El baño de la discoteca
Estaba frente al espejo del baño de casa, con la luz blanca y fría iluminando cada detalle de mi cuerpo mientras me arreglaba con una lentitud deliberada, casi de ritual.
Me había puesto unos leggings negros super ajustados que se pegaban a mi piel como una segunda capa, marcando perfectamente la curva de mi culo y mis piernas mientras que arriba llevaba un top corto de tirantes finos, de un color negro oscuro, que apenas me cubría el ombligo y dejaba gran parte de mi abdomen al descubierto.
No me puse sujetador por lo que me hacía un escote de vértigo y mis pezones se marcaban claramente contra la tela fina cada vez que me movía.
Para rematar, me enfundé en unos tacones negros altísimos que alargaban mis piernas y me hacían sentir poderosa y muy sexy a la vez.
Todavía tenía la piel sensible de lo que pasó aquella mañana en la oficina, donde Marcos, el mejor amigo de mi marido, me había follado salvajemente sobre su mesa y a pesar de la ducha, aún sentía como si su semen siguiera marcándome por dentro, pues esa memoria reciente me tenía completamente encendida todo el rato.
Carlos estaba en el salón viendo la tele, confiado como siempre y yo le había dicho que había quedado con las chicas de la oficina para cenar y bailar por lo que probablemente llegaría tarde a la casa y que no me esperara despierto.
La verdad que mentirle se me estaba volviendo demasiado fácil…
y eso me encendía todavía muchísimo más…
Me miré en el espejo girándome despacio, observando como mis pantalones me marcaban el culo de forma escandalosa, el top dejaba ver muy bien mis pechos y la parte de mi vientre, y seguidamente, terminé de retocarme con maquillaje intenso —ojos muy ahumados y labios rojos brillantes— que me daba ese aspecto de esposa perfecta convertida en zorra nocturna que tanto me excitaba.
Me eché unas gotitas de perfume en el cuello, entre los pechos, en las muñecas y en la parte interna de los muslos, justo donde sabía que “alguien” iba a acercar su cara más tarde…
Carlos apareció en la puerta del baño, me rodeó la cintura por detrás, me besó el hombro y me dijo lo guapa que estaba.
Sus manos inocentes sobre mi piel contrastaban brutalmente con lo que tenía planeado y sentí una punzada fuerte de culpa…
que se convirtió inmediatamente en un latigazo de morbo entre mis piernas.
—No me esperes despierto, cariño —le dije con una sonrisa dulce y natural—, porque vamos a cenar y a bailar un rato con las chicas y sé que mañana tenemos la comida con tus padres, por lo que no te preocupes que intentaré no llegar demasiado tarde.
Me dio un último beso en los labios con cuidado de no arrancarme el maquillaje, me deseó que lo pasara bien, volvió al sofá y hay se quedó en el salón con su tele. Yo cogí el bolso, me miré una última vez en el espejo y salí de casa con el corazón latiéndome con fuerza.
En realidad no había quedado con ninguna amiga sino que ¡había quedado con Marcos!…
Llegué a la discoteca pasadas las once de la noche y en cuanto crucé la puerta, el ambiente era espectacular: la música electrónica retumbaba en mi pecho con graves profundos, las luces psicodélicas que cortaban el aire cargado de alcohol, perfume y sudor, mientras que la pista estaba llena de gente moviéndose con esa energía salvaje de la noche.
Yo me sentía expuesta y poderosa al mismo tiempo por lo que me acerqué a la barra, y empecé a buscarlo pero no tardé mucho en verlo.
Marcos estaba en una mesa alta al fondo, junto a tres amigos y cuando los vi, mi corazón me dio un vuelco fuerte porque reconocí a dos de ellos que eran conocidos de Carlos y habían coincidido varias veces en cenas, en el pádel y en alguna barbacoa.
Me dio un poco de preocupación pero a su vez, sentí una especie de excitación que se me subió directamente al clítoris, pues el saber que estaba a punto de jugar con fuego delante de gente que conocía a mi marido me tenía excitada antes de siquiera acercarme a ellos…
Marcos levantó la vista y sonrió con esa mirada oscura y posesiva que ya conocía muy bien, seguidamente les dijo algo a sus amigos que no pude saber que era y entre todos me miraron.
En ese instante, pude ver la sorpresa en sus caras cuando me reconocieron por lo que empecé a caminar hacia ellos contoneándome ligeramente, sintiendo cómo sus ojos recorrían mi cuerpo: el top ajustado marcando mis pezones, los leggings pegados a mi culo y piernas, los tacones… ¡un espectáculo!
—Buenas noches, chicos —los saludé con una sonrisa inocente pero pícara a la vez.
Marcos se acercó, me dio dos besos muy cerca de la comisura de mis labios y me susurró al oído:
—Joder, Lucía… ¡cómo te has puesto!.
Me mordí el labio y miré a sus amigos, que seguían observándome con una mezcla de sorpresa y deseo.
—¿Les contaste algo? —le pregunté a Marcos, lo suficientemente alto para que ellos escucharan—. ¿Saben que has quedado conmigo… o piensan que nos hemos encontrado de casualidad?
Marcos soltó una risa baja y uno de sus amigos (el más alto, moreno, que había jugado al pádel varias veces con Carlos) casi se atraganta con su bebida.
—¿Esto va en serio? —le preguntó el amigo, mirando alternativamente a Marcos y a mí—. ¿Con la mujer de Carlos?
Marcos no se cortó, pasó un brazo alrededor de mi cintura y me pegó a su cuerpo descaradamente, delante de todos. Su mano bajó lentamente hasta posarse sobre mi culo, y comenzó a apretármelo con fuerza por encima de mis leggings ajustados mientras le respondió:
—Totalmente en serio. Lucía necesitaba salir “con las chicas” esta noche… y yo necesitaba follármela.
Sentí vértigo y a la vez me sonrojé, pero no me aparté, al contrario, me apoyé más contra él, dejando que su mano siguiera tocándome el culo abiertamente y delante de ellos mientras sus amigos nos miraban con los ojos muy abiertos.
El morbo era brutal porque ellos ya me estaban mirando de forma sexual y encima, sabían perfectamente quién era mi marido.
—Hostia… —murmuró otro de los amigos, sin poder apartar la vista de mi escote y de cómo mis pezones se marcaban contra la tela— Carlos fliparía si te viera así ahora mismo con nosotros.
Marcos sonrió, me invitó a sentarme con ellos y pidió una ronda de copas y mientras esperábamos, su mano no se quedó quieta: me acariciaba el muslo por encima de los leggings, subiendo cada vez más, rozando peligrosamente cerca de mi coño mientras que yo separaba ligeramente las piernas bajo la mesa, permitiéndoselo, sintiendo cómo mi tanga comenzaba a mojarse un poco.
—¿Y tú no tienes miedo de que se entere? —le pregunté a Marcos mirándolo a los ojos, pero hablando lo suficientemente alto para que sus amigos escucharan—. Es tu amigo… y estos chicos también lo conocen.
Marcos me miró sonriendo y me dijo:
—El riesgo es lo que te pone, ¿verdad? —me respondió, agarrando fuerte mi culo—. Porque a mí me la está poniendo dura el saber que estás aquí mintiéndole a tu marido para que te folle su mejor amigo y delante de gente que lo conoce.
Sus amigos estaban claramente excitados y sorprendidos y yo a la vez veía que ellos no dejaban de mirarme las tetas y las piernas. Uno de ellos incluso comentó en voz baja:
—Nunca imaginé que la mujer de Carlos fuera tan… zorra.
Esa palabra me llegó directamente entre mis piernas, por lo que lo miré mordiéndome el labio, para justo después, mirar a Marcos con ojos cargados de deseo…
Marcos se inclinó y me besó el cuello abiertamente delante de sus colegas conocidos de mi marido, mientras su mano seguía acariciándome entre las piernas por debajo de la mesa, presionando justo donde más lo necesitaba.
Bebimos la copa entre risas tensas, con roces cada vez más atrevidos y comentarios cargados mientras que yo dejaba que Marcos me tocara delante de todos: su mano en mi culo, sus dedos rozando mi coño, incluso metiendo un dedo por debajo del top para acariciarme una teta discretamente…
pues el ambiente en la mesa se estaba poniendo a cien…
Después de varios minutos de ese juego peligroso, me acerqué a su oído y respirando agitada, le susurré:
—Voy al baño… y quiero que me sigas.
Salí de la mesa y me dirigí hacia la zona de los aseos con las piernas temblando de anticipación, sintiendo su mirada clavada en mi culo mientras caminaba y a continuación, entré en el baño de mujeres, me metí en el último aseo individual y dejé la puerta entreabierta.
Mientras estaba allí, el corazón ya me latía con fuerza y apenas unos segundos después, Marcos entró, cerró el pestillo con un sonido seco y me miró con pura hambre durante un segundo eterno para acabar abalanzándose sobre mí, empujándome contra la pared fría de azulejos y besarme con fuerza, pero no fue un beso suave sino que fue brutal, desesperado, lleno de necesidad acumulada.
Su lengua invadió mi boca con urgencia, enredándose con la mía mientras sus manos grandes bajaban por mi cintura y agarraban mi culo por encima de mis pantalones ajustados, apretándolo con posesión.
Gemí contra sus labios y le devolví el beso con la misma intensidad, mordiéndole el labio inferior y tirando de su pelo.
—Lucía, llevo toda la noche deseando esto… —susurraba contra mi boca, sin separarse apenas—. Verte vestida así, provocándome delante de mis amigos… y encima sabiendo que eres la mujer de Carlos…
—Pues ya me tienes aquí —jadeé entre besos, rozando mi cuerpo contra el suyo—.
Nuestros besos se volvieron más sucios, más húmedos, me chupaba mi lengua, me mordía los labios, me apretaba contra la pared mientras yo sentía su polla dura presionando contra mi vientre.
El calor en en ese aseo empezó a subir rápidamente y fuera seguían escuchándose risas de chicas retocándose en el espejo, tacones, el grifo del lavabo y la música retumbando a través de las paredes.