Mis Infidelidades Más Sucias La oficina del trabajo #2
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La oficina del trabajo #2

El silencio en el despacho era denso, solo roto por el zumbido lejano de los ordenadores de fuera y el sonido ocasional de pasos en el pasillo.

Marcos tragó saliva de nuevo, pues su respiración se volvió más pesada, y finalmente, y como si ya no pudiera resistirse más, levantó una mano con lentitud y me la puso sobre uno de mis pechos por encima de la blusa, apretándolo con suavidad pero con una posesión que me hizo contener la respiración.

Sentí su pulgar rozar el pezón endurecido a través de la tela, dibujando círculos lentos que enviaban descargas directas a mi clítoris, y yo, con una vergüenza ardiente que me subía por las mejillas, no lo detuve, sino que al contrario, me quedé allí alado de el, inclinada sobre la mesa, dejando que me tocara y sintiendo una mezcla de culpa brutal pero a la vez, un morbo tan perverso que me mojaba cada vez más, porque sabía que estaba dejando que el amigo de mi marido me tocara las tetas en su propio despacho, y a plena luz del día, mientras el resto de la oficina trabajaba a solo unos metros de distancia.

Mi mano, movida por un impulso que ya no podía controlar, bajó lentamente hasta posarse sobre su pantalón, rozando primero la tela tensa y luego apretando con suavidad la erección dura y gruesa que se marcaba claramente bajo su pantalón, sintiendo cómo palpitaba bajo mi palma mientras él soltaba un gemido bajo y seguía apretando mi teta con más fuerza, pellizcando el pezón entre sus dedos.

Ese contacto, ese roce mutuo y prohibido, hizo que la tensión sexual se volviera casi insoportable y mientras, yo seguí acariciándosela por encima del pantalón, sintiendo su calor y su grosor, imaginando cómo sería tenerla en mi boca y después dentro de mí mientras mi marido confiaba en nosotros dos…

El pestillo de la puerta aún no estaba echado, pero él se tomó su tiempo, disfrutando de ese momento de tensión máxima, de ese juego peligroso en el que ambos sabíamos que estábamos traicionando a Carlos de la forma más sucia posible, y yo mientras seguía allí dejando que me tocara los pechos con esa mezcla de reverencia y lujuria mientras mi mano seguía acariciando su erección visible, sintiendo cómo mi respiración se volvía más agitada y mi cuerpo entero pedía más, mucho más, sabiendo que en cualquier momento alguien podía llamar a la puerta e incluso entrar.

Finalmente, con un movimiento lento pero decidido, él se levantó y se apartó un paso, me miró fijamente a los ojos con una intensidad que me atravesó, y acto seguido se dirigió hacia la puerta para echar el pestillo.

El sonido seco al cerrarse resonó en el despacho como un disparo que sellaba nuestro destino, y en ese mismo instante todo estalló entre nosotros con una urgencia salvaje y desesperada, porque ya no había marcha atrás, ni tampoco había excusas ni disimulos, solo el deseo crudo y prohibido que llevábamos acumulando durante toda esa extraña mañana.

Marcos se acercó a mí y me besó agarrándome de la nuca con una mano mientras con la otra me volvía a tocar las tetas.

Su boca chocaba contra la mía en un beso hambriento, casi violento, metiéndome su lengua con fuerza como si quisiera devorarme entera mientras que yo al mismo tiempo, le respondí con la misma desesperación, clavándole las uñas en los hombros por encima de la camisa mientras sentía cómo la mano que me cogía del cuello, bajaba por mi espalda hasta agarrarme el culo con fuerza por encima de mi falda estrecha.

La ropa nos estorbaba de una forma insoportable, convirtiendo cada movimiento en una lucha desesperada contra la tela que parecía querer retenerse y en ese instante, mis dedos torpes y temblorosos empezaron a desabrocharle la corbata con prisa, tirando de ella hasta quitársela del cuello, luego pasando a los botones de su camisa, abriéndolos uno a uno mientras sentía el calor de su pecho subiendo y bajando con respiración agitada.

Él, por su parte, me subía la falda hasta la cintura dándome un tirón brusco que casi me rompe las medias en el proceso y mientras, sus manos grandes y ansiosas comenzaban a recorrer mis piernas y a apretar mi culo con posesión, pero yo no le dejé tomar el control completo todavía, porque necesitaba sentirlo primero, necesitaba saborear el poder de tener al amigo íntimo de mi marido bajo mis dedos.

Mientras seguíamos besándonos, comencé a acariciársela por encima del pantalón, pues tenia una erección tan potente que parecía que iba a explotar.

. Así que decidí bajar esa cremallera y liberar su polla dura y caliente de sus pantalones, y al tocársela, la sentí palpitar en mi mano ya que estando gruesa, venosa y mucho más grande de lo que había imaginado en mis fantasías secretas sobre el amigo leal de Carlos porque ese contraste y la sensación de tener entre mis dedos la polla del hombre que había cenado en mi casa y jugado al pádel con mi marido, me produjo una oleada de morbo tan fuerte que me hizo soltar un pequeño gemido.

Mientras tanto, empezé a masturbarlo lentamente, moviendo mi mano arriba y abajo por toda la longitud de su miembro, sintiendo cómo se endurecía aún más bajo mi palma y cómo se humedecía con una gota pre-seminal y que extendí con el pulgar de mi dedo.

Marcos parecía estar algo preocupado por que la situación se estaba saliendo de control, pero yo no me detuve, al contrario, me arrodillé frente a él con mis rodillas sobre el suelo frío del despacho, y mirándolo desde abajo con una mezcla de vergüenza y excitación, me metí su polla dentro mi boca poco a poco, saboreando el gusto salado de su piel, lamiendo la cabeza hinchada con la lengua antes de tragármela más profundo, lamiéndosela con hambre y devoción mientras mi mano a la vez, seguía masturbándola.

Se la chupé con ganas, moviendo mi cabeza de forma rítmica, succionando con fuerza y dejando que la saliva me chorreara por la barbilla y cayera sobre mis tetas que se marcaban bajo la blusa, mientras que él me agarró del pelo con una mano, y comenzaba a guiar mis movimientos pero sin ser demasiado brusco, gimiendo bajito mientras yo se la mamaba con más intensidad, sacando la lengua para lamerle los huevos y volviendo a metérmela hasta el fondo de la garganta, haciendo arcadas suaves que me llenaban los ojos de lágrimas pero que no me detenían, porque el morbo de estar arrodillada en el despacho de Marcos, comiéndole la polla al amigo de mi marido mientras el resto de la oficina trabajaba a solo unos metros, era demasiado fuerte, demasiado sucio y demasiado adictivo…

Marcos respiraba cada vez más agitado, sus caderas se movían ligeramente hacia mi boca, y yo comencé a acelerar el ritmo, chupándosela más rápido, más profundo, mirándolo a los ojos desde abajo mientras mi mano lo masturbaba con movimientos firmes, sintiendo cómo su miembro se movía en mi boca y cómo sus gemidos se volvían más roncos y difíciles de contener.

Finalmente, con un gemido bajo y contenido, me levantó de repente, me empujó contra la mesa de trabajo, me levantó de un golpe y me sentó en el borde, abriéndome las piernas con sus caderas mientras apartaba mi tanga empapado a un lado y frotaba la cabeza gruesa de su polla contra mi entrepierna chorreante, provocándome un gemido ahogado que tuve que morder en su hombro para que no se me escuchara fuera.

Fuera del despacho, la oficina seguía su ritmo normal, pues lo típico, ya que había teléfonos sonando, teclados tecleando, voces de compañeros pasando por el pasillo a solo unos metros de distancia, pero en ese momento, existía el peligro constante de que esa posibilidad real de que alguien llamara a la puerta o que simplemente pasara cerca y escuchara algo, hacía que todo fuera mil veces más intenso, más sucio y más adictivo.

Marcos me penetró de un solo empujón profundo, llenándome por completo mientras yo arqueaba la espalda sobre la mesa y hacía un gran esfuerzo para no gritar, sintiendo cómo me estiraba, cómo entraba hasta el fondo y cómo sus huevos golpeaban contra mi trasero con cada embestida fuerte y rítmica que hacía que los papeles y el portátil se tambalearan peligrosamente sobre la mesa.

Me penetraba con furia contenida, agarrándome de las caderas con fuerza mientras sus ojos me miraban con una mezcla de lujuria y triunfo, como si estuviera disfrutando especialmente del hecho de estar tirándose a la mujer de su amigo Carlos en su propio despacho, y yo, con las piernas abiertas y la falda subida hasta la cintura, solo podía gemir bajito contra su cuello, sintiendo cada centímetro de su polla entrando y saliendo de mí, cada golpe contra el fondo de mi vagina y cada roce de su pelvis contra mi clítoris hinchado.

El sudor empezaba a correr por su frente y por mi escote, la habitación olía a sexo y a papel impreso, y cada vez que escuchábamos pasos acercándose por el pasillo, él tapaba mi boca con su mano y seguía metiéndomela más profundo, mientras yo me retorcía de placer y pánico al mismo tiempo.

En un momento me giró bruscamente, me puso de cara contra la mesa, me abrió las piernas y me la metió desde atrás con tanta fuerza que el golpe de su pelvis contra mi culo resonó en la habitación; me agarró del pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás mientras me susurraba al oído lo zorra que era por dejar que el amigo de su marido la follara en la oficina…

mientras yo solo podía gemir bajito, empujando mi culo hacia atrás para recibir cada embestida, sintiendo cómo sus huevos golpeaban contra mi clítoris y cómo mi coño chorreaba con su polla dentro.

El peligro acechaba más porque alguien pasó justo al lado de la puerta hablando por teléfono, y en ese momento, Marcos me tapó la boca con más fuerza mientras seguía follándome sin piedad, alargando cada segundo, estirando el placer y el miedo hasta límites insoportables.

Me corrí mientras temblaba entera, mordiendo su mano para no gritar, y él siguió follándome durante mi orgasmo, prolongándolo hasta que creí que iba a desmayarme.

Finalmente, con un grito ronco y ahogado, se corrió dentro de mí con chorros de semen que sentí inundando mi interior, marcándome por dentro mientras que yo seguía temblando con las últimas réplicas de mi clímax.

Nos quedamos unos segundos quietos mientras intentábamos recuperar el aliento, y fuera, la oficina seguía su ritmo normal, escuchándose voces lejanas de compañeros pasando por el pasillo… y completamente ajenos a la situación.

Marcos se apartó lentamente con un gemido y su miembro salió de mi con un sonido húmedo, todavía semi-dura y brillante por mis fluidos y su propia corrida.

Él me miró sorprendido, con esa mezcla de lujuria y culpa en los ojos y sonrió de medio lado, todavía jadeando.

—Joder, Lucía… pude imaginar que eras así… pero no tanto, ¡eres toda una zorra!

Sus palabras me excitaron de nuevo y sentí una nueva oleada de calor entre mis piernas por lo que me mordí el labio y lo miré fijamente, con los ojos aún vidriosos de placer.

—Ahora no soy una simple zorra… —le respondí bajito, con una sonrisa traviesa y perversa—. Soy tu zorra.

Marcos soltó una risa baja y oscura, claramente excitado por mi respuesta y su polla dio un pequeño salto entre nosotros, empezando a endurecerse otra vez.

Me agaché despacio frente a él, y con una mano agarré su polla, todavía caliente y resbaladiza para volver a masturbarla lentamente, apretando con suavidad, subiendo y bajando la piel mientras con el pulgar le acariciaba la cabeza hinchada, sacudiéndole las últimas gotas espesas de semen que aún salían.

—Mmm… mira cómo sigue chorreando —murmuré, casi para mí misma, mientras le limpiaba con los dedos y me los llevaba a la boca para saborearlos.

Él respiraba con dificultad, mirándome desde arriba como si no pudiera creer lo que estaba pasando.

—Lucía…, esto es muy fuerte, ¿y ahora qué pasará? —me preguntó con la voz ronca, casi en un susurro—. Esto esta mal… joder, es Carlos, es mi amigo…

Lo miré desde abajo, todavía con su polla en la mano, y respondí sin dudar, con una calma fría y excitante:

—Pues es tu problema, y a mí me da completamente igual, pues yo no diré nada… pero tú haz lo que quieras…

Dejé la frase flotando en el aire, cargada de intención y en ese momento sentí cómo su miembro volvía a endurecerse notablemente entre mi mano y frente a mi cara así que sin pensármelo dos veces, me la metí entera en la boca de golpe durante unos segundos…

Se la chupé con fuerza, pasando mi lengua alrededor de la cabeza y limpiándosela bien, saboreando el sabor mezclado de los dos mientras él soltó un gemido ahogado y me agarró del pelo apunto de correrse de nuevo.

Yo no lo dejé que lo hiciera, así que la saqué de mi boca, le di un último lametón lento y provocador en la punta, y luego, con cuidado, se la guardé dentro del pantalón, subiéndole la cremallera con lentitud, rozándola a propósito una última vez por encima de la tela.

Me levanté, me bajé la falda, me arreglé el pelo y el maquillaje lo mejor que pude frente al pequeño espejo que tenía en su despacho.

Yo tenía las mejillas enrojecidas, los labios hinchados y esa mirada salvaje que apenas reconocía, mientras Marcos se quedó mirándome, todavía procesando lo que acababa de pasar.

—Eres muy peligrosa… —me dijo finalmente, con una mezcla de admiración y miedo.

Yo solo sonreí, me acerqué a él y le di un beso suave pero cargado en los labios.

—Solo cuando quiero serlo —le susurré—. Ahora lo mejor será que volvamos al trabajo, y recuerda que ahora soy tu zorra.

Salí de su despacho primero, caminando con las piernas todavía temblando y su semen escapando lentamente de mi coño, manchando mi tanga mientras fingía que nada había pasado.

Me senté en mi silla, encendí la pantalla del ordenador y continué con mi jornada como si no acabara de follarme al mejor amigo de mi marido en su propio despacho.