Mis Infidelidades Más Sucias En el cine
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En el cine

Era viernes por la noche y Carlos llevaba días ilusionado con esa película de suspense llena de giros que había estado esperando con ganas y cuando me lo propuso, le regalé una sonrisa dulce y acepté sin dudarlo, aunque en mi cabeza la inocente salida al cine ya había empezado a transformarse en algo mucho más oscuro y peligroso.

Mientras él se duchaba, me planté frente al espejo del dormitorio y elegí con cuidado un vestido negro de tirantes finos que se ajustaba a mi cuerpo como una caricia, con un escote generoso que dejaba ver el nacimiento de mis pechos y una falda ligera que se movía fácilmente.

Decidí no ponerme sujetador, de modo que mis pezones se marcaran sutilmente contra la tela con cada movimiento, y me miré de lado, imaginando ya las manos ajenas que pronto podrían recorrer lo que estaba dejando tan accesible.

Solo de pensarlo, un calor traicionero empezó a acumularse entre mis piernas.

Bajamos al cine charlando de cosas sin importancia y, como cualquier pareja normal, compramos entradas y un cubo grande de palomitas con mantequilla.

Carlos se dirigía hacia el centro de la sala en las butacas numeradas que nos habían tocado, pero yo le cogí del brazo con suavidad y le pedí que fuéramos a las últimas filas, argumentando que estaríamos más cómodos y menos molestados.

Él aceptó encantado, sin sospechar absolutamente nada así que nos sentamos en la penúltima fila, prácticamente vacía salvo por un par de parejas dispersas que estaban como en varias filas más adelante.

Cuando las luces se apagaron por completo y la sala quedó envuelta en una oscuridad densa, sentí cómo mi pulso se aceleraba y cómo esa penumbra cargada de posibilidades me humedecía la tanga incluso unos momentos antes de que empezara la película.

Durante los primeros minutos apoyé la cabeza en el hombro de Carlos, metiendo la mano en las palomitas cuando él me las ofrecía y respondiendo a sus comentarios sobre la trama con sonrisas y palabras suaves, manteniendo la fachada de esposa cariñosa, sin embargo, mi atención estaba muy lejos de la pantalla.

A mi izquierda, varias butacas más allá, un hombre de unos cuarenta años había entrado tarde y se había sentado solo.

No era especialmente guapo, pero tenía una presencia sólida y una mirada pesada que pronto empezó a recorrerme sin disimulo, deteniéndose en mi escote y bajando por mis piernas cruzadas y yo como de costumbre, en lugar de cerrarme o sentirme incómoda, descrucé mis piernas con lentitud deliberada y las separé ligeramente, dejando que la falda se deslizara hacia arriba por mis muslos y que la luz tenue de la pantalla iluminase mi piel desnuda.

La tensión empezó a crecer de forma lenta pero constante mientras notaba cómo sus ojos se clavaban en mí tetas con más intensidad cada vez, recorriendo el escote generoso y mis pechos casi descubiertos.

Carlos, completamente ajeno, seguía concentrado en la película y comentaba alguna escena en voz baja, mientras yo respondía con monosílabos y le acariciaba el brazo de vez en cuando para no levantar sospechas.

Poco a poco el desconocido se fue acercando, primero acomodándose mejor en su asiento y luego cambiando de butaca con naturalidad hasta quedar solo con un asiento vacío entre nosotros.

Podía sentir ya el calor que desprendía su cuerpo y el aroma masculino de su colonia mezclada con un leve toque de sudor, algo que me produzco un cosquilleo en el estómago haciendo que comenzase a sentirme algo excitada por la situación.

Fingí estar pendiente de la pantalla mientras deslizaba un poco más mi falda hacia arriba con un movimiento casual, exponiendo el borde de las medias y un trozo generoso de mi pierna.

En ese momento pude ver como la mirada de este hombre se volvía aún más hambrienta, recorriéndome sin verguenza, y yo, en vez de apartarme, separé un poco más las piernas, dándole un permiso silencioso para que siguiera mirando…

La película avanzaba con su música tensa y los típicos giros, pero la verdadera historia, la sucia y excitante, se estaba desarrollando en esa penúltima fila, entre mi marido confiado a mi derecha y aquel desconocido que cada vez se acercaba más a mi.

En ese momento supe, con una mezcla de miedo y excitación que me recorría entera, que el juego había empezado de verdad y que la noche apenas acababa de comenzar.

El desconocido no esperó mucho más y con una lentitud calculada que me puso los nervios de punta, ocupó el asiento vacío justo a mi lado, tan cerca que su pierna rozó la mía y su calor corporal me envolvió como una ola.

Mantuve la mirada fija en la pantalla, fingiendo absoluta concentración en la película, pero realmente, todo mi cuerpo estaba alerta, vibrando con la presencia de ese hombre cuya colonia fuerte y masculina ya se me estaba metiendo bajo la piel.

Carlos, a mi derecha, seguía comiendo palomitas y comentándome alguna escena en voz baja, completamente ajeno al hecho de que un extraño acababa de pegarse a su mujer en la oscuridad.

Durante varios minutos largos y cargados de adrenalina solo existió esa tensión asfixiante, pues su brazo descansaba en el reposabrazos compartido, y sus dedos empezaron a moverse muy cerca de los míos hasta que, casi por accidente, rozaron mi piel pero no me aparté, al contrario, dejé que mi mano se quedara allí, permitiendo que el contacto se prolongara.

Fue él quien dio el siguiente paso y su mano siguió deslizándose con deliberada lentitud por el reposabrazos hasta posarse sobre mi pierna izquierdo, primero por encima de la falda, luego colándose por debajo de la tela con una audacia que me cortó la respiración.

Separé ligeramente las piernas, dándole acceso sin necesidad de palabras y sus dedos ásperos subieron por la piel desnuda de mi muslo, rozando el encaje de las medias, y continuaron hasta llegar al borde de mi tanga.

Cuando apartó la fina tela a un lado y rozó directamente mis labios empapados, tuve que morderme el interior de la mejilla con fuerza para no dejar escapar ningún sonido.

Yo ya estaba poniéndome bastante mojada, chorreando de anticipación, y esto él lo notó enseguida, así que con una confianza que me excitó todavía más, deslizó un dedo grueso entre mis pliegues, extendiendo mi humedad, y luego lo hundió despacio hasta el fondo.

Empezó a follarme con los dedos de forma lenta pero profunda, curvándolos en cada movimiento para rozar ese punto que me hacía temblar mientras que su pulgar encontró mi clítoris hinchado y comenzó a frotarlo en círculos firmes, aplicando justo la presión perfecta.

El contraste era brutal: la voz de Carlos susurrándome algo sobre la trama a mi derecha, el sonido de la película sonando en la sala, y este desconocido metiéndome los dedos con maestría en medio de la oscuridad.

Mi coño se contraía alrededor de su mano, chorreando más con cada penetración, y tuve que apretar los muslos contra él para intentar controlar los temblores que me recorrían las piernas.

Cuando introdujo otro dedo y aceleró el ritmo, sentí que el orgasmo se acercaba como una ola imparable así que traté de tapar mi boca disimuladamente con una mano, como si estuviera absorta en una escena tensa de la película, y dejé que me invadiera más.

Me corrí de forma silenciosa con todo mi cuerpo rígido, los músculos internos apretando sus dedos con fuerza mientras un calor líquido me empapaba el asiento.

Él no detuvo el movimiento, prolongando mi placer hasta que creí que iba a perder el control y gemir en voz alta.

Solo cuando mis espasmos empezaron a calmarse, sacó los dedos lentamente de mi vagina, los mantuvo un segundo en el aire y luego, con total descaro, se los llevó a la boca y los lamió con lentitud, mirándome de reojo en la penumbra.

Apenas había recuperado el aliento cuando su mano volvió a buscarme, esta vez subiendo por mi costado y con una audacia que me dejó sin aire, se coló por el escote generoso de mi vestido y cubrió uno de mis pechos por completo, tocándolo con posesión, pellizcando el pezón endurecido entre sus dedos y tirando de él con la fuerza justa para que una nueva oleada de placer doloroso me atravesara.

Mis tetas, libres bajo la tela fina, respondían a cada toque, y el riesgo de que alguien de las filas de delante se girara o de que Carlos decidiera mirarme en ese preciso instante hacía que todo fuera mil veces más intenso.

Estaba perdida en esa bruma de placer cuando sentí que él se movía en su asiento, su otra mano bajó hasta su entrepierna y, con un movimiento discreto, se abrió la cremallera.

Ví como su polla dura saltó libre y yo sin pensarlo, moví mi mano hacia allí, envolviendo su grosor con los dedos todavía temblorosos por el orgasmo.

Empecé a masturbarlo con movimientos lentos y firmes, sintiendo cómo se le ponía más dura y se hinchaba en mi mano, mientras sus dedos seguían jugando con mi pecho y mi coño palpitante seguía chorreando por lo que acababa de pasar.

Aceleré el movimiento de mi mano alrededor de su polla, subiendo y bajando con más decisión, apretando justo en la cabeza cada vez que llegaba arriba y sentía cómo latía con fuerza contra mi palma, cómo se hinchaba más y soltaba gotas calientes que lubricaban mis dedos y hacían que todo resbalara con facilidad.

El peligro era constante y asfixiante: Carlos estaba a solo un palmo de distancia, masticando palomitas y completamente concentrado en la pantalla, mientras yo masturbaba con descaro a un desconocido en plena sala de cine y justo alado de mi marido.

Cualquier giro de cabeza, cualquier ruido fuera de lugar, y todo se iría al traste…

El desconocido respiraba cada vez más agitado, aunque intentaba controlarse mientras que su mano seguía dentro de mi escote, amasando mi teta con rudeza, pellizcando el pezón hasta que el placer se mezclaba con un leve dolor que me volvía loca y mientras que yo apretaba mis muslos alrededor de su otra mano, que aún seguía entre mis piernas, rozando mi clítoris hinchado y metiendo los dedos de vez en cuando para recordarme quién mandaba en esa oscuridad.

De pronto Carlos se movió en su asiento girándose ligeramente hacia mí para comentarme algo sobre una escena y en un acto reflejo solté la polla del desconocido y puse la mano sobre mi regazo, con el corazón golpeándome en la garganta con tanta fuerza que pensé que se me iba a salir.

Carlos me sonrió con esa inocencia que tanto me dolía y me ofreció más palomitas.

Respondí con una sonrisa temblorosa y un monosílabo, fingiendo interés en la película mientras por el rabillo del ojo veía cómo la polla de ese hombre que tenía alado seguía dura.

Esperé unos segundos eternos hasta que Carlos volvió a mirar la pantalla y fue entonces, con el pulso desbocado y una excitación enfermiza recorriéndome las venas, que volví a extender mi mano y agarré esa verga caliente con más urgencia.

Empecé a pajearlo con movimientos rápidos y firmes, girando la muñeca, usando el pulgar para frotar la cabeza sensible y él se tensó por completo mientras que su mano apretaba mi pecho con más fuerza y sus dedos entre mis piernas aceleraron, follándome con ellos sin piedad.

Mientras lo pajeaba, sentí cómo su polla se hinchaba al máximo en mi mano y en un segundo después, noté como chorros calientes y espesos de semen que empezaron a salir a borbotones, salpicando y llenándome mis dedos, mi palma y parte de mi muñeca.

Eran pulsos fuertes, abundantes, pegajosos, pero seguí moviendo mi mano lentamente, ordeñándolo hasta la última gota, sintiendo cómo su leche caliente me cubría la piel y goteaba entre mis dedos.

El morbo de tener la mano llena del semen de un desconocido mientras mi marido estaba a mi lado era tan fuerte que casi me corrí otra vez solo con eso.

Cuando por fin se calmó, saqué la mano con cuidado y, mirándolo directamente a los ojos en la penumbra, y devolviéndole lo que el hizo anteriormente, me llevé los dedos a la boca y los lamí uno a uno con lentitud deliberada, saboreando su gusto salado y espeso, tragándome cada resto mientras él observaba con los ojos brillantes de lujuria.

Limpié incluso entre mis dedos con la lengua, tragando todo sin dejar ni una gota, sintiéndome sucia, degradada y absurdamente viva.

El desconocido se guardó la polla todavía medio dura y se recostó en su asiento, respirando con dificultad y a la vez yo me acomodé el vestido lo mejor que pude, con las piernas temblando y el coño todavía palpitando, empapada y sensible.

El resto de la película pasó como en una niebla y apenas recuerdo ni cómo terminó…

Cuando las luces se encendieron al final, me levanté con cuidado, notando cómo mis muslos se rozaban húmedos y cómo aún tenía restos pegajosos entre los dedos. Salí del cine del brazo de Carlos, sonriendo cuando él me preguntó si me había gustado la película.

—Ha sido increíble —le respondí con voz suave, mirándolo a los ojos—. Una experiencia que no voy a olvidar nunca.

Y era verdad.

Mientras caminábamos de regreso a casa, con Carlos hablando animadamente sobre los giros de la trama, yo todavía sentía el sabor salado del semen de otro hombre en la boca y el calor seco de su corrida entre mis dedos, mi tanga estaba húmedo y mi mente ya estaba imaginando la próxima locura.