Mi Sobrino, Más y Más
Me doy un largo y relajante baño de tina. Después paso crema hidratante por todo mi cuerpo, me visto y salgo con paso resuelto hacia la estética. Allí me hacen un corte maravilloso, que realza la belleza de mi rostro.
-¿Quieres depilarte también?
Sí, por supuesto que sí.
Paso a un cuarto pequeño, parecido a un consultorio. Una mujer casi de mi edad (¡muy joven! Jajajaja), vestida con una bata como de médico, me saluda y me pregunta qué clase de depilación deseo.
-Completa, brasileño.
La mujer me pide que me quite la falda. Comienza su trabajo. Estoy tendida en una camilla, muy relajada.
- ¿Podrías quitarte la tanga? De otra forma será muy incómodo que haga mi trabajo –me dice.
Me quito la tanga y quedo desnuda de la cintura para abajo ante ella.
Aunque el roce de sus manos es mínimo, existe.
Empiezo a fantasear. ¿Cómo será tener sexo con otra mujer?
¿Qué sentiré si en este momento hunde sus dedos en mi vagina y me ofrece sus pechos para que los chupe?
Por dentro me río, la idea me divierte, aunque es mejor que detenga mis pensamientos.
Los labios vaginales se me están hinchando, como me sucede cada vez que estoy excitada, y puede descubrirme.
Los dedos de la esteticista se mueven ágiles, rozando aquí y allá. Me pide que me ponga boca abajo y abra un poco las piernas para extraer unos pocos pelitos que están cerca de mi ano. ¿Será necesario o está exagerando? No me importa, y obedezco.
Ahora sus manos abren mis nalgas, mi hueco más íntimo queda expuesto a su vista. Yo lo conozco bien, me lo he examinado ante un espejo. Tiene un colorcito rosado un poco más oscuro, se ve bien apretado, rugoso. Pocas veces me han hecho sexo anal, son pocos los afortunados.
Con una palmadita en las nalgas me anuncia que ha terminado.
Giro en la camilla, boca arriba otra vez.
La mujer está ruborizada, ¿o lo estoy imaginando?
¿Acaso ella se excitó también? Se le ha desprendido un botón del guardapolvos, tiene tetas pequeñas y puedo verlas por completo, incluso el pezón rosa pálido, a través del escote cuando se agacha hacia mí.
Me acerca un espejo para que vea el resultado de su trabajo.
Provocativa, abro mis piernas, examino en detalle mi concha.
Quedó excelente, completamente depilada, con un tinte apenas rosado en mis labios hinchados, abultados, que ahora lucen sin obstáculos.
Descubro que la chica me observa furtivamente.
-Quedó perfecta, felicitaciones, muy buen trabajo.
-Gracias.
-Me imagino que te habrán elogiado muchas veces, tienes muy buena mano para esto.
Sonrío, me pongo la falda, tomo la tanga y se la ofrezco como regalo. Sí, sí, voy a salir a la calle sin nada debajo de la ropa. Ella también me sonríe y se queda con mi tanga entre las manos.
-Ahora soy yo la que te felicita. Es bueno que una mujer a tu edad se atreva a ciertas cosas.
-Fuera tanga, fuera brassiere. ¿No es mejor así? Creo que tú piensas igual que yo.
Ella se lleva una mano a los pechos.
-Sostén nunca llevo puesto, pero no es lo mismo. Yo tengo pechos pequeños, en cambio los tuyos... te deben decir muchas cosas en la calle. En cuanto a la tanga... no me atrevo.
-¿Ni siquiera aquí, en tu lugar de trabajo?
Ella duda un segundo. En realidad no, no me atrevo a tanto como tú.
Salgo a la calle y camino, feliz. Llevo blusa, falda, sandalias altas, y nada, nada, nada debajo. Ni siquiera pelitos. Río, me parece que todo el mundo me mira y eso me encanta. La sensación de libertad es total, me siento desnuda. El aire tierno se filtra entre mis piernas.
Llego a casa. Mi sobrino Ernesto está esperándome en la puerta.
-Tía, tenemos que hablar.
Miro a ambos lados de la calle. No hay nadie, lo hago pasar.
Nos sentamos en un amplio y cómodo sillón de la sala. Estamos nerviosos pero hablamos, largo rato, sobre lo que sentimos, lo que implica la relación de una mujer madura con un jovencito, sobre el incesto, los tabúes de la sociedad que se imponen como barreras de hierro en nuestra relación.
Yo estoy sentada en posición de loto en el amplio sillón. Ernesto descubre que puede ver entre mis piernas.
-Tía... te has... te has afeitado por completo...
Yo me río para ocultar mi nerviosismo y calentura.
-Sí, acabo de hacerlo. ¿No te parece una locura?
Por otra respuesta, mi sobrino intenta lanzarse de cabeza hacia mi entrepierna. Lo detengo.
-No... lo haremos a mi modo...
Me pongo de pie, inclinada sobre mi sobrino. Le desprendo el cinturón, bajo la cremallera, le quito los pantalones. Luego su camisa. Allí está, desnudo para mí, con su pene magnífico apuntando al cielo, duro, erguido, amenazante, tierno.
Sigo de pie, con las piernas separadas, alta sobre mis sandalias de tacón, las piernas de mi sobrino entre las mías. Aún no me he quitado la ropa.
-Mastúrbate.
Ernesto me obedece. Frota su verga con lentitud, nos miramos fijamente a los ojos. A medida que avanza con su paja, desprendo los botones de mi blusa, uno a uno, con paciencia infinita, descubriendo a cada paso un centímetro cuadrado más de la piel de mis tetas.
Ya todos los botones están desprendidos, pero no me quito la blusa. Amaso mis tetas, moviendo mis caderas, inventando una danza erótica para él. Me mojo la punta de los dedos con saliva y aprieto mis pezones. Eso me provoca un gemido. Paso la lengua por mis labios.
Ernesto sigue masturbándose, sin quitarme los ojos de encima. Lentamente subo mi falda, poco a poco, la bajo de golpe y vuelvo a subirla. Quiero enloquecerlo, y lo estoy logrando.
-Tía... me vas a hacer acabar...
-Aún no... contrólate...
Subo por completo mi falda. Mi concha depilada queda expuesta. Doy un paso hacia él, adelanto mi cadera, echo el tronco de mi cuerpo hacia atrás. Con mis dedos abro los labios mayores de la vagina, mi clítoris queda a un centímetro del rostro de Ernesto.
Cuando apoya su lengua en mi clítoris lanzo un ronco bramido de placer.
-Ahhhhhhhh.
Es como un rayo de electricidad que atraviesa mi cuerpo y lo fulmina.
Sin dejar de masturbarse, mi sobrino apoya su boca en mi concha, me besa, como si fuera otra boca.
Su lengua trabaja, incansable. Estoy llena de jugos.
Desesperada por la excitación tomo su cabeza con las manos y lo empujo más contra mi entrepierna.
-Así mi amor... así.... chúpame la concha así.... mmmmmmm
No resisto mucho más. Gimiendo, gritando, insultando, libero un orgasmo tremendo. Me tiemblan las piernas.
Doy uno o dos pasos atrás, para reponerme. Ernesto sigue sobando su verga, está más grande que nunca. Yo me acaricio la concha, recorro la raja, hundo mis dedos en ella.
-Metete más dedos... más.
Obedezco. Tengo dos, meto tres... cuatro con algo de esfuerzo. Sólo el pulgar queda afuera, lo aplico sobre mi clítoris.
-Ahhh querido... nadie me hace mojar así...
No resisto más tiempo de pie. Me siento sobre sus piernas. Su verga enorme queda junto a mi vagina. Abro otra vez los labios con mis dedos para que frote el clítoris con su tronco.
Tomo con mi mano el sexo duro de mi sobrino y lo apoyo fuerte contra mi clítoris, le doy golpecitos. Estoy ardiendo, como si tuviera fiebre. Mis jugos me inundan.
Me incorporo un poco, siempre manteniendo firmemente apretada en mi mano la verga de Ernesto. La guío hacia la entrada de mi concha. Allí la dejo, quieta, expectante, el glande acomodado en la entrada a mi intimidad. No nos movemos.
Y entonces, de un golpe... zassss me dejo caer y me ensarto toda, de una vez.
-Ahhhhhhhh.
Gritamos los dos. Siento que me desgarra, aunque estoy tan abierta y mojada que eso es imposible.
Su verga entra de un golpe en mi vagina, hasta la base.
Sólo los huevos están afuera. Desesperada, me muevo como una poseída.
Hacia delante, atrás, en círculos, arriba, abajo.
Una cabalgata bestial. Ernesto aúlla, grita, me muerde las tetas, me hace doler.
No sé por qué me salen las palabras que digo:
-Así mi niño, cógeme así.
Y Ernesto me responde.
-Sí mamita, así te cojo, así te rompo la concha. Cométela toda.
-Sí mi niño sí... me vengo en tu vergaaaaaa....
Y tengo otro orgasmo descomunal que casi me deja desmayada.
Pierdo la conciencia por unos instantes. Cuando vuelvo en mí estoy reclinada sobre el pecho de mi sobrino, abrazada a él, mis tetas suben y bajan por mi respiración agitada. Toda su verga sigue plantada en mí, firme, fuerte.
-¿Acabaste mi vida?
-No... aún no...
Ernesto me ayuda a cambiar de posición. Su pene no termina nunca de salir de mi vagina. Quedo hecha un ovillo en el sillón, y mi sobrino me cubre de besos. Es increíble lo tierno que puede ser, y al mismo tiempo tan macho. Es el hombre ideal.
Me hace mover en el sillón para darme más besos. Quedo de rodillas sobre el asiento, el pecho apoyado en el respaldo. Ernesto se acomoda detrás de mí, su pecho velludo apoyado en mi espalda. Todo su cuerpo grande, fuerte, cubre el mío que es más pequeño.
En la posición en que estamos, su pene erecto está apoyado en mis nalgas. Con infinita delicadeza lo acomoda entre ellas. El glande hinchado, en forma de hongo, se apoya contra el hueco de mi ano.
No digo nada, pero estoy tensa. Ernesto mueve sus caderas, empuja un poco hacia delante.
-No querido... así no, por favor –suplico.
-Confía en mí, tía... confía en mí.
Suspiro. Claro que quiero confiar. Pero sigo en alerta. Ernesto empuja un poco más. El glande poderoso ni siquiera ha entrado un poquito, pero ya siento dolor.
-Ay.
-Relájate, tía, ponte flojita, bien relajada.
Lo intento. Aflojo todo mi cuerpo. En especial trato de controlar mi esfínter, procuro que no esté tan apretado ante la presencia del intruso que quiere invadirlo.
El cuerpo de Ernesto sigue recostado sobre el mío, sólo sus caderas se mueven en una especie de danza del vientre.
A cada movimiento, su pene hace más presión sobre mi ano.