Mis Infidelidades Más Sucias La oficina del trabajo
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La oficina del trabajo

Después de aquel encuentro salvaje en el ascensor, donde me había dejado follar por un completo desconocido cuyo nombre ni siquiera llegué a preguntarle, pasé los siguientes días arrastrando una tensión en la piel que no conseguía quitarme de encima, una especie de electricidad constante que se me metía en el cuerpo cada vez que cerraba los ojos y recordaba el sonido de las embestidas que me daba, el miedo brutal a que las puertas se abrieran en cualquier momento o alguien nos descubriera, y esa oleada de placer mezclada con pánico que me había hecho correrme con una intensidad jamás vivida.

Carlos nunca había logrado provocarme esta sensación en años de matrimonio, y aunque intentaba comportarme con normalidad en casa, preparando la cena, sonriendo cuando él me contaba su día y dejando que me abrazara por las noches, yo por dentro me sentía completamente alterada, como si aquel impulso irracional hubiera abierto una grieta aún más grande en mi interior, una grieta que ya no quería cerrar porque el subidón de adrenalina, el riesgo real y la sensación de haber traicionado a mi marido de esa forma repentina me habían dejado adicta a una forma de placer que ya no podía ignorar.

Llegué a la oficina de mi trabajo una mañana y cada paso que daba por los pasillos me recordaba cómo había sentido aquella polla extraña entrando y saliendo de mí mientras el ascensor se movía entre plantas, y aunque intentaba concentrarme en las tareas del día, en los correos pendientes y en las reuniones programadas, mi cabeza no dejaba de volver una y otra vez a esa escena, a cómo había salido del parking con las piernas temblando y el coño lleno de semen ajeno, como me toqué después en mi coche en medio del parking a la vista de cualquiera con el peligro de ser descubierta y como acabé conduciendo hacia casa mientras fingía que todo era normal, pero esa dualidad, y esa capacidad de pasar de ser la zorra del ascensor a la esposa ejemplar en cuestión de horas, era precisamente lo que más me excitaba y lo que más miedo me daba al mismo tiempo.

Fue en uno de los pasillos del segundo piso, cerca de la zona de fotocopiadoras, donde me crucé con él: Marcos, el compañero de departamento que además era uno de los mejores amigos de Carlos, el mismo que había cenado en nuestra casa varias veces, el que jugaba al pádel con mi marido los sábados por la mañana y el que siempre me saludaba con esa sonrisa amable y respetuosa cuando nos encontrábamos en las reuniones de equipo.

En cuanto lo vi venir de frente, con su camisa azul clara bien planchada y esa carpeta bajo el brazo, sentí un golpe seco en el estómago, como una mezcla brutal de pánico real y un morbo tan fuerte que me humedeció las bragas al instante, porque mirarlo a los ojos sabiendo lo que había hecho apenas unos días antes, sabiendo que era amigo íntimo de Carlos y que podía contarle cualquier cosa, hacía que la traición se sintiera mucho más sucia, más peligrosa y muchísimo más excitante…

Marcos se detuvo al verme, sonrió con esa naturalidad de siempre y me preguntó cómo estaba, cómo había ido el fin de semana, si Carlos y yo habíamos hecho algo especial, y mientras yo respondía con frases cortas y educadas intentando mantener la compostura, no podía dejar de notar cómo su mirada bajaba un segundo más de lo normal por mi escote, cómo se detenía en mis labios y cómo, al volver a mis ojos, había algo diferente, una chispa de curiosidad mezclada con deseo que nunca había visto antes en él.

Le devolví la sonrisa, quizás un poco más prolongada de lo necesario, y le dije que todo había ido bien, que Carlos estaba como siempre y que yo había tenido un fin de semana bastante movido, dejando que la palabra “movido” flotara en el aire con una doble intención que solo nosotros dos parecíamos captar…

Él entrecerró ligeramente los ojos, como si estuviera procesando esa información, y cuando pasamos uno al lado del otro en el pasillo estrecho, su brazo rozó deliberadamente el mío, un roce que duró un segundo más de lo casual y que me provocó un escalofrío que bajó directamente hasta mi clítoris.

A partir de ese momento, la tensión empezó a crecer de forma lenta pero implacable, pues durante esa mañana, nos cruzamos varias veces en los pasillos, en la sala de café y junto a la fotocopiadora y cada vez que nos veíamos, las miradas se volvían más largas, más cargadas, y las palabras normales se llenaban de segundas intenciones.

En un momento, mientras yo esperaba que saliera una copia, él se acercó por detrás fingiendo que necesitaba usar la máquina también y, al inclinarse para coger un papel, su pecho rozó mi espalda y su mano se posó un instante en mi cintura, un contacto breve pero intencionado que me hizo contener la respiración.

En ese momento, no dijimos nada, pues tan solo nos miramos a los ojos durante un segundo eterno, y en esa mirada estaba todo: el conocimiento de que yo estaba casada con su amigo, el riesgo de que alguien nos viera, y el deseo creciente de hacer algo completamente prohibido.

La mañana siguió avanzando entre correos, reuniones y conversaciones comunes con otros compañeros, pero entre Marcos y yo se había instalado una especie de corriente eléctrica invisible que solo nosotros percibíamos ya que cada vez que pasaba por su despacho, sentía sus ojos siguiéndome, y cada vez que él pasaba por el mío, yo levantaba la vista y le sostenía la mirada un poco más de lo profesional.

El morbo de saber que era amigo cercano de Carlos, que había estado en mi casa, que había comido en mi mesa y que ahora me estaba mirando como si quisiera follarme encima de ella, era tan fuerte que tenía que apretar los muslos bajo el escritorio para controlar la humedad que no paraba de acumularse entre mis piernas.

Hacia media mañana, cuando la oficina estaba más tranquila porque muchos habían salido a comer temprano, recibí un mensaje interno suyo: “Lucía, ¿Puedes venir un momento a mi despacho? Es que necesito tu opinión sobre un informe…”.

En ese momento, el corazón se me aceleró y yo sabía totalmente que esto no era por ningún informe, pero aún así me levanté, me alisé la falda con mis manos y caminé hacia su despacho sintiendo cómo cada paso hacía que mi tanga mojado se pegara más a mi sexo hinchado.

Cuando entré en su despacho, él estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, como si estuviera contemplando algo en la lejanía, pero su postura tensa y la forma en que sus hombros se mantenían rígidos me indicaban que estaba tan nervioso y excitado como yo, y en cuanto cerré la puerta detrás de mí con un clic suave que sonó demasiado fuerte en el silencio de la habitación, el aire pareció espesarse de golpe, cargándose de una electricidad casi palpable que hacía que mi respiración se volviera más pesada y que mi corazón latiera con tanta fuerza que lo sentía en la garganta.

Antes de que pudiera decir una sola palabra, él se giró despacio, me miró fijamente a mis ojos durante un segundo eterno y luego su mirada bajó con descaro hasta mi escote, deteniéndose allí con una intensidad que me hizo sentir completamente desnuda a pesar de la blusa.

Yo mientras, sentía cómo mis pezones se endurecían visiblemente bajo la tela fina y seguidamente, di unos pasos hacia su mesa con lentitud deliberada, contoneándome ligeramente para que mis pechos se movieran con cada paso, balanceándose de forma suave pero evidente dentro del escote.

Él no apartó la vista ni un instante, pues sus ojos estaban clavados en mis curvas y yo sabía que lo estaba volviendo loco, porque Marcos siempre había sido un hombre correcto, amigo leal de Carlos, pero en ese momento su mirada era la de alguien que ya no podía contener el deseo que llevaba acumulando toda la mañana…

Me detuve justo en frente de su mesa, apoyando las manos en la madera fría y ligeramente inclinándome hacia delante de forma casi inocente, pero sabiendo perfectamente que esa postura, hacía que mis pechos se presionaran más contra la blusa y que el escote se abriera un poco más, ofreciéndole una vista mucho más clara del encaje del sujetador y de la profundidad completa de mis pechos.

Vi cómo tragaba saliva visiblemente, y sus ojos se oscurecían mientras se acercaba lentamente por el otro lado de la mesa, rodeándola hasta sentarse frente a mí y tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y el olor de su colonia mezclada con el leve aroma a excitación masculina.

—Lucía… , —me murmuró con voz ronca, casi en un susurro, mientras cogía un documento de la mesa y lo sostenía entre nosotros como si fuera una excusa legítima—. Necesito que mires esto un momento… es el informe que te comenté antes.

Yo asentí con una sonrisa tímida pero cargada de intención, y en lugar de quedarme frente a él, di un paso lateral y me coloqué justo a su lado, muy cerca, y tanto que mi escote quedó prácticamente a la altura de su cara.

Me incliné ligeramente sobre su mesa, fingiendo leer el documento, pero sabiendo perfectamente que esa postura hacía que mis pechos se presionaran y que el escote se abriese aún más, ofreciéndole una vista directa y provocadora de mis pechos apenas contenidos por el encaje de mi sujetador.

Él, justo a mi lado, fingió mirar el papel, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia mi escote, respirando más agitado mientras yo movía sutilmente los hombros para que mis tetas se balancearan suavemente delante de su cara, provocándolo, tentándolo y yo a la vez sintiendo cómo el calor subía por mi cuello y mi entrepierna comenzaba a palpitar con fuerza.