Epílogo
Han pasado tres meses desde aquella noche en la despedida de soltera y ya no finjo ser la misma. Sigo siendo la pareja de Carlos, la que duerme y desayuna con el y la que le prepara el café cada mañana pero ahora también soy otra cosa, algo mucho más oscuro y vivo.
Ricardo mi jefe, me ha cumplido todo lo prometido: el ascenso, el aumento, la tarjeta sin límites y a cambio, voy a su despacho cuando me llama.
A veces me folla sobre la mesa durante la hora de la comida, otras me hace arrodillarme bajo su escritorio mientras él está en una videollamada importante y he aprendido a correrme en silencio.
Sergio sigue siendo mi vecino del quinto, nos vemos cuando Carlos viaja o cuando simplemente necesito sentirme usada cerca de casa. A veces subo a su piso y otras veces me folla en el ascensor con el morbo de saber que mi marido está a solo dos plantas más abajo.
Marcos, Alex y alguno más aparecen de vez en cuando y ya no busco excusas elaboradas. Carlos sigue creyendo que tengo “noches de chicas”, “viajes de trabajo” o “clases de yoga” y yo ya ni siquiera siento culpa, solo una excitación profunda y constante.
A veces, cuando estoy en la cama con Carlos y él me hace el amor con esa ternura de siempre, cierro los ojos y recuerdo las manos de otros hombres sobre mi cuerpo, sus voces susurrándome lo zorra que soy y su semen chorreando entre mis piernas mientras vuelvo a casa.
Y sonrío, porque ya no lucho contra lo que soy. Soy la esposa perfecta y soy la zorra que necesita el peligro para sentirse viva, y por ahora… las dos versiones de mí caben en la misma mujer.