Capítulo 3 #2
Pero lo peor llegaría cuando fuera su turno de caminar hacia el frente, hacer la reverencia correcta y alzar la vista ante el rey y la reina… todo ello mientras decenas de ojos la observaban.
El aire comenzó a faltarle ante el pensamiento de tantas personas juzgándola. Entonces, la voz de la señorita Whitcombe resonó en su mente, alta y gruñona.
«Tu comportamiento debe ser perfecto. Recuerda que todos te estarán observando. Te juzgarán según cómo hagas tu presentación y según el agrado del rey».
Sus manos temblaron; un nudo se formó en su garganta y su pecho se comprimió con fuerza. El murmullo del salón se volvió distante, como si estuviera sumergida bajo el agua.
—No… puedo —susurró para sí misma.
Antes de que su padre pudiera decir algo, Liviana dio media vuelta.
Caminó con paso apresurado, esquivando a un par de invitados y, casi sin darse cuenta, empujó la primera puerta que encontró a su alcance.
La cerró tras de sí con cuidado, apoyando la espalda contra la madera mientras intentaba recuperar el aliento.
La estancia estaba vacía, silenciosa, apartada del bullicio del salón principal. Aquello la hizo respirar con alivio.
Comenzó a pasearse de un lado a otro, llevándose las manos al pecho.
—No puedo… no puedo hacerlo —murmuró—. Voy a arruinarlo todo y avergonzar a mi padre, a Lady Lillian… a mí.
Sus pasos se detuvieron cuando su reflejo captó su atención. En una de las paredes, entre delicadas molduras, había un espejo alto y estrecho, de marco dorado. Liviana se observó con detenimiento.
Vestía un vestido de muselina clara, de tono marfil, con el talle alto justo bajo el busto.
Las mangas cortas dejaban al descubierto sus brazos y una cinta de seda adornaba su cintura, marcando una silueta que a ella le parecía demasiado evidente.
El escote, aunque discreto, le resultaba incómodo al mostrar más de lo apropiado.
Su cabello oscuro estaba recogido, dejando caer algunos mechones sueltos alrededor de su rostro, y un sencillo adorno de perlas coronaba el peinado.
No pudo evitar compararse con las demás debutantes.
El vestido le parecía demasiado ajustado.
Sus mejillas, ligeramente sonrojadas por los nervios, no le daban el aspecto delicado que veía en las otras.
Sus ojos reflejaban miedo, no confianza ni alegría por pertenecer ahora, de manera oficial, a la sociedad.
En ese momento, la puerta se abrió. Liviana dio un respingo por el susto; no esperaba ser encontrada tan pronto. Sin embargo, su corazón latió con más fuerza al descubrir que era Marcus quien se hallaba en el umbral, observándola.
—¿Qué hace aquí? —preguntó él, mirándola fijamente, aunque no había reproche en su tono.
—Yo… —balbuceó, mirándolo un instante antes de desviar la vista hacia su reflejo—. No puedo presentarme.
Marcus la observó unos segundos antes de cerrar la puerta y adentrarse en la estancia.
Liviana seguía mirándose en el estrecho espejo cuando distinguió el reflejo de Marcus detrás de ella. Se giró de inmediato para enfrentarlo.
Durante un segundo, sus miradas se encontraron. Marcus reconoció el miedo y la soledad en los ojos turquesa de Liviana y sintió una punzada de empatía. La sonrisa que le dedicó hizo que a ella se le entrecortara la respiración y que su corazón palpitara sin control.
«Es tan hermoso».
—No debe tener miedo —comenzó él con voz suave—. Es solo una presentación breve. ¿Sus institutrices no le explicaron cómo sería?
Liviana asintió sin poder hablar y bajó la mirada, retorciendo los dedos.
—Verá que todo saldrá bien. Mi madre la guiará —continuó, como si estuviera hablando con una niña pequeña—. Se ve hermosa tal como está.
Ella alzó la vista de inmediato, sorprendida por esas palabras.
—¿Eso… cree? —preguntó, incapaz de creer lo que acababa de oír.
—Por supuesto —asintió él, dedicándole una sonrisa de apoyo—. No debe pensar lo contrario. Ahora camine por esa alfombra con el mentón en alto y una linda sonrisa.
Liviana sonrió levemente ante sus palabras, cargadas de afecto y ánimo.
—Gracias —musitó, sonrojándose.
Marcus asintió. Ella parecía un poco más segura; no del todo, pero lo suficiente para decidirse a salir.
—Salga usted primero. Yo la seguiré después —indicó él.
Liviana asintió y comenzó a caminar hacia la salida con pasos cortos y medidos, el mentón elevado, tal como él le había indicado.
Antes de cerrar la puerta, lo miró con una sonrisa en los labios, deseando decir algo más, pero se limitó a sostenerle la mirada hasta que la puerta se cerró. Su palma enguantada tocó la madera y soltó un suspiro antes de reanudar su camino hacia el salón principal.
Si Marcus creía que se veía hermosa, ¿por qué no creerle? Él, que nunca le había dedicado un halago, había dicho aquellas palabras y le había dado el ánimo necesario para caminar hacia el rey bajo la mirada de todos.
Marcus era el hombre perfecto, un caballero honorable que se había arriesgado a quedarse a solas con ella solo para calmarla y darle fuerzas.
—¡Liviana! —susurró la duquesa al verla—. Gracias a Dios apareciste en el momento indicado. Ya casi es tu turno. ¿Dónde estabas?
—Yo… —comenzó, pero en ese instante la puerta principal se abrió al anunciar a otra debutante. Mientras la joven avanzaba, Liviana alcanzó a ver a Marcus incorporarse entre la multitud, junto a su padre y el duque—. Estaba tomando un poco de aire. Me sentí… sofocada.
La duquesa asintió.
—Comprendo que este momento sea de mucha presión, pero no debiste desaparecer así, querida. Te estuvimos buscando sin levantar sospechas. Imagina el escándalo si se hubiera sabido que habías escapado antes de tu presentación ante la corte.
Liviana bajó ligeramente la cabeza. El tono de Lillian no era de reproche, sino de preocupación, y eso la reconfortó. Saber que alguien se preocupaba por ella de verdad.
—Lo siento —musitó.
—Descuida, ya pasó —sonrió la duquesa—. Ahora pon una linda sonrisa en ese hermoso rostro.
Detrás de la puerta se escuchó su nombre y sintió un ligero temblor que controló con respiraciones profundas.
—Es tu turno —susurró.
Liviana respiró hondo y asintió. Enderezó los hombros y puso una postura recta y aristocrática, tal como le habían enseñado.
Mientras avanzaba con pasos cortos y delicados, buscó entre la multitud a Marcus. Sus ojos se cruzaron y él le dedicó una leve y discreta sonrisa, casi imperceptible.
Ella también sonrió un poco a la vez que desviaba su mirada y la ponía al frente, elevó más el mentón, y sintió como avanzaba casi flotando por el pasillo con la esperanza de que ese acercamiento con Marcus ese día fuera el inicio de algo más.