El parking del supermercado
Después de aquella mañana tan intensa en el gimnasio, donde no solo me había dejado follar salvajemente por Diego contra los espejos sino que le había pedido que me grabara arrodillada limpiándole la polla con la boca, pasé los siguientes días envuelta en una especie de niebla permanente de excitación y culpa que no conseguía disipar y cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la pantalla del móvil de Diego apuntándome mientras yo tragaba su polla recién corrida, y esa imagen, junto con la certeza de que ahora existía un vídeo mío haciendo algo tan sucio, me provocaba oleadas de calor que me dejaban húmeda durante horas, incluso mientras preparaba la cena o me acostaba al lado de Carlos fingiendo que todo seguía igual en nuestra tranquila vida matrimonial.
Era sábado por la tarde y, como casi todos los fines de semana, Carlos y yo habíamos salido juntos a hacer la compra semanal en el gran supermercado de las afueras.
Yo iba sentada en el asiento del copiloto con una falda ligera que se me había subido un poco por los muslos, fingiendo que estaba algo cansada del día mientras en realidad mi mente no paraba de dar vueltas a todo lo que había pasado últimamente, especialmente a esa sensación adictiva de estar traicionándolo cada vez más cerca de casa.
Carlos conducía con su habitual calma, hablando de cosas cotidianas como qué prepararíamos para cenar o si debíamos comprar algo especial para la comida del domingo con sus padres, y yo le respondía con sonrisas suaves y comentarios cortos, manteniendo mi parte de esposa cariñosa y atenta que ya dominaba a la perfección, aunque por dentro la mezcla de culpa y excitación era tan fuerte que tenía que apretar los muslos contra el asiento para controlar la humedad que no dejaba de acumularse entre mis piernas.
Cuando entramos en el parking subterráneo, que estaba bastante lleno a esa hora de la tarde, le propuse con voz suave y algo cansada que bajara él solo a hacer la compra porque me encontraba un poco mareada por el calor y prefería esperarlo en el coche escuchando música.
Carlos, siempre tan confiado y preocupado por mí, aceptó sin dudarlo ni un segundo, me dio un beso rápido en los labios diciéndome que no tardaría mucho y seguidamente, salió del coche cerrando la puerta con esa naturalidad absoluta que, que lejos de tranquilizarme, me provocaba un morbo brutal, porque verlo alejarse hacia las escaleras mecánicas con el carrito vacío, confiando plenamente en su mujer, mientras yo ya estaba planeando traicionarlo de nuevo a solo unos metros de distancia, era una sensación tan sucia y excitante que tuve que respirar hondo varias veces para no gemir allí mismo.
Me quedé sentada unos segundos más, respirando agitada, sintiendo cómo el sudor del nerviosismo se mezclaba con el calor húmedo entre mis piernas.
El parking estaba lleno de ruidos cotidianos —carritos rodando, puertas cerrándose, gente hablando—, y cada uno de ellos me recordaba el enorme peligro de lo que estaba a punto de hacer: volver a follarme al mejor amigo de mi marido pero mientras él estaba dentro del supermercado comprando la comida de la semana.
Me recoloqué mi falda, aunque sabía que el tanga ya estaba algo mojado, y cuando vi que no había nadie cerca abrí la puerta de mi coche y me deslicé sigilosamente hacia el asiento trasero del SUV de Marcos, cerrando la puerta con cuidado detrás de mí.
En cuanto entré, el olor familiar de su perfume mezclado con el cuero de los asientos me golpeó con fuerza, él se giró desde el asiento del conductor, me miró con esa sonrisa oscura y posesiva que tanto me gustaba y, sin decir una sola palabra, se pasó al asiento trasero conmigo.
El espacio era estrecho, casi asfixiante, pero eso solo aumentó la urgencia.
Marcos me acorraló contra el respaldo de cuero frío y su cuerpo grande presionaba contra el mío mientras su boca se estrellaba contra la mía en un beso profundo y posesivo.
Su lengua invadía mi boca con hambre acumulada, como si llevara días pensando en este momento, y yo respondí con la misma desesperación, clavándole las uñas en los hombros por encima de la camisa.
Sus manos bajaron rápidamente subiéndome la falda hasta la cintura de un tirón y apartando el tanga empapado con los dedos antes de rozar directamente mi entrepierna hinchada y resbaladiza.
—Estás empapada… —me susurró contra mis labios, metiéndome dos dedos gruesos de golpe mientras yo empezaba a soltar gemidos—. ¿Todo el camino pensando en que te iba a follar mientras Carlos compra la leche y los huevos?
No pude responder con palabras y solo asentí, moviendo las caderas contra su mano mientras me metía sus dedos con ritmo lento pero profundo.
Fuera del coche, la realidad seguía su curso: el sonido metálico de carritos rodando muy cerca, voces de familias hablando, puertas de otros coches cerrándose y cada ruido me recordaba que mi marido estaba a solo unos minutos de distancia, confiado, empujando un carrito por los pasillos del supermercado buscando las mejores ofertas.
Marcos no perdió tiempo y me giró con facilidad en el asiento trasero para ponerme a cuatro patas, con las manos apoyadas contra la ventanilla y que esta, empezaba a empañarse por el calor de nuestros cuerpos.
Me bajó el tanga hasta las rodillas y sentí la cabeza gruesa de su polla rozando mi entrada, provocándome, deslizándose entre mis labios empapados sin entrar todavía.
—Dime que lo necesitas —me gritó, agarrándome del pelo con una mano.
—Lo necesito… —jadeé, empujando mi culo hacia atrás—. Fóllame, Marcos, fóllame fuerte mientras mi marido está aquí cerca.
Con un gemido ronco me penetró de un solo empujón brutal, llenándome por completo y el gemido que solté fue tan intenso que tuve que morderme el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre mientras empezaba a follarme con urgencia salvaje, con embestidas profundas y rápidas que hacían que mi cuerpo se sacudiese y que mis tetas rebotaran dentro del vestido.
El coche se movía ligeramente con cada golpe, y el sonido húmedo y obsceno de su pelvis chocando contra mi culo llenaba el habitáculo.
Cada pocos segundos un nuevo ruido del exterior nos recordaba el peligro que había: un carrito pasando justo al lado, faros de otro coche iluminando brevemente el interior, voces de una pareja discutiendo a pocos metros etc…
Y en uno de esos momentos, cuando un coche se detuvo muy cerca y escuchamos claramente a una familia cargando bolsas, Marcos ralentizó pero empujó más profundo, girando las caderas, rozando cada punto sensible dentro de mí mientras yo temblaba intentando no gemir.
—Imagínate que ahora mismo Carlos sale y ve mi aquí alado del vuestro y moviéndose… —me susurró al oído, acelerando de nuevo—. Y tú aquí dentro, con el coño lleno de la polla de su mejor amigo…
Esa imagen me hizo correrme con una fuerza brutal haciendo que mi coño palpitase con fuerza alrededor de su polla mientras contracciones de placer envolvían todo mi cuerpo, haciéndome temblar entera.
Mordí mi propio brazo con tanta fuerza que casi me dolió, intentando contener los gemidos que amenazaban con escaparse pero Marcos no paró ni un segundo.
Siguió follándome durante mi orgasmo, empujando más profundo, alargando ese placer casi insoportable hasta que finalmente gimió contra mi nuca, me clavó los dedos en las caderas y se corrió dentro de mí con un chorro potente y que sentí inundando cada rincón de mi interior.
Nos quedamos unos segundos así, el con su polla dentro de mí, el vaho había empañado completamente los cristales del SUV, creando una cortina espesa que nos ocultaba del mundo exterior, pero entonces miré hacia afuera y el pánico me envolvió como un latigazo.
—Marcos… ya ha pasado mucho rato —le grité con voz urgente, todavía jadeando—. Carlos tiene que estar por volver… tenemos que parar.
Intenté separarme, pero él me sujetó fuerte de las caderas y siguió moviéndose lentamente dentro de mí, como si no quisiera salir todavía de mi coño lleno de su semen.
—Aún no… —me gritó contra mi oreja, empujando con fuerza contenida—. Solo un poco más…
Estaba a punto de insistir cuando, a lo lejos, vi la figura de Carlos empujando el carrito cargado de bolsas, caminando tranquilamente hacia nuestra zona del parking y en ese momento, el corazón se me subió a la garganta.
—¡Ahí viene! —exclamé en voz baja, con una mezcla de terror y excitación enfermiza—. ¡Tienes diez segundos para correrte, Marcos! ¡Sólo Diez malditos segundos!
Él soltó un gemido ronco y aceleró el ritmo, follándome con embestidas cortas y rápidas mientras que yo no podía apartar la vista de mi marido, que se acercaba cada vez más…
El peligro era tan absolutamente real e inmediato, que mi cuerpo reaccionó con un nuevo orgasmo pero esta vez absolutamente potente.
Marcos me agarró del pelo, me tapó la boca con una mano y dio unas últimas embestidas brutales antes de correrse otra vez dentro de mí, inundándome con más semen caliente mientras yo no podía parar de gemir con fuerza.
Justo cuando Carlos estaba a solo unos coches de distancia, me bajé rápidamente del asiento trasero y me metí como pude en el mío, agachándome un poco para disimular mientras que Marcos se limpió a toda prisa con unos pañuelos, se subió los pantalones y se sentó de nuevo en el asiento del conductor, intentando parecer relajado.
Carlos llegó al lado de los coches y se detuvo sorprendido al ver a Marcos.
—¿Marcos? ¿Qué haces aquí, tío? —le preguntó con una sonrisa sincera, claramente contento de verlo.
Yo, todavía con el corazón a mil, mi coño chorreando semen y tratando de limpiarme y arreglar mi pelo disimuladamente, saqué la cabeza por la ventanilla y sonreí con toda la naturalidad que pude fingir.
—Pues lo vi pasar por aquí cuando bajaste —mentí con voz tranquila—. Me bajé a saludarlo un momento y me dijo que te estaba esperando porque quería comentarte algo del próximo partido de pádel así que le dije que volverías en un ratito y se quedó charlando conmigo.
Marcos salió del coche con una sonrisa relajada y le dio un abrazo de colega a Carlos, dándole palmadas en la espalda como si nada.
—Exacto, pasaba por aquí y vi el coche pero no quería irme sin saludarte, cabrón —le dijo a mi marido con naturalidad.
Mientras los dos hablaban de fútbol y del partido del fin de semana, yo seguía sentada en el asiento del copiloto, sonriendo y asintiendo, aprovechando que Carlos no miraba para limpiarme como podía, pero por dentro estaba en otra dimensión porque sentía el semen de Marcos escapando lentamente de mi coño, manchando el tanga y el asiento, mientras veía a mi marido abrazando con cariño al hombre que acababa de follarme salvajemente a solo unos pocos metros de distancia.
La imagen era tan perversa, tan humillante y tan excitante a la vez que tuve que apretar mis piernas con fuerza para no gemir de nuevo allí mismo.
Finalmente, Marcos se despidió con otro abrazo, me lanzó una última mirada cargada de complicidad y se subió a su coche y seguidamente, Carlos cargó las bolsas en el maletero, se sentó al volante y me sonrió con esa ternura habitual.
—Qué casualidad, ¿no? —comentó alegremente mientras arrancaba.
Yo solo asentí, sonriendo, con el corazón todavía latiéndome con fuerza y el coño lleno de la corrida caliente de su mejor amigo.
—Sí… qué casualidad…