Capítulo 1 #2
—Qué bueno que ya estén aquí —expresó la duquesa con amabilidad—, aunque aún falta que mi hijo llegue. Ya saben cómo es Marcus, y más ahora que vive en su propia residencia.
El corazón de Liviana dio un vuelco al escuchar el nombre del protagonista de sus sueños.
—Y mi hija ya está por bajar —añadió la duquesa.
—No se preocupe —intervino el conde, tomando asiento junto al duque.
Ambos comenzaron una conversación animada mientras los demás invitados seguían llegando.
Liviana, sin embargo, permaneció sentada en su lugar, con la espalda recta.
—Querida. —El llamado de Lillian la sacó de sus pensamientos, y Liviana dirigió de inmediato la mirada hacia la duquesa—.
Estaba pensando que quizá mi hija y tú podrían pasar más tiempo juntas —sugirió con una sonrisa—.
Ella podría darte algunos consejos para cuando debutes, ya que esta será su segunda temporada. Sería bueno que fueran amigas.
Liviana intentó sonreír con amabilidad ante el gesto de la duquesa, aunque en su interior sabía que eso era prácticamente imposible.
Aline Livingston, la hermana de Marcus, nunca había mostrado el más mínimo interés en acercarse a ella, a pesar de que habían pasado más tiempo juntas cuando eran niñas.
—Me encantaría —fue todo lo que respondió.
Poco después, Aline descendió por la gran escalera con una elegancia impecable. Liviana no pudo evitar sentirse insignificante en comparación.
—Buenas noches —saludó Aline con una sonrisa refinada al llegar junto a ellos—. Lord Hamilton, me alegra mucho volver a verlo.
—Lo mismo digo, Aline —respondió el conde con una inusual sonrisa—. Mi amigo y yo esperamos que esta temporada sea la indicada para que elijas a tu futuro esposo.
El corazón de Liviana se encogió al ver el gesto amable de su padre. Nunca le había dedicado una de sus sonrisas a ella, que era su hija.
—Eso espero —contestó Aline con naturalidad.
Antes de que pudiera añadirse algo más a la conversación, el mayordomo de la residencia apareció en la entrada del salón e hizo una leve inclinación.
—Permiso, su su gracia. La señorita Ashton acaba de llegar.
—¿La señorita Emma? —preguntó la duquesa, alzando ligeramente las cejas. No recordaba haberla invitado.
—Yo la he invitado, madre. Sabes que es mi amiga —respondió Aline con tono despreocupado. Luego se giró hacia el mayordomo—. Hágala pasar.
—Enseguida, milady.
El mayordomo se retiró y, unos segundos después, Emma Ashton cruzó la entrada con la cabeza en alto y una sonrisa dulce.
—Buenas noches —saludó con voz armoniosa al llegar al salón—. Gracias por permitirme compartir esta velada con ustedes.
—De nada —replicó Lillian con seriedad.
Si bien la duquesa poseía modales impecables, su desagrado hacia Emma era evidente para quienes la conocían bien. No aprobaba su presencia ni la excesiva atención que recibía de Marcus.
Liviana, por su parte, se sentía fuera de lugar. Si antes se había sentido hermosa, aquella sensación se desvaneció por completo. Solo necesitó ver a Aline y a Emma para comprender que jamás sería una de las debutantes más deslumbrantes de su temporada.
Aline era esbelta, de ojos azules y cabello oscuro que caía en suaves ondas.
Pero Emma… ella sí era la perfección personificada.
Su figura era delgada y estilizada, sus ojos azules resplandecían como el cielo más despejado y su melena dorada tenía el brillo del oro.
Poseía un rostro perfilado, con una nariz delicadamente respingada y labios finos, perfectos.
El entusiasmo de Liviana se desvaneció al recordar que Marcus llegaría en cualquier momento. Ya no deseaba verlo. No esa noche.
Lillian no tardó en notar el cambio en su semblante.
—¿Qué ocurre, pequeña? —inquirió con el instinto maternal que la caracterizaba.
La calidez en su voz hizo que Liviana sonriera con melancolía. Por un instante, imaginó cómo habría sido conocer a su madre.
—Nada, milady —respondió, intentando retomar su postura rígida y su semblante sereno, tal como le había enseñado la señorita Whitcombe a base de regaños y castigos. Pero en esos momentos le resultaba difícil esconder tantas emociones.
Lady Lillian estuvo a punto de replicar, pero en ese instante resonó una voz grave y varonil en la sala.
—Buenas noches.
El corazón de Liviana dio un vuelco con tanta fuerza que tuvo que apretar los puños.
Aun así, lo miró detenidamente, evitando quedarse embobada por la belleza masculina que se acercaba hacia ellos.
Era tan alto como lo recordaba, de postura firme y atrayente, con un toque de imponencia y seriedad.
Su andar era decidido y seguro, envuelto en una levita azul oscuro ceñida a sus anchos hombros y brazos firmes.
—Discúlpenme el retraso —se excusó, saludando con amabilidad a cada uno de los presentes. Sin embargo, Liviana solo pudo fijarse en cómo un brillo inconfundible iluminó su mirada al posar los ojos en Emma.
Su corazón se rompió un poco más al verlo tomar la mano de la rubia y depositar un beso en ella con la elegancia propia de un caballero. Un simple roce de labios sobre su piel, pero para Liviana fue un golpe devastador. Los celos le quemaron el pecho y deseó ser ella quien recibiera aquel gesto.
—Está usted radiante esta noche, señorita Emma —halagó Marcus con una sonrisa encantadora.
—Muchas gracias, milord —respondió Emma, con una mirada cargada de complicidad. Durante unos segundos, ambos permanecieron inmóviles, perdidos el uno en el otro.
El silencio que se instaló en la sala solo fue interrumpido por la voz firme de Lillian.
—Hijo —Marcus se volvió hacia su madre con la misma sonrisa encantadora de siempre—. ¿Recuerdas a Lady Liviana, la hija del Conde de Hamilton? Hace algunas semanas regresó de Surrey con su educación perfectamente completada.
La expresión del marqués se endureció por un instante antes de volverse hacia Liviana. No porque le desagradara la joven, sino por la intención que percibía en las palabras de su madre.
—Por supuesto —respondió con indiferencia—. ¿Cómo se encuentra, Lady Johnson?
Liviana sintió que la garganta se le cerraba. Contó hasta diez, el tiempo necesario para responder sin que la voz le fallara. Aun así…
—Bi… bi… bien, milord —logró murmurar, sintiendo el calor subir a sus mejillas al darse cuenta de que el conteo no había funcionado.
Marcus puso los ojos en blanco. Si había algo que le molestaba en una mujer era la timidez exagerada. Detestaba los tartamudeos, los sonrojos nerviosos y la torpeza al hablar. Prefería mujeres como Emma: seguras, encantadoras y sin rodeos.
Liviana quiso decir algo más, pero Marcus ya había desviado la mirada y se dirigía hacia Emma, dejando claro que no tenía más interés en la conversación.
Un nudo se formó en la garganta de Liviana.
«¿Tartamudear frente a Marcus? ¡Qué vergüenza! Estoy segura de que la señorita Whitcombe me habría reprendido duramente por este desliz».
Se reprendió a sí misma con furia. Habían sido años soportando castigos para que, justo cuando llegaba el momento de poner en práctica lo aprendido, terminara arruinándolo.
Ahora estaba convencida de que, si antes él apenas le prestaba atención y la veía aún como una niña, después de aquello nada cambiaría; incluso le prestaría todavía menos atención.
Toda esperanza de que Marcus pudiera verla con otros ojos se desvaneció, arrastrando consigo los fragmentos de su corazón roto.