Mis Infidelidades Más Sucias En los aseos del centro comercial #2
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En los aseos del centro comercial #2

El baño de chicos estaba vacío en ese momento, o al menos eso parecía desde la entrada, con los urinarios a la izquierda y los aseos individuales al fondo, por lo que yo me quedé parada unos segundos cerca de la puerta, con el pulso latiéndome en la frente y las manos sudadas, sintiendo cómo el riesgo real de que alguien entrara en cualquier momento y me encontrara allí, me producía una excitación tan fuerte que tuve que apretar los muslos con fuerza para contener el temblor, mientras mi mente no paraba de dar vueltas a la idea de que el señor mayor que había visto entrar antes, podría seguía allí dentro, en uno de los aseos individuales, y que en cualquier momento podía salir y encontrarme a mí, sola, expuesta y claramente fuera de lugar.

Di unos pasos lentos hacia los espejos, fingiendo que me retocaba el maquillaje frente al cristal, pero en realidad mis ojos no dejaban de mirar hacia las puertas de los pequeños aseos del fondo a través del reflejo, por lo que mis manos, comenzaron a bajar hasta el borde de mi vestido, rozando la piel desnuda de mis piernas mientras sentía cómo la humedad de mi tanga se extendía más y más, mientras que yo seguía nerviosa pero excitada al mismo tiempo…

El baño estaba en silencio, solo se escuchaba el zumbido lejano de los fluorescentes y el eco distante de la música del centro comercial filtrándose a través de las paredes.

Me quedé un momento parada cerca de los urinarios, mirando las puertas de los aseos individuales del fondo, sintiendo cómo la adrenalina me recorría todo el cuerpo y cómo mi tanga se comenzaba a pegar más.

De repente, vi cómo la puerta de uno de los cubículos se abría y salía ese señor mayor que vi minutos antes, ajustándose el cinturón con movimientos lentos, pero en ese instante nuestras miradas se cruzaron; pues él se quedó paralizado durante un segundo, claramente sorprendido de ver a una mujer vestida de forma provocativa dentro del baño de hombres, mientras que yo, con las mejillas ardiendo de vergüenza, fingí sorpresa y dije con voz baja y temblorosa:

— Ay… creo que me he equivocado de aseos…

Él no se movió, solo me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi escote, en mis piernas y en la forma en que el vestido se ceñía a mi cuerpo, y yo, sintiendo cómo esa mirada me recorría como una caricia sucia, añadí con una sonrisa tímida pero cargada de intención:

— Pero ya que estoy aquí… pues aprovecho para entrar un momento que no me aguanto…

Sin esperar su respuesta, caminé hacia el mismo cubículo del cual él acababa de salir, dejando la puerta entreabierta a propósito, lo suficiente para que se pudiera ver parte del interior, mientras sentía cómo el corazón se me aceleraba.

Me quedé de pie frente al inodoro, me subí el vestido lentamente hasta la cintura, me bajé el tanga empapado hasta los tobillos y me incliné ligeramente hacia delante, dejando que mis pechos se liberaran del escote del vestido, quedando completamente expuestos, pesados y con los pezones duros por la excitación, mientras fingía que sólo había entrado a orinar y sabiendo perfectamente que la puerta entreabierta permitía que él me viera si se asomaba.

No tardó mucho, y pude escuchar sus pasos acercándose lentamente, vacilantes pero claramente atraídos, y entonces vi por el hueco de la puerta cómo su silueta se detenía justo enfrente, asomándose con cautela, pues sus ojos se abrieron mucho al verme allí, de pie, con el vestido subido, el tanga bajado y mis pechos al aire, pesados y expuestos, con los pezones endurecidos apuntando hacia él.

Se quedó paralizado durante unos segundos eternos, claramente sorprendido pero incapaz de apartar la vista, y yo, con el pulso acelerado y la vergüenza ardiéndome en las mejillas, no hice nada por cubrirme sino que al contrario, me giré ligeramente hacia la puerta, dejando que me viera mejor y él, con la respiración cada vez más agitada, dio un paso más, se asomó completamente al cubículo y en ese momento la puerta se abrió del todo.

Entró decidido, con curiosidad y cierto descaro, cerrando la puerta detrás de sí con un clic suave pero definitivo que resonó en el pequeño espacio como una sentencia y quedándonos los dos encerrados en aquel espacio tan estrecho de ese pequeño aseo privado.

Yo me seguía allí como si nada, con mi vestido subido, el tanga bajado y exponiéndome ante este desconocido de edad avanzada, sintiendo morbo y vergüenza al mismo tiempo mientras que el recorría mi cuerpo con hambre descarada, deteniéndose en mis tetas expuestas, en mi coño desnudo y en la forma en que mis piernas temblaban ligeramente por la excitación y el miedo.

Él tragó saliva con dificultad, respirando más agitado, y con una voz ronca, grave y cargada de esa lujuria vieja y directa, me preguntó sin rodeos:

— ¿Serías capaz de ayudarme a hacerme una paja, preciosa…? ¿Quieres sacármela y pajearme aquí? No quiero nada más..

La pregunta, tan cruda y tan inesperada, me dejó congelada durante un segundo, pero el morbo de estar hay encerrada en ese espacio tan reducido con un señor mayor, desconocido y pidiéndome de forma tan directa y explícita que le “hiciese una paja”, hizo que un calor líquido me recorriera todo el cuerpo.

Asentí lentamente, sin decir una palabra, con las mejillas ardiendo de vergüenza y excitación por lo que él se acercó un paso más, y con sus manos temblando se bajó la cremallera del pantalón, sacando su polla gruesa, venosa y que ya estaba medio dura delante de mí.

Yo extendí la mano derecha, todavía temblando, y la cerré alrededor de su pene, sintiendo su calor y cómo empezaba a endurecerse rápidamente entre mis dedos.

Era pesada, gruesa y tenía esa textura rugosa de hombre mayor que me produjo una oleada de morbo enfermizo por lo que seguidamente, empecé a masturbarlo despacio, moviendo mi mano arriba y abajo por toda su longitud, sintiendo cómo crecía y se ponía completamente dura en mi palma de mi mano, cómo las venas palpitaban bajo mi piel y cómo la cabeza gruesa se hinchaba más con cada movimiento.

Él soltó un gruñido bajo y apoyó una mano en la pared, mirándome con los ojos entrecerrados mientras yo le hacía una paja lenta pero firme, apretando justo debajo de la cabeza y deslizando mi mano por toda su polla, extendiendo el líquido pre-seminal que empezaba a salir.

El sonido húmedo y obsceno de mi mano subiendo y bajando llenaba el pequeño espacio, mezclándose con su respiración pesada y con los ruidos lejanos del centro comercial que se filtraban a través de las paredes.

— Uff… qué mano más suave tienes… —me murmuró con voz ronca, casi sin aliento.

Yo no respondí, y el tampoco me tocaba… solo seguí masturbándolo, cada vez más rápido, girando la muñeca en la cabeza hinchada, apretando y aflojando, sintiendo cómo su polla se ponía cada vez más dura y gruesa entre mi mano, pues me excitaba enormemente ver cómo este señor mayor, que podría ser amigo de mi padre, estaba allí, con la polla fuera en un aseo público, dejándose pajar por una mujer casada mucho más joven que él.

Seguidamente aceleré el ritmo, pajeándolo con ganas, con la mano resbaladiza, mientras mis pechos se movían con el movimiento de mi brazo.

Él empezó a respirar más fuerte, apretando la mandíbula, y yo supe que no iba a durar mucho así que seguí meneándosela con más ganas e intensidad, mirándolo a los ojos mientras mi mano subía y bajaba rápidamente por su polla gruesa, y él, con un gemido ronco y contenido, se corrió exageradamente.

En ese momento, su semen salió disparado, salpicando la pared y cayendo sobre mis dedos y mi mano, mientras yo seguía masturbándolo hasta sacarle hasta la última gota de leche, sintiendo cómo su polla palpitaba fuerte entre mi mano con cada chorro que expulsaba.

Se quedó jadeando, apoyado contra la pared, con la mirada nublada y yo me quedé unos segundos más allí, con la mano llena de su semen caliente, el corazón latiéndome con fuerza y el coño palpitando de pura excitación por lo que acababa de hacer.

Él se quedó unos segundos más recuperando el aliento, mirándome con una expresión entre fascinado y avergonzado, hasta que finalmente guardó su polla aún semi-dura, se subió la cremallera con manos torpes y, sin decirme ni una sola palabra más, abrió la puerta y salió de ese diminuto aseo mientras escuchaba sus pasos alejándose, cerrándose justo después la puerta del aseo principal.

Me quedé sola, sentada en el inodoro con el vestido todavía subido, los pechos al aire y la mano derecha completamente cubierta de su semen caliente y espeso.

No me levanté y en lugar de limpiarme y salir corriendo como habría hecho cualquier persona normal, me quedé allí, con las piernas abiertas, excitada y el corazón todavía latiéndome intensamente.

Levanté lentamente la mano derecha hasta mi cara, todavía goteando semen, y me la acerqué a la nariz.

El olor era fuerte, masculino, ligeramente salado y con ese toque característico de hombre mayor por lo que inspiré profundamente, cerrando los ojos, y ese aroma me produjo una oleada de humillación tan intensa que gemí bajito.

Sin pensarlo dos veces, saqué la lengua y lamí un dedo, saboreando su corrida espesa y caliente, metiéndome dos dedos en la boca y chupándolos con lentitud mientras mi otra mano bajaba entre mis piernas.

Empecé a tocarme con desesperación, frotando mi clítoris hinchado y resbaladizo mientras chupaba ese semen de mi mano, saboreándolo, tragándolo poco a poco, y acto seguido, me metí dos dedos en el coño, follándome con ellos mientras recordaba todo lo que acababa de pasar: cómo le había tocado la polla, cómo lo había masturbado, cómo se había corrido abundantemente sobre mi mano y la pared.

La vergüenza era tan grande y tan excitante que no podía parar y aceleré el movimiento de mis dedos, frotando mi clítoris con la palma de la mano sucia mientras gemía contra mis propios dedos, saboreando el resto de su semen.

Me corrí con fuerza allí sentada, temblando violentamente, mordiéndome la mano para no hacer ruido mientras mi coño se contraía alrededor de mis dedos y soltaba un chorro caliente que empapó aún más el tanga y la tapa del inodoro.

El orgasmo que tuve en ese momento, fue largo e intenso, alimentado por la humillación de lo que acababa de hacer en un baño público…

Me quedé varios minutos más allí, recuperando el aliento y seguidamente me levanté, me subí el tanga empapado y me bajé el vestido.

Salí del aseo y me acerqué al espejo del baño principal, me lavé las manos con agua y jabón, me retoqué lo mejor que pude y respiré hondo varias veces intentando recuperar la compostura.

Recuerdo que salí del aseo de hombres aún excitada por lo que acababa de ocurrir, pero cruzando el pasillo como si nada hubiera pasado, aunque sentía el tanga pegado a mi coño y el sabor de su semen todavía presente en mi boca.

Volví al bullicio del centro comercial, caminando entre la gente que hacía sus compras normales, probándome más ropa, mirando escaparates y sonriendo cuando algún dependiente me hablaba, todo mientras sentía cómo la humedad entre mis piernas me recordaba constantemente lo sucia que acababa de ser.