Ahora Yo Soy la Visita
Es el cumpleaños de mi prima hermana, la madre de Ernesto.
Han pasado dos semanas desde aquella noche apasionada que viví con mi sobrino (ya les había contado antes), y es la primera vez que volvemos a vernos y a hablar.
Dicen más nuestros silencios y nuestras miradas que las palabras que intercambiamos, formales, de ocasión; como si existiera entre nosotros un lenguaje secreto que los demás no pueden comprender.
Estamos en casa de mi prima, hay una fiesta por su cumpleaños. Yo llevo puesto un vestido hermoso, algo provocativo. Decidí no usar tanga y ya estoy algo arrepentida: parece que todo el mundo se ha dado cuenta y eso me pone un poco incómoda pero muy cachonda.
No hay hombre de la familia que no me dé una mirada, pero bueno; mi papi está aquí para defenderme; y también disfrutarme.
Él fue el primero en halagarme al momento de llegar.
Algunos ya lo habrán imaginado: es un regalito secreto que le quise hacer a mi sobrino, planeaba que sólo él se diera cuenta pero creo que no es así…
De reojo veo a mi padre, al parecer hoy está más metido en la charla con mis tíos que en mí. Eso me da carta abierta a seguir con mi plan, no me estará checando.
El divorciado pone su rostro muy cerca del mío para hablarme, observa sin disimulo mis pechos mientras sostiene una copa en la mano. Ernesto está cada vez más incómodo, acaso imaginándome desnuda, en la cama, como me tuvo él, pero en brazos de otro?
Nos sentamos a una mesa larga para cenar. Mi sobrino se las ingenia para ocupar una silla a mi lado, yo estoy junto a uno de los extremos de la mesa, el moscón que tenía encima pierde terreno y ya no nos molesta. Es como si estuviéramos solos.
Apenas puedo concentrarme en lo que se conversa durante la cena. Ernesto apoya una de sus piernas contra la mía, la mueve lentamente en una disimulada caricia. Mis mejillas se encienden, espero que nadie note que me estoy ruborizando.
Mi sobrino busca cualquier excusa para que su mano roce la mía, o para apoyar su mano en mi espalda.
Mi excitación crece. Siento la boca seca, las tetas se me ponen duras, mis pezones están erectos y es una dulce tortura su roce contra la tela del vestido.
Si antes se me notaban, ahora vaya delicioso espectáculo que estoy dando.
Siento calor, y no es por la temperatura. Observo con disimulo mi pecho y veo mis pezones marcados en el vestido. Ernesto también lo está mirando, me sonríe e intensifica el roce de su pierna contra la mía.
Se hace un poco atrás en la silla y miro fugazmente su entrepierna.
Se le marca un bulto importante, el chico tiene una prominente erección.
Ya no sólo tengo mis tetas duras, también siento humedad y los labios de mi sexo hinchados.
Llevo puesta una tanga muy pequeña, está bien metida entre mis nalgas y ejerce cierta presión sobre mi clítoris.
Siento deseos de frotarme contra la silla.
Disimuladamente pido disculpas, me levanto y voy al baño.
Cierro la puerta, me levanto el vestido y bajo reviso mi tanga.
Está mojada. Tomo un trocito de papel de baño y me seco, el simple roce me hace sentir un escalofrío.
Otra vez paso mi mano, y otra y otra. La cabeza me da vueltas.
Me estoy masturbando en el baño de la casa de mi prima, excitada por la presencia cercana de mi sobrino.
Me meto dos deditos, profundamente; todo lo que puedo.
Aprieto los músculos de la vagina. Me muerdo la otra mano para reprimir un gemido.
Vuelven a mi mente los recuerdos de esa noche que pasé con mi sobrino, recuerdo su verga ensartada en mí, su manera de moverse, de entrar y salir.
Su joven y fuerte cuerpo sobre el mío, haciéndome sentir mujer plena, total.
De pronto vuelvo a tomar conciencia de dónde estoy: en el baño de la casa de mi prima hermana, masturbándome.
No sé cuánto tiempo llevo aquí. Arreglo mi vestido y mi peinado, la marca de mis pezones en la tela del vestido no se puede disimular, pero ya no me importa. Regreso a la fiesta de cumpleaños.
La cena ha terminado y todos están bailando.
Ernesto sale a mi encuentro, se adelante al moscón que también me estaba esperando.
Bailamos levemente abrazados, acerco al rostro de mi sobrino la mano que hasta hace un momento tuve metida en la vagina.
Él percibe mi aroma de hembra caliente que la impregna, abre la boca y saca la lengua.
Intenta chuparme los dedos. Retiro de inmediato la mano y le hago un imperceptible gesto de reproche.
¿Cómo va a hacerme algo así delante de todo el mundo?
Ah, los jóvenes...
Bailamos largo rato, y Ernesto tiene muchas oportunidades de pegar su cuerpo contra el mío.
Apoya su virilidad contra mi entrepierna y contra mi trasero todas las veces que puede, está excitadísimo.
Me acaricia la espalda cada vez con menos disimulo.
Mis mejillas están rojas, estoy sudando, ojalá que todos piensen que se debe al baile y que no descubran mi excitación.
Creo que es hora de irme, o cometeré una locura delante de toda la familia.
Me despido de mi hermana, de mi cuñado, de mis padres y de los demás asistentes a la fiesta.
Ernesto se apresura a decirme que me llevará hasta mi casa en el auto de su padre, que nada de Uber, que no debo andar sola de noche.
Mi sobrino conduce sin decir una sola palabra, tampoco yo hablo.
No me lleva a mi casa, sino a un mirador alto de la ciudad en una salida a carretera desde la cual se pueden ver todos los edificios iluminados.
Supongo que a ese mirador ha llevado a más de una de sus novias, y ha tenido sexo con ellas en este mismo automóvil, quizá en el mismo asiento en el que yo estoy sentada.
Detiene el motor y gira su cuerpo hacia mí.
- Tía, yo...
- Ni digas nada, Ernesto. Esto es una locura, es algo imposible, entiendes.
- No es imposible si los dos sentimos lo mismo.
Me siento confundida, no puedo creer que a mi edad estoy perdiendo la cabeza por este chico, que además es mi sobrino.
- No sólo se trata de lo que sentimos... –digo, sin saber qué decir.
- ¿Cómo que no? ¿De qué se trata entonces?
Ernesto pasa su mano por mi cuello. Cierro los ojos, se me eriza la piel. Ah, cuánto me gusta que me acaricie así.
- Tengo 20 años más que tú... además soy tu tía.
Mi sobrino comienza a desprender lentamente los botones de mi vestido, va descubriendo mis pechos de a poco. Yo estoy paralizada, lo dejo que siga.
- No me importa la diferencia de edad, ni que seas mi tía. Eres la mujer que quiero, la que deseo. Me gusta tu piel, tu cuerpo, tus pechos, tus pezones duros, todo.
Sigo con los ojos cerrados, mi respiración cada vez más agitada.
Ernesto ya ha dejado mis pechos al descubierto y los acaricia.
Ah, esas manos que tiene... Me siento una adolescente sin experiencia.
El aire de la noche se cuela entre mis tetas desnudas.
Estoy toda erizada, mis areolas hinchadas, los pezones mismos durísimos, erectos, apuntando al cielo, a los ojos de Ernesto.
- Me enloquece la humedad de tu vagina, el sabor de tus jugos, me encantan tus jadeos cuando tu cuerpo está debajo del mío, quiero penetrarte otra vez, quiero meterme entre tus piernas...
- No Ernesto, por favor no debemos hacerlo... susurro entre gemidos.
Mis piernas, involuntariamente, se han abierto. Ernesto sube mi falda, su mano recorre mi muslo, apoya la punta de sus dedos sobre mi tanga, busca mi clítoris.
- Tú también lo deseas...
- Claro que lo deseo querido mío, pero no está bien... eres mi sobrino...
Escucho el ruido de su cierre bajando. Ernesto saca su pene magnífico, guía mi mano hacia él, lo toco.
- Ah... es tan hermoso...
Ahora tengo los ojos bien abiertos observando la verga dura de mi sobrino, que se ha bajado por completo los pantalones.
Es ancha, apenas más oscura que el resto de su piel y tiene venas que se le marcan a lo largo.
Tiro toda la piel hacia abajo y dejo al descubierto el glande, perfecto, en forma de hongo.
Hago presión con mi mano sobre el tronco, aprieto; más y más, bien fuerte.
Ernesto gime. El glande se pone morado, se hincha.
Subo el cuero hasta que lo cubre, vuelvo a bajarlo.
Una gota color ámbar asoma por el ojo único.
Es una espléndida barra de carne que se alza, erguida entre una mata de pelos negros.
Mi sobrino apoya su mano en mi nuca e intenta empujar hacia abajo. Quiere una mamada. Claro, yo también deseo tenerlo en mi boca llena de saliva, quiero frotarlo por todo mi rostro, quiero hundírmelo en mi intimidad.
Pero no lo hago. Mi mano lo mantiene firmemente aprisionado, sube y baja el cuero, sube y baja, sube y baja, sube y baja, cada vez más apretado, cada vez más rápido, más rápido, más rápido. Ernesto se reclina hacia atrás, suspira, disfruta la paja que le estoy haciendo y yo disfruto hacérsela.
Mientras él acaricia mis tetas, pellizca suavemente mis pezones, yo tomo su verga con las dos manos, subo y bajo el cuero, con más intensidad cada vez.
Ahora otra vez con una mano sola. Rápido, rápido, apretando fuerte, rápido, rápido, rápido, cada vez más rápido, ya no puedo seguir con la vista los movimientos acelerados de mi mano.
Otro automóvil se detiene, no muy lejos de donde estamos.
Levanto la vista, lo ocupa otra pareja. Veo las siluetas, la chica hace un gesto, se está quitando la blusa.
Luego su cabeza desaparece. No me cuesta nada imaginar que está mamando a su novio.
El hombre gira la cabeza hacia mí. ¿Puede verme?
No lo sé, pero tampoco me molesta que lo haga aunque estoy con las tetas al aire y una verga magnífica entre mis manos.
Casi desnuda, una mujer madura y caliente junto a un chico de menos de la mitad de mi edad.
Toda mi mano sigue el movimiento de sube y baja.
Mi dedo pulgar roza el glande, lo aprisiona, le paso la uña suavemente.
Ernesto lanza un "sssssssssííííí" prolongado y ronco y eyacula.
El semen le brota como un volcán, algunas gotas caen sobre mi vestido, otras sobre mi muslo, pero el grueso de su acabada, blanca, lechosa, espesa, queda entre mis dedos.
Sin soltarle la verga que se deshincha lentamente en mi mano me acerco y le doy un beso en la boca, un largo beso, profundo, húmedo. Nuestras lenguas se buscan, se persiguen, se enredan.
-Oh... tía... eres increíble... nadie me había hecho algo así antes... ufff cuánto placer...
Mis dedos están cubiertos de la leche de mi sobrino.
Me da placer sentir su tibieza. Juego con ella, forma hilos gruesos.
La esparzo por toda la verga ahora relajada, por los pelos abundantes, por su vientre.
Luego no resisto la tentación: me inclino y la recojo toda con la lengua.
Hambrienta, chupo sus pelos mojados, el pene flácido, los huevos ahora vacíos.
El sabor del semen de mi sobrino es increíble, me alimenta, me llena de pasión. Ernesto se reclina otra vez.
-Ahhh, estoy en el paraíso... -dice.
También yo, pienso. Limpio por completo la entrepierna de mi sobrino, no dejo ni un rastro de su esperma abundante.
Me lo comí todo, está en mi lengua, mi garganta, mi estómago.
Con un tierno beso me despido de su pene.
Luego me acomodo el vestido (tiene varias manchas blancas, debo llevarlo a la lavandería), meto cuidadosamente mis tetas en el escote, me duelen de sólo tocarlas, parecen más grandes, están duras e hinchadas.
Abotono el vestido, me bajo la falda. Tengo un lago entre las piernas, como si hubiera gozado de un orgasmo sin tocarme.
Los labios vaginales están hinchados, entreabiertos.
Todo el interior del automóvil huele a sexo caliente.
Miro a nuestros "vecinos" del otro automóvil. La chica está cabalgando sobre su novio. El silencio es profundo, creo que escucho sus gemidos.
-Llévame a mi casa, tus padres se van a preocupar si sigues tardando en regresar.
Cuando llegamos a casa, Ernesto hace un último intento.
-Déjame entrar contigo... después invento cualquier cosa para tranquilizar a mis padres.
-Hoy no, mi amor. Ya fue suficiente.
Le doy un ligero beso en los labios. Entro a mi casa temblando de pies a cabeza. Cierro la puerta, me apoyo de espaldas contra ella y huelo mi mano. Esta noche dormiré sintiendo el olor del placer de mi sobrino.
Desnuda, me meto en la cama con una mano entre las piernas. Me muevo, frotándome con lentitud. Voy camino hacia mi placer.
Habrá otra vez con mi sobrino, de eso estoy segura.