Capítulo 1
Era Navidad y, sin duda, una de las noches más frías del año.
Aun así, el calor de la habitación le proporcionaba a Liviana el confort que muchos en Londres no tenían.
Pensó en aquellos que no contaban con la misma fortuna para resguardarse del invierno, y su pecho se llenó de un súbito sentimiento de pena.
—¡Por Dios, Liviana! ¿Aún no te has cambiado para la cena de esta noche con los duques de Agnes? —exclamó la señora Parker, su nana, mientras recorría la habitación de un lado a otro en busca del vestido que debía usar—. Pero es mi culpa. Aún eres una niña para arreglarte sin ayuda.
Liviana soltó una risita mientras se giraba, dándole la espalda a la ventana.
La señora Parker, llamada Helen, había criado a Liviana desde que era una bebé. Aunque oficialmente era su nana, para Liviana siempre fue mucho más: una figura materna a quien quería con todo su corazón.
—Nana, no soy una niña. Pronto cumpliré diecisiete años. Además, la señorita Whitcombe fue muy estricta a la hora de enseñarnos sobre la vestimenta —levantó el mentón al acercarse al vestido color crema que usaría esa noche.
La señora Parker hizo una mueca de disgusto.
—A pesar de que hayas pasado cinco años en Surrey, nunca me agradó la idea de que tu padre te haya enviado a esa Academia para señoritas, cuando claramente pudo haber pagado una muy buena educación privada aquí, en Hamilton House.
Liviana llevó el vestido hasta su cuerpo, comprobando que podría quedarle bien al medirlo por encima.
—Pudo haberlo hecho, pero no lo hizo porque me odia —expresó con lentitud, mirando el vestido, como si decir en voz alta que su padre la odiaba fuera algo normal. Aunque, en el fondo, ese hecho siempre le dolería.
La señora Parker le dedicó una mirada lánguida. Quiso negar que el conde odiara a su hija, pero estaría mintiendo.
El conde despreciaba tanto a Liviana que la había abandonado casi toda su vida y, como último recurso para alejarla aún más, la había enviado a una academia para señoritas cuando ella cumplió once años.
Allí la mantuvo durante cinco años, hasta que decidió que era hora de que regresara a Londres.
Todo porque la culpaba por la muerte de Mary, su esposa y madre de Liviana.
—Pero ahora que estás en casa podrás disfrutar de más tiempo libre para hacer cosas que te gusten —cambió de tema la señora Parker—, como desarrollar más tu talento con la acuarela.
—Sería bueno si el hecho de tomar un pincel no me recordara el tiempo que pasé encerrada en esa academia —respondió Liviana con una media sonrisa suave, sin mostrar tristeza ni enojo por el recuerdo que le generaba su estancia en Surrey.
Aquella academia había servido para algo más que enseñar modales.
La señorita Whitcombe era tan estricta que incluso exigía ocultar las emociones, alegando que una dama siempre debía mantenerlas reprimidas para parecer más madura y educada.
Muchas veces, Liviana observó cómo algunas de sus compañeras eran castigadas por llorar frente a todos; incluso reír podía ser motivo de castigo.
—Pero sí me gustaría leer algo más que la Biblia —concluyó con una sonrisa, dejando a la señora Parker aún más triste y preocupada.
La mujer había criado a Liviana desde el principio. La había adorado y cuidado con amor, convirtiéndola en una niña risueña y feliz a pesar del rechazo de su padre. No obstante, ahora veía que aquella academia la había cambiado más de lo que imaginó.
—¿Crees que el marqués de Stafford asista a la cena? —preguntó Liviana con un deje de nerviosismo al cabo de unos minutos, mientras la señora Parker, situada detrás de ella, ajustaba las cintas del vestido.
—No lo sé, mi niña, pero es muy probable. Sus padres son los anfitriones. Aunque viva en su residencia de soltero, es su deber asistir —respondió la señora Parker, terminando un lazo elaborado al final de la columna—. Listo.
Liviana se acercó al espejo de cuerpo entero que había junto al biombo y contempló su imagen. Aún faltaba el peinado, pero quería ver cómo le quedaba el vestido. Dejó escapar un leve suspiro al notar que le ajustaba más en el pecho y la cintura, cuando debería haberle quedado más holgado.
—Creo que he subido aún más de peso. El vestido me queda más ajustado que cuando la señora Jayson tomó mis medidas hace dos semanas.
Su voz sonó apagada, aunque quiso ocultarlo. Cada vez que un vestido le quedaba ceñido, su inseguridad aumentaba. No quería ser una mujer regordeta, pero, por más que lo intentara, no podía dejar de comer. Luego, inevitablemente, la culpa la devoraba por no tener más control sobre sí misma.
Mientras estuvo en la academia, la señorita Whitcombe la obligaba a comer menos, esperando que adelgazara; sin embargo, cada vez que regresaba de Londres durante el verano, lo hacía con un poco más de peso, hasta que finalmente dejó de intentarlo.
—No te sientas mal, mi niña —expresó la señora Parker con dulzura—. El vestido te queda precioso. Realza aún más tus encantos, y estoy segura de que cuando empieces tu primera temporada, más de un caballero querrá cortejarte.
La señora Parker siempre intentaba animarla, pero parte de su autoestima estaba marcada por las palabras crueles de su padre y de la señorita Whitcombe. Ambos le repetían que era fea y gorda, que si no dejaba de comer jamás encontraría un buen esposo y terminaría soltera.
Liviana se observó un rato más, mirándose con sus propios ojos y no con los de su padre ni los de la señorita Whitcombe.
«Realmente el vestido sí me queda bien».
Sonrió a su propio reflejo, una sonrisa sincera que reflejaba la esperanza de vivir con más libertad a partir de ese momento, ya que no tendría que regresar a Surrey. Aquel pensamiento hizo que algo dentro de ella se liberara y que el peso que sentía antes desapareciera.
Luego, la señora Parker se dedicó a peinar su cabellera azabache, terminando con un recogido del que caían algunas ondas que enmarcaban su rostro con suavidad.
Por primera vez en mucho tiempo, se sintió hermosa y se permitió sonreír más de lo que la señorita Whitcombe le habría permitido. Ya no estaba bajo su supervisión; podía ser ella misma y, quizás, solo quizás, Marcus la miraría esa noche un poco más que para un simple saludo de cortesía.
—Te ves hermosa —halagó la señora Parker con orgullo.
—Gracias, nana.
—Tu madre estaría muy orgullosa de ti, mi niña.
La mención de su madre hizo que la sonrisa de Liviana se desvaneciera un poco y que sus ojos se humedecieran de inmediato. Su madre había muerto al darla a luz, y su padre nunca la había dejado olvidarlo.
Respiró hondo, obligándose a contener las lágrimas. No podía arruinar el sencillo pero hermoso maquillaje que su nana había aplicado con tanto cuidado.
—Será mejor que bajes antes de que tu padre se enfade —le sugirió la señora Parker en voz baja.
—Sí, es lo mejor.
Liviana abandonó su habitación y descendió las escaleras, con el dobladillo de su vestido rozando la alfombra del pasillo, hasta llegar al vestíbulo, donde sabía que encontraría a su padre.
El gran recibidor de Hamilton House era digno de la posición de un conde adinerado: un candelabro de cristal, paredes revestidas en verde oliva, esculturas y cuadros de paisajes adornaban las paredes, y el suelo de mármol brillaba.
Minutos después llegó él, el hombre a quien llamaba padre, aunque nunca se comportaba como tal.
Henry Johnson, conde de Hamilton, era un hombre de mirada dura como el acero. Su cabello, que alguna vez fue negro como el azabache, comenzaba a mostrar hebras plateadas que no restaban severidad a su aspecto.
—Vamos, se nos hace tarde —fue lo único que dijo. Ni siquiera se molestó en mirarla.
Liviana tomó su chal y lo colocó sobre sus hombros antes de seguirlo fuera de la residencia.
Se acomodó en el interior del carruaje sin pronunciar palabra; ya estaba acostumbrada a los silencios de su padre y ella tampoco hacía esfuerzos por romper el hielo.
Se entretuvo observando el tapizado de los asientos mientras su mente vagaba hacia Marcus y el anhelo de verlo esa noche.
Marcus y ella se conocían desde hacía muchos años; podría decirse que desde que ella nació, debido a la amistad entre sus familias.
Sin embargo, nunca compartieron demasiado a causa de la diferencia de edad entre ellos.
Aun así, verse o entablar alguna conversación era inevitable.
Durante todo ese tiempo, para Liviana, Marcus no había sido más que el hijo de los duques de Agnes.
Eso cambió la Navidad pasada, cuando volvió a verlo después de dos años en los que él estuvo fuera de Londres.
Aquella cena había sido organizada por su propio padre. Ella había viajado desde Surrey a Londres para pasar las fiestas y, en su prisa por bajar las escaleras, no midió bien sus pasos y perdió el equilibrio. Sintió que caía… hasta que unos brazos firmes la sostuvieron con seguridad.
Cuando alzó la mirada, se encontró con unos ojos azules como el cielo invernal. Su corazón se detuvo al reconocerlo, pero la calidez de aquellas manos sujetándola la envolvió en una sensación desconocida, casi irreal.
¿Qué había cambiado en ella para que empezara a sentir algo por un hombre al que llevaba viendo toda su vida? Esa era la pregunta que se hacía cada vez que soñaba con Marcus besándola o sosteniéndola, cada vez que su corazón latía con solo pensarlo.
Pronto descubrió que lo que había cambiado, era ella. Ya no era una niña, sino una mujer que sentía y deseaba a su opuesto, y que tal vez siempre había sentido algo por Marcus que solo salió a relucir tras aquella cercanía simple, pero intensa, entre ambos.
Al llegar a la residencia de los duques, fueron recibidos con la familiaridad de siempre. El duque, lord Alexander, era el mejor amigo de Henry, y su relación de años se reflejaba en la confianza con la que los acogía.
Lady Lillian, la duquesa, recibió a Liviana con un abrazo maternal, al que ella respondió con gratitud. Aquella mujer era la única persona, fuera de su nana, que la trataba con verdadero afecto.