El vecino del quinto #2
—Joder, Lucía… no sabes las ganas que tenía de tenerte así —me decía contra mis labios, pellizcándome los pezones con los dedos mientras el ascensor subía lentamente—. Carlos está abajo, en tu casa… y yo aquí, a punto de follarme a su mujer y a solo unos metros de él…
- Gemí contra su boca, sintiendo cómo mi tanga se empapaba aún más y Sergio me subió la falda con un tirón brusco, metiendo la mano entre mis piernas y apartando el tanga para rozar directamente mi coño hinchado y chorreante.
—Estás empapada… —susurró con satisfacción oscura, metiendo dos dedos de golpe mientras yo ahogaba un gemido contra su cuello—. ¿Esto te pone tanto? ¿Saber que tu marido está en casa mientras yo te meto los dedos en el ascensor?
Asentí, moviendo las caderas contra su mano, desesperada.
El ascensor se detuvo en el quinto piso con un tintineo que me puso los pelos de punta, Sergio sacó los dedos, me lamió la humedad que brillaba en ellos mirándome a los ojos y me arrastró por el pasillo hasta su piso y en cuanto entramos y cerró la puerta detrás de nosotros, todo estalló.
Me empujó contra la pared del recibidor sin encender las luces, besándome con fuerza, bajándome los tirantes de la blusa y el sujetador de un tirón para dejar mis tetas completamente al descubierto.
Las chupó y mordió mis pezones con avidez mientras me subía la falda hasta la cintura y me arrancaba el tanga de un movimiento seco.
Me levantó una pierna, se bajó los pantalones lo justo y, sin más preámbulos, comenzó a metérmela follándome contra la pared, empotrándome de forma profunda y rápida haciendo que mi culo chocara contra la pared con un sonido húmedo.
—Carlos está abajo… —jadeé entre gemido y gemido, sintiendo cómo su polla gruesa me abría con cada penetración—. Si sube… si decide venir a buscarme…
—Que suba —gritó Sergio, follándome más duro, agarrándome del pelo para tirar mi cabeza hacia atrás—. Quiero que vea cómo su mujer gime como una zorra mientras el vecino de arriba se la folla…
Sus palabras me llegaron como un latigazo de placer porque el miedo y la excitación se mezclaron en un cóctel explosivo que me hizo contraerme alrededor de su polla.
Sergio no me dio tregua, me levantó la otra pierna, sujetándome completamente en el aire contra la pared, y empezó a embestirme con golpes profundos y brutales, como si quisiera que todo el edificio escuchara el sonido húmedo y obsceno de su piel chocando contra la mía.
—Dios… Sergio… más despacio —le supliqué entre gemidos ahogados, pero mi cuerpo me traicionaba: mis caderas se movían solas, saliendo al encuentro de cada embestida.
—¿Más despacio? —se rio él con esa voz ronca y cruel—. No. Quiero que tu marido te oiga si sube, quiero que escuche cómo te la meto…
Me llevó así hasta el salón, todavía empalada en su polla, y me tiró sobre el sofá boca abajo, me subió la falda hasta la cintura, me abrió las nalgas con las manos y escupió directamente sobre mi coño antes de volver a penetrarme de un solo golpe.
El ángulo era devastador y sentía cada centímetro de su miembro rozando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas.
Mientras me follaba con fuerza, me agarró del pelo y me levantó la cabeza.
—Mira —ordenó, señalando con la barbilla hacia la ventana entreabierta del salón que daba al patio interior—. Si Carlos sale al balcón ahora mismo, solo tiene que mirar hacia arriba y podría vernos, podría verte a ti, con las tetas colgando y el culo en pompa mientras te parto el coño.
Al visualizar la imagen de lo que me decía y tras estas palabras, un orgasmo repentino y brutal me atravesó, haciendo que mis piernas temblaran y que un chorro caliente me saliera entre los muslos, Sergio gimió satisfecho y no paró, sino que aceleró más, follándome a través de mi orgasmo hasta que casi no podía respirar.
Me giró de nuevo, esta vez poniéndome a cuatro patas sobre la alfombra, se colocó detrás de mí y me metió dos dedos en el culo sin previo aviso, abriéndome mientras su polla seguía castigando mi coño.
—¿Te imaginas que sube y te ve así? —jadeó, metiendo los dedos más profundo—. ¿Con la cara de guarra, chorreando y con el culo abierto para el vecino? Dímelo, dime que te pone que te descubra.
—Sí… joder, sí… —le confesé entre sollozos de placer—. Me pone… me pone muchísimo…
Sergio sacó su polla de mi coño y la colocó contra mi ano, presionó lentamente, abriéndome con esa gruesa cabeza mientras yo mordía la alfombra para no gritar.
El dolor y el placer se fundieron cuando entró entera y empezó a follarme el culo con estocadas profundas y controladas, una mano en mi clítoris frotando sin piedad y la otra tirándome del pelo.
—Eres mía ahora —me decía—. Cada vez que Carlos te toque, vas a pensar en cómo te estoy rompiendo el culo mientras él está abajo esperándote como un idiota…
El siguiente orgasmo me pilló por sorpresa y me corrí tan fuerte que sentí que me orinaba un poco, pero no me importó, Sergio siguió follándome sin piedad hasta que finalmente soltó un grito animal y se corrió dentro de mi culo, llenándomelo entero y cuando por fin la sacó, sentí cómo su semen salía y me chorreaba por las piernas.
Me ayudó a levantarme, tenía las piernas temblorosas, la blusa arrugada, la falda subida y el maquillaje corrido y seguidamente me miró con esa sonrisa oscura y satisfecha.
—Estás preciosa así… recién follada como una puta.
Me besó con fuerza una última vez, metiendo la lengua con posesión, y luego me acompañó hasta la puerta pero antes de abrirla, me metió dos dedos en el coño, los sacó empapados y me los pasó por los labios.
—Quiero que bajes con mi sabor y mi leche chorreándote.
Abrí la puerta con el corazón todavía desbocado y en el ascensor, mientras bajaba, intenté recomponerme lo mejor posible: me bajé la falda, me abroché algunos botones de la blusa y me limpié las lágrimas de placer de las mejillas pero todavía sentía su semen escapando de mi culo y humedeciéndome la tanga rota.
Cuando llegué a mi planta, respiré hondo y abrí la puerta de casa con la llave y Carlos seguía en el sofá, concentrado en su portátil.
—¿Todo bien? —me preguntó sin levantar mucho la vista—. Tardaste bastante.
—Sí… había alguien hablando en el portal —mentí con voz sorprendentemente calmada—. Ya sabes cómo se pone la gente.
Me acerqué, le di un beso suave en los labios (sabiendo que aún tenía el sabor de Sergio en la boca) y me fui directa a la ducha y antes de cerrar la puerta del baño, miré hacia el pasillo y sonreí con esa misma sonrisa perversa por haberme sentido tan viva… tan yo.
—Hasta la próxima, Sergio… —susurré para mí misma y cerré la puerta, dejando que el agua caliente intentara (sin éxito) borrar las huellas de lo que acababa de pasar.