El vecino del quinto
Después de aquella salida de negocios con Ricardo, donde había terminado vendiéndome a mi jefe a cambio de poder, dinero y ascensos, regresé a casa con el cuerpo todavía sensible y la mente completamente revolucionada.
Durante varios días caminé por la vida como en una nube y una sensación constante de adrenalina que no conseguía apagar.
Cada vez que Carlos me abrazaba por las noches o me hacía el amor con esa ternura predecible de siempre, yo sentía una como una especie de mezcla brutal de culpa y excitación, porque mientras él me susurraba palabras de amor, yo solo podía recordar cómo mi jefe me había follado contra el cristal de la suite prometiéndome el mundo a cambio de ser su zorra discreta.
Esa contradicción se estaba volviendo mi nueva normalidad pero en lugar de asustarme, me empujaba a ir más lejos por lo que empecé a vestirme cada vez de forma más provocativa en el día a día con mini faldas aún más cortas, blusas más escotadas, tacones más altos y ropa interior cada vez más sexy.
Sabía que estaba jugando con fuego, pero ya no podía parar porque era como si mi cuerpo necesitara constantemente esa dosis de riesgo para sentirse realmente vivo.
Fue un miércoles, cuando yo había salido antes de la oficina, pero todo empezó a acelerarse de nuevo.
Llegué al portal de nuestro edificio y yo ese día levaba puesta una mini falda gris oscura que se ajustaba perfectamente a mis caderas y un top de tirantes algo más revelador de lo habitual y al entrar en el ascensor, las puertas estaban a punto de cerrarse cuando una mano grande las detuvo.
—Buenas tardes, Lucía —me saludó con una sonrisa lenta, recorriéndome descaradamente con la mirada—. Cada día te veo más guapa. ¿Vas a algún sitio especial o es que simplemente disfrutas volviendo locos a los vecinos?
Sentí un calor inmediato subir por mi cuello pero yo en lugar de apartarme, me apoyé ligeramente contra la pared del ascensor, dejando que mi postura acentuara el escote y la curva de mis caderas.
—Solo vengo de la oficina —le respondí con una sonrisa juguetona, cruzando los brazos de forma que mis pechos se presionaran más entre sí y se levantaran más—, aunque últimamente me apetece cuidarme un poco más… ¿se me nota?
Sergio soltó una risa baja y se acercó un paso, invadiendo mi espacio personal mientras que el ascensor subía lentamente, y el zumbido suave del mecanismo solo hacía más evidente el silencio cargado entre nosotros. Su colonia, mezclada con un leve olor a sudor limpio del día, me excitó con fuerza.
—Se nota demasiado —murmuró, bajando la vista sin disimulo hacia mi escote y luego a mis piernas—. Carlos tiene suerte… aunque empiezo a dudar si realmente sabe apreciar lo que tiene en casa.
El ascensor se detuvo en mi planta, pero ninguno de los dos se movió inmediatamente, pues seguidamente lo miré a los ojos durante unos segundos eternos, sintiendo cómo mi tanga se humedecía poco a poco y finalmente, salí con lentitud, contoneándome más de lo necesario.
Acto seguido me giré antes de que las puertas se cerraran.
—Que tengas buena tarde, Sergio —le dije con voz suave, dejando que la frase flotara con doble intención.
Él me devolvió una mirada oscura y cargada.
—Igualmente, Lucía y si algún día te aburres en ese piso… ya sabes dónde vivo…
Las puertas se cerraron y yo me quedé unos segundos en el rellano, respirando agitada, con el corazón latiéndome con fuerza y una sonrisa perversa en los labios.
Los siguientes días la tensión entre nosotros fue creciendo de forma lenta pero implacable, pues nos cruzábamos en el garaje, en el portal, en las escaleras…
y cada encuentro era más largo, más cargado e incluso, sus comentarios se volvían más atrevidos, sus miradas más descaradas, y yo respondía siguiéndole el juego: riéndome de sus bromas, dejando que sus ojos se perdieran en mi escote, rozándolo “accidentalmente” cuando pasábamos cerca…
y cada vez que volvía a casa después de uno de esos encuentros, me metía en la ducha y me tocaba pensando en él, imaginando cómo sería dejar que el vecino me follara mientras Carlos estaba a solo unos pisos de distancia.
Un martes por la tarde, Carlos estaba en casa había decidido trabajar desde el sofá del salón porque no se encontraba muy bien, y yo, en lugar de sentirme frustrada, noté cómo esa presencia cercana solo aumentaba el morbo de lo que estaba a punto de hacer.
Me había vestido de forma especialmente provocativa aquel día: una blusa blanca de seda bastante ajustada, con varios botones desabrochados que dejaban ver un escote generoso y el encaje negro de mi sujetador push-up, combinada con una falda que se ceñía a mis caderas y a mi culo de manera casi indecente con tacones altos y medias finas completaban el conjunto.
Sabía que estaba jugando con fuego, pero ya no podía parar.
Bajé al portal a tirar la basura más como excusa que por necesidad, con el corazón latiéndome con fuerza y justo cuando volvía a entrar en el edificio, allí estaba Sergio, recién llegado del trabajo, con una camiseta ajustada que marcaba sus brazos y su pecho.
Nuestras miradas se encontraron y, sin decir nada, entré en el ascensor con él, seguidamente las puertas se cerraron y el espacio reducido se llenó inmediatamente de esa tensión eléctrica que ya conocíamos tan bien.
Sergio no disimuló en absoluto: su mirada bajó directamente a mi escote, deteniéndose en la curva de mis pechos que subían y bajaban con mi respiración agitada.
—Joder, Lucía… —murmuró con voz ronca, dando un paso más cerca mientras me miraba las tetas—. Cada vez que te veo sales vestida más peligrosa…
No le respondí y solo sonreí con esa mezcla de timidez y provocación que sabía que lo volvía loco.
El ascensor empezó a subir, Sergio se acercó aún más, invadiendo mi espacio personal, levantó una mano con lentitud y sus dedos se atrevieron a rozar el borde de mi escote, bajando suavemente por la piel expuesta de mi pecho, trazando la línea del encaje de mi sujetador.
Yo sentí en ese instante un escalofrío intenso pero mezclado con excitación y peligro al saber que mi marido “no estaba tan lejos esta vez”…
—Carlos está en casa… —le dije, más como advertencia que como rechazo, mientras su dedo seguía bajando por mi escote y comenzaba a tocarme las tetas.
—Lo sé —respondió él con una sonrisa oscura, sin apartar la mano— y eso hace que todo sea mucho más excitante, ¿verdad?
El ascensor se detuvo en mi planta con un suave tintineo, seguidamente las puertas se abrieron y, por un segundo, dudé. El sentido común me gritaba que saliera, que entrara en casa con Carlos y olvidara esta locura pero mi cuerpo, traicionero y adicto al riesgo, decidió por mí.
Salí del ascensor sin decir nada y Sergio no se movió al principio, pero apenas di dos pasos por el pasillo, escuché sus pisadas fuertes detrás de mí siguiéndome hasta la puerta de mi propio piso.
El corazón me latía tan fuerte que parecía que iba a romperme las costillas porque Carlos estaba dentro, probablemente sentado en el sofá, revisando correos y confiando plenamente en que yo había bajado solo a tirar la basura.
Llegué a la puerta de mi casa y me detuve, con la llave en la mano y antes de que pudiera reaccionar, Sergio se pegó a mi espalda, presionando su cuerpo grande y caliente contra mí.
Una de sus manos rodeó mi cintura mientras la otra subía directamente a mi pecho, metiéndose sin vergüenza por el escote de mi blusa y apretando una de mis tetas con fuerza por encima del sujetador.
—Estás loco… —le susurré con voz temblorosa, casi sin aliento—. Mi marido está dentro, Sergio… justo aquí.
En lugar de apartarse, él soltó una risa baja y oscura contra mi cuello y me mordió suavemente el lóbulo de la oreja mientras su mano seguía masajeando mi pecho con descaro, pellizcando el pezón endurecido a través de la tela.
—Lo sé —murmuró, pegando su erección contra mi culo—. Y eso es lo que más me pone, saber que él está ahí, a solo unos metros, mientras yo te toco como si ya fueras mía.
Gemí bajito, incapaz de contenerme, cuando su otra mano bajó por mi falda y me apretó el culo con fuerza, subiéndome la tela hasta casi dejarme expuesta en el pasillo. Me besó el cuello con hambre, chupando y mordiendo mientras yo temblaba apoyada contra mi propia puerta.
—Sergio… para… —supliqué en un susurro, aunque mi cuerpo se arqueaba contra él buscando más contacto—. ¿Y si sale ahora que?…
Me giró con un movimiento brusco y me besó con violencia contenida, metiendome su lengua en mi boca, chupándola, explorándola, y mientras una mano seguía dentro de mi escote y la otra me subía la falda por detrás, rozando mi tanga empapada.
El morbo era insoportable y estábamos literalmente a las puertas de mi casa, con Carlos dentro, y Sergio que me estaba tocando como si fuera suya. Mi coño palpitaba con tanta fuerza que sentía cómo me chorreaba por los muslos.
Finalmente, Sergio se separó un poco, respirando agitado, y me miró a los ojos con una sonrisa peligrosa.
—¿Quieres subir a mi casa? —preguntó en voz baja, casi un gruñido—. Porque si nos quedamos aquí un minuto más, voy a follarte contra esta misma puerta.
Lo miré durante un segundo eterno, con el pulso desbocado y la respiración entrecortada porque sabía que estaba a punto de cruzar una línea de no retorno.
—Sí… —susurré finalmente, casi sin voz—. Vamos.
Volvimos al ascensor casi corriendo y en cuanto las puertas se cerraron, Sergio se pegó a mí con urgencia, aplastándome contra la pared del fondo mientras su boca devoraba la mía en un beso desesperado y salvaje.
Su lengua invadía mi boca con hambre, mordiéndome el labio inferior al mismo tiempo que sus manos subían por mis costados y se metían directamente dentro de mis tetas, tocándolas y apretándolas con fuerza.
El ascensor era un espacio demasiado pequeño para contener la tensión que llevábamos acumulando…