Miserable Matrimonio
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Prólogo
La habitación estaba envuelta en un aura de tensión y preocupación.
El doctor, un hombre de pelo canoso y mirada seria, supervisaba frenéticamente a las mujeres que lo estaban ayudando.
La tenue luz de las velas parpadeaba en las paredes, creando sombras que se deslizaban por la habitación.
Mary, una joven mujer de tez pálida y cabello oscuro, se aferraba a las sábanas, su rostro lleno de dolor y determinación.
Su esposo, lord Henry, estaba afuera de la habitación, impaciente y preocupado. Mientras el doctor se preparaba, Mary luchaba contra las contracciones, aguantando el dolor con valentía.
El doctor trabajaba incansablemente para mitigar el sufrimiento de la condesa, pero, a pesar de todos sus esfuerzos, el parto se complicó. El rostro del doctor se ensombreció mientras enfrentaba una difícil decisión, aunque sabía que esa decisión estaba en manos del conde.
—Milady —dijo el doctor con voz entrecortada—, tiene que empujar más fuerte. El bebé está en una posición peligrosa.
El sudor cubría la frente de Mary mientras obedecía con todas sus fuerzas. Pese a su debilitamiento progresivo, se aferraba a la esperanza de que todo saldría bien; al menos, eso quería creer.
Sin embargo, a medida que el tiempo avanzaba, el aire de la habitación se llenaba de silencio y pesar. El doctor miró a las mujeres, y todos tenían el mismo pensamiento: Mary no lograría traer al mundo a su hijo sin poner en peligro su propia vida.
La angustia inundó la habitación. El doctor abandonó su profesionalidad y salió de la habitación para hablar con el conde, el cual esperaba ansioso en la puerta.
Las lágrimas comenzaron a inundar los ojos de Mary y un sentido de resignación se apoderó de ella.
Imaginaba el motivo por el cual el doctor había ido en busca de su esposo: para que él tomara la “decisión”, pero ella ya la había tomado.
—Lo siento, milord —susurró el doctor con voz temblorosa—. No podemos seguir adelante sin poner en riesgo su vida.
Henry estaba asustado. No quería perder a su mujer, la prefería a ella mil veces, porque sin ella su vida no tendría sentido. Ellos podrían tener otro hijo en el futuro, ¿pero sacrificar a Mary, su Mary? Claro que no.
—Salva a mi mujer —fue lo único que dijo, y el doctor asintió en respuesta.
Cuando el doctor entró a la habitación, Henry entró también. Quería estar al lado de su esposa en ese momento.
—Mi sol —susurró Henry, tomando las manos de Mary, pero ella negó con la cabeza mientras gemía de dolor. Henry supo lo que ella quería decir y sus ojos se cristalizaron—. No me pidas eso, por favor, no puedo vivir sin ti.
—Sé que no sobreviviré… —hipó Mary. El dolor era ensordecedor, la sangre no paraba de salir y aún no había nacido el bebé—…
Ya he vivido mi vida, ahora le toca a nuestro hijo.
Si es niña, quisiera que se llamara Liviana, que significa delicadeza…
—volvió a quejarse por las contracciones—…
Y si es varón, me encantaría que se llamara Henry.
Él sonrió un poco en medio de las lágrimas, sin creer que eso era una despedida. Ni siquiera podía emitir una palabra.
—Prométeme… que le darás todo el amor que merece —Mary, al no escuchar su respuesta, volvió a insistir—. ¡Promételo!
—Lo prometo —susurró Henry sin poder detener las lágrimas—, pero no sé cómo hacerlo sin ti, mi sol.
Mary gritó dolorosamente y no pudo hablar, solo gritaba, pero cada vez se debilitaba más, como todo su cuerpo. Ambos se aferraron a sus manos con desesperación, encontrando consuelo y apoyo en su amor mutuo.
—Sé que… serás un buen padre, mi amor. Te amo.
Mary cerró los ojos y se sintió triste y triste porque estaba dolorosa y triste. En un último acto de amor, susurró nuevamente las anteriores palabras: que cuidara al bebé que nunca tendría el privilegio de conocer.
En un instante lleno de desgarradora tristeza, Mary dejó este mundo, llevándose consigo la esperanza de una vida junto a su hijo y el amor de su vida.
La sala quedó envuelta en un silencio sepulcral, solo interrumpido por los sollozos de Henry y luego por el incesante llanto del bebé que acababa de nacer.
El doctor se acercó con la noticia, pero, no pudiendo pronunciar palabra, simplemente inclinó la cabeza en señal de respeto y compasión.
—Llévenselo, salgan de aquí, quiero despedirme de mi esposa —ordenó Henry con la voz tan rota que realmente daba pena.
—Milord —lo llamó una de las empleadas.
—¡Salgan de aquí! —gritó Henry nuevamente, y todos salieron de la habitación, llevándose a su hijo, del que ni siquiera quiso saber su sexo. Solo quería morir para estar junto a Mary. Su sol.