La despedida de soltera
—Vas demasiado sexy para una noche con las chicas —me comentó Carlos con una sonrisa perezosa, recorriéndome de arriba abajo.
—Solo quiero que Laura se sienta la reina de la noche —le respondí, inclinándome para darle un beso rápido en los labios—. No me esperes despierto.
Mentir se había vuelto tan natural como respirar y salí del edificio con el bolso al hombro y una determinación que ya no intentaba disimular porque esta vez no iba solo a divertirme, sino que quería algo más, quería sentirme deseada, usada, expuesta necesitaba cruzar otra línea más.
Las chicas me esperaban en un bar del centro y en cuanto me vieron llegar, los silbidos y comentarios subidos de tono llenaron la mesa. Laura, ya algo achispada, me abrazó riendo.
—Joder, Lucía, ¿vienes a robarme el protagonismo o qué?
Sonreí sin responder y pedí la primera copa, la conversación fluyó entre risas, chismes de oficina y bromas sobre la boda.
Yo participaba, pero mi mente ya estaba varios pasos por delante sabiendo que después iríamos al club de strip-tease con espectáculo de boys, y esa idea llevaba toda la semana rondándome como una promesa sucia…
Llegamos al local pasadas las once y el sitio era oscuro, con luces rojas y púrpuras que barrían la pista, con música electrónica de graves potentes y un escenario central iluminado.
Nos acomodamos en un reservado amplio cerca del frente, las botellas llegaron rápido y el ambiente se calentó enseguida.
Cuando los primeros chicos salieron al escenario, el griterío fue ensordecedor, con aplausos dirigidos a hombres con cuerpos trabajados, movimientos precisos, tangas mínimos y Laura “la novia” estaba en el centro de todo, roja y riendo mientras uno de ellos bailaba sobre ella.
Yo observaba todo con una sonrisa tranquila, bebiendo despacio. No tenía prisa porque sabía que el plato fuerte vendría después.
Y entonces salió él. Alex. El boys principal, alto, moreno, con un cuerpo marcado y una presencia que dominaba el espacio.
Sus ojos barrieron el reservado y se detuvieron en mí más tiempo del necesario y justo al empezar su número con Laura, las chicas enloquecieron, pero al terminar, en lugar de volver al escenario, se dirigió directamente hacia nuestro grupo.
Se plantó frente a mí y sin decir nada, colocó una toalla negra sobre mi cabeza, cubriéndome la vista. La oscuridad fue inmediata y solo quedaba el calor de su cuerpo cerca de mi cara, el ritmo grave de la música vibrando en mi pecho y el olor a aceite y piel masculina.
Sus caderas empezaron a moverse con movimientos sexuales rítmicos, y su bulto firme bajo su tanga rozó mi cara, mi cuello y la curva superior de mis pechos.
Yo mientras, escuchaba como las chicas gritaban, animaban y se reían a mi alrededor así que levanté mi mano con lentitud y la puse directamente sobre su paquete apretándolo con firmeza, sintiendo cómo su polla respondía al instante, endureciéndose bajo esa tela fina del tanga.
Alex se quedó quieto un segundo, sorprendido por mi iniciativa y seguidamente, continuó moviéndose, pero ahora con más presión, frotándose contra mi palma mientras yo se la acariciaba abiertamente delante de todas.
El tanga apenas contenía nada y podía sentir su grosor, su calor y cómo latía bajo mis dedos.
Cuando retiró la toalla, el reservado se quedó en un silencio breve y cargado. Todas me miraban, Laura con la boca abierta y Marta con una ceja arqueada y una sonrisa incrédula.
Yo solo sonreí, me recosté en el asiento y di un sorbo a mi copa como si nada hubiera pasado, pues la noche acababa de cambiar de rumbo.
Las chicas estallaron en una mezcla de risas nerviosas y comentarios que iban desde la sorpresa hasta la envidia abierta y Laura me miró con los ojos muy abiertos, entre divertida y escandalizada.
—Lucía… acabas de agarrarle la polla delante de todo el mundo —me susurró, casi sin voz.
Me encogí de hombros con una sonrisa lenta y di otro sorbo a mi copa. Alex no se alejó y se quedó de pie bailando frente a mí, con esa sonrisa arrogante de quien sabe que tiene el control del espectáculo, y se inclinó lo suficiente para que solo yo escuchara su voz ronca.
—Ven al camerino después del show. No te arrepentirás.
Dicho eso, volvió al escenario para continuar con su número, pero sus ojos siguieron buscándome entre las luces parpadeantes de colores del lugar.
El resto de la noche se volvió un borrón de alcohol, música y cuerpos semidesnudos girando en el escenario.
Las chicas siguieron bebiendo y animando, pero yo ya tenía la mente en otro sitio sintiendo la mirada de Alex cada vez que pasaba cerca de nuestro reservado, y cada vez que nuestros ojos se cruzaban, la promesa era más clara.
Hacia las dos de la madrugada el grupo empezó a disolverse, algunas se fueron porque al día siguiente tenían planes familiares, otras porque ya no se tenían en pie y al final quedamos cuatro: Laura, Marta, otra compañera y yo.
Cuando las luces principales se encendieron anunciando el cierre, el portero se acercó directamente a nuestra mesa.
—Alex invita a Lucía a una copa privada en el camerino.
Laura soltó una carcajada incrédula y Marta me dio un codazo.
—Estás loca si vas… y estás más loca si no vas.
Me levanté sin decir nada, me arreglé el vestido y seguí al portero por un pasillo estrecho detrás del escenario.
En esos momentos y con cada paso que daba sentía la adrenalina subiendo de forma distinta esta vez: no era solo riesgo, era elección consciente y sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Cuando llegué al lugar, Alex me esperaba solo en el camerino, la habitación era pequeña, con un sofá negro gastado, un espejo grande lleno de luces y el olor a sudor, aceite y perfume barato flotando en el aire. Así que entré y una vez dentro, el se acercó a la puerta y la cerró con el pestillo.
—No suelo encontrar mujeres casadas que me toquen la polla en medio del show —me dijo con una sonrisa oscura, acercándose a mi.
—No suelo encontrar boys que se dejen tocar tan fácilmente —le respondí, sosteniéndole la mirada.
No hubo más palabras y me empujó contra la pared con control, besándome con fuerza.
Su boca sabía a alcohol y deseo crudo, sus manos bajaron directamente a mi culo, levantándome el vestido hasta la cintura de un tirón y apretando la carne desnuda.
Gemí contra sus labios cuando deslizó dos dedos entre mis nalgas, rozando mi entrada trasera con descaro.
Me giró de cara al espejo, me hizo apoyar las manos en el cristal y se arrodilló detrás de mí, apartando mi tanga a un lado y hundiendo su lengua directamente en mi coño para lamerlo con ganas mientras sus dedos me abrían.
El sonido húmedo de su boca se escuchaba en la habitación mientras me follaba con la lengua y los dedos al mismo tiempo.
Cuando se levantó, ya tenía la polla fuera que era grande, venosa y estaba completamente dura.
Me agarró del pelo, me inclinó más sobre el espejo y me la metió de un solo empujón.
El espejo reflejaba todo: mi cara de placer, mis tetas saliéndose del escote y su cuerpo marcado empujando contra mí.
Empezó a follarme con embestidas largas y potentes, cada una más profunda que la anterior.
—Quiero que tus amigas sepan lo que estás haciendo aquí dentro —me dijo, acelerando el ritmo.
En ese momento escuchamos golpes en la puerta.
—Alex, ¿estás ahí? —era la voz de uno de los otros boys.
Pero el no se detuvo, siguió follándome más fuerte, tapándome la boca con una mano mientras respondía con voz ronca:
—Ahora no.
La puerta se abrió un poco, el otro chico asomó la cabeza y se quedó congelado al vernos pero en lugar de cerrar, entró y cerró detrás de él, con los ojos brillantes.
—¿Quieres unirte o solo mirar? —le preguntó Alex sin dejar de embestirme.
El segundo chico sonrió y se acercó, bajándose ya la cremallera ante mí pero no me importó, al revés me excitó todavía más la situación.
Se llamaba Paolo, alto, tatuado en los brazos y con una mirada hambrienta que no disimulaba nada. Alex siguió follándome con fuerza contra el espejo, sujetándome del pelo para que no apartara la vista de mi propio reflejo y Paolo se puso delante de mí, cogió su polla y me la rozó contra mis labios.
—Ábrete —me ordenó simplemente.
Y así lo hice, abriendo mi boca y dejando que me la metiera hasta el fondo mientras Alex me penetraba por detrás con embestidas profundas y controladas.
El camerino se llenó de sonidos húmedos y carnales: mi garganta recibiendo a Paolo, el choque de las caderas de Alex contra mi culo, mis gemidos ahogados alrededor de la polla que tenía en la boca.
Me usaron entre los dos con una coordinación brutal.
Alex me follaba el coño con golpes largos y potentes, agarrándome las caderas y Paolo me sujetaba la cabeza follándome la boca con ritmo constante, entrando y saliendo, rozando mi garganta y cada vez que uno empujaba, el otro se hundía más.
Yo en esos momentos me sentía completamente usada y excitada al mismo tiempo.
Cambiamos de posición y Alex se sentó en el sofá me sentó encima de él metiéndomela hasta el fondo.
Paolo se colocó de pie frente a mí y volvió a metérmela en la boca.
Yo cabalgaba encima de Alex con fuerza, moviendo mis caderas en círculos mientras se la chupaba a su compañero Paolo con ganas.
Mis tetas rebotaban libres y mis manos se apoyaban en los muslos tatuados de Paolo para mantener el equilibrio.
—Joder… qué zorra más completa —gritó Alex debajo de mí, apretándome el culo y abriéndome las nalgas mientras me follaba.
Paolo me sacó la polla de la boca, me dio unos golpecitos suaves con ella en la cara y volvió a metérmela de nuevo mientras seguía chupándosela. El morbo era absoluto: dos hombres que acababan de actuar para decenas de mujeres, ahora usándome en privado como su juguete personal.
Alex me levantó de repente, me puso de rodillas en el sofá con el culo en pompa y me la metió otra vez pero desde atrás y Paolo, se arrodilló frente a mí en el sofá y siguió follándome la boca. Los dos entraban y salían al mismo ritmo, sincronizados, usándome como un túnel caliente entre ellos.
Sentí cómo el orgasmo se construía de forma diferente esta vez: profundo, casi violento y me corrí apretando con fuerza alrededor de la polla de Alex, temblando entera, gimiendo con mi boca alrededor de la de Paolo pero ninguno de los dos paraba, al contrario, aceleraron.
Alex fue el primero en correrse clavándomela más profundamente y soltando y gemido fuerte mientras me llenaba el coño con su semen.
Apenas había terminado cuando Paolo me agarró la cabeza con las dos manos y se corrió dentro de mi boca, inundándome la lengua y la garganta con su leche espesa mientras yo tragaba todo lo que pudía, dejando que el resto me chorreara por mis labios.
Los tres nos quedamos unos segundos en silencio, respirando agitados, sudorosos y satisfechos, y en ese instante y aún excitada, me incorporé lentamente, me miré en el espejo y tenía mi vestido arrugado en la cintura, el pelo revuelto, los labios hinchados y restos brillantes de semen en la barbilla y mis pechos.
Parecía exactamente lo que era: una mujer que había decidido tomar lo que quería sin pedir permiso.
Alex me pasó una toalla con una sonrisa de respeto.
—Eres de las que dejan huella, Lucía.
Me limpié lo justo, me arreglé el vestido y les di un último vistazo a los dos.
—Esta noche ha sido perfecta —les dije con voz ronca pero firme—. Y espero que no sea la última
Salí del camerino sin mirar atrás y el club ya estaba vacío, mis amigas se habían marchado así que llamé a un taxi y salí del local. Durante el trayecto a casa, sentí algo nuevo: una calma poderosa y una aceptación total.
Ya no había vuelta atrás y no quería que la hubiera… Llegué a casa casi amaneciendo, mi marido Carlos dormía profundamente y me duché con calma, para después meterme en la cama a su lado y cerrar los ojos con una sonrisa apenas perceptible en los labios.
Y por primera vez, me sentí jodidamente completa.