Miserable Matrimonio Capítulo 2
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Capítulo 2

La temporada social de ese año estaba a punto de iniciar. Nuevas debutantes se alistaban para entrar en el mercado matrimonial y otras, tristemente, quedarían solteronas.

Habían pasado tres meses y algunos días desde que Liviana regresó de Surrey y no había vuelto.

La vida en Hamilton House no era muy distinta a la que llevaba en la academia, su padre le imponía muchas restricciones a pesar de encontrarse en su propia casa.

La única diferencia era que tenía a la señora Parker, gozaba de algo más de libertad y no debía seguir las órdenes constantes de la señorita Whitcombe.

Aquella nueva libertad le había permitido relajarse hasta el punto de que ya le resultaba natural reír, llorar o correr sin sentir la amenaza constante de ser reprendida o mirada con desaprobación.

Aunque sabía que, una vez presentada en sociedad el año siguiente, debería poner en práctica todo lo aprendido en la academia de la señorita Whitcombe.

Ese día, veintisiete de marzo, era el cumpleaños de Liviana.

Pero lejos de sentirse emocionada, su ánimo se encontraba sombrío.

Desde aquella celebración de Nochebuena en Agnes House, cuando comprendió que jamás sería aceptada por ningún caballero —y mucho menos por el único que deseaba, Marcus Livingston—, todo en su vida parecía haber perdido brillo.

Sin embargo, lo peor de ese día no era solo la indiferencia de Marcus, sino lo que esa fecha representaba para ella y su padre.

El día de su nacimiento era también el día en que su madre había muerto.

Desde entonces, el conde la culpaba y, como castigo cruel, había prohibido que su cumpleaños se mencionara en Hamilton House.

—Feliz cumpleaños, mi niña —la felicitó la señora Parker con dulzura, acercándole un pequeño trozo de tarta de manzana.

Liviana alzó la mirada, dejando de lado el libro que había estado leyendo, y sonrió con melancolía.

—Gracias, nana… Eres la única que recuerda mi cumpleaños —murmuró en voz baja.

—Tu padre también lo recuerda, mi niña —respondió la mujer con ternura.

Liviana soltó una risa amarga y negó con la cabeza.

—Él solo lo recuerda como el día en que perdió a la mujer que amaba. Si hubiera tenido que elegir entre mi madre y yo, estoy segura de que hoy no estaría aquí, cumpliendo diecisiete años.

—No digas eso, Liviana…

—Es la verdad, nana. Mi padre nunca me ha demostrado cariño. Nunca una palabra amable, un abrazo, un gesto de afecto. Solo miradas de desprecio y constantes reproches.

Su voz se quebró y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Le dolía pensar que su padre nunca la perdonaría por el simple hecho de haber nacido.

La señora Parker la rodeó con los brazos y la meció contra su pecho, como si aún fuera una niña pequeña.

—Tu madre no hubiera querido esto para ti…

Liviana cerró los ojos y se dejó consolar.

—Recuérdaselo a él, entonces… —susurró.

Permanecieron así unos minutos, hasta que su llanto se extinguió por completo. Entonces, Liviana tomó la cucharilla y probó la tarta que su nana había horneado con tanto cariño.

Pasó el resto del día en su habitación, con un libro entre las manos.

Leer era el refugio que había encontrado para no perderse entre las paredes de aquella casa; era su manera de escapar de la realidad, más aún desde que había descubierto historias tan hermosas en los libros, lecturas que jamás le habrían permitido en la academia.

Se sumergía en relatos donde las damas siempre encontraban su final feliz y, aunque por un instante podía imaginarse como una de ellas, al final siempre regresaba a la realidad, sabiendo que en su historia no habría un final feliz.

Ya se había resignado a amar en silencio a Marcus. Él jamás le correspondería, y la cena de Navidad en Agnes House había sido suficiente para comprenderlo. La manera en que miró a Emma… no dejaba lugar a dudas sobre a quién pertenecía su corazón.

A lo largo de esos meses, lo había visto muy poco. Él había sido amable y educado con ella, como siempre, todo un caballero que aún la veía como una niña.

El sonido de la puerta la sacó de sus pensamientos.

—Mi niña —habló la señora Parker, asomándose con una sonrisa—, ¿no te apetece salir al jardín? La tarde está hermosa; te hará bien tomar un poco de aire.

Liviana alzó la vista hacia la ventana. En efecto, el cielo estaba despejado y los últimos rayos del sol teñían el horizonte de un suave tono dorado.

—Está bien, nana —aceptó, dejando su libro a un lado.

La señora Parker la ayudó a retocar su peinado antes de salir de la habitación. Al llegar al final de las escaleras, se detuvieron al ver al conde. Inconscientemente, Liviana se tensó.

El hombre la observó con frialdad.

—Los marqueses de Williston abrirán la temporada en dos semanas. Te quiero lista para asistir —informó su padre con voz severa.

Liviana ladeó levemente la cabeza, confundida. No entendía por qué debía estar preparada para asistir a un baile de temporada.

—Aún no he sido presentada en sociedad —expresó con voz medida.

—Lo estarás. Te presentaré esta temporada como una debutante más.

La señora Parker abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y consternación. Dio un paso al frente, colocándose al lado de Liviana.

—No puede, apenas cumple diecisiete años —replicó la señora Parker.

—Edad perfecta para que encuentre un esposo y se marche de aquí.

Liviana dio un paso atrás ante aquellas palabras crueles. Reprimió las lágrimas que amenazaban con desbordarse de sus ojos.

—La Duquesa de Agnes será la encargada de presentarte ante la Corona. Una vez hayas sido presentada, confío en que seas inteligente y elijas un esposo, porque si no lo encuentras por tu cuenta, lo haré yo. Y créeme, te casarás con el primer hombre que muestre el más mínimo interés.

Liviana sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda.

A su lado, la señora Parker se llevó las manos a la boca, horrorizada por aquellas palabras.

Liviana, en cambio, no dijo nada. Solo sintió cómo un abismo se abría bajo sus pies, porque, en el fondo, sabía que su padre hablaba completamente en serio.

La haría debutar un año antes solo para casarla con el primer hombre que se mostrara interesado, únicamente porque quería deshacerse de ella.

Un agudo dolor se instaló en su pecho al confirmar, una vez más, el odio que su padre sentía hacia ella.

Sabía que no encontraría esposo en su primera temporada. Eso era imposible. No poseía la gracia que se exigía en una dama de sociedad. No tenía la belleza que se esperaba de una debutante. No era como la señorita Emma o la señorita Aline.

—Nana, no quiero casarme con alguien a quien no ame —su voz se quebró entre sollozos mientras buscaba refugio en los brazos de la señora Parker—. Mi vida sería completamente desdichada si eso llegara a pasar.

La anciana la estrechó contra su pecho, acariciándole el cabello con ternura. Sin embargo, en su interior, no sabía qué decirle. En esa ocasión, no tenía palabras de consuelo.

—Tranquila, mi niña… —susurró la señora Parker, tratando de mantener la calma—. Verás que lograrás casarte con un hombre bueno y, con el tiempo, aprenderás a amarlo.

Liviana negó con la cabeza, incapaz de aceptar esa posibilidad. Porque en su corazón ya había un único dueño.

∞∞∞

El conde subió las escaleras con paso firme, con la intención de encerrarse en su despacho, dejando atrás a su hija con la mirada perdida y los ojos anegados en lágrimas. Pero no le importó.

Desde hacía diecisiete años deseaba librarse de ella. No soportaba ver en Liviana el vivo reflejo de la mujer que una vez había amado con todo su ser. Porque, aunque lo negara incluso ante sí mismo, su hija se parecía demasiado a su madre.

Cuando cerró la puerta del despacho tras de sí, sintió que sus fuerzas lo abandonaban. Sus piernas flaquearon por un breve instante y, con los puños crispados a los costados, dejó caer una lágrima solitaria.

Ese mismo día, diecisiete años atrás, su mundo se había derrumbado. Si de él hubiera dependido, ella estaría viva.

Su esposa. Su amada Mary.

Él la habría elegido a ella por encima de cualquier cosa. Sin dudarlo.

Pero no fue su decisión. Fue la de ella.

Recordó el momento en que el doctor le comunicó que no podrían continuar el parto sin poner en riesgo la vida de su esposa.

«Prométeme que le darás todo el amor que merece».

Las palabras resonaron en su mente como un eco cruel del pasado.

Y lo peor de todo, lo que más lo atormentaba hasta ese día, era que había fallado.

Había prometido a Mary que cuidaría y amaría a su hija, pero no había podido hacerlo. No podía hacerlo.

Pasó los primeros años de la vida de Liviana refugiándose en viajes y negocios. Se mantuvo lejos. No estuvo presente cuando dio sus primeros pasos. No escuchó sus primeras palabras. No estuvo allí cuando enfermó o cuando rió por primera vez.

Porque mirarla era mirar a Mary.

Y eso era más de lo que su corazón podía soportar.

∞∞∞

Liviana había aprovechado la ausencia de su padre para hacer una visita rápida a la Duquesa de Agnes. Necesitaba hablar con ella sobre el adelanto de su debut en sociedad.

No había podido dormir, atormentada por las palabras de su padre.

No le molestaba, en sí, el hecho de debutar un año antes de lo previsto, pero sí le preocupaba que su padre la casara con un hombre desagradable, más aún sabiendo que no tendría la suerte de encontrar a alguien realmente interesado en ella, y por quien ella también sintiera interés.

¿Era estúpido desear amor en su matrimonio? La respuesta de la señorita Whitcombe y de muchas otras damas habría sido que sí: que un matrimonio sólido no necesitaba amor, sino respeto y confianza y, sobre todo, una buena posición social.

Pero Liviana quería más. Aunque fuera un poco de amor, cariño, ternura, pasión…

Soltó una carcajada suave y discreta al detenerse en aquella última palabra. ¿Qué sabía ella de la pasión entre un hombre y una mujer como para desear algo así? Era evidente que nada, pero aun así, la sola palabra resultaba bastante… sugerente.