
Liviana tenía la intención de lograr un mayor acercamiento entre ellos, un intercambio en el que ella también hablara y no fuera solo él quien llevara la conversación.
Había imaginado mil posibles temas con los que podría iniciar un diálogo, aunque jamás pensó que aquella oportunidad se presentaría tan pronto.
Había esperado que sucediera en alguno de los bailes de la temporada.
Pero, para su fortuna, los duques habían decidido invitarlos aquella noche a su cena familiar de domingo.
—Es hermosa —comenzó ella con voz suave y dulce. Marcus giró la cabeza sobre su hombro al reconocerla; luego se volvió un poco y ladeó la cabeza—. La luna —añadió ella, apresurándose—. Quiero decir.
Marcus asintió y volvió la vista hacia el cielo.
—Lo es —concordó.
El silencio se instaló entre ambos. Él no dijo nada más y Liviana se mordió el labio con nerviosismo. Nunca había interactuado con un caballero; no sabía cómo proseguir, pero decidió seguir su instinto.
—Milord… —lo llamó con suavidad. Marcus se volvió de nuevo, mirándola con atención—. Quería agradecerle.
Él arqueó levemente una ceja.
—¿Agradecerme?
—Por lo del otro día —dijo, bajando la mirada—. Antes de mi presentación. Si no hubiera sido por usted… no creo que hubiera tenido el valor de salir.
Marcus le dedicó una sonrisa leve, sin mostrar los dientes.
—Usted hizo todo el mérito —respondió—. Se comportó como lo que es, una dama.
Liviana apretó los dedos con suavidad, procurando no pensar que, quizá, él intentaba decirle que una dama no debería haberlo seguido hasta allí ni iniciar una conversación sin un acompañante.
—Aun así… sus palabras me ayudaron —añadió, retrocediendo un paso—. Nadie me había dicho algo así antes.
El viento movió apenas los pliegues de su vestido color lila. Apartó la mirada unos segundos, buscando algo más que decir.
Marcus, en cambio, la observó con mayor detenimiento. Notó la forma en que evitaba mirarlo directamente y el esfuerzo evidente por mantenerse serena. Aquello lo hizo fruncir el ceño, sin querer sacar conclusiones apresuradas.
—Lady Lillian me ha hablado de usted —continuó ella, con timidez—. Dijo que el rey valora mucho su criterio… que su voz es escuchada en la Cámara de los Lores.
Marcus la miró con mayor seriedad.
—No es un tema apropiado para esta velada —respondió con corrección, aunque sin dureza.
—Lo sé —se apresuró a decir Liviana—. No pretendía hablar de política. Solo… quería decir que me parece admirable. Debe ser una gran responsabilidad —añadió—. A veces siento que todos esperan algo de uno… y no siempre se sabe si se está a la altura.
Marcus relajó ligeramente el semblante, aunque no volvió a sonreír. En parte, comprendía su temor.
—Lady Liviana… —dijo con voz más baja—. No debería preocuparse por eso ahora. Su deber es disfrutar de su primera temporada.
Ella asintió, aunque su expresión no logró ocultar del todo la desilusión y la tristeza. Todo sería más sencillo si tuviera un padre más afectuoso.
—Lo intentaré —respondió con una pequeña sonrisa—. Solo quería que supiera que… lo admiro.
Aquellas palabras lo dejaron sin respuesta inmediata. Comprendió, entonces, el interés que ella sentía hacia él. Enseguida dio un paso atrás, creando una distancia aún mayor entre ambos.
—Será mejor que regresemos —dijo finalmente—. No tardarán en notar nuestra ausencia.
Liviana asintió.
—Por supuesto.
Caminaron de vuelta en silencio. Justo antes de entrar al salón, Marcus se hizo a un lado y esperó a que ella pasara primero.
—Muchas gracias —expresó ella, dedicándole una sonrisa que ahora le pareció más de coquetería que de agradecimiento.
Marcus solo asintió y la observó caminar hasta uno de los sillones, donde tomó asiento. Luego desvió la mirada, para evitar que ella interpretara algo indebido. Al parecer, su amabilidad había sido suficiente para que Liviana se formara ilusiones que él nunca había pretendido despertar.
Sabía que, a partir de ese momento, debía ser cuidadoso. O tal vez lo mejor sería mantenerse alejado de ella. No debía permitirle albergar esperanzas que él no estaba dispuesto a cumplir.
∞∞∞
Liviana estaba lista para asistir al baile de los marqueses de Williston.
Su vestido de seda azul celeste, de talle alto y mangas cortas abullonadas, caía en delicados pliegues hasta el suelo, destacando su silueta curvilínea.
Pequeños bordados de hilo de plata adornaban el corpiño, y una fina cinta satinada se ceñía justo bajo el busto.
El escote redondeado dejaba al descubierto la suave piel de su cuello, otorgándole un aire de inocencia.
Sobre sus manos enguantadas sostenía un pequeño abanico de encaje.
Su cabello azabache había sido recogido en un elegante moño, con delicados rizos enmarcando su rostro.
Entre los mechones, la señora Parker había colocado discretas perlas nacaradas, que contrastaban con su oscura melena.
A pesar del esmero en su apariencia y de la belleza de su atuendo, Liviana no podía evitar sentirse intranquila.
Sabía que no encajaba en el ideal de belleza de la sociedad londinense.
Las debutantes que había conocido en el palacio el día de su presentación ante la corte eran delgadas, esbeltas como delicadas figurillas de porcelana, mientras que ella tenía curvas pronunciadas, una figura más llena y redondeada.
Liviana suspiró, intentando apartar aquellos pensamientos mientras esperaba a su padre en el vestíbulo. El conde no tardó en aparecer. Bajó las escaleras con su porte altivo y, sin dirigirle una sola mirada, pasó junto a ella.
—Vamos —ordenó con voz cortante y carente de emoción.
Liviana asintió y lo siguió hasta el carruaje. Una vez dentro, él se acomodó en el asiento frente a ella.
—No quiero escándalos de tu parte, así que compórtate como la dama que se supone que eres —recalcó con frialdad, tras un breve silencio.
Liviana apretó las manos sobre su regazo, sintiendo cómo la tela de los guantes se tensaba entre sus dedos.
—Por supuesto, milord —respondió apenas en un murmullo.
El trayecto transcurrió en absoluto silencio. Como siempre.
Al llegar a Williston House, una imponente mansión cuya fachada de piedra clara relucía bajo la luz de docenas de faroles, Liviana sintió cómo los nervios se apoderaban de ella y, en cuanto cruzó las puertas de la residencia, se sintió fuera de lugar.
Nadie pareció notar su llegada; apenas recibió unas cuantas miradas fugaces, carentes de verdadero interés. Tampoco deseaba llamar la atención, así que, con pasos moderados, se apartó discretamente y permaneció de pie junto a un arreglo floral.