Salida de negocios con mi jefe
Después de aquella experiencia arriesgada y tan sucia en el baño de hombres del centro comercial, pasé los siguientes días en un estado de excitación constante que no conseguía calmar ni siquiera cuando estaba en casa fingiendo normalidad delante de Carlos, y ese recuerdo de haber traicionado a mi marido de forma tan sucia me tenía húmeda y nerviosa durante horas, incluso cuando preparaba la cena o cuando él me abrazaba por las noches creyendo que su mujer había pasado una tarde tranquila de compras…
Esa mañana me desperté con una mezcla de nervios y excitación que ya me resultaba familiar porque en el fondo de mí, sabía que hoy todo podía cambiar.
Me preparé con especial cuidado en el baño, tomándome mi tiempo frente al espejo, eligiendo una falda tipo lápiz negra que se ajustaba perfectamente a mis caderas y marcaba mi culo de forma casi indecente, una blusa de seda blanca con varios botones desabrochados que dejaba ver el encaje de mi sujetador push-up y un escote profundo, medias finas con costura trasera y unos tacones altos de aguja que hacían que mis piernas parecieran tremendamente interminables.
Mientras me maquillaba con ojos ahumados y labios rojos intensos, sentía cómo mi propio cuerpo reaccionaba ante la idea de lo que estaba a punto de hacer.
Salí del baño y encontré a Carlos en la cocina, terminando su café, el sorprendido me miró de arriba abajo con una sonrisa admirada, ajeno a todo.
—Guau Lucía… vas muy elegante hoy —me dijo acercándose para darme un beso—. ¿Tienes alguna reunión importante?
Respiré hondo, manteniendo esa sonrisa dulce y natural que ya dominaba a la perfección, y le respondí con voz tranquila:
—Sí, cariño, es que mi jefe me llamó ayer para una salida de negocios urgente, es un cliente muy importante y me necesita allí para la presentación por lo que seguramente no voy a dormir en casa esta noche, y probablemente regresemos mañana por la tarde o incluso por la noche. No te preocupes, ¿vale?
Carlos asintió sin sospechar nada, me abrazó por la cintura y me besó en la frente con esa ternura de siempre.
—Ok sin problema, cuídate mucho y avísame cuando llegues al hotel, te voy a echar de menos…
Sentí una punzada fuerte de culpa, pero esa misma culpa se transformó rápidamente en un calor húmedo entre mis piernas porque mentirle en su propia cara mientras me vestía así para calentar a otro hombre era algo que ya me ponía terriblemente cachonda.
Cogí mi maleta pequeña, le di un último beso y salí de casa.
Al bajar al portal, el coche negro de Ricardo ya estaba esperándome con mi jefe que estaba apoyado contra la puerta del copiloto, y en cuanto me vio salir del edificio sus ojos me recorrieron lentamente de arriba abajo, deteniéndose sin vergüenza en mis piernas, en mi escote y en la forma en que caminaba con los tacones.
—Lucía… —me dijo con voz grave y satisfecha cuando me acerqué—. Estás absolutamente espectacular, sabía que no me decepcionarías.
Yo le sonreí, mientras que el me abrió la puerta del copiloto como todo un caballero, pero su mirada era cualquier cosa menos caballeresca.
Yo me senté con lentitud deliberada, dejando que la falda se subiera un poco por mis piernas, y a la vez que él se tomó su tiempo para cerrar la puerta, disfrutando de la vista que le ofrecí.
Durante las casi tres horas de viaje la tensión dentro del coche se volvió espesa y cargada, pues yo cruzaba y descruzaba mis piernas de forma lenta, permitiendo que la falda lápiz se fuera subiendo cada vez más, o me inclinaba hacia delante para “buscar algo” en el bolso y le regalaba vistas claras de mi escote.
Cada vez que hablaba le rozaba el brazo o apoyaba la mano en su pierna con fingida inocencia mientras que Ricardo conducía con la mandíbula tensa, respondiendo con monosílabos, y yo pudiendo ver perfectamente cómo su pantalón se tensaba por momentos.
El ambiente era excitante y la verdad que en esos instantes, apenas hablábamos de trabajo ya que la mayoría del tiempo era puro juego silencioso: él me miraba de reojo, yo sonreía con picardía, y el aire entre nosotros se volvía más pesado con cada kilómetro que recorrimos hacia nuestro destino.
Llegamos a la sede del cliente a media mañana y pasamos toda la tarde en reuniones importantes.
Expuse parte de la presentación con seguridad y profesionalidad, moviéndome por la sala con pasos firmes, gesticulando, inclinándome sobre la mesa para señalar datos en la pantalla pero en el fondo, yo sabía que tanto los clientes como Ricardo tenían la vista más fija en mi cuerpo que en los gráficos y cada vez que me inclinaba, sentía sus ojos clavados en mi escote y en mi culo.
La jornada fue larga y agotadora, pero la tensión sexual acumulada durante todo el día hacía que cada minuto fuera más intenso, pues Ricardo no dejaba de observarme, y yo, consciente de ello, me movía de forma deliberadamente provocativa, disfrutando del poder que tenía sobre él…
Cuando por fin terminaron las reuniones ya era casi de noche así que, subimos al coche de nuevo y Ricardo condujo directamente hacia el hotel donde nos alojaríamos esa noche para “descansar de la jornada”.
Durante el trayecto apenas hablamos, pero el silencio estaba cargado de excitación y yo seguía cruzando las piernas con lentitud, dejando que la falda se subiera un poco más, y cada vez que lo miraba de reojo notaba cómo su respiración se hacía más pesada.
Al llegar al hotel, uno de los más lujosos de la ciudad, el recepcionista nos entregó solo una tarjeta y yo al ver esto, fruncí el ceño ligeramente, sorprendida.
—Pensaba que tendríamos habitaciones separadas… —le dije a Ricardo con una media sonrisa, aunque por dentro sentía un cosquilleo de anticipación.
Ricardo me miró con esa arrogancia tranquila que lo caracterizaba y respondió sin inmutarse:
—Es una suite con dos habitaciones y la verdad Lucía, estarás muchísimo más cómoda y tendremos más espacio para trabajar si hace falta así que no te preocupes.
Subimos en el ascensor en silencio pero la tensión era tan densa que casi se podía tocar en ese espacio así que cuando llegamos y entramos en la suite me quedé impresionada porque era enorme, con un salón elegante, tenía una terraza con vistas impresionantes a la ciudad iluminada, un mini-bar bien surtido e incluso una botella de champagne ya enfriada esperándonos sobre la mesa.
Ricardo se quitó la chaqueta del traje con calma, aflojó la corbata y me miró con intensidad.
—¿Una copa? —me preguntó con esa voz grave que siempre usaba cuando quería controlar la situación.
Asentí, sirvió dos copas de champagne y me entregó una, brindamos en silencio, mirándonos a los ojos y el primer sorbo frío bajó por mi garganta mientras sentía cómo la excitación del día entero se concentraba entre mis piernas.
Empezamos a charlar de forma aparentemente casual: sobre la reunión, sobre los clientes, el proyecto…
pero yo no dejaba de provocarlo y cada vez que hablaba, seguía rozándole el brazo o la pierna con mi mano y de manera “inocente”…
Sentía como Ricardo estaba cada vez más desesperado y yo había notado que su mirada se había vuelto oscura, hambrienta de mí, y ya no intentaba ni disimularlo si quiera. Dejó la copa sobre la mesa y me miró fijamente.
—¿Te crees que no sé la doble vida que llevas, Lucía? —me dijo de pronto, con voz ronca y directa—. ¿Piensas que no me he dado cuenta de cómo te comportas últimamente? Cómo te vistes, cómo me miras, cómo provocas… Sé perfectamente que no eres la esposa perfecta que finges ser en casa.
Sus palabras me sorprendieron con fuerza y sentí un escalofrío de excitación y vergüenza mezclados… , así que me mordí el labio inferior y lo miré con fingida inocencia mientras continué escuchándolo:
—Quiero que sepas que soy tu Jefe, y realmente podría darte mucho más que un simple ascenso —continuó, con la voz cada vez más ronca—. En principio, un sueldo de un cuarenta por ciento más alto a partir del mes que viene, pero solo tienes que ser “buena conmigo” cuando yo lo necesite…
Me quedé mirándolo, sintiendo un grado fuerte de excitación al escuchar sus palabras tan directas y cargadas de poder.
Sus palabras me excitaron con fuerza y sentí un escalofrío intenso que me recorrió toda la espalda, una mezcla peligrosa de morbo, vergüenza y una ambición que iba creciendo dentro de mí de forma casi incontrolable, pero lo miré con esa fingida inocencia que sabía que lo volvía loco, y apoyé mi mano de forma provocativa sobre su pierna.
—A ver, Ricardo… sabes que estoy casada, en casa no nos falta —le dije con voz baja y temblorosa, aunque mi tono no sonaba precisamente a rechazo— y no necesito un ascenso… ni tampoco quiero que mi contrato te suponga un sobre-coste así por que sí.
Tengo una vida, un marido que confía en mí…
Ricardo sonrió con esa arrogancia tranquila de quien sabe que tiene todas las cartas a su favor y su mano subió lentamente por mi pierna, por debajo de la falda lápiz, rozando la piel suave de la cara interna mientras sus ojos volvían a clavarse en mi escote profundo.
—Lo sé —murmuró con voz ronca, casi hipnótica—. Sé que estás casada y que tienes una vida aparentemente perfecta pero precisamente por eso me pones tan cachondo, Lucía y me encanta la idea de corromperte poco a poco, de convertir a la esposa ejemplar en mi zorra personal…
Tragué saliva, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba y en ese momento, su mano ya había llegado al borde de mi tanga, rozando la tela completamente empapada, pero yo no lo detuve, al contrario, separé ligeramente las piernas, dándole más acceso mientras intentaba mantener algo de compostura.
—Uff.. Ricardo, me estas tentando.. Dime… ¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar? —le pregunté con voz melosa pero cargada de duda—. Porque esto no es un juego cualquiera… si acepto, estoy arriesgando mi matrimonio, mi reputación… todo.