Mis Infidelidades Más Sucias En el gimnasio
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En el gimnasio

Después de aquella noche salvaje en la discoteca y tras sobrevivir a la resaca del día siguiente almorzando con los padres de Carlos, pasé los siguientes días en un estado de semi-enajenación.

Mi cuerpo estaba agotado y el coño todavía sensible, pero lo peor era la cabeza porque cada vez que cerraba los ojos volvía a sentirlo todo: la polla de Marcos entrando y saliendo de mí, el sabor que me dejó en la boca el semen de los colegas y conocidos de mi marido, los gemidos ahogados para no hacer ruido, y esa sensación de completa degradación que, en lugar de avergonzarme, me tenía mojada durante horas.

La culpa llegaba por las mañanas, sobre todo cuando veía a Carlos preparándose el café o dándome un beso en la frente antes de irse a trabajar, pero por las tardes esa culpa se transformaba en algo mucho más oscuro y adictivo: una necesidad casi insoportable de volver a sentir ese riesgo extremo, esa adrenalina que me hacía sentir viva de verdad.

El ascensor, la oficina y la discoteca ya no eran suficientes y yo necesitaba algo más riesgoso, más peligroso y que realmente pudiera destruirlo todo si salía mal.

Por eso, unos días después, decidí ir al gimnasio al que Carlos y yo íbamos de vez en cuando pero esta vez acudí sola, por lo que le comenté a Carlos que quería entrenar por la mañana antes de ir a la oficina, que me vendría bien despejarme y él, como siempre, me sonrió y me dijo que me vendría genial.

Llegué temprano, cuando el gimnasio todavía estaba bastante vacío y en el vestuario me tomé mi tiempo para ponerme unos leggings deportivos que se me clavaban entre mi entrepierna y marcaban cada curva de mi trasero de forma escandalosa y en la pare de arriba elegí un camiseta deportiva corta de color gris claro, sin sujetador, que dejaba ver mi abdomen y marcaba claramente mis pezones, también me recogí el pelo en una coleta alta y me miré en el espejo mientras yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Diego, que es el entrenador personal de Carlos y su amigo desde hacía años, estaba allí, pues ellos entrenaron juntos muchas veces, habían tomado algo después de las sesiones y hasta habían hablado de mí alguna vez, mientras que yo ya había fantaseando con él en alguna ocasión.

Me dirigí a la zona donde estaban las máquinas y empecé con mi rutina de entreno, pero mis ojos lo buscaban constantemente, y cuando por fin lo vi al fondo, como de costumbre corrigiendo un ejercicio a una clienta, sentí un latigazo directo en el clítoris.

En ese instante, nuestras miradas se cruzaron y Diego me sonrió con esa confianza profesional, pero en cambio esta vez noté cómo su mirada bajó lentamente por mi cuerpo: mirando mis leggings ajustados, mis pezones marcados mientras que yo observé que algo cambió en su expresión.

Se acercó mientras yo hacía sentadillas.

—Lucía, qué sorpresa —me dijo con esa voz grave y masculina que siempre me había gustado.—¿Has venido sola hoy a entrenar?

—Sí… necesitaba desconectar un poco —le respondí, bajando más de lo necesario en la sentadilla para que mi culo quedara bien marcado ante el.

Diego se colocó detrás de mí y sus manos se posaron en mis caderas “para corregir mi postura”. Sus dedos apretaron con más fuerza de la profesional que debería tener un entrenador y sentí su pelvis rozar mi culo durante varios segundos.

—Lucía, tienes que bajar más la cadera… así —me susurró cerca de mi oreja, pegándose un poco más—, y mantén la espalda recta…

Empujé hacia atrás de forma casi imperceptible, rozando mi culo contra él, pero en ese momento, lo sentí endurecerse bastante… y cuando terminé la serie, me giré observando como sus ojos prácticamente ya no disimulaban nada.

Seguimos entrenando y cada ejercicio era una excusa para que me tocara: corrigiendo mi postura en las pesas, sujetándome la cintura, rozando mi espalda pero cada vez que pasaba por mi lado su brazo notaba que rozaba mis tetas o mi culo y de esta forma la tensión se volvía insoportable.

El gimnasio seguía con su ritmo normal: gente entrenando, máquinas sonando, conversaciones lejanas… y nosotros dos jugando con fuego.

En un momento, mientras descansaba, Diego se acercó más y me dijo en voz baja:

—Estás diferente últimamente, Lucía, como más… atrevida.

Lo miré directamente a los ojos.

—¿Te molesta?

—Todo lo contrario —me respondió con una sonrisa peligrosa—, pero deberías tener cuidado que Carlos es mi amigo.

Esa frase me mojó aún más y yo le Sonreí con malicia.

—Precisamente por eso estoy aquí.

Diego se quedó mirándome unos segundos, procesando mis palabras, y seguidamente miró alrededor y bajó la voz:

—Ven, vamos a la sala de estiramientos del fondo que está más tranquila y seguramente que podremos trabajar mejor la movilidad…

Acepté sin dudarlo, y mientras caminábamos juntos por el pasillo yo podía sentir la adrenalina corriendo por mis venas porque sabía que estaba a punto de cruzar otra línea muy peligrosa…

Entramos en una sala pequeña, la típica llena de espejos en las paredes y colchonetas en el suelo, pero no había gente, estaba a oscuras y sin actividad en ese momento.

Diego cerró la puerta detrás de nosotros y echó el pestillo con un clic que resonó en el silencio y en ese momento, nos quedamos a solas con la puerta cerrada y el ruido del gimnasio quedando amortiguado al otro lado, mientras que la tensión sexual que habíamos estado acumulando toda la mañana se volvió aún más fuerte.

Diego se quedó mirándome fijamente durante unos segundos eternos, con esa mirada oscura y depredadora que ya no disimulaba nada y mi respiración comenzó a acelerarse sintiendo el corazón latiéndome en la garganta con un calor líquido acumulándose entre mis piernas, pues yo sabía que estaba a punto de cruzar una línea muy peligrosa con el entrenador personal y amigo cercano de mi marido.

No hizo falta que dijera nada porque de repente, Diego avanzó un paso hacia mí, me agarró de la cintura con sus manos grandes y fuertes, para atraerme hacia él con un movimiento brusco pero controlado.

Su boca bajó directamente a mi cuello, besándolo y mordiéndolo con hambre mientras yo soltaba un gemido ahogado y comenzaba a rodear su cuello con mis brazos.

Olía a hombre, a sudor limpio del gimnasio, a deseo…

Sus manos bajaban por mi espalda hasta agarrarme el culo con fuerza por encima de los leggings, apretando las nalgas y separándolas con movimientos fuertes mientras me empujaba contra la pared de espejos.

—Llevo semanas imaginando esto… —me decía gimiendo contra mi piel, mordiéndome el cuello—verte aquí vestida así, provocándome delante de todo el mundo y encima sabiendo que eres la mujer de Carlos…

Empujé mi cadera contra el y comencé a frotarme descaradamente mientras lo besaba, Diego soltó un gemido bajo y me subió el top deportivo con impaciencia, dejando mis tetas al descubierto por lo que sus manos grandes las apretaron con fuerza mientras su boca bajaba hasta uno de mis pezones, chupándolo y mordiéndolo.

Yo arqueé la espalda, gimiendo más alto de lo que debería.

Metió una mano dentro de mis leggings, apartó mi tanga y rozó directamente mi clítoris hinchado y empapado con sus dedos mientras en ese momento ya me temblaban las piernas…

—Vaya, Lucía… estás chorreando —me susurró, metiendo dos dedos gruesos de golpe dentro de mi mojado coño.

Empezó a tocarme con ellos, lento pero profundo, curvándolos para rozar ese punto que me volvía loca y yo movía mis caderas contra su mano, desesperada, mientras fuera se escuchaban claramente las máquinas del gimnasio, pesas cayendo, conversaciones lejanas y gente entrenando o saliendo.

Solo nos separaba una puerta fina y esa idea me estaba volviendo poniendo completamente cachonda.

Le bajé sus pantalones deportivos y saqué su pene que era grande, venoso y estaba super duro.

Me arrodillé sobre una de las colchonetas, lo miré a los ojos y me la metí en la boca con ganas para tragármela con devoción: lamiendo toda la longitud, girando la lengua alrededor de la cabeza, metiéndomela hasta la garganta mientras la saliva empezaba a chorrear.

Diego me agarró del pelo con una mano y me gritó:

—Así… trágatela bien, como la mujer infiel que eres, mientras que yo al escuchar esto, asentí y empecé a lamérsela más rápido, más profundo, haciendo arcadas suaves. Fuera seguían escuchándose los ruidos normales del gimnasio y cada sonido me recordaba lo arriesgado que estaba siendo todo esto.

Diego no aguantó mucho más, me levantó de repente, me giró contra la pared de espejos, me bajó los leggings, el tanga hasta las rodillas de un tirón y seguídamente, me abrió las piernas con su rodilla para metérmela por completo de un solo empujón.

Solté un gemido largo y ahogado mientras que el empezó a follarme con fuerza pero controlada dándome embestidas profundas que hacían que mi culo chocara contra su pelvis con un sonido de golpeteo seco piel con piel.

Me follaba mirándome a través del espejo, una mano en mi cadera y la otra tapándome la boca para que no gritara.

Cada vez que escuchábamos pasos cerca de la puerta o voces en el pasillo, bajábamos el ritmo pero empujaba más fuerte alargando el placer y el miedo.

—Eres una adicta al riesgo… —me susurró al oído mientras me follaba—. La mujer de mi amigo dejándose follar por mí y en el gimnasio donde él entrena… eres una zorra…

Esas palabras me hicieron correrme como una cerda haciendo que mi coño se contrajese alrededor de su polla mientras temblaba entera. Diego siguió follándome durante mi orgasmo, prolongándolo, hasta que finalmente gimió contra mi cuello apretando mi culo con fuerza y corriéndose dentro de mí.

Nos quedamos unos segundos pegados contra la pared de espejos, respirando agitados, con su miembro todavía dentro de mí…

Mientras que afuera, el gimnasio seguía con su rutina normal: el ruido de las máquinas, pesas cayendo, conversaciones lejanas…

y completamente ajenos a que la mujer de Carlos acababa de ser follada salvajemente por su entrenador en una sala cerrada.

Diego se apartó lentamente y su pene salió de mi con un sonido húmedo, todavía semi-duro, brillante por mis fluidos y su propia corrida. Empezó a subirse los pantalones, pero yo no estaba dispuesta a que esta situación excitante, peligrosa y que tanto estaba disfrutando, terminara tan rápido.

Recordé de golpe la foto que me habían hecho en la discoteca: Marcos besándome mientras su amigo me agarraba una teta y esa imagen, esa prueba de lo lejos que estaba dispuesta a llegar, me encendió de nuevo.

No quería parar, quería más y quería llevar esto aún más lejos para sentirme más expuesta todavía.

—Espera… —le susurré a Diego deteniendo su mano.

Diego me miró sorprendido, todavía jadeando mientras que yo me mordí el labio, mirándolo con ojos vidriosos de placer y algo más oscuro.

—No he terminado contigo —le dije bajito, pero firme.

Me arrodillé despacio frente a él sobre la colchoneta, sin apartar la mirada, pues mis leggings y tanga todavía estaban bajados hasta las rodillas, su semen escapando de mi coño y yo agarré su polla semi-dura con una mano, la cual estaba todavía resbaladiza, y empecé a masturbarla lentamente.

—Grábame —le pedí de repente, mirándolo desde abajo con una mezcla de vergüenza y excitación salvaje—. Quiero que me grabes mientras te la limpio y sentir el peligro de que el amigo de mi marido me tenga grabada, es más, también te llevarás un buen recuerdo de mí…

Diego, claramente sorprendido pero muy excitado, sacó su móvil del bolsillo con las manos temblorosas, activó la cámara y me apuntó iluminándome con el flash.

—Joder, Lucía… estás completamente loca —me murmuró, pero no dejó de grabar.

Sonreí con malicia y me metí de nuevo su polla en mi boca.

Empecé a chupársela con devoción, lamiendo cada centímetro, saboreando el gusto mezclado de los dos, lamiéndola entera desde los huevos hasta el glande, mirándolo directamente a la cámara mientras lo hacía.

Luego me la volví a meter profundo, moviendo la cabeza con ritmo, succionando con fuerza y ensalivándola con esmero.

—Así… mírame —le susurré entre lametones, sacando la lengua para que viera cómo limpiaba su polla—. Graba bien cómo la mujer de tu amigo te limpia la polla después de follarme.

Diego respiraba con dificultad, manteniendo el móvil firme mientras yo seguía chupándosela con más ganas, pajeándole la base con una mano y lamiendo la cabeza con mi lengua.

Me sentía sucia, expuesta y completamente adicta porque sabía que lo estaba grabando todo: mi cara, mis tetas al aire, su polla ensalivada por mí mientras yo seguía arrodillaba y limpiándosela.

Después de varios minutos intensos, le di un último lametón largo y provocador en la punta, guardé su polla dentro de sus pantalones y me levanté lentamente.

Me limpié como pude con una toalla que había en la sala y me arreglé como pude mirándome al espejo y viendo mi mirada salvaje que ya empezaba a reconocer como mía.

Diego se acercó agarrándome el culo y me susurró al oído:

—Esto se va a repetir, Lucía… y hasta que vuelva a llegar ese día, me voy a tocar diariamente con este video pensando en ti y en lo zorra que eres…

Me despedí de el con un buen beso, y aún cachonda por la situación, salí de la sala de estiramientos, recogí mis cosas y salí del gimnasio a la calle sintiendo lo mojada que estaba todavía y sabiendo que ahora Diego tenía un vídeo mío que podía cambiarlo todo.