Salida de negocios con mi jefe #2
Ricardo se acercó más, presionando su cuerpo contra el mío, y me habló al oído con esa voz grave que me ponía la piel de gallina:
—Estoy dispuesto a darte todo lo que mereces, un aumento del cuarenta por ciento inmediato, un bonus anual que triplique tu sueldo actual, coche de empresa, tarjeta de crédito sin límite para ropa, viajes, caprichos…
flexibilidad total para que puedas tener la vida que siempre has querido…
Viajes de negocios conmigo, regalos caros…
y todo eso a cambio de que seas buena conmigo, que me provoques, que vengas a mi despacho cuando te llame, que te arrodilles bajo mi mesa cuando lo necesite, que me abras las piernas en cualquier hotel cuando yo lo decida.
Sus dedos rozaron mi clítoris por encima del tanga empapado y yo solté un gemido bajito, casi involuntario porque me sentía completamente expuesta, dividida entre la culpa que me quemaba por dentro y el morbo salvaje que me mojaba cada vez más.
—Uff, Ricardo… —le susurré, respirando agitada—. Me estás poniendo muy difícil decir que no…
Ricardo soltó un gemido bajo, claramente al límite de su control, y se acercó más a mí con esa mirada depredadora que ya no escondía nada de su deseo y su mano ya buscaba mi cintura para atraerme cuando levanté una mano y lo detuve suavemente contra su pecho, manteniéndolo a una distancia tentadora.
—Espera… —le susurré con voz baja y provocadora, mirándolo fijamente a los ojos—. Ahora quiero que te la saques y te toques para mí porque quiero verte mientras me dices exactamente cómo quieres convertirme en tu zorra personal.
Ricardo se quedó un segundo quieto, sorprendido por mi atrevimiento, pero la excitación que brillaba en sus ojos era inconfundible, así que con una sonrisa oscura y cargada de arrogancia, se apartó un paso, se bajó la cremallera del pantalón con lentitud deliberada y sacó su polla que ya estaba completamente dura aunque no era demasiado grande…
—Así… —murmuré, recostándome un poco en el sofá sin dejar de mirarla—. Tócate para mí mientras hablas.
Él envolvió su mano gruesa alrededor de su erección y empezó a masturbarse lentamente, moviendo la piel arriba y abajo con movimientos firmes mientras su mirada no se apartaba de mi cuerpo.
—Quiero convertirte en mi zorra personal, Lucía —me dijo con voz ronca y cargada de deseo, acelerando ligeramente el movimiento de su mano—.
Quiero que seas mía cuando yo lo decida, en la oficina, en viajes, en hoteles…
quiero que dejes de fingir ser la esposa perfecta y te conviertas en la zorra ambiciosa que realmente eres.
Quiero follarte sobre mi escritorio después de las reuniones, quiero que te arrodilles bajo la mesa mientras hablo por teléfono con clientes importantes, quiero que abras las piernas en la suite de cualquier hotel de lujo cada vez que yo te lo pida.
Sus palabras, tan crudas y directas, me provocaban oleadas de calor mientras que yo descruzaba mis piernas lentamente, dejando enseñarle “un poco más”, y observando cómo su polla se estaba inflando aún más en su mano.
—Sigue… —lo animé con voz melosa mientras le daba otro sorbo a mi copa de Champagne—. Dime todo lo que me darías a cambio de que sea tu zorra obediente…
Ricardo respiraba cada vez más agitado, masturbándose con más intensidad mientras continuaba:
—Te daré todo, Lucía, un sueldo que te permita vivir como una reina, un coche de lujo, una tarjeta sin límites para ropa, joyas y caprichos…
Quiero que vengas a mí cada vez que necesites algo, y a cambio solo tendrás que ser mía, porque deseo sentirte, y quiero que vuelvas a casa con mi corrida todavía chorreando entre tus piernas mientras le das un beso a tu marido…
Quiero que te vuelvas adicta a mí y a todo lo que puedo darte…
Lo observé en silencio durante unos largos segundos, sintiendo cómo mi coño palpitaba con fuerza y cómo la humedad empapaba completamente mi tanga. Su polla estaba roja, bastante hinchada y en ese momento solté un suspiro largo cargado de deseo.
—Me has convencido… —murmuré con mi voz excitada.
Me levanté del sofá con lentitud felina, me acerqué a él y me arrodillé con elegancia frente a su polla.
Ricardo soltó un gemido brutal cuando envolví mi mano alrededor y, sin apartar la mirada de sus ojos, saqué la lengua y empecé a lamerla lentamente, saboreando el gusto salado de su excitación que ya brotaba en abundancia.
Ricardo soltó un gemido grave y profundo, agarrándome del pelo con suavidad pero firmeza mientras yo abría más la boca y me la metía poco a poco, dejando que mis labios se estiraran alrededor de su grosor.
Se la chupé con hambre y devoción, moviendo mi cabeza en un ritmo lento y profundo, bajando cada vez más hasta que la cabeza de su polla rozaba el fondo de mi garganta mientras que Ricardo respiraba con dificultad, mirándome desde arriba con una mezcla de lujuria y triunfo.
—Así… joder, Lucía… qué boca tienes —gemía Ricardo mientras yo pasaba la lengua lentamente alrededor de su glande.
No era la polla más grande que había probado, ni la más gruesa, sin embargo, había algo en la situación que me encendía de una forma casi enfermiza: estar arrodillada frente a mi jefe, en una suite de lujo pagada por la empresa, sabiendo que estaba vendiendo mi cuerpo a cambio de poder y dinero.
Ricardo me miraba con una intensidad casi fetichista, como si llevara meses fantaseando exactamente con esta imagen: la esposa de otro arrodillada chupándosela con devoción.
Eso, más que el acto en sí, era lo que realmente me mojaba.
Me la metí hasta el fondo, relajando la garganta para que entrara entera, y empecé a mover la cabeza con ritmo constante, usando la mano para masturbar la base mientras la saliva me chorreaba por la barbilla y caía sobre mis tetas expuestas.
Ricardo jadeaba con fuerza, agarrándome del pelo, pero sin llegar a ser brusco, pues parecía disfrutar más del poder que del placer físico, y eso se notaba en cómo me observaba: como quien contempla un trofeo que por fin es suyo.
Después de varios minutos intensos, me levantó con urgencia, me empujó contra la pared de cristal que daba a la ciudad iluminada y me subió la falda hasta la cintura de un tirón, me apartó el tanga a un lado y, sin más preámbulos, me penetró de un solo empujón profundo que me arrancó un gemido largo y entrecortado mientras empezaba a follarme con movimientos rápidos y continuos contra el cristal frío.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? —me susurró al oído, con la voz cargada de satisfacción—. Convertirte en mi zorra particular a cambio de todo lo que puedo darte…
No respondí inmediatamente, porque la verdad era que físicamente no me estaba volviendo loca como con Marcos o con los otros, pero el morbo de la situación era abrumador: estar siendo follada por mi jefe contra el cristal de una suite de lujo, mientras él me prometía dinero y poder, me tenía completamente empapada.
Ricardo me dio la vuelta, me levantó una pierna y siguió follándome en esa posición, besándome de forma posesiva, luego me llevó hasta el enorme sofá, me puso a cuatro patas y me penetró desde atrás, tirando de mi pelo como riendas y dándome cachetadas suaves en el culo mientras me recordaba todo lo que estaba dispuesto a ofrecerme.
Finalmente me tumbó de espaldas en la gran cama, me abrió las piernas al máximo y me folló cara a cara, mirándome a los ojos con esa expresión de dueño. Sus embestidas se volvieron más salvajes, más profundas, hasta que, con un gemido ronco y animal, se corrió dentro de mí.
Ricardo me acarició el pelo con una mano y me miró con una sonrisa satisfecha y posesiva.
—Bienvenida a tu nuevo nivel, Lucía —murmuró contra mis labios—. A partir de ahora serás la jefa de todo el departamento… y mi zorra personal.
Lo miré a los ojos durante unos segundos, todavía respirando agitada, sintiendo su semen caliente dentro de mí y una sonrisa lenta y canalla se dibujó en mis labios.
—Sí… —susurré finalmente, con voz ronca y decidida—. Soy tuya, Ricardo, quiero tu dinero, quiero el poder y quiero todo lo que me prometes…
Él soltó un gemido de satisfacción y me besó con fuerza.