Mis Infidelidades Más Sucias En los aseos del centro comercial
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En los aseos del centro comercial

Después de aquel día tan cargado de riesgo en el asiento trasero del coche de Marcos, el amigo de mi marido y el cual casi prácticamente podría considerarlo ya como mi amante tras varios encuentros con el, pasé varios días con una inquietud constante que me recorría el cuerpo como una corriente eléctrica que no conseguía apagar, porque cada vez que cerraba los ojos lo volvía a sentir penetrándome, con el calor de su aliento en mi cuello y esa sensación de estar expuesta en un lugar donde cualquiera podía habernos pillado y mucho peor, que mi marido nos hubiese descubierto en plena escena…

Aunque intentaba mantener la rutina normal en casa, preparando comidas, sonriendo a Carlos, dejando que me abrazara con esa ternura de siempre y durmiendo con el cada noche, por dentro de mí, me consumía una necesidad cada vez más urgente de volver a sentir ese peligro tan cercano, tan real y capaz de hacer que todo explotase por los aires…

Era un sábado por la mañana soleado y decidí salir sola al centro comercial grande del centro de la ciudad con la excusa de comprarme algo de ropa, aunque en realidad llevaba días fantaseando con la posibilidad de buscar algo más que simples prendas, algo que combinara lo cotidiano de un centro comercial lleno de gente con la posibilidad de cruzar una línea nueva y peligrosa.

Me vestí con intención clara pero sin exagerar demasiado: un vestido veraniego ligero y ajustado que se ceñía a mis curvas de forma evidente, sin sujetador para que mis pezones se marcaran ligeramente con el roce de la tela, un tanga negro muy fino y unos tacones que hacían que mis piernas parecieran más largas, y mientras me miraba en el espejo del baño antes de salir, sentí esa familiar oleada de morbo al imaginarme caminando entre la gente con esa ropa, sabiendo que debajo llevaba muy poco y que cualquier momento podía convertirse en algo imprevisiblemente sucio.

Carlos me dio un beso en los labios antes de que saliera, deseándome que lo pasara bien, que no gastase mucho y me recordó que tampoco tardase porque quería que hiciésemos algo juntos por la tarde, así que yo le sonreí con esa dulzura que ya dominaba a la perfección, mintiéndole con total naturalidad mientras por dentro sentía cómo la culpa y la excitación se mezclaban de forma tan brutal que ya me sentía acelerada antes de subir al coche.

Durante el camino no dejaba de pensar en lo que podía pasar, en cómo sería buscar un momento de riesgo en un lugar tan público como un centro comercial, y esa idea me tenía el tanga ya húmedo mucho antes de llegar.

Aparqué el coche y entré al centro comercial, paseando primero por las tiendas de ropa con una lentitud deliberada, probándome vestidos más cortos y provocativos de lo habitual, sintiendo las miradas de algunos hombres que me observaban mientras salía de los probadores, y aunque disfruté de esa atención, mi mente ya estaba en otra cosa, en un plan que llevaba rondándome desde hacía rato.

Ví los aseos del centro comercial, esos que están al final de un pasillo largo y algo apartado, con el baño de chicas y el de chicos uno enfrente del otro y entré en la zona después de haber comprado un par de prendas que en realidad no necesitaba, sintiendo cómo la anticipación me hacía respirar más agitada y cómo el corazón me latía con una fuerza que parecía querer salirse del pecho, porque durante todo el tiempo que había pasado recorriendo las tiendas, no había podido dejar de pensar en esa idea que llevaba rondándome desde hacía rato, esa fantasía sucia y extremadamente arriesgada que me había estado mojando las bragas mientras fingía mirar vestidos y probármelos en los probadores, y que ahora, parada en el pasillo largo y algo apartado donde estaban los baños, me quedé un momento quieta, observando las dos puertas enfrentadas: la del baño de chicas a mi izquierda y, justo enfrente, la del baño de chicos, con ese cartel sencillo que de repente me parecía cargado de un morbo prohibido y peligroso.

Observé a un señor mayor, de unos sesenta y tantos años, entrar en el de chicos con paso lento y cansado, empujando la puerta con la mano y desapareciendo dentro, y en ese instante una idea sucia, retorcida y extremadamente peligrosa se encendió en mi cabeza con tanta fuerza que sentí un chorro caliente de humedad empapándome de golpe, porque pensar en la posibilidad de entrar yo también en el baño de los hombres, fingiendo que me había equivocado o simplemente dejándome llevar por el impulso, sabiendo que había alguien dentro, y conociendo el riesgo real que eso suponía en un centro comercial lleno de gente un sábado por la mañana, me produjo una oleada de vergüenza ardiente y un placer perverso tan intenso que tuve que apretar los muslos con fuerza para contener el temblor que empezó a recorrerme las piernas.

Me quedé parada unos segundos más en el pasillo, debatiéndome entre la vergüenza que me quemaba las mejillas y el morbo que me mojaba cada vez más, sintiendo cómo mi entrepierna se calentaba debajo del vestido ligero que llevaba puesto, y cómo la humedad empezaba a empapar mi tanga fino, bajando incluso un poco por el interior de mis muslos.

Finalmente, con el corazón en la garganta y totalitarista nerviosísmo , decidí entrar primero al baño de chicas para calmarme y pensarlo de forma más fría, así que empujé la puerta con la mano y entré con el pulso acelerado, sabiendo que estaba dando el primer paso hacia algo que podía salir muy mal pero que, precisamente por eso, me excitaba de una forma que ya no podía controlar.

El baño de chicas estaba relativamente vacío a esa hora, solo había una chica retocándose el maquillaje en el espejo y otra saliendo de un aseo individual, por lo que yo me metí en uno de estos aseos libres, cerrando la puerta con pestillo y quedándome unos segundos apoyada contra ella, respirando agitada mientras sentía cómo mi cuerpo entero pedía más, cómo mi mente no paraba de darle vueltas a la idea de cruzar al baño de enfrente y meterme en el de hombres…

Me subí el vestido lentamente hasta la cintura, me bajé el tanga hasta los tobillos y me senté en el inodoro, separando las piernas y metiendo dos dedos directamente en mi vagina, tocándome con ellos de forma lenta pero profunda mientras mordía mi labio inferior para no gemir, imaginando cómo sería entrar en el baño de chicos, encontrarme con ese señor mayor o con cualquier otro hombre que estuviera allí, y dejar que la situación se descontrolara.

Me toqué con más intensidad, frotando mi clítoris hinchado con el pulgar mientras mis dedos entraban y salían de mí, sintiendo cómo mis fluidos chorreaban y caían sobre la tapa del inodoro, y en ese momento, con la respiración agitada y el cuerpo temblando de placer, la idea se volvió tan fuerte y tan irresistible que ya no pude quitármela de la cabeza: ¿doy el paso? ¿Me arriesgo?

Esa fantasía, y la posibilidad real de ser descubierta y usada en un baño público de hombres mientras la gente hacía sus compras normales a solo unos metros, me provocó un orgasmo repentino y silencioso que me hizo apretar mis muslos alrededor de mi mano, temblando entera mientras mordía mi propia muñeca para no hacer ruido.

Estuve unos segundos recuperando el aliento, con los dedos todavía dentro de mí y el tanga empapado colgando de un tobillo, y supe que ya no podía resistirme más, así que me limpié como pude, me subí el tanga y el vestido, salí del baño de chicas con el pulso acelerado y crucé el pasillo dispuesta hacia la puerta del baño de chicos, pero incapaz de detenerme, sabiendo con una claridad aterradora que estaba a punto de hacer algo extremadamente arriesgado y sucio, algo que podía salir muy mal si alguien me veía entrar o si dentro había más de una persona, pero al mismo tiempo esa idea, esa fantasía sucia y prohibida de meterme al baño de hombres en un centro comercial lleno de gente un sábado por la mañana, me tenía super a mil con una mezcla de vergüenza ardiente y super excitada…

Me quedé parada frente a la puerta del baño de chicos durante unos segundos eternos, con la mano temblando ligeramente suspendida en el aire, escuchando el murmullo lejano de la gente paseando por el centro comercial, como risas y conversaciones normales de familias que hacían sus compras como cualquier sábado, y ese contraste tan brutal entre la normalidad cotidiana que ocurría a solo unos metros y lo que yo estaba a punto de hacer —una mujer casada, vestida de forma provocativa, entrando voluntariamente al baño de hombres— me producía una oleada de culpa tan intensa que casi me hizo dar la vuelta, pero esa misma culpa, como siempre, se transformó rápidamente en un calor líquido y urgente haciendo que mis rodillas temblaran de anticipación.

Respiré hondo una última vez, mirando a ambos lados del pasillo para asegurarme de que nadie me veía, y finalmente empujé la puerta del baño de chicos con la mano, sintiendo cómo el corazón se me subía a la garganta y cómo un escalofrío me recorría toda la espalda cuando la puerta se abrió con un leve chirrido, revelando el interior iluminado con luces blancas frías y ese olor característico a desinfectante, orina y ambientador barato, A continuación, di el primer paso dentro, cerrando la puerta suavemente detrás de mí mientras sentía un nivel de excitación mucho más alto y a la vez, mi respiración se volvía más agitada, sabiendo que acababa de cruzar una línea que ya no tenía vuelta atrás.