Miserable Matrimonio Capítulo 3
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Capítulo 3

Marcus descendió del carruaje frente a St. James’s Street y ajustó con calma los puños de su levita antes de entrar en el club. A esa hora de la tarde, el lugar bullía con la actividad habitual: caballeros conversando en voz baja y el discreto tintinear de las copas. Nada fuera de lo común.

El club era uno de los más antiguos y respetados de la zona, frecuentado por caballeros de la alta sociedad, pues aún conservaba su exclusividad y el silencio que sus clientes valoraban.

Grandes sillones de cuero oscuro se distribuían en pequeños grupos, separados lo suficiente para que las conversaciones no se mezclaran y permanecieran privadas.

Marcus avanzó por el lugar, saludando apenas con una inclinación de cabeza a un par de conocidos. No tardó en distinguir a los dos hombres que lo esperaban, ubicados en una mesa apartada, cerca de una de las ventanas altas que daban a la calle.

El primero en levantarse al verlo fue Lord Harrington, subsecretario de Estado de Asuntos Exteriores y hombre de confianza de la Corona británica. Marcus ya lo conocía; no era la primera vez que coincidían, aunque sí la primera ocasión en que se reunían a solas.

—Marqués de Stafford —saludó Harrington con cortesía—. Me alegra que haya podido venir.

—Lord Harrington —respondió Marcus, estrechándole la mano enguantada con firmeza—. Imagino que no se trata de una invitación social.

Una leve sonrisa se dibujó en los labios del hombre.

—Jamás abusaría de su tiempo para algo tan trivial.

Harrington hizo un gesto hacia el segundo ocupante de la mesa. Se trataba de un hombre joven, apenas uno o dos años mayor que Marcus.

—Permítame presentarle al detective Lucian Vance —dijo Harrington.

Vance se puso de pie y saludó con una inclinación respetuosa.

—Es un honor conocerlo, milord.

Marcus sostuvo su mirada durante unos segundos antes de devolver el saludo. Tomaron asiento y, de inmediato, un empleado se acercó, pero Harrington negó con un leve gesto, haciendo que el hombre se detuviera y se retirara sin decir palabra.

—No entraremos en muchos detalles hoy, marqués —comenzó Harrington en voz baja, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. Solo lo suficiente para que comprenda por qué lo hemos convocado.

Marcus no respondió; solo se limitó a escuchar con atención.

—Hace algunos meses —continuó—, su colaboración con la Corona resultó exitosa. Eso no pasó desapercibido para el rey ni para quienes trabajamos a su servicio.

—Cumplí con lo que se me pidió —respondió Marcus con seriedad, aunque por dentro ardía de orgullo.

—Y lo hizo muy bien —intervino Vance por primera vez—. He leído el informe. Por esa razón lo he elegido para este caso.

Marcus frunció el ceño y miró a Harrington, quien asintió, corroborando las palabras del detective.

—¿Un nuevo caso? —inquirió Marcus.

—Sí. Creemos que su ayuda puede ser valiosa una vez más. Se trata de un asunto delicado, fuera de Londres —explicó Harrington.

El murmullo del club continuaba a su alrededor; nadie parecía prestarles atención.

—¿De qué se trata? —preguntó Marcus, alternando la mirada entre ambos hombres.

—Hay movimientos ilegales en Sussex. Necesitamos a alguien que pueda acercarse sin despertar sospechas.

Marcus comprendió de inmediato que se trataba de contrabando.

—¿Cuándo?

—Los detalles se le harán llegar de manera privada —respondió Harrington—, cuando llegue el momento de actuar. Por ahora, el detective Vance se encarga de los demás pormenores.

Marcus miró al detective, que se mantenía impasible.

—Si mi colaboración es necesaria —dijo finalmente—, pueden contar conmigo.

Harrington esbozó una sonrisa satisfecha.

—Sabía que no nos defraudaría, marqués.

Vance asintió a modo de agradecimiento.

Marcus se levantó poco después, despidiéndose con la misma educación que había mantenido durante toda la reunión.

Una vez fuera, subió al carruaje que lo había estado esperando y se dirigió al club Tentación, en Mayfair, donde había quedado de reunirse con algunos de sus amigos.

Mientras el carruaje avanzaba, Marcus pensó en la misión que había aceptado.

Era claramente secreta y no podía hablar de ella con nadie, ni siquiera con sus amigos o con su padre.

Pero le bastaba saber que servía a la Corona y que era reconocido por ello al ser requerido una vez más, sin necesidad de convertirse en un espía.

Hacía un año había sido reclutado para formar parte del grupo de hombres que servían a la Corona en labores de inteligencia, tras haber colaborado con éxito en un caso importante.

Sin embargo, rechazó el puesto. No le interesaba llevar una doble vida ni mentir constantemente para protegerse a sí mismo y a su familia.

Aun así, dejó claro que podía servir como colaborador siempre que fuera necesario.

Y ahora lo necesitaban. Fiel a su palabra, aceptó la misión sin siquiera saber, ni preguntar, cuán peligrosa pudiera resultar.

El carruaje se detuvo frente a las puertas del club Tentación. Marcus descendió y se adentró de inmediato en el recinto. Sus amigos ya se encontraban allí, sentados con copas de whisky y coñac, manteniendo una conversación animada.

—¿No me esperan? —bromeó Marcus con una sonrisa mientras tomaba asiento.

—Te has demorado bastante —respondió Anthony Ross, Duque de Beaufort y amigo más cercano de Marcus.

—Seguro que la señorita Ashton lo retuvo más tiempo —agregó Christian Evans, Marqués de Winchester, con una sonrisa burlona.

Marcus bufó, pero no lo negó. Era preferible que pensaran que había estado con Emma antes que imaginarlo aceptando una misión para la Corona.

Los tres eran grandes amigos. Sin embargo, para completar el círculo de los caballeros más codiciados de la temporada —como los habían llamado ciertas revistas de chismes— faltaban aún dos: los mellizos William.

No obstante, ellos rara vez se reunían con el grupo debido a una enemistad existente con Winchester.

Marcus y Beaufort, en cambio, no guardaban rencor hacia ninguno y preferían mantenerse al margen de aquel conflicto, reuniéndose por separado.

Todos rondaban edades similares, con apenas uno o dos años de diferencia entre ellos.

—Vamos, Winchester. Solo te burlas porque no tienes corazón para amar a una mujer —refunfuñó Beaufort, logrando que el marqués dejara de sonreír y torciera los labios en una mueca, fulminándolo con su mirada azulada.

Marcus lo notó y decidió aligerar el ambiente.

—Es posible que esta temporada le pida matrimonio a Emma —anunció, captando de inmediato la atención de ambos.

—¿Hablas en serio? ¿Vas a casarte con la señorita Ashton? —inquirió Beaufort con el ceño fruncido.

—Bueno, primero debo pedírselo y esperar que acepte para que haya boda —respondió Marcus con una sonrisa, imaginando aquel momento.

—Dudo que te rechace. Eres un marqués y futuro duque —comentó Winchester, encogiéndose de hombros mientras bebía de su copa de coñac.

—Emma no es interesada —refunfuñó Marcus.

—Yo no he dicho eso —replicó Winchester, aunque era evidente que eso era exactamente lo que había insinuado. Marcus miró a Beaufort en busca de apoyo, pero su amigo solo desvió la mirada mientras bebía su whisky.

Marcus soltó un bufido, una mezcla de fastidio y exasperación.

—Ninguno de ustedes puede opinar al respecto. No la conocen como para tacharla de interesada —bramó, claramente molesto.

—Tranquilo, tienes razón, no la conocemos para juzgarla. Pero… ¿ya se lo has dicho a tus padres? —preguntó Beaufort, intentando cambiar el rumbo de la conversación.

—Aún no, pero la intención está. Mi madre… no estará muy de acuerdo, aunque tendrá que aceptar mi decisión.

—¿La duquesa no está conforme con tu elección? —preguntó Winchester, sorprendido.

—No es que no esté de acuerdo, simplemente no le agradará que Emma sea mi esposa. No comprendo la razón, pero intuyo que tiene que ver con su protegida, la hija del Conde de Hamilton —explicó Marcus—. Ha intentado, en vano, propiciar cierto acercamiento entre nosotros.

—No conozco a la hija de Hamilton —comentó Winchester, llevándose una mano al mentón, pensativo.

—Debutará esta temporada.

—¿No te agrada la joven? —inquirió Beaufort con interés.

Marcus hizo una mueca de disgusto.

—Me agrada. Es una joven dulce y… algo tímida. Pero no la veo como mi esposa. No despierta en mí ningún sentimiento de hombre. En cambio, Emma…

—Sí, ya lo sabemos —lo interrumpió Beaufort antes de que Winchester lo hiciera.

Marcus no pudo evitar reír. Imaginó lo cansados que debían estar sus amigos de escucharlo hablar de lo perfecta que Emma era para él.

∞∞∞

Liviana descendió del carruaje con las manos enguantadas crispadas una contra la otra. El palacio se alzaba ante ella, con sus altas columnas de piedra clara y las puertas abiertas de par en par, recibiendo a las familias nobles de Londres.

A su lado estaba su padre, quien apenas le dedicó una mirada. Su semblante era serio, como si aquel evento fuera una obligación más que cumplir y no el momento más importante en la vida de su hija.

Ese día por fin sería presentada ante la corte y sería oficialmente una debutante, estaría en el mercado matrimonial.

—Compórtate como te enseñaron en la academia —indicó Henry con frialdad—. No hagas el ridículo.

Su estómago se encogió ante aquellas palabras. No eran nuevas, pero aun así la hicieron sentirse peor de lo que ya estaba.

Liviana asintió en silencio y avanzó tras él hacia el interior del palacio, donde esperarían a la Duquesa de Agnes. El salón principal era amplio y luminoso; allí ya aguardaban las debutantes junto a sus acompañantes.

Recorrió el lugar con la mirada y su corazón comenzó a latir con más fuerza. Todas parecían iguales… y, al mismo tiempo, todas parecían mejores que ella. Figuras esbeltas y delicadas, con sonrisas seguras.

Se sintió fuera de lugar al instante.

La sensación se agravó cuando notó las miradas curiosas sobre ella; algunas evaluadoras, otras simplemente distraídas, pero suficientes para hacerla sentirse expuesta.